Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 14 EXTRAÑAR
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CAPÍTULO 14 EXTRAÑAR

L a primera ausencia de Tomás desde que eran pareja duró tres días y no tuvo nada de dramático.

El hospital lo había enviado a unas jornadas de actualización de Emergencias fuera de Buenos Aires.

Salía el viernes temprano, volvía el domingo a la noche y, durante todo el intervalo, iba a tener teléfono, internet, café mediocre y la capacidad adulta de regresar por sus propios medios.

Lara no encontró ninguna razón para convertirlo en un acontecimiento.

El viernes a las seis y veinte de la mañana recibió una foto de una taza de cartón junto a una medialuna deprimente.

Tomás: El café del hotel viola tratados internacionales.

Lara respondió mientras esperaba el ascensor del hospital.

Lara: No existe un tratado sobre café.

Tomás: Debería.

Lara: Tomá agua.

Tomás: Te extraño también.

Lara miró el mensaje unos segundos. Sonrió y guardó el teléfono justo cuando se abrieron las puertas del ascensor.

El resto de la mañana fue demasiado ocupado para pensar en él con continuidad.

Hubo una cirugía programada, dos interconsultas y una residente que había decidido revisar una indicación tres veces porque Lara la había corregido una semana antes.

A las dos, cuando bajó a buscar algo de comer, miró hacia la entrada de la guardia antes de recordar que Tomás estaba a varios cientos de kilómetros.

El gesto la irritó un poco: había realizado un movimiento inútil y, peor, lo había hecho por hábito.

El sábado trabajó hasta la tarde. Salió de cirugía cerca de las tres y bajó a la cafetería todavía pensando en una maniobra que Camila había resuelto bien por primera vez. La mujer detrás del mostrador levantó un vaso.

—¿Uno?

—Dos —respondió Lara.

La mujer buscó otro vaso.

Lara se quedó mirándolo.

—Uno.

—Me dijiste dos.

—Me equivoqué.

La mujer pareció considerar si una cirujana que admitía un error en una cafetería merecía una ceremonia, decidió que no y cobró uno.

Lara llevó el café hasta una mesa vacía. Antes de sentarse, le tomó una foto.

Lara: Pedí dos cafés.

La respuesta de Tomás tardó menos de un minuto.

Tomás: Eso es amor.

Lara: Eso es hábito.

Tomás: Dejá de destruir mis momentos.

Lara: Compré uno.

Tomás: Peor.

Lara guardó el teléfono riéndose.

Más tarde intercambiaron audios. Tomás le contó que una conferencia sobre manejo de conflictos había terminado en una discusión entre dos asistentes; Lara le habló de Camila cerrando sola una herida bajo supervisión.

Él respondió con una celebración de locutor deportivo.

Lara volvió a escuchar los últimos diez segundos mientras se cambiaba, aunque ya los había entendido perfectamente.

El domingo se despertó tarde. Preparó café, encontró en la heladera la botella de agua con gas que Tomás prefería, desayunó leyendo noticias y ordenó un poco el departamento.

A las doce y media abrió el chat con Tomás sin tener nada concreto que decirle. Una hora después volvió a hacerlo, escribió dos líneas sobre una película y las borró porque podía contárselo en persona esa noche.

A las dos y cuarto él le mandó una foto desde la terminal.

Tomás: Sobreviví.

Lara: Era el resultado estadísticamente más probable.

Tomás: Nunca sabés recibir buenas noticias.

Lara: ¿A qué hora llegás?

Tomás: Ocho y media, si todo funciona.

Lara: Avisame cuando estés en tu casa.

Tomás: ¿Me vas a controlar la saturación de oxígeno a distancia?

Lara: No. Voy a llevar comida.

Hubo una pausa de casi un minuto.

Tomás: Ah.

Lara: ¿Qué?

Tomás: Nada. Ocho y media.

Llegó a su departamento a las ocho y cuarenta y tres. Lara lo supo porque recibió un mensaje que decía Llegué acompañado por una foto de una valija abierta en el medio del living, como si fuera evidencia de una catástrofe doméstica.

A las nueve y cinco tocó el timbre con una bolsa de comida china en una mano y una botella de cerveza en la otra.

Tomás abrió antes del segundo timbrazo. Llevaba una remera gris, pantalón de algodón y el pelo todavía húmedo. Había dejado la valija junto al sillón sin desarmarla. Lara alcanzó a verla por encima de su hombro antes de que él la abrazara.

No fue el tipo de abrazo rápido con el que se saludaban después de una guardia. Tomás la rodeó con ambos brazos, apoyó la cara junto a su cuello y se quedó quieto varios segundos.

Lara sostuvo la bolsa lejos del cuerpo para no aplastarla.

—La comida corre riesgo —dijo.

—Que espere.

Ella sonrió y le pasó el brazo libre por la espalda.

Tomás respiró hondo.

—Te extrañé.

—Ya me di cuenta.

Él se apartó lo suficiente para mirarla.

—¿Por el abrazo o por los treinta y ocho mensajes?

—Fueron veintinueve.

—Eso no mejora mi imagen.

—No estaba intentando mejorarla.

Tomás la besó. La botella chocó contra el marco de la puerta y Lara la apartó antes de que se le cayera.

—Entrá —dijo él—. Antes de que conviertas mi regreso en un informe de riesgos.

Lara pasó. Dejó la comida en la mesa y la cerveza en la heladera. Tomás la siguió, abrió la bolsa y empezó a sacar recipientes.

—Pediste lo que me gusta.

—También me gusta a mí.

—Dejame creer durante cinco minutos que fue exclusivamente por mí.

—Hay cerdo agridulce. Yo no lo pedí para mí.

Tomás se quedó con un recipiente en la mano.

—Retiro la objeción.

Comieron en la mesa del comedor mientras él le contaba lo suficiente del viaje como para que Lara pudiera imaginar las partes que no había visto: una sala con aire acondicionado excesivo, dos médicos discutiendo por una diapositiva, un hombre que había hecho una pregunta de doce minutos y un desayuno donde los huevos revueltos tenían una textura que Tomás describió como “administrativa”.

Lara habló de su fin de semana. No embelleció nada. Le contó lo de los dos cafés, la botella de agua con gas, las veces que había abierto el chat sin tener un motivo concreto y el momento del viernes en que había mirado hacia la guardia antes de recordar que él no estaba.

Tomás dejó los palillos sobre el plato.

—Pará.

—¿Qué?

—Volvé a lo de abrir el chat sin motivo.

Lara tomó cerveza.

—Lo abrí varias veces.

—¿Para hablarme?

—Sí.

—Pero no necesitabas nada.

—No.

La sonrisa de Tomás apareció despacio.

—Acosta.

—¿Qué?

Él se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Me extrañaste?

Lara sabía que la pregunta no era casual. También sabía que Tomás no estaba pidiendo una definición académica. La expresión le resultaba demasiado conocida para fingir que era una conversación sobre vocabulario.

Se tomó un momento.

—El sábado pedí dos cafés. Hoy abrí nuestro chat cuatro veces sin tener nada importante que decir. Miré hacia la guardia cuando bajé a almorzar el viernes y me molestó acordarme de que no estabas. Hubo varias cosas que quise contarte antes de que volvieras.

Tomás no la interrumpió.

Lara apoyó el vaso.

—Si eso es extrañarte, sí. Te extrañé.

La reacción fue inmediata y silenciosa. No hubo una sonrisa enorme ni una broma. Tomás la miró como si acabara de recibir algo que había intentado no exigir.

—Gracias —dijo.

Lara frunció apenas el ceño.

—¿Por qué me agradecés?

—Porque podrías haber dicho “sí” para terminar rápido.

—Eso habría sido más corto.

—Exactamente.

Tomás se levantó, rodeó la mesa y se detuvo junto a ella. Lara giró la silla antes de que él tuviera que pedirle espacio. Él apoyó una mano en su nuca.

—Y porque te extrañé como un idiota —añadió—. Me alegra saber que no fui completamente unilateral.

—No fuiste unilateral.

—Eso me sirve.

Lara lo besó antes de que pudiera agregar contexto emocional.

El horno emitió un pitido agudo desde la cocina.

Tomás se separó apenas.

—¿Qué pusiste ahí?

—Una cosa.

El pitido volvió a sonar.

Él giró la cabeza.

—Mi horno está diciendo otra cosa.

Lara se levantó.

—Entonces revisalo.

—Llegaste hace cuarenta minutos y ya me estás dando órdenes en mi casa.

—Llegué hace cuarenta minutos y tu horno está pitando.

Tomás fue hacia la cocina. Lara recogió los vasos y lo siguió mientras él abría la puerta del horno y descubría una bandeja olvidada que había dejado secando después de lavarla.

—Perfecto —dijo—. No había comida. Solo incompetencia.

Lara dejó los vasos junto a la pileta.

—Eso sí lo extrañé.

Tomás se dio vuelta con una sonrisa.

—Vení acá.

Lara cruzó la cocina. Él la recibió con una mano en la cintura y la besó todavía sonriendo. El horno volvió a emitir un pitido detrás de ellos.

Ninguno le prestó atención.