Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 16 ¿NO TE MOLESTÓ?
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CAPÍTULO 16 ¿NO TE MOLESTÓ?

E l cumpleaños de Nico fue el sábado siguiente, en un bar que había elegido con dos criterios explícitos: que se pudiera hablar y que nadie intentara servir comida sobre una tabla de madera “por concepto”.

Tomás llegó primero. Lara estaba terminando una cirugía que se había extendido más de lo previsto y le había escrito que iría directo desde el hospital.

Él respondió que no corriera y después tuvo que soportar diez minutos de Nico explicándole que mandar “no corras” a una cirujana adulta era una forma especialmente inútil de preocupación.

—No le dije que maneje despacio —se defendió Tomás.

—Eso habría sido peor.

—Solo le dije que no corra.

—¿Y ahora qué está haciendo?

Tomás miró el teléfono.

—Probablemente caminando a velocidad normal para demostrarme un punto.

Nico levantó su vaso.

—Quince años y algo aprendiste.

El grupo fue creciendo. Había amigos de la facultad, dos pediatras del hospital, una pareja que Tomás conocía desde la residencia y varias personas que se saludaban con el entusiasmo específico de quienes solo se veían en cumpleaños y prometían encontrarse antes del siguiente sin ninguna intención real de organizarlo.

Lara llegó cuarenta minutos después, ya cambiada. Llevaba jeans oscuros, una remera gris oscuro y el pelo suelto. Encontró a Tomás al otro lado de la mesa casi de inmediato. Él levantó una mano; Lara se acercó, dejó la cartera en el respaldo de una silla y lo besó antes de saludar a nadie más.

Nico hizo un ruido de desaprobación.

—Mi cumpleaños.

Lara giró hacia él.

—Feliz cumpleaños.

—Gracias por acordarte después de besar a tu novio.

—Lo saludé primero porque estaba más cerca.

Tomás miró a Nico.

—Aceptalo. Es lo más romántico que vas a obtener de esta conversación.

Lara le dio a Nico una bolsa pequeña.

—Tu regalo.

—¿También estaba más cerca?

—No. Ese estaba en mi cartera.

Nico se rió y la abrazó.

La noche empezó bien. Lara conocía a suficientes personas como para no necesitar que Tomás la llevara de grupo en grupo.

Con otras hablaba por primera vez y lo hacía sin esfuerzo visible: preguntaba lo que quería saber, escuchaba las respuestas y no fingía interés cuando un tema no le importaba.

Tomás la vio discutir con un pediatra sobre si los médicos debían poder recetar reposo obligatorio a colegas enfermos y, veinte minutos después, aceptar una porción de torta que todavía no correspondía porque Nico había decidido adelantar el postre.

Micaela Vázquez apareció cerca de las once.

Tomás la conocía de la clínica donde había trabajado antes de entrar al Hospital Universitario del Plata: médica de Emergencias, treinta y tantos, rápida para hablar, rápida para trabajar y capaz de sostener tres conversaciones al mismo tiempo.

Habían hecho guardias juntos durante dos años y se llevaban bien, aunque desde el cambio de trabajo apenas se habían escrito.

—¡Leiva! —dijo al verlo.

—Mica.

Lo abrazó con fuerza. Tomás notó el olor a cerveza cuando ella se apartó, pero nada más. Era un cumpleaños; casi todos tenían algo en la mano.

—Desapareciste.

—Cambié de hospital. No de continente.

—Para la clínica es prácticamente lo mismo.

Hablaron un momento de gente conocida y de un jefe que finalmente se había jubilado. Cuando Lara se acercó con dos vasos de agua, Tomás hizo las presentaciones.

—Lara, Micaela Vázquez. Trabajábamos juntos en la clínica. Mica, Lara Acosta, mi pareja.

Micaela la miró con interés inmediato.

—Por fin.

Lara miró a Tomás.

—¿Por fin?

—Hablaba de vos bastante —explicó Micaela.

—Eso no me sorprende.

—A mí sí —dijo Tomás.

Lara le entregó uno de los vasos.

—No debería. Hablás bastante en general.

Micaela se rió.

—Me cae bien.

—Lleva cuatro frases —dijo Tomás.

—Fueron suficientes.

La conversación se movió a otra cosa. Micaela se fue a saludar a alguien de la residencia y Lara volvió con Nico. Tomás no pensó más en ella durante casi una hora.

Para entonces Micaela ya había cambiado de cerveza a tragos que alguien estaba pidiendo para la mesa. La primera vez que Tomás la vio perder el hilo de una historia le acercó un vaso de agua. Ella lo aceptó, tomó dos tragos y dejó el vaso en cualquier parte.

—Mica, bajá un cambio.

—Estoy perfecta.

—Eso no suele ser una frase que diga la gente perfecta.

—Médico insoportable.

—También.

Nico apareció detrás de ella y señaló el agua.

—Hacéle caso una vez en tu vida. Es mi regalo de cumpleaños.

—Tu regalo era una botella —dijo Micaela.

—Fue un error de cálculo.

La distracción funcionó. Micaela se fue con Nico hacia la mesa y Tomás volvió con Lara.

Bailaron una canción porque Tomás insistió y Lara consideró que negarse por tercera vez iba a requerir más energía que aceptar. Después compartieron una porción de torta. Ella le robó la parte con más cobertura sin pedir permiso y, ante la protesta, le devolvió exactamente un tercio.

Cerca de la una, Tomás estaba junto a la barra hablando con uno de los pediatras cuando Micaela volvió. Caminaba bien, pero demasiado concentrada en hacerlo.

—Tomás, mi amor —dijo.

Él se dio vuelta.

—¿Qué?

Micaela le agarró la cara con las dos manos y lo besó.

No fue un roce. Fue un beso directo, intenso y completamente inesperado.

Tomás tardó un segundo entero en entender qué estaba pasando y otro en conseguir espacio porque Micaela le había pasado los brazos alrededor del cuello.

Cuando logró meter una mano entre los dos, sujetarla por los hombros y separarla, varias conversaciones alrededor ya se habían detenido.

—Micaela. No.

Ella intentó acercarse otra vez.

—Dale, Tomi. Siempre me gustaste. Siempre.

—Micaela, basta.

Tomás la sostuvo a distancia, sin lastimarla pero con suficiente firmeza para que no pudiera volver a besarlo.

Nico apareció a su lado casi de inmediato.

—Mica. Vení conmigo.

—Estoy hablando con Tomás.

—No. Estás borracha y mañana vas a querer que esta parte de la noche haya terminado cinco minutos antes. Vení.

Micaela protestó algo que nadie entendió. Nico le pasó un brazo por los hombros y empezó a llevarla hacia una mesa más apartada, donde había agua y dos amigas que se levantaron al verla llegar.

Tomás se pasó una mano por la boca.

Entonces buscó a Lara.

Estaba a pocos metros. Había visto todo.

Lara llegó hasta él sin mirar a Micaela.

—¿Estás bien?

—Sí. Me agarró de sorpresa.

—Te besó sin permiso.

—Sí.

Lara lo sostuvo con la mirada un segundo.

—¿Querés irnos?

Él miró hacia Nico, que acababa de conseguir que Micaela se sentara. Después hacia el resto del grupo, que empezaba a hacer el esfuerzo social de fingir que no había visto nada.

—Dame un minuto.

—Está bien.

Lara se quedó con él. No interrogó, no buscó una explicación sobre el «siempre me gustaste» y no miró a Micaela. Cuando alguien le alcanzó un vaso de agua a Tomás, ella apoyó una mano breve en su espalda y esperó.

Cinco minutos después Nico volvió.

—Las amigas la llevan a la casa —dijo—. No va a manejar.

—¿Está bien?

—Borracha, avergonzada por anticipado y enojada conmigo. O sea: sí, dentro de lo posible.

Tomás asintió.

Nico lo miró un segundo más.

—¿Vos?

—Estoy bien.

—Perfecto. Mañana me vas a explicar por qué mi cumpleaños terminó con seguridad privada emocional.

Tomás soltó una risa corta.

—Vamos —dijo.

Se despidieron de Nico y salieron. El aire de la calle estaba más fresco y el ruido del bar quedó atrás apenas se cerró la puerta. Habían quedado en dormir en el departamento de Tomás. Él había tomado una sola cerveza en varias horas, pero le entregó las llaves a Lara. No tenía ganas de manejar.

Caminaron hasta el auto. Lara destrabó las puertas.

—¿No te molestó? —preguntó Tomás.

Ella se quedó con una mano en la puerta.

—¿El beso?

—Sí.

—Me preocupó que no lo quisieras.

—No me refería exactamente a eso.

Lara giró hacia él.

—¿A qué te referías?

Tomás apoyó la espalda contra el auto.

—A que quisiera besarme. A que dijera que siempre le gusté. Ella sabía que estaba con vos.

Lara lo observó unos segundos.

—¿Querías que me pusiera celosa?

Tomás no respondió enseguida.

—¿Te gustó el beso?

—No dije eso.

—¿Te gustó o no?

—No.

—Entonces fin de la historia.

Tomás apartó la mirada.

Lara esperó.

—No te gustó, no lo buscaste y la apartaste. ¿Qué epílogo querés?

—Ninguno.

—Entonces estamos de acuerdo.

Lara abrió la puerta del conductor.

Tomás no se movió.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada.

Lara lo estudió un instante.

—Ese «nada» no parece nada.

—No sé cómo explicarlo.

—Cuando lo sepas, decímelo.

Entró al auto.

Cuando Tomás ocupó el asiento del acompañante, Lara ya estaba buscando algo en el teléfono.

—Nico puso una canción horrible antes de la torta —dijo—. No me acuerdo cómo se llamaba.

Tomás se abrochó el cinturón.

En relaciones anteriores, una escena así habría ocupado el viaje entero. Preguntas. Reproches. Alguna discusión sobre una mujer que él no había besado. Había odiado esas conversaciones cuando ocurrían.

Lara estaba intentando recordar una canción.

Encontró una, la reprodujo durante cinco segundos y negó con la cabeza.

—No era esta.

Tomás miró por la ventanilla.

Tomás tuvo la impresión de que, para Lara, de verdad no había historia.

En el departamento, Lara se lavó la cara, dejó el teléfono cargando y se metió en la cama. Tomás puso la alarma para las siete.

—Gracias —dijo ella.

—De nada.

Lara se acomodó de costado, del lado donde solía dormir, y cerró los ojos.

Cinco minutos después estaba dormida.

Tomás seguía boca arriba, mirando el techo.

Micaela lo había besado hacía horas.

Lara no volvió a mencionar el beso.

Tomás tampoco. Pero no consiguió dejarlo atrás.