Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 19 SIN SABERLO
83%

CAPÍTULO 19 SIN SABERLO

E l viernes, a las siete y cincuenta y dos, Tomás ya sabía que no iba a llegar a las ocho.

La última consulta de su turno se había complicado más de lo previsto.

Nada grave, pero sí lo bastante lento como para retenerlo veinte minutos adicionales entre indicaciones, una llamada y una familia que necesitaba escuchar la misma explicación dos veces antes de poder irse tranquila.

Cuando por fin entró al vestuario, miró el teléfono.

No había mensajes de Lara. Podía escribirle en ese momento: «Salgo recién.

Llego ocho y media». Era lo normal, lo fácil y lo que habría hecho cualquier otro viernes.

Tomás guardó el teléfono en el bolsillo y, mientras se cambiaba, intentó convencerse de que no tenía sentido avisar por veinte minutos.

Después perdió otros diez buscando las llaves que había dejado en un bolsillo distinto y volvió a mirar la pantalla.

Nada. Para entonces ya reconocía lo que estaba haciendo y, aun así, no escribió.

Llegó al departamento de Lara a las ocho y cuarenta y uno.

Ella abrió casi de inmediato. Llevaba jeans, una remera negra y el pelo todavía húmedo. Miró primero a Tomás y después el reloj de la pared del recibidor.

—¿Pasó algo?

—Se demoró una consulta.

—¿Todo bien?

—Sí.

Lara se apartó para dejarlo entrar. En la cocina había dos platos servidos y una fuente tapada sobre la mesada.

—Podías haberme avisado —dijo mientras levantaba la tapa de la fuente.

—Sí.

—Pensé que seguías en Emergencias.

Tomás dejó las llaves sobre el mueble.

—¿No ibas a escribirme?

Lara se quedó quieta con la tapa todavía en la mano.

—¿Qué?

Tomás supo que acababa de convertir una mala decisión en una conversación peor.

—Nada.

Lara dejó la tapa sobre la mesada.

—No. Esta semana ya usamos demasiado esa palabra. ¿Por qué me preguntaste si iba a escribirte?

—Porque llegué tarde.

—Ya noté.

—Pensé que ibas a preguntar dónde estaba.

La expresión de Lara cambió. No mucho, pero Tomás la conocía desde hacía quince años: la mandíbula quedó quieta y las manos dejaron de moverse.

—¿Sabías que ibas a llegar tarde y decidiste no avisarme?

—La demora empezó por trabajo.

—Eso no responde.

Tomás se pasó una mano por la nuca.

—Cuando vi la hora pensé que quizás me ibas a escribir primero.

Lara lo sostuvo con la mirada.

—No uses «quizás» para hacer esto más chico.

Tomás bajó la mano.

—Está bien.

—¿Tuviste tiempo de avisarme?

—Sí.

—¿Elegiste no hacerlo para ver si yo te reclamaba?

Tomás no encontró una versión aceptable de la verdad.

—Sí.

Lara se apartó de la mesada y se enderezó. La irritación del día anterior había cambiado de escala.

—Ayer te expliqué exactamente qué me molestaba.

—Lo sé.

—No. Si lo supieras, hoy me habrías escrito «llego tarde».

—Lara...

—Llegaste cuarenta minutos tarde a una cena que habíamos acordado y dejaste que yo creyera que estabas trabajando porque querías medir cuánto tardaba en buscarte.

—No quería hacerte esperar.

—Pero me hiciste esperar.

Tomás abrió la boca y la cerró. Lara tomó los dos platos de la mesa, los llevó a la mesada y apagó el horno con un movimiento seco.

—La comida se puede recalentar. Esto no.

Tomás se quedó de pie junto al mueble de la entrada.

—No estoy intentando castigarte.

Lara se volvió.

—Eso sería más fácil de entender.

—Sé que lo del sábado no fue culpa tuya. Y sé que reaccionaste bien.

—Entonces dejá de empezar por el sábado. Esto ya no es sobre Micaela.

Tomás asintió.

—Tenés razón.

—Y no me alcanza con que tengas razón después.

Lara apoyó ambas manos sobre la mesada. Cuando continuó, bajó la voz, pero no el enojo.

—El martes dijiste que no podías almorzar. El miércoles dijiste que no hacía falta que pasara a verte. Anoche dijiste que te ibas. Hoy no avisaste que llegabas tarde. Cada vez tengo que enterarme después de que había otra pregunta escondida abajo de lo que dijiste.

—No todas fueron pruebas.

—No me importa cómo las clasifiques.

Eso hizo que Tomás levantara la vista. Lara normalmente habría discutido una palabra hasta volverla exacta. Ni siquiera parecía interesarle.

—Está bien —dijo.

—No, todavía no.

Lara caminó hasta la mesa y lo miró desde el otro lado.

—Yo te creo cuando hablás. Siempre lo hice.

Si decís que no necesitás algo, no insisto.

Si decís que te vas, no te detengo. Si decís que llegás a una hora y no llegás, asumo que pasó algo antes de asumir que estás jugando conmigo.

Y ahora me estás usando exactamente eso para decidir cuánto me importás.

—No pienso que estés jugando conmigo.

—Yo tampoco pensaba que vos estabas jugando conmigo hasta hace cinco minutos.

Tomás sintió vergüenza y no buscó una formulación más precisa que lo dejara mejor parado.

—Me molestó que no estuvieras celosa.

Lara no se movió.

—¿Qué?

—El sábado. Me molestó que no te enojaras con Micaela.

Que no hicieras una escena. Que no quisieras saber desde cuándo le gustaba, si había pasado algo antes, si yo había notado algo.

—Tomás respiró hondo—. Una parte de mí esperaba que hicieras un escándalo.

Un berrinche. Algo que demostrara que la idea de otra mujer queriéndome te alteraba.

Lara lo miró como si acabara de ofrecerle una pieza que por fin encajaba y le disgustara el dibujo completo.

—¿Todo esto porque no hice un berrinche?

—Dicho así suena horrible.

—No necesito que suene bien. Necesito que sea verdad.

Tomás sostuvo la mirada.

—Es verdad.

Lara se apartó de la mesa y caminó dos pasos antes de darse vuelta.

—Yo no sé con qué clase de mujeres saliste antes ni a qué te acostumbraste. No sé cuántas veces alguien hizo una escena y vos terminaste leyendo eso como prueba de amor. Pero no me pongas en el mismo molde.

—No quiero hacer eso.

—Ya lo hiciste. Esperaste una reacción que no es mía y, cuando no apareció, decidiste que faltaba algo en lo que siento por vos.

Tomás no respondió.

—Que no me ponga celosa no significa que no me importes —continuó Lara—. Significa que confío en vos. Vi que no querías ese beso. Te apartaste. Dijiste que no. ¿Qué querías que hiciera después? ¿Que me enojara con vos por algo que te hicieron? ¿Que buscara a Micaela para marcar territorio?

—No.

—Entonces no uses que no lo hice como evidencia en mi contra.

Había levantado la voz. No mucho, pero lo suficiente para que Tomás entendiera que ya no estaba delante de la Lara que podía analizar el problema como si perteneciera a otra pareja.

—Y lo de anoche es lo mismo —dijo ella—. Me dijiste que te ibas. Yo quería que te quedaras.

Tomás parpadeó.

—¿Querías?

—Sí. Quería dormir con vos. Quería que te quedaras hasta la mañana. Pero vos dijiste que te ibas, y yo respeté tu decisión.

—No esperaba que me rogaras.

—¿Que insistiera?

Tomás no contestó.

—Si me decís que te vas, Tomás, no voy a agarrarte de la ropa y obligarte a demostrar que en realidad querías quedarte. Eso no significa que me dé lo mismo que cierres la puerta. Significa que te creo cuando hablás.

Lara se acercó un paso.

—No me compares con nadie. Soy única y lo sabés.

La seguridad de la frase habría sonado arrogante en casi cualquier otra persona. En Lara sonó como una constatación.

—Sabías quién era antes de besarme. Sabías quién era antes de acostarte conmigo. Sabías que no funciono como las mujeres con las que saliste antes, y aun así te enamoraste de mí.

—Sí.

—Entonces no me pidas ahora que me comporte como ellas para que puedas reconocer lo que hago con vos.

Tomás bajó la mirada.

—No quiero que seas otra persona.

—Entonces aprendé a verme.

Él volvió a mirarla.

Lara seguía enojada. Tenía las manos tensas a los costados y los ojos fijos en él, pero ya no parecía estar buscando la frase más exacta. Estaba diciendo lo que quería que entendiera.

—Yo no siento ni expreso algunas cosas como vos.

No tengo el mismo lenguaje para todo. Hay emociones que no aparecen en mí de la manera que esperás y otras que ni siquiera sé nombrar igual que vos.

Pero aprendí a comunicarme con vos. Aprendí a decirte cuando te extraño.

Aprendí que algunas cosas románticas te importan aunque a mí no me salgan de manera automática.

Te mandé flores sin que me las pidieras.

Te busco. Cambio planes para verte. Quiero que duermas conmigo. Quiero que estés en mi vida.

Tomás no dijo nada.

—Y todavía no sé si lo que siento se llama estar enamorada —continuó Lara—. No voy a decirte algo que no sé. Pero tampoco voy a aceptar que todo lo que sí hago valga menos porque no viene acompañado de celos, lágrimas o una escena en un bar.

Se detuvo apenas.

—Ese es mi lenguaje, Tomás. Si lográs traducirlo, hay amor ahí.

Él se quedó inmóvil.

Lara sostuvo la mirada y añadió, antes de que pudiera convertir la frase en una conclusión más grande de la que ella había dado:

—No te estoy diciendo que siento exactamente lo mismo que vos. Te estoy diciendo que esto no es indiferencia. Y que no pienso seguir rindiendo exámenes diseñados para otra persona.

Tomás tardó unos segundos en responder.

—Perdoname.

Lara no suavizó la expresión.

—¿Por qué exactamente?

—Por hacerte rendir esos exámenes. Por esperar que adivinaras algo que no te dije. Por convertir tu manera de confiar en mí en una prueba de que te importaba menos. Y por repetirlo después de que ya me habías explicado que te estaba fastidiando.

Lara cruzó los brazos.

—Eso estuvo bastante mal.

—Sí.

Tomás se pasó una mano por la cara.

—Terminé convirtiéndome en lo que siempre dije que odiaba. Esa versión tóxica donde el amor se demuestra con celos, escenas y uno tiene que amenazar con irse para comprobar si el otro lo detiene. Soy un reverendo pelotudo.

Lara lo observó durante un segundo.

—Bueno... no tan pelotudo.

Tomás levantó la cabeza.

—Eso no ayuda.

—No estaba intentando ayudar.

La risa le salió antes de que pudiera frenarla. Breve al principio, incrédula después. Lara aguantó apenas un instante antes de reírse también, todavía con parte del enojo visible en la cara. La tensión no desapareció de golpe, pero dejó de ocupar todo el departamento.

Cuando se callaron, Tomás se acercó despacio.

—¿Seguís enojada?

—Sí.

—¿Puedo abrazarte igual?

Lara lo miró un momento y después abrió los brazos.

Tomás la rodeó con los suyos y la apretó contra el pecho. Lara apoyó la mejilla sobre su hombro y permaneció ahí, sin apuro.

—Ahora mismo estoy intentando no interpretar demasiado este abrazo —murmuró él.

—Podés hacer una excepción.

—¿Significa que me perdonás?

Lara se apartó lo suficiente para mirarlo.

—Significa que te estoy abrazando.

Tomás soltó otra risa.

—Claro.

Lara volvió a apoyarse contra él y apretó un poco más los brazos alrededor de su cintura.

—Y también te perdono.

Tomás cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre su pelo.

—Eso sí ayuda.

Permanecieron abrazados unos segundos más. Después Lara se separó, miró la fuente sobre la mesada y levantó la tapa.

—La cena probablemente sobrevivió a tu crisis de estupidez.

Tomás se acercó al horno.

—¿Eso significa que puedo quedarme?

Lara lo miró de costado.

—Sí. Y esta vez no necesitaste hacer una prueba para averiguarlo.

—Estoy creciendo.

—Lentamente.

Tomás encendió el horno. Lara le alcanzó los platos y, cuando pasó junto a él, le dio un beso corto en la boca. Él sonrió, destapó la fuente y empezó a repartir la cena.