CAPÍTULO 11 DIAGNÓSTICO DIFERENCIAL
L ara tardó menos de treinta segundos en darse cuenta de que Julia Ferrer le estaba ocultando algo.
No había sido una búsqueda. De hecho, Lara iba camino a ver a un paciente cuando encontró a Julia junto a la estación de enfermería del cuarto piso, hablando con el médico de Diagnóstico por Imágenes que la había mirado desde la cafetería con suficiente insistencia como para que Julia negara tres veces que la estaba mirando.
El hombre sostenía una carpeta contra el pecho. Julia tenía una mano apoyada en el borde del mostrador y la otra en el bolsillo del ambo. Nada de eso era particularmente informativo.
Lo informativo era que Julia llevaba la punta de un pie orientada hacia él aunque una enfermera acababa de pasar entre los dos.
También era informativo que sonriera antes de que él terminara de hablar, que hubiera reducido la distancia normal entre colegas y que, cuando el hombre hizo un comentario que Lara no alcanzó a oír, Julia le tocara el antebrazo con dos dedos y retirara la mano como si el gesto no hubiera ocurrido.
Lara se detuvo a unos metros.
Había pasado años escuchando a Julia quejarse de que ella no entendía señales sociales. Después había leído. Después había practicado. Después Julia había lamentado profundamente el éxito de su propio proyecto.
El médico dijo algo más, miró la hora y se despidió. Julia lo siguió con la vista durante cuatro pasos antes de darse cuenta de que Lara estaba apoyada contra la pared del pasillo.
—¿Desde cuándo? —preguntó Lara.
Julia parpadeó.
—¿Desde cuándo qué?
Lara la observó un segundo.
—No te hagas la boluda conmigo.
Julia levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—Te estás cogiendo al de Diagnóstico y no me lo pensabas contar.
El color le subió a Julia desde el cuello hasta las mejillas con una velocidad que confirmó la hipótesis mejor que cualquier otra evidencia disponible.
Lara arqueó una ceja.
—Mirá vos.
—Callate.
—Y después la conchuda soy yo.
Julia abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.
—¿Desde cuándo hablás así?
—Estoy adaptando el vocabulario al interlocutor.
—Sos una hija de puta.
—Esa expresión no responde la pregunta.
Julia se tapó la cara con una mano. Lara esperó. Tenía tiempo; el paciente estaba estable y Camila estaba terminando una curación antes de que ella entrara. Julia, en cambio, parecía estar atravesando una hemorragia social de moderada gravedad.
—No te lo estaba ocultando —dijo al fin.
—No me lo contaste.
—Eso no es lo mismo.
Lara pensó un momento.
—Correcto.
Julia bajó la mano, desconfiada.
—No esperaba que me dieras la razón tan rápido.
—La tenés.
—Qué experiencia horrible.
—¿Desde cuándo?
Julia miró hacia el ascensor por donde el hombre había desaparecido.
—Salimos algunas veces.
—Eso tampoco es una fecha.
—Lara.
Ella sostuvo su mirada.
Julia cedió con un suspiro.
—Desde después de aquella reunión del viernes. Fuimos a tomar algo, después cenamos otro día, después... —movió una mano— seguimos viéndonos.
—¿Y ahora se están cogiendo?
—¿Podés dejar de decirlo como si estuvieras pasando un resultado de laboratorio?
—Puedo, pero no veo la ventaja.
Julia cerró los ojos otra vez.
—Sí.
—Bien.
—No digas “bien”.
Lara casi respondió que no entendía por qué, pero recordó la auditoría espontánea de Julia sobre su uso de esa palabra y decidió probar otra cosa.
—Me alegra.
Julia abrió los ojos.
La expresión que le dedicó fue tan sospechosa que Lara tuvo que revisar mentalmente si había usado mal el tono.
—¿Qué?
—Nada. Fue... sorprendentemente normal.
—No sabía que la noticia requería una reacción anormal.
—No la requiere. —Julia sonrió—. Me alegra que te alegre.
Lara asintió. Eso era más claro.
—Si lo presentás, te perdono.
—No necesito que me perdones nada.
—Entonces presentalo sin perdón.
—Tiene nombre.
—Todavía no lo sé.
—Martín Soria.
Lara registró el nombre. Lo había visto en informes de imágenes y probablemente en alguna reunión clínica, pero nunca habían hablado más de dos minutos.
—Martín —repitió.
—Sí. Martín. Radiólogo. Treinta y seis. Divorciado hace tres años. Sin hijos. Tiene un perro que se llama Pipo y una colección de discos que ocupa más espacio del que una persona razonable debería concederle a objetos que ya existen en formato digital.
Lara la miró.
—Eso fue bastante información para alguien que no pensaba contarme nada.
—No dije que no pensaba contarte. Dije que no te lo estaba ocultando.
—La diferencia sigue siendo pequeña.
Julia dejó escapar una risa por la nariz.
—¿Y vos? ¿Ahora vas a analizarme cada vez que lo vea?
—No necesito analizarte. Te pusiste roja cuando pregunté.
—Eso no es mejor.
—Es más eficiente.
Julia apuntó un dedo hacia ella.
—No me hagas un informe sobre mi vida sexual.
—No hago informes sobre vidas sexuales.
—Sabés perfectamente a qué me refiero.
Lara sí lo sabía. También sabía que, unos minutos antes, había anunciado en voz alta una información que Julia todavía no le había dado. La certeza de haber acertado no convertía el dato en suyo.
—Tenés razón —dijo.
Julia se quedó quieta.
—¿En qué parte?
—No debería haberlo dicho como si ya me lo hubieras contado.
La sorpresa duró poco, pero Lara la vio.
—Gracias —dijo Julia.
—Igual era evidente.
—No arruines el momento.
—No lo estoy arruinando. Estoy separando dos hechos.
—Por supuesto que sí.
Julia sonrió, y la tensión desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido.
Esa era otra razón por la que la amistad entre ellas había sobrevivido nueve años: Julia podía decir “esto me molestó” sin exigir que Lara adivinara antes, y Lara podía corregir una conducta sin convertir la corrección en una derrota.
Camila asomó la cabeza desde una habitación.
—Doctora, ya terminé la curación.
—Voy.
Lara se apartó de la pared. Antes de irse miró a Julia.
—Presentalo.
—Lo voy a presentar.
—Hoy.
—¿Por qué hoy?
—Porque está acá.
—Andá a trabajar.
Lara lo hizo.
Una hora más tarde, encontró a Martín Soria en la estación de imágenes revisando una tomografía con Tomás.
No fue una coincidencia especialmente improbable.
El hospital tenía más de seiscientas camas, pero la gente que trabajaba en áreas que se consultaban entre sí terminaba cruzándose aunque intentara evitarlo.
Tomás estaba inclinado sobre la pantalla con una mano apoyada en el respaldo de una silla.
Martín señalaba una zona del abdomen en un corte axial y explicaba algo con frases cortas.
Lara se acercó cuando terminaron.
—¿Es el del box tres? —preguntó.
Tomás giró hacia ella.
—Sí. Dolor abdominal, fiebre, cirugía previa hace seis meses. Martín cree que hay una colección chica cerca de la anastomosis. Quería que lo vieras antes de que lo subamos.
Martín se apartó para dejarle lugar frente al monitor.
—No es enorme —dijo—, pero está demasiado organizada para ser solo líquido postoperatorio. Mirá acá.
Lara revisó las imágenes. La colección era pequeña, de bordes definidos, con inflamación alrededor. Nada exigía una carrera al quirófano, pero tampoco merecía indiferencia.
—Lo voy a evaluar —dijo—. Si clínicamente coincide, lo ingresamos y vemos drenaje con intervencionismo antes de pensar en otra cirugía.
—Eso sugeriría yo —respondió Martín.
Su manera de hablar era tranquila, sin la necesidad de rellenar cada silencio. Lara entendió en menos de un minuto por qué Julia podía pasar tiempo con él sin querer sedarlo por razones extraclínicas.
Tomás cerró la historia del paciente en la computadora.
—Gracias, Soria.
—De nada.
Martín miró a Lara con una pequeña duda, como si estuviera tratando de decidir si correspondía presentarse formalmente o asumir que ella sabía quién era.
Lara resolvió el problema.
—Vos sos Martín.
Él sonrió.
—Depende de qué te haya contado Julia.
—Hasta hace una hora, nada.
La sonrisa se amplió apenas.
—Eso suena a que después pasó algo.
—Sí.
Tomás miró de uno a otro.
—¿Me perdí una reunión?
En ese momento Julia apareció al final del corredor, todavía con gorro quirúrgico, y se detuvo al verlos juntos.
—No —dijo desde lejos—. No. Ni se te ocurra.
Lara la miró.
—Ya lo presentaste.
—No presenté a nadie. Llegué hace tres segundos.
—Él sabe quién soy y yo sé quién es. La presentación está resuelta.
Julia llegó hasta ellos con una expresión de resignación anticipada.
—Martín, ella es Lara. Lara, él es Martín. Y antes de que abras la boca, sí, ya sé que llegaron a esa conclusión sin mi participación.
Martín le rozó la espalda con la mano. El gesto fue breve y natural. Julia no se apartó.
Lara lo registró y decidió no informar nada.
Tomás, en cambio, hizo una pausa. La mirada le fue de Martín a Julia y después volvió a Lara.
—Ah —dijo.
Julia lo señaló.
—Vos tampoco.
—No dije nada.
—Tu cara sí.
—Mi cara es inocente.
—Tu cara está disfrutando esto.
Tomás sonrió.
—Un poco.
Lara miró a Martín.
—Tomás Leiva. Emergencias. Mi pareja.
El silencio fue tan breve que otra persona quizá no lo habría notado. Lara sí. Tomás también, porque la miró con una expresión que no tenía nada que ver con la presentación profesional.
No era la primera vez que usaban la palabra entre ellos. Sí era la primera vez que Lara la usaba de manera espontánea frente a alguien nuevo.
Martín le extendió la mano a Tomás.
—Nos conocemos de informes y de peleas por prioridades de tomografía.
—Yo las llamaría conversaciones apasionadas sobre recursos limitados.
—Tu guardia las llama peleas.
—Mi guardia es dramática.
Julia soltó una risa.
Lara miró la hora. Tenía que evaluar al paciente, pero antes de irse una posibilidad sencilla terminó de formarse.
—Tomás y yo íbamos a cenar el sábado —dijo—. Podríamos hacer una cita doble.
Julia la miró como si acabara de proponer un trasplante interespecies.
—¿Vos acabás de proponer una cita doble?
—Sí.
—Voluntariamente.
—No hay otra persona usando mi boca.
Martín se rió. Tomás cruzó los brazos, entretenido.
—¿Yo ya acepté? —preguntó.
Lara lo miró.
—No. Por eso dije “podríamos”.
—Excelente. El consentimiento sobrevive al romance.
—Era esperable.
Tomás sostuvo su mirada un segundo más y sonrió.
—Por mí, sí.
Lara volvió a Julia.
—¿Ves?
—No sé si me impresiona más que hayas propuesto una cita doble o que hayas esperado la respuesta de Tomás antes de cerrarla.
—La segunda parte debería ser normal.
Julia la miró unos segundos.
—Sí —dijo, con menos humor—. Debería.
Lara entendió que no estaban hablando de la cena.
Martín carraspeó con discreción.
—Yo también puedo votar.
Julia giró hacia él.
—Perdón.
—Por mí, sí.
—Entonces sí —dijo Julia—. Sábado.
—A las nueve —propuso Tomás—. Y elijo yo el lugar porque la última vez Lara calificó el menú antes de sentarse.
—El menú estaba publicado en internet —dijo Lara.
—Ese es exactamente mi punto.
—No entiendo por qué.
Julia levantó una mano.
—Perfecto. Ya me arrepentí.
Martín le tocó otra vez la espalda.
—Yo no.
Julia lo miró y volvió a ponerse colorada.
Lara se abstuvo de comentarlo. El esfuerzo fue pequeño, pero real.
Esa noche, cuando salió del hospital, Tomás la esperaba junto a su auto. Había terminado veinte minutos antes y estaba respondiendo mensajes apoyado contra la puerta del conductor. Lara lo vio guardar el teléfono al acercarse.
—¿Mi pareja? —preguntó.
Lara destrabó el auto.
—Sí.
—Nada. Estoy disfrutando la terminología.
—La acordamos.
—Lo sé.
Ella dejó el bolso en el asiento trasero.
—¿Te molesta que la use?
Tomás la miró con una expresión distinta, más quieta.
—No. Al contrario.
Lara asintió. Estaba por rodear el auto cuando él le tocó la muñeca.
—Esperá.
—¿Qué?
Tomás se acercó y la besó. No fue largo ni especialmente discreto. Dos residentes cruzaron el estacionamiento a unos metros y uno hizo un esfuerzo visible por mirar hacia otro lado.
Cuando se separaron, Lara observó a Tomás.
—¿Eso era por la terminología?
—En parte.
—¿Qué otra parte?
—La de que organizaste una cita doble.
—No sabía que eso era erótico.
Tomás se rió.
—No lo es.
—Entonces estás expresándote mal.
Él abrió la boca, la cerró y terminó negando con la cabeza.
—Voy a dejarte esa porque estoy de buen humor.
Lara abrió la puerta del conductor.
—Sábado a las nueve.
—Sí.
—No llegues un minuto antes.
Tomás apoyó una mano sobre el techo del auto.
—¿Seguís ofendida por eso?
—No estaba ofendida. Era información.
—Claro.
Lara arrancó. Mientras salía del estacionamiento pensó que, en poco tiempo, había pasado de considerar innecesario cambiar el nombre de una amistad a usar “mi pareja” frente a un desconocido y organizar una cena con otra pareja.
No se sentía transformada. El semáforo cambió a verde y siguió por la misma avenida de siempre.