Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 20 SI ESTÁS PRESTANDO ATENCIÓN
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CAPÍTULO 20 SI ESTÁS PRESTANDO ATENCIÓN

E l sábado a las once y veinte, Tomás abrió la puerta en pantalón de pijama y una remera gris.

Lara lo miró de arriba abajo.

—Vestite.

—Buenos días para vos también.

—Son las once y veinte.

—Sigue siendo mi mañana.

Lara levantó las llaves del auto.

—Tenemos una reserva.

Tomás se quedó mirándola.

—¿Tenemos?

—Sí.

—¿Dónde?

—Vestite.

—Esto tiene una energía preocupante de secuestro.

—Podés negarte.

—¿Y qué pasa?

—Me voy sin vos.

Tomás asintió.

—El peor secuestro de la historia.

Quince minutos después estaban en el auto.

Lara no respondió ninguna de sus preguntas hasta que estacionó frente a una pequeña sala de exposiciones.

Tomás leyó el cartel.

Fotografías de Buenos Aires entre los años ochenta y principios de los dos mil.

La miró.

—No puede ser.

—Sí puede.

—¿Te acordabas?

—Me lo dijiste dos veces.

—Una.

—Dos. La primera en marzo.

Tomás abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Yo ni siquiera me acuerdo de haberlo dicho en marzo.

—Eso no modifica que lo hayas dicho.

Entraron.

La muestra le gustó a Lara más de lo esperado. Pero le interesó más ver a Tomás reconocer edificios, negocios desaparecidos y calles que habían cambiado desde que eran estudiantes.

Al salir, él todavía estaba hablando de una fotografía de Corrientes cuando Lara abrió el auto.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué?

—La reserva es a las dos y media.

Tomás dejó de hablar.

—¿Hay otra parte?

—Sí.

—¿Cuántas partes tiene esto?

—Tres.

—¿Y ahora?

—Todavía vamos por la segunda.

—Eso no responde.

—Todavía.

El restaurante estaba a pocas cuadras.

Tomás lo reconoció inmediatamente.

—A vos no te gusta este lugar.

—No dije eso.

—Dijiste que cobran demasiado por ponerles nombres largos a cosas simples.

—Lo sostengo.

—Entonces ¿por qué estamos acá?

Lara cerró el auto.

—Porque llevás seis meses diciendo que hacen la mejor tortilla de papa de Buenos Aires.

Tomás la observó un momento.

—Cinco.

—Seis.

—Después de lo de marzo no voy a discutir fechas con vos.

Almorzaron.

Lara probó la tortilla por insistencia de Tomás y decidió que estaba bien.

—¿Bien? —repitió él.

—Tiene papa, huevo y cebolla. No sé qué epifanía esperabas.

—Necesito que abandones inmediatamente la gastronomía.

—Nunca entré.

La tercera parte resultó ser una función especial de una comedia vieja que Tomás llevaba años citando.

O habría sido.

Cuando llegaron, encontraron la sala cerrada y un cartel pegado en el vidrio.

FUNCIÓN SUSPENDIDA POR PROBLEMAS TÉCNICOS.

Lara leyó el aviso.

Después sacó el teléfono.

—¿Qué hacés? —preguntó Tomás.

—Hay otra función a las nueve.

—Lara.

Ella siguió mirando la pantalla.

—Podemos cenar antes.

—Lara.

Levantó la cabeza.

Tomás estaba sonriendo.

—¿Qué?

—Estás enojada.

—Estoy contrariada.

—Compraste las entradas.

—Sí.

—¿Elegiste los asientos del medio?

Lara guardó el teléfono.

—Obviamente.

La sonrisa de Tomás aumentó.

—Querías que saliera bien.

Lara miró otra vez la puerta cerrada.

—Sí.

Tomás no hizo ningún comentario.

No preguntó qué significaba.

No intentó convertir la respuesta en una declaración.

Simplemente tomó su mano.

—Vamos a tomar un café.

Lara miró sus dedos entrelazados.

—Eso no estaba en el plan.

—Ya me di cuenta.

—El lugar que elegí tenía buenas reseñas.

—Estoy seguro de que está devastado por nuestra ausencia.

Lara lo empujó con el hombro.

Terminaron en una cafetería a tres cuadras, sentados junto a una ventana con dos cafés y una porción de torta que Tomás había pedido sin consultar porque sabía perfectamente que Lara iba a comer la mitad aunque afirmara lo contrario.

Hablaron de la exposición, del hospital y de una residente de Lara que finalmente había dejado de pedir disculpas antes de presentar una hipótesis clínica.

Ninguno volvió a mencionar la función cancelada.

Alrededor de las seis, Tomás preguntó:

—¿Volvemos?

—¿Querés volver?

Él pensó un momento.

—Sí.

—Bien.

No hubo nada escondido detrás de la respuesta.

En el departamento de Tomás cocinaron con lo que Lara había comprado el día anterior. Él puso agua a hervir mientras ella cortaba tomates.

—Estoy empezando a entender —dijo Tomás.

Lara levantó la vista.

—¿Qué?

—Tu idioma.

Ella dejó el cuchillo sobre la tabla.

Tomás señaló vagamente hacia la puerta.

—La exposición. El restaurante. Las entradas. Todo eso.

—La función fue cancelada.

—Las entradas existieron igual.

Lara lo observó.

—Sí.

—Antes habría intentado decidir qué significaba cada cosa.

—¿Y ahora?

Tomás se encogió de hombros.

—Ahora creo que es más fácil si dejo de traducirlo al mío.

Lara volvió a cortar tomates.

—Te llevó bastante tiempo.

—Quince años.

—Redondeando.

Él se rió.

Cenaron tarde y después fueron al living. Lara se sentó junto a él y apoyó las piernas sobre su regazo. Tomás empezó a pasarle los dedos distraídamente por el tobillo.

—Gracias por hoy —dijo.

—No tenés que agradecerme.

—Ya sé.

Lara esperó.

No hubo ninguna pregunta.

Giró la cabeza.

—¿No vas a preguntar qué significa?

Tomás sonrió.

—No.

—¿Por qué?

—Porque estaba prestando atención.

Lara lo miró durante un momento.

Después retiró las piernas de su regazo, se acercó y lo besó.

Tomás le rodeó la cintura.

Cuando se separaron, él seguía sonriendo.

—¿Eso también entra en el idioma?

—Sí.

—Estoy mejorando.

Lara lo evaluó.

—Siete.

—¿Sobre diez?

—Sí.

—Después de quince años.

—Tenés margen de mejora.

—¿Qué necesito para un ocho?

Lara volvió a besarlo.

Tomás se rió contra su boca.

—Voy a asumir que esa información todavía no está disponible.

—Correcto.

Lara también se rió.

Y Tomás no preguntó nada más.