Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 13 PARA DOS
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CAPÍTULO 13 PARA DOS

E l jueves, el hospital volvió a ordenar las prioridades.

A las cinco y cuarenta de la tarde, Tomás la llamó desde guardia.

—Necesito Cirugía en el box dos cuando puedas.

No dijo “urgente”. No hacía falta. Su voz había cambiado.

Lara dejó la evolución que estaba terminando y miró a Camila.

—Venís conmigo.

Bajaron por la escalera porque el ascensor tardaba.

En el box dos encontraron a una mujer de cincuenta y ocho años, pálida, acostada de lado y respirando corto por el dolor.

Tomás estaba junto a la cama. Ya tenía dos vías colocadas, laboratorio enviado y antibióticos indicados. Una enfermera ajustaba líquidos.

—Marina, ella es la doctora Acosta, de Cirugía —dijo Tomás—. Es la que te comenté.

La paciente asintió apenas.

Tomás le resumió el cuadro a Lara sin dramatizarlo: dolor abdominal que había empezado esa mañana, fiebre, vómitos, presión algo baja al ingreso, antecedente de diverticulitis. La tomografía mostraba inflamación importante y aire fuera del intestino.

Lara revisó las imágenes en la pantalla del box. No necesitó más de un minuto.

—Hay una perforación —dijo.

Tomás asintió.

Camila se acercó para mirar. Lara le señaló el área.

—Acá. Y acá. No es mucho aire, pero no debería estar ahí.

La residente tragó saliva y volvió a mirar a la paciente.

Lara se acercó a la cama.

—Marina, hay una parte del intestino que se inflamó y se perforó. Eso está dejando salir contenido donde no debería y explica por qué te sentís tan mal. Necesitamos operarte hoy.

La mujer cerró los ojos un segundo.

—¿Me puedo morir?

La pregunta cayó con un peso que ningún eufemismo iba a volver más liviano.

Lara no miró a Tomás antes de responder.

—Es una situación seria. Pero llegaste, ya empezamos el tratamiento y vamos a actuar ahora. No te puedo prometer que sea simple; sí te puedo explicar qué vamos a hacer y estar ahí para hacerlo.

La mujer asintió. Tenía una hija esperando afuera. Tomás salió a buscarla mientras Lara y Camila organizaban quirófano.

Durante los siguientes cuarenta minutos trabajaron sin estorbarse.

Tomás completó estabilización y documentación.

Lara habló con Anestesia, consiguió sala y explicó riesgos.

Camila coordinó estudios pendientes. Julia apareció cuando la llamaron y dejó cualquier comentario personal fuera del box en cuanto vio a la paciente.

El hospital podía reducir cuatro vidas privadas a una sola urgencia sin pedir permiso.

A las seis y treinta, Marina entró a quirófano.

La cirugía duró más de dos horas. Había una perforación pequeña pero contaminada. Lara resolvió lo necesario con su equipo y dejó a la paciente estable para recuperación. Cuando salió, tenía la nuca rígida y una marca del gorro en la frente.

Tomás estaba sentado en una silla del pasillo con dos vasos de agua cerrados y una bolsa de galletitas saladas.

—¿Qué hacés acá? —preguntó Lara.

Él se levantó.

—La hija preguntó si podía saber cómo salió. Le dije que ibas a hablar con ella cuando terminaras. Y supuse que ibas a olvidar tomar agua.

Lara miró los vasos.

—No me olvido siempre.

—No dije siempre.

Le entregó uno.

La hija de Marina apareció al final del pasillo. Lara dejó el vaso y fue a hablar con ella. Tomás no la acompañó; se quedó a una distancia suficiente para que la conversación fuera privada y lo bastante cerca para responder si la mujer necesitaba algo después.

Cuando Lara terminó, eran casi las nueve.

—¿Comiste? —preguntó Tomás.

—No.

—Yo tampoco.

—Eso es mala planificación.

—Gracias. ¿Tu casa o la mía?

Lara pensó. Su departamento quedaba más cerca del hospital, pero al día siguiente Tomás entraba antes y desde el suyo llegaría diez minutos más rápido. Habría elegido el suyo por eso si la pregunta hubiera sido puramente logística.

No lo era.

—La tuya —dijo.

Tomás sonrió.

—¿Por logística?

Lara lo miró.

—No abuses de una pregunta que funcionó una vez.

—Eso es un no.

—Es un “no solo”.

La sonrisa cambió.

—Me sirve.

En el departamento de Tomás cenaron pasta recalentada que él había cocinado el día anterior. Lara se duchó primero y salió con una de sus remeras porque no tenía ropa limpia allí.

Tomás estaba guardando platos cuando la vio con una de sus remeras y señaló el dormitorio con la cabeza.

—Necesitás ropa acá.

Lara se secó el pelo con la toalla.

—Podría dejar algunas cosas.

—Si querés.

—Quiero.

No hablaron mucho más del tema. En los días siguientes Lara dejó algunas cosas en el departamento de Tomás. Él ocupó espacio en casa de ella con la misma naturalidad. Cada departamento empezó a contener al otro sin que ninguno propusiera vivir juntos ni necesitara fingir que aquello era accidental.

Una noche, Tomás estaba sentado en el borde de la cama terminando de responder un mensaje del hospital cuando Lara salió del baño. Dejó el teléfono sobre la mesa de luz y se quedó mirándolo.

Él levantó la vista.

—¿Qué?

Lara se acercó despacio.

—Todavía me acuerdo de nuestro primer beso.

Tomás sonrió.

—Espero que por razones favorables.

—Estabas muy nervioso.

—Gracias por preservar ese recuerdo.

Lara se detuvo entre sus piernas.

—¿Seguís nervioso?

Tomás dejó el teléfono a un lado.

—Depende.

—¿De qué?

Él la tomó por la cintura.

—De lo que estés planeando.

Lara bajó la mirada hacia sus manos y volvió a sus ojos.

—¿Esto te pone nervioso?

—Un poco menos que la primera vez.

—Eso no responde la pregunta.

—Sí.

Ella sonrió y, sin apartarle las manos de la cintura, se sentó sobre sus piernas.

La sonrisa de Tomás cambió.

—Eso parece nerviosismo —dijo Lara.

—Eso parece que estás haciendo trampa.

—No acordamos reglas.

Tomás soltó una risa baja, pero Lara ya se había inclinado hacia su cuello. Lo besó debajo de la mandíbula, despacio, y sintió cómo sus dedos se afirmaban sobre su cintura.

—Lara.

Ella volvió a besarlo, un poco más abajo.

—¿Sí?

—Definitivamente seguís poniéndome nervioso.

—Bien.

Esta vez el “bien” no cerró ninguna conversación.

Tomás buscó su boca y Lara respondió de inmediato.

El juego duró poco antes de dejar de parecer un juego: ella le hundió los dedos en el pelo, él la acercó más y terminaron en la cama sin que ninguno necesitara convertir el deseo en una negociación complicada.

Preguntaron cuando hizo falta. Dijeron lo que querían.

El resto fue la familiaridad de dos personas que ya conocían mejor el cuerpo del otro y todavía podían sorprenderse.

* * *

Más tarde, Lara se quedó dormida casi enseguida.

Tomás no.

Estaba acostado de costado, con una mano apoyada sobre la cintura de ella. Lara respiraba despacio, el pelo desordenado sobre la almohada y una pierna enredada con la sábana. Tomás la observó unos segundos y después miró alrededor.

El guardapolvo de Lara colgaba del respaldo de la silla y había ropa suya doblada en un estante. Eran cosas pequeñas, pero hacían que el departamento se viera distinto.

No vivían juntos. Nunca lo habían propuesto.

Pero Lara empezaba a existir dentro de su casa incluso cuando no estaba en la habitación.

Tomás volvió a mirarla. Dormida no parecía otra persona ni una versión más accesible de sí misma. Era Lara, simplemente, con la cara relajada y ninguna obligación de explicar lo que sentía.

Quiso guardar aquel momento exactamente como era: el peso tibio de su cuerpo en el colchón, la respiración lenta, el silencio de una casa que esa noche contenía a los dos.

Quiso eternizarlo.

No porque creyera que fuera eterno.

Precisamente porque Lara nunca se lo había prometido.