CAPÍTULO 12 LA NOCHE DEL CUCHILLO
L a cita doble habría podido ser incómoda por unas cuarenta razones diferentes.
Tomás había enumerado al menos doce antes de salir de su departamento.
Julia podía decidir que Martín no le gustaba tanto después de verlo durante dos horas seguidas.
Martín podía descubrir que el sentido del humor de Julia tenía menos filtro cuanto más cómoda estaba y pedir la cuenta antes del postre.
Lara podía observar una interacción durante veinte segundos, llegar a una conclusión correcta y anunciarla en voz alta.
Tomás podía intentar compensar todo lo anterior hablando demasiado.
A las diez y cuarto, ninguna de esas cosas había ocurrido.
Estaban en un restaurante de Villa Crespo que servía platos para compartir y tenía mesas lo bastante separadas como para que Julia pudiera putear sin involucrar a una familia desconocida.
Martín había elegido un vino. Lara había preguntado por qué ese.
Él había respondido en tres frases, sin convertirlo en una clase.
Julia miró a Lara con una expresión que, a Tomás, le pareció decir claramente “por eso”.
Lara le sostuvo la mirada un instante y siguió comiendo.
Tomás estaba pasando una fuente de papas cuando Martín preguntó:
—¿Ustedes se conocieron en la facultad, no?
—Anatomía —dijo Lara.
—Con un cadáver en el medio —agregó Tomás.
Martín dejó el tenedor.
—Eso mejora bastante la historia.
—No para el cadáver —dijo Lara.
Julia casi se atragantó con el vino.
—No empieces.
—No empecé nada.
—Te conozco.
—Yo también.
Tomás tomó agua.
—Lara tenía la mano adentro de un abdomen abierto y este imbécil estaba más pendiente de ella que del práctico —le explicó a Martín—. Quince años después sigue diciendo que fue interés científico.
—Nunca dije eso.
—Lo pensaste con suficiente fuerza como para que cuente.
Martín miró a Tomás.
—¿Y cuánto tardaste en invitarla a salir?
Tomás apoyó el vaso.
—Quince años.
Lara inclinó la cabeza.
—Redondeando.
Julia dejó caer la frente sobre una mano.
—No lo ayudes.
—Estoy corrigiendo una imprecisión.
Tomás miró a Martín.
—Este es el servicio que recibís gratis cuando salís con una amiga de Lara.
Martín sonrió.
—Ya me di cuenta.
Julia entrecerró los ojos.
—¿De qué te diste cuenta?
—De que observa mucho.
—No observo mucho —dijo Lara—. Ustedes hacen cosas evidentes.
Julia dejó el tenedor.
—No empieces.
—No empecé nada.
Martín miró de una a otra, entretenido.
—¿Esto es por lo del pasillo?
—Sí —dijo Julia—. Me vio hablando con él durante treinta segundos y decidió anunciar que nos estábamos cogiendo.
Tomás giró lentamente hacia Lara.
—¿Lo anunciaste así?
—No inmediatamente. Primero pregunté desde cuándo.
Martín empezó a reírse.
—Eso mejora muchísimo la historia.
—No la incentives —dijo Julia.
—Después me dijo que si lo presentaba me perdonaba —agregó Lara.
Tomás frunció el ceño.
—¿Perdonarte qué?
—Nada. Julia también señaló eso.
Julia se tapó media cara con una mano.
—No sé por qué acepté esta cena.
Martín le apartó suavemente la mano de la cara.
—Yo sí.
Julia lo miró. El cambio en su expresión fue evidente.
Lara lo vio y no dijo nada.
Tomás la miró de reojo.
—¿Estás haciendo un esfuerzo?
—Sí.
—Estoy orgulloso.
—No exageres.
La conversación pasó a otras cosas. Martín contó una guerra absurda entre dos servicios por una resonancia nocturna que ninguno necesitaba con verdadera urgencia.
Julia relató cómo un residente había escrito “paciente ansioso” en una evolución mientras el paciente estaba dormido.
Lara señaló que ambos casos demostraban que el lenguaje médico podía ser una forma sofisticada de agresión pasiva.
Tomás agregó que Emergencias había perfeccionado el arte de escribir “se sugiere reevaluación por servicio tratante” cuando quería decir “ahora te toca a vos”.
Para el momento en que llegó el segundo plato, Martín ya no parecía estar en una cita doble con tres personas que se conocían demasiado. Parecía simplemente incluido.
La pregunta peligrosa apareció con el postre.
No la hizo Lara.
—Julia me contó que ustedes se conocían desde antes de una evaluación importante que tuvo Lara —dijo Martín, mirando primero a Lara, no a Tomás—. Si no querés hablar del tema, no hace falta.
Tomás dejó la cuchara.
Julia se tensó apenas.
—Le dije solo eso —aclaró—. Nada más.
Lara la miró. Julia parecía preparada para defender el límite antes de que se lo exigieran.
—Está bien —dijo Lara—. No me molesta.
Martín asintió.
—Me dio curiosidad porque Julia dijo que Tomás estaba antes y después, y que eso había importado.
Lara apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—A los veintiuno tuve una evaluación que describió rasgos psicopáticos elevados. No fue una revelación cinematográfica. Yo ya sabía que algunas cosas en mí funcionaban distinto. La evaluación les puso nombre y contexto.
Martín no reaccionó con sorpresa teatral. Tampoco intentó hacer una pregunta clínica. Solo dijo:
—Entiendo.
Tomás lo agradeció en silencio.
Julia sonrió de costado.
—Lo gracioso es que Tomás tuvo una crisis de estupidez durante aproximadamente una noche.
Tomás cerró los ojos.
—No.
Lara giró hacia él.
—¿La del cuchillo?
Martín miró de uno a otro.
Julia ya estaba sonriendo.
—La del cuchillo.
—No hace falta contarla —dijo Tomás.
—Eso significa que hace falta contarla —respondió Julia.
Tomás miró a Lara buscando una mínima solidaridad.
Ella bebió agua.
—A mí me gusta esa historia.
—Por supuesto que te gusta.
—Terminó bien.
—Ese no es el criterio para determinar si una historia preserva mi dignidad.
Martín apoyó los brazos sobre la mesa.
—Ahora necesito saber.
Tomás señaló a Julia.
—Ella empezó esto.
—Y no me arrepiento.
Tomás respiró hondo.
—Está bien. Pero la versión correcta empieza unas horas antes, cuando yo cometí el error de tener veintiún años e internet al mismo tiempo.
—Fue hace catorce años. Esa noche empezó a llover a las nueve y cuarto. Me acuerdo porque Lara se había ido de mi departamento a las nueve y diez, después de estudiar, y el cielo todavía estaba seco. Cinco minutos después se largó una tormenta de verano con la precisión de una venganza personal.
—Yo estaba solo en un departamento chico que pertenecía a una tía y que usaba mientras cursaba porque quedaba más cerca de la facultad que la casa de mis viejos. Tenía dos ambientes, una cocina que podía recorrerse sin mover los pies y unas ventanas viejas que vibraban cuando tronaba fuerte.
Tomás apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Esa tarde Lara me había contado lo de la evaluación.
Julia dejó la copa.
—¿Ese mismo día?
—Ese mismo día. Y cuando me lo contó no pasó nada aterrador.
Fue Lara. Puso una carpeta sobre la mesa, me explicó qué habían evaluado y qué no, y qué cosas encajaban mejor de lo que esperaba.
Yo le hice preguntas. Ella respondió las que podía.
Después estudiamos Farmacología durante dos horas y discutimos por la diferencia entre una respuesta correcta y una respuesta incompleta.
Lara levantó apenas una ceja.
—Era incompleta.
—Gracias por confirmar que catorce años no modificaron esa parte.
Martín sonrió.
Tomás continuó:
—Hasta que se fue, todo estaba bien. El problema empezó cuando me quedé solo. Abrí la computadora y busqué.
Hizo una pausa.
—Primero encontré material serio. Después abrí un enlace que llevaba a otro.
Luego otro. En menos de una hora había conseguido mezclar conceptos clínicos, artículos divulgativos, listas de “señales”, crónicas policiales y una cantidad de basura sensacionalista que usaba la misma palabra para describir desde rasgos de personalidad hasta homicidios múltiples.
—¿Sabías que era basura? —preguntó Martín.
—Sí. Ese es el detalle más humillante. Sabía que era basura y seguí leyendo.
Julia soltó una risa.
—Por supuesto.
—A las diez y media ya estaba molesto conmigo mismo. A las once cerré la computadora. A las once y cuatro la volví a abrir para “ver una cosa más”, que es exactamente el tipo de decisión que uno toma justo antes de empeorar una situación que ya entiende mal.
Lara tomó un sorbo de vino.
—Eso es cierto en casi cualquier contexto.
—Y a las once y diecisiete se cortó la luz. Todo quedó oscuro de golpe. La notebook siguió iluminando la mesa por la batería y afuera cayó un trueno que hizo vibrar los vidrios.
—Busqué el teléfono para usar la linterna —continuó Tomás—. Me acuerdo de que tenía poca batería y de pensar que era el momento perfecto para que todo funcionara mal. Y entonces golpearon la puerta.
Julia ya estaba sonriendo.
—No.
—Sí. El portero no funcionaba con el corte y yo no esperaba a nadie. Primero pensé que ninguna persona razonable iba a visitar a otra con semejante tormenta. Después escuché a Lara llamándome desde el pasillo y me tranquilicé.
—Error —dijo Julia.
—Exactamente. Abrí y hubo un relámpago. Esto sí lo recuerdo perfecto: Lara estaba empapada, con el pelo pegado a la cara, una mochila colgada de un hombro y un cuchillo grande en la mano.
—No era grande —dijo Lara.
Tomás la miró.
—En mi recuerdo era enorme. Probablemente porque yo estaba haciendo un excelente trabajo asustándome solo.
Martín soltó una risa.
—¿Y qué hiciste?
—Nada durante unos segundos. Pensá que unas horas antes mi mejor amiga me había contado lo de la evaluación y yo acababa de pasar la noche leyendo homicidios, listas de señales y toda clase de estupideces. Mi cerebro decidió usar exactamente ese momento para juntar cosas que no tenían nada que ver.
Lara tomó agua.
—La hoja estaba apuntando hacia el piso.
—Ese detalle no participó de mi experiencia emocional.
—Debería.
Julia se rió.
—¿Ella se dio cuenta de que estabas asustado?
—Sí. No me acuerdo exactamente de todo lo que dijimos. Me acuerdo de preguntarle por el cuchillo y de que ella estaba bastante más preocupada por estar mojando el pasillo. Y después descubrí que el cuchillo era mío.
Martín frunció el ceño.
—¿Tuyo?
—Lo había dejado en su departamento la semana anterior. Habíamos cocinado mientras estudiábamos y me olvidé de llevármelo. Lara había dicho que me lo devolvía.
—Y te lo devolví —dijo Lara.
—Durante una tormenta eléctrica.
—Ya iba a tu casa.
Tomás señaló a Lara con la cuchara.
—Porque además yo me había olvidado mis apuntes de Farmacología y tenía un parcial al día siguiente. La bolsa de papel donde llevaba el cuchillo se rompió con la lluvia. Los apuntes, en cambio, llegaron perfectamente secos porque los había metido en plástico.
Julia se volvió hacia Lara.
—¿Saliste con esa tormenta para llevarle los apuntes?
—Cuando salí no llovía así.
—Esa también fue su defensa —dijo Tomás—. Y ahí estaba ella preocupada por mi parcial mientras yo llevaba una hora alimentando la idea de que acababa de descubrir algo aterrador sobre la persona que conocía.
Martín dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Cuándo te diste cuenta de que el problema era lo que habías leído?
Tomás pensó un momento.
—Bastante rápido. No sé cuánto exactamente. Sí recuerdo que le dije que había estado buscando información y que, durante unos minutos, todo lo que había leído se me pegó a la imagen de ella en la puerta. Me dio vergüenza admitirlo.
—Fueron siete minutos —dijo Lara.
Tomás la miró.
—Gracias, amor. Era fundamental conservar ese dato.
La palabra salió con tanta naturalidad que Tomás tardó un segundo en darse cuenta de que la había usado. Lara también hizo una pausa mínima. Julia los miró a ambos y no intervino.
—¿Y qué hizo ella cuando se lo dijiste? —preguntó Martín.
—Nada cinematográfico. No me gritó ni intentó convencerme de que era una buena persona. Me preguntó lo necesario, yo le dije que no quería que se fuera y terminamos repasando Farmacología con una linterna hasta que volvió la luz.
Julia apoyó la frente en una mano, riéndose.
—Es la historia menos romántica y más romántica que escuché en mi vida.
—Al día siguiente aprobé —dijo Tomás—. Y después busqué información seria. Pero lo que más recuerdo no es eso. Es estar sentado con ella, con el cuchillo ya olvidado sobre la mesada, y darme cuenta de que no había cambiado absolutamente nada. La palabra era nueva. Lara no.
Lara sostuvo su mirada.
—Eso sí lo entendiste rápido.
—Después de hacer el ridículo un rato.
—También.
Durante unos segundos los cuatro se quedaron sonriendo. Después Julia volvió a reírse, ya sin la rigidez con la que había llegado a la cita.
La cena se estiró un poco más. Hablaron del hospital, de una película que Martín insistía en defender y de un restaurante que Julia había jurado no volver a pisar después de una intoxicación alimentaria que, según ella, contaba como traición personal.
Tomás notó que Julia ya no vigilaba cada reacción de Martín ni miraba a Lara esperando un análisis no solicitado.
En algún momento, a Lara se le cayó la servilleta.
Se inclinó para recogerla y se quedó quieta una fracción de segundo.
Cuando volvió a incorporarse, Tomás reconoció en su cara el esfuerzo de no comentar algo.
Lara dejó la servilleta junto al plato y carraspeó.
—Creo que es hora de irnos.
Julia interrumpió lo que estaba diciendo.
—¿Ahora?
Tomás miró a Lara. Ella bajó los ojos apenas hacia debajo de la mesa y volvió a mirarlo.
No sabía qué había visto, pero entendió que Lara quería sacarlo de ahí.
—Sí —dijo—. Tenemos que entrar temprano mañana.
—Son las once y media.
—Precisamente.
Martín tomó su copa para esconder una sonrisa.
Julia lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
Lara tomó la cartera.
—Buenas noches.
Julia entrecerró los ojos.
—¿Por qué estás actuando raro?
—No estoy actuando raro.
Tomás ya estaba buscando su campera.
—Está siendo sorprendentemente considerada.
Julia giró lentamente hacia él. Después miró a Lara. Finalmente bajó la vista hacia su propia mano.
El rojo le subió a la cara.
—Andate.
Lara asintió.
—Eso estaba intentando hacer.
Martín no hizo ningún esfuerzo por esconder la risa.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Martín —respondió Lara—. Fue un gusto conocerte.
Julia se tapó la cara.
—Dios mío.
Lara y Tomás se alejaron de la mesa. Recién junto a la salida, él se inclinó hacia ella.
—¿Qué tan arriba?
Lara siguió caminando.
—No necesitás esa información.
—Acabás de crecer como persona.
—No exageres.
—Hace un mes habrías emitido un informe.
Lara lo miró.
—No hago informes sobre manos cerca de genitales.
Tomás soltó una carcajada antes de abrirle la puerta del restaurante.