CAPÍTULO 18 SI QUERÍAS QUEDARTE
E l martes, Tomás rechazó almorzar con Lara porque dijo que tenía trabajo atrasado.
El miércoles respondió que no hacía falta que ella pasara por Emergencias cuando terminara una cirugía larga, aunque cinco minutos antes le había contado por mensaje que llevaba horas sin sentarse.
Las dos cosas podían ser ciertas. Lara no tenía ningún motivo para discutirlas.
Lo extraño era lo que ocurría después. El martes, cuando Lara le escribió a las cuatro para preguntarle si finalmente había comido, Tomás respondió con una frialdad breve que desapareció cuando ella cambió de tema.
El miércoles, cuando se encontraron en el ascensor, él preguntó qué había hecho al salir del hospital y pareció decepcionado al enterarse de que se había ido directamente a su casa.
Lara observó el patrón sin ponerle nombre. Si Tomás quería decir algo, tenía recursos suficientes para hacerlo. Si no quería, ella podía esperar.
El jueves a la noche estaban en su departamento.
Habían cenado tarde y terminado un documental que habían empezado la semana anterior.
Tomás se había reído durante diez minutos de la narración solemne, había discutido con Lara sobre el uso emocional de la música y parecía completamente normal hasta que ella apagó el televisor.
—Mañana entro a las siete —dijo Lara.
—Yo a las diez.
—Entonces tengo peor horario.
—Felicitaciones.
Lara dejó el control remoto sobre la mesa y se puso de pie.
—Voy a bañarme.
Tomás miró la hora.
—Yo me voy a casa.
Lara se detuvo. No era lo que esperaba: él no trabajaba temprano, tenía ropa allí y llevaban semanas alternando departamentos sin convertir cada noche en una negociación. Aun así, podía querer dormir solo. La información era suficiente.
—Está bien.
Tomás no se movió.
Lara esperó. Él llevó su vaso a la cocina, lo enjuagó, secó una gota de agua de la mesada y volvió al living. Después tomó la campera del respaldo de una silla con la lentitud de alguien que estaba haciendo tiempo sin admitirlo.
—¿Te olvidás algo? —preguntó Lara.
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
—Nada.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Ese «nada» está trabajando demasiado esta semana.
Tomás se puso la campera.
—Estoy cansado.
—Entrás a las diez.
—Puedo estar cansado igual.
—Sí.
Él se quedó mirándola. Lara sintió el fastidio llegar por primera vez con una forma concreta.
—Tomás, si querés decirme algo, decímelo.
—No tengo nada para decir.
—Bien.
La mandíbula de Tomás se tensó.
Lara lo vio y dejó de tener paciencia con la contradicción. Caminó hasta la puerta y la abrió.
—Avisame cuando llegues.
Tomás tardó un segundo en salir.
—Sí.
Lara cerró la puerta detrás de él. Durante medio minuto se quedó quieta en el recibidor, no porque quisiera perseguirlo sino porque estaba casi segura de que acababa de participar de algo sin conocer las reglas.
Si Tomás le hubiera preguntado si quería que se quedara, habría respondido que sí.
Le gustaba dormir con él. Había supuesto que esa noche iba a quedarse.
Pero él no había preguntado eso: había dicho que se iba.
Lara no estaba dispuesta a convertir cada frase clara en una hipótesis sobre su contrario.
Doce minutos después llegó el mensaje.
Tomás: Llegué.
Lara: Bien.
Dejó el teléfono cargando y fue a bañarse.
A la mañana siguiente se cruzaron en el hospital poco después de las nueve. Tomás empujaba una camilla hacia Diagnóstico y Lara salía de una habitación con Camila. Él hizo un gesto breve con la cabeza.
—Después te busco.
—Dale.
Lara siguió trabajando. No lo buscó ella porque Tomás había dicho que la buscaría él.
A las dos menos diez llegó un mensaje.
Tomás: ¿Podés bajar cinco minutos cuando termines?
Lara: Sí. En veinte.
Se encontraron en una terraza lateral casi vacía. Tomás tenía un café de máquina entre las manos y la expresión de alguien que ya sabía que la conversación no iba a gustarle.
—¿Qué pasó? —preguntó Lara.
—Nada urgente.
—Eso ya lo supuse.
Tomás miró el vaso.
—¿Anoche dormiste bien?
Lara frunció el ceño.
—Sí.
Él asintió, pero no parecía haber preguntado por su sueño.
—¿Y vos?
—Más o menos.
Lara esperó. Tomás bebió café, hizo una mueca por el sabor y miró hacia la calle.
—Pensé que ibas a escribirme después.
—Me avisaste que habías llegado.
—Sí.
—Te respondí.
Tomás apretó la boca. Lara dejó de apoyarse en la pared.
—Anoche, ¿querías irte?
Él levantó la vista.
—No exactamente.
—Entonces ¿por qué dijiste que te ibas?
Tomás demoró lo suficiente para confirmar que la pregunta importaba.
—Porque quería ver si me pedías que me quedara.
Lara sintió primero incredulidad y después fastidio.
—¿Me dijiste que te ibas para ver si yo te contradecía?
—No lo planeé así desde que llegué.
—No te pregunté cuándo lo planeaste.
Tomás dejó el café sobre la baranda.
—Cuando agarré la campera pensé que quizás ibas a decirme que me quedara. Y cuando no lo hiciste... me pegó mal.
—¿Por qué?
—No sé explicarlo bien todavía.
Lara soltó aire por la nariz.
—Eso empieza a ser un problema distinto.
—Ya sé.
—No, creo que no. Si querías saber si yo quería que te quedaras, podías preguntarme «¿querés que me quede?». Te habría dicho que sí.
Tomás la miró.
—Ese es justamente el punto.
—No. Ese es justamente el método que vos elegiste. Yo no puedo responder una pregunta que no escuché.
—No siempre quiero que algo exista porque lo pedí.
Lara tardó un segundo en contestar. Esa frase, al menos, era honesta.
—Entiendo eso. Pero entonces algunas veces no vas a saber la respuesta.
—¿Y eso te parece suficiente?
—Me parece real.
Tomás miró hacia la calle otra vez.
Lara cruzó los brazos. Ya no estaba intentando traducirlo; estaba empezando a cansarse de que la conversación dependiera de información que él escondía hasta después.
—Lo que no voy a hacer —dijo— es empezar a desconfiar de cada cosa que me decís por si significa lo contrario.
Tomás volvió a mirarla.
—No quiero eso.
—Entonces no me digas «me voy» cuando lo que querés saber es si quiero que te quedes.
Él asintió una vez.
—Está bien.
Lara miró la hora. Tenía que volver a Cirugía.
—Hoy cenamos como habíamos quedado.
—Sí.
—A las ocho.
—A las ocho.
Lara abrió la puerta de la terraza.
—Y si cambiás de idea, avisame. No voy a adivinarla después.
Tomás no respondió con un chiste. Asintió y Lara volvió al hospital.