CAPÍTULO 17 LO QUE NO PASÓ
E l lunes a media mañana, Tomás estaba intentando convencer a un hombre de cincuenta y dos años de que una sonda nasogástrica no era una conspiración personal cuando Lara entró al box.
—Llegó Cirugía —anunció Tomás.
Ricardo la miró con la esperanza inmediata de quien cree que la siguiente persona con guardapolvo va a desautorizar a la anterior.
—Doctora, dígale que no necesito eso.
Lara dejó la carpeta sobre la mesa auxiliar, revisó la tomografía en la pantalla y después se acercó a la camilla.
Preguntó por el dolor, examinó el abdomen y explicó en menos de dos minutos por qué, mientras no aparecieran signos de sufrimiento intestinal o perforación, lo razonable era descomprimir y observar antes de hablar de cirugía.
Ricardo la escuchó con atención creciente y entusiasmo decreciente.
—O sea que está de acuerdo con él.
—En esto, sí.
—Se pusieron de acuerdo antes de entrar.
—No —dijo Lara—. Leí la misma tomografía.
Tomás bajó la cabeza para que el paciente no viera la sonrisa.
Cinco minutos después, Ricardo había aceptado la sonda con la dignidad ofendida de quien pensaba dejar asentada una queja contra la anatomía humana. Lara terminó las indicaciones y salió del box. Tomás la acompañó hasta la estación mientras cerraba la historia clínica.
—Gracias.
—No hiciste nada mal.
—Ya sé. Igual gracias.
Lara lo miró un segundo más de lo necesario.
—Dormiste mal.
—Dormí.
—No dije que no.
Tomás dejó la lapicera sobre el mostrador.
—¿Esto es una consulta profesional?
—No. Profesionalmente me da lo mismo tu cara mientras no te duermas sobre un paciente.
—Qué tranquilidad.
—Venís a casa hoy, ¿no?
La pregunta era simple. Tomás sintió el impulso absurdo de buscar algo debajo.
—Sí.
—Salgo alrededor de las ocho si no se complica nada. Avisame cuando termines.
—Dale.
Lara tomó la carpeta. Antes de irse señaló con dos dedos el bolsillo superior del ambo de Tomás, donde sobresalía el envoltorio abierto de una barrita de cereal.
—Y comé algo que requiera más de tres mordidas.
—Eso es una categoría arbitraria.
—Comé.
Se fue hacia los ascensores. Tomás volvió al box de Ricardo y, durante casi una hora, consiguió ocuparse de otras personas con problemas mucho más fáciles de nombrar.
A las doce y cuarenta y tres le vibró el teléfono. El mensaje era de Micaela.
Micaela: Perdón por lo del sábado. Estaba muy borracha, pero no es una excusa. No tendría que haberte besado ni insistido después de que me apartaste. No va a volver a pasar.
Un segundo mensaje apareció antes de que Tomás terminara de leer el primero.
Micaela: Espero no haberte metido en un quilombo con Lara.
Tomás apoyó una cadera contra el mostrador y escribió sin necesitar pensarlo demasiado.
Tomás: Gracias por disculparte. No estuvo bien. No vuelvas a cruzar ese límite.
Micaela: No. Quedate tranquilo.
Guardó el teléfono. No había nada más que hablar con Micaela y le alivió comprobarlo con una claridad que no había conseguido para el resto.
—Leiva.
Paula estaba frente a él con una hoja en la mano.
—¿Sí?
—Te pregunté si el cinco se va con control mañana o pasado.
—Mañana. Perdón.
Paula le sostuvo la mirada.
—¿Todo bien?
—Sí.
La respuesta salió automática. Tomás la oyó después de decirla.
Paula ya estaba hablando del siguiente paciente, y él se obligó a volver a la guardia.
A la una y media consiguió sentarse con un sándwich que no podía defenderse culinariamente. Había dado dos mordidas cuando Lara apareció en la puerta de la sala de médicos con un sobre de imágenes bajo el brazo.
—Eso cuenta como comida por definición amplia —dijo.
—Estoy expandiendo mis horizontes.
—No parece.
Lara encontró la tomografía que buscaba junto a una computadora. Tomás la vio revisar el nombre y la fecha antes de guardarla en el sobre.
—¿Querés que lleve algo para la noche? —preguntó ella.
—No hace falta.
Lara levantó la vista.
—No pregunté si hace falta.
Tomás tardó un segundo.
—No. Tengo comida.
—Bien.
Ella se acercó, lo besó brevemente y le limpió con el pulgar una mancha de mostaza junto a la boca.
—Tenías eso.
—Excelente momento para destruir mi atractivo.
—No estaba en riesgo por la mostaza.
—Gracias, Acosta.
Lara sonrió y salió con la tomografía. Tomás terminó el sándwich sin hambre y no volvió a revisar el teléfono hasta que la guardia se lo permitió.
A las siete y doce encontró un mensaje de Lara enviado quince minutos antes.
Lara: Sigo en quirófano. La paciente está estable. Me falta cerrar y ordenar el postoperatorio.
Tomás: Avisame cuando salgas.
Lara: Aviso.
...escribiendo.
Lara: Y no cenes cualquier cosa.
Tomás: Ya comí un sándwich que fue cuestionado por una cirujana.
Lara: Entonces mi intervención fue tardía.
Tomás sonrió. Después guardó el teléfono y se fue a cambiar.
Cuando Lara abrió la puerta de su departamento casi dos horas más tarde, tenía el pelo recogido sin demasiado criterio y la marca del barbijo todavía visible sobre el puente de la nariz. Tomás entró con una bolsa de comida en una mano.
—Hola.
—Hola.
Lara cerró la puerta y se acercó. No lo besó enseguida. Apoyó la frente contra su pecho y soltó el aire como si recién entonces hubiera terminado el día. Tomás le rodeó la espalda con los brazos.
—¿Todo bien?
—La paciente está estable. Yo tengo hambre.
—Traje comida.
—Excelente.
Se quedaron así unos segundos más. Después Lara se apartó, le quitó la bolsa y caminó hacia la cocina.
—¿Qué compraste?
—Empanadas.
—¿Cuántas?
—Las suficientes para que no evalúes mi ingesta.
—Eso no responde.
—Ocho.
—Aceptable.
Comieron en la cocina. Lara habló de la cirugía, de una residente que había conseguido anticipar una complicación antes de que se volviera problema y de un administrativo que había llamado tres veces al quirófano para preguntar por un formulario que podía esperar hasta el día siguiente.
Tomás contó lo de Ricardo y omitió a Micaela hasta que Lara le preguntó directamente si había sabido algo de ella.
—Me escribió —dijo—. Se disculpó. Le dije que no volviera a hacerlo.
—Bien.
—¿Eso es todo?
Lara dejó la empanada sobre el plato.
—¿Querés que haya algo más?
La pregunta le llegó demasiado limpia. Tomás miró el vaso de agua.
—No.
—Entonces sí. Es todo.
Lara comió otro bocado. No parecía tensa ni curiosa. Tomás sintió otra vez esa incomodidad sin una forma decente de explicarla y se irritó consigo mismo por traerla hasta una mesa donde ella no había hecho nada para merecerla.
—Estás raro desde ayer —dijo Lara.
Tomás levantó la vista.
—Estoy cansado.
—También estás cansado otras semanas.
—No sé qué querés que te diga.
—La verdad sería eficiente.
—No sé todavía cuál es.
Lara lo observó durante unos segundos. No hizo una pregunta adicional.
—Está bien.
Tomás frunció el ceño.
—¿Está bien?
—Sí. No tenés obligación de entender algo en el mismo momento en que te pasa. Cuando lo entiendas, decímelo.
—Te lo voy a decir.
—Perfecto.
Lara recogió los platos y los llevó a la pileta. Tomás se levantó para ayudar y ella le alcanzó el repasador sin convertir el asunto en una escena. Diez minutos después estaba eligiendo qué capítulo de una serie mirar mientras se secaba el pelo en el pasillo.
No volvió a preguntarle qué le pasaba. Tomás había dicho que todavía no lo sabía, y Lara puso el primer capítulo de la serie sin insistir.