CAPÍTULO 15 SIN OCASIÓN
A Tomás le entregaron las flores en medio de la guardia.
No fue en una pausa ni después del almuerzo. Ocurrió en medio de un martes que llevaba siete horas comportándose como si el hospital hubiera decidido compensar estadísticamente todos los días tranquilos del mes.
Paula apareció junto a la estación de enfermería con un ramo grande envuelto en papel madera y una expresión que hizo que Tomás levantara la vista de la evolución que estaba escribiendo.
—Doctor Leiva.
—¿Qué pasó?
Paula dejó el ramo sobre el escritorio.
—Esto.
Tomás miró las flores. Después a ella.
—¿Para quién son?
—Para vos.
Él volvió a mirar el ramo.
—No.
—Sí.
—¿Estás segura?
—Tu nombre está en la tarjeta. A menos que exista otro Tomás Leiva en esta guardia y ustedes me lo hayan ocultado por años, son tuyas.
Una médica del otro lado de la estación levantó la cabeza.
—¿Flores?
Tomás ignoró el comentario y buscó la tarjeta pequeña sujeta al papel. Decía, con la letra precisa de Lara:
Esta vez no son por Fisiología.
—Lara
Tomás se quedó mirando la tarjeta.
Paula se inclinó apenas.
—¿Eso es un chiste médico?
—Es un chiste de hace catorce años.
—¿Cumpleaños?
—No.
—¿Aniversario?
—Tampoco.
—¿Disculpa?
—No.
Paula miró las flores otra vez.
—Entonces tu novia te mandó flores porque quiso.
La frase produjo un efecto ridículamente grande para la cantidad de información que contenía.
Tomás volvió a mirar el ramo.
—Aparentemente.
Él alzó la vista al notar que ya había tres personas observándolo desde distintos puntos de la estación.
—¿Podemos seguir trabajando?
—Claro —dijo Paula—. Pero primero sacá eso de acá antes de que alguien le pegue una etiqueta de laboratorio.
Tomás llevó el ramo a la sala de médicos.
No había florero. Había tazas, una pava eléctrica, un recipiente de plástico que alguna vez había contenido galletitas y una jarra de agua transparente con una rajadura cerca del asa.
La jarra no perdía, así que la llenó hasta la mitad, acomodó las flores y les sacó una foto.
Tomás: Improvisé un florero.
Lara tardó cuatro minutos.
Lara: La jarra sirve.
Tomás: Esa evaluación es poco romántica.
Lara: ¿Te gustaron?
La pregunta cortó la broma.
Tomás miró el ramo otra vez. Eran flores simples, sin una composición sofisticada: margaritas blancas, algunas amarillas que no sabía nombrar y ramas verdes.
Podía imaginar a Lara frente al puesto, evaluando opciones para comprar algo que no servía para comer, trabajar, dormir ni resolver un problema.
Tomás: Mucho.
...escribiendo.
Lara: Entonces salió bien.
Tomás dejó el teléfono boca abajo antes de escribir algo que después Nico pudiera usar contra él durante años.
Volvió al trabajo. Durante las siguientes horas vio el ramo cada vez que entró a tomar agua, buscar una historia o comer dos galletitas de pie.
La presencia era extraña en ese espacio: papel madera entre ambos, computadoras y una cartelera con cambios de turno.
Varias personas preguntaron quién se las había mandado.
Dos asumieron que era su cumpleaños. Una administrativa quiso saber si estaba comprometido.
Tomás terminó comprendiendo que recibir flores siendo hombre incluía una cantidad de participación comunitaria que nadie le había advertido.
A las cuatro y veinte se cruzó con Nico en el pasillo que comunicaba la guardia con el hall central. Nico llevaba una mochila colgada de un hombro y un café en la mano.
—Tenés flores.
—Gracias por la observación.
—¿De quién?
Tomás le mostró la tarjeta.
Nico leyó y sonrió.
—Mirá vos.
—No digas nada.
—No dije nada.
—Tu cara está diciendo cosas.
—Mi cara piensa que hace unas semanas estabas preguntándome si invitar a Lara a una cita era demasiado explícito y ahora ella te manda flores al hospital.
—Fueron menos semanas de las que estás insinuando.
—Qué alivio que conserves la precisión importante.
Tomás recuperó la tarjeta.
—Andate a trabajar.
—Estoy yendo.
Nico dio dos pasos y se volvió.
—Leiva.
—¿Qué?
—Cuidalas.
Tomás miró hacia la sala de médicos, donde el ramo sobresalía detrás del vidrio de la puerta.
—Pensaba hacerlo.
A las siete menos cuarto consiguió salir.
Había vuelto a envolver el ramo y lo llevaba bajo el brazo cuando cruzó el hall principal.
Encontró a Lara junto a las máquinas de café del primer piso, todavía con el ambo puesto y una carpeta contra el pecho.
Estaba hablando con Camila. Cuando lo vio acercarse con las flores, terminó la frase que estaba diciendo y esperó.
Camila miró el ramo. Miró a Lara. Después a Tomás.
—Me voy.
—No tenés que irte —respondió Lara.
—Sí, doctora. Tengo la fuerte impresión de que sí.
Tomás se hizo a un lado para dejarla pasar.
—Excelente criterio, Ríos.
Camila se alejó con una sonrisa que intentó esconder hasta doblar la esquina.
Lara observó el ramo.
—Sobrevivieron.
—Con intervención heroica de una jarra rota.
—Aceptable.
Tomás se detuvo frente a ella.
—¿Por qué?
—¿Las flores?
—Sí, Lara. Las flores.
Ella acomodó la carpeta contra su pecho.
—Quería mandarte algo.
—Eso ya lo deduje.
Lara lo miró.
—¿Por qué flores? —insistió él.
—Porque son románticas.
Tomás tardó un segundo.
—¿Vos decidiste que las flores son románticas?
—No personalmente. Hay bastante consenso.
Él entrecerró los ojos.
—¿Qué hiciste?
—Investigación aplicada.
—Lara.
Ella sostuvo su mirada unos segundos y finalmente sacó el teléfono del bolsillo. Tocó la pantalla, buscó algo y se lo extendió.
Tomás leyó el título.
DIEZ MANERAS SENCILLAS DE SER MÁS ROMÁNTICO CON TU PAREJA.
Levantó lentamente la vista.
—¿Buscaste esto?
—Sí.
—¿Por mí?
Lara frunció apenas el ceño.
—No estoy saliendo con otra persona.
La respuesta casi lo hizo reír, pero no llegó a hacerlo. Miró otra vez la pantalla.
—¿Y elegiste flores?
—La opción dos era preparar una cena sorpresa. Nuestros horarios volvían eso poco eficiente. La cuatro requería escribir una carta.
—¿Y eso era peor?
—Muchísimo.
Ahora sí, Tomás sonrió.
—¿Qué decía la diez?
Lara recuperó el teléfono.
—No importa.
—Ahora importa muchísimo.
—No.
Él intentó mirar la pantalla antes de que ella la bloqueara.
—Acosta.
—Leiva.
Tomás dejó de jugar.
—¿Querías hacer algo romántico conmigo?
Lara también dejó de esquivar.
—Sí.
Esa respuesta le borró la sonrisa durante un instante.
Lara señaló el ramo.
—No sabía exactamente qué. Busqué opciones. Esa parecía viable.
—Me mandaste flores porque estabas intentando aprender a ser romántica conmigo.
—No exageres. Estoy probando métodos.
Tomás miró el ramo otra vez.
—Me encantaron.
—Ya me dijiste.
—Ahora me gustan más.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Tomás apoyó el ramo contra una de las máquinas, le tomó la cara con ambas manos y la besó. Lara soltó un sonido breve de sorpresa y después lo agarró por el frente del ambo.
Cuando se separaron, él dejó la frente apoyada contra la de ella.
—La carta todavía está disponible.
—No abuses.
—Solo estoy informando opciones.
Lara le soltó el ambo.
—Tenés que irte. Llevás casi doce horas acá.
—¿Venís después?
Ella negó con la cabeza.
—Tengo una paciente que probablemente necesite volver a quirófano. No sé a qué hora salgo.
La decepción de Tomás fue breve y real. También lo fue el hecho de que no había nada que discutir.
—Escribime cuando termines.
—Lo hago.
—Aunque sea tarde.
—Está bien.
Tomás salió del hospital con el ramo bajo el brazo. Antes de cruzar las puertas automáticas, miró hacia atrás. Lara ya estaba leyendo la carpeta otra vez. Él levantó las flores y ella levantó una mano. Sonrió apenas antes de volver al trabajo.
En su departamento, Tomás encontró una jarra de vidrio suficientemente alta, llenó el fondo con agua y puso el ramo en el centro de la mesa del comedor. Después retrocedió dos pasos para mirarlo.
Nunca había tenido flores ahí.
Le gustaban.
A las once y cincuenta y ocho recibió un mensaje.
Lara: Salí. La paciente está estable.
Tomás: Avisame cuando llegues.
Lara: Aviso.
Veinte minutos después:
Lara: Llegué.
Tomás: Buenas noches.
Lara: Buenas noches.
Tomás dejó el teléfono sobre la mesa de luz, apagó la lámpara y cerró los ojos. Se dio vuelta hacia la pared, después hacia el otro lado y acomodó la almohada. Cerró los ojos otra vez.
Duró menos de un minuto.
Encendió la lámpara, se sentó en la cama y miró el espacio vacío a su lado.
—Esto es ridículo —murmuró.
Se levantó, fue hasta el comedor, tomó la jarra con las flores y volvió al dormitorio con cuidado de no volcar el agua. La dejó sobre la mesa de luz del lado de la cama donde Lara solía dormir. Tuvo que correr su cargador y un libro para hacerles lugar.
Volvió a acostarse. Desde su almohada podía ver el ramo.
Sonrió.
Esta vez, cuando apagó la luz, se durmió enseguida.