CAPÍTULO 10 ¿TE SIRVE?
N ueve días después de la primera cita, Tomás había confirmado dos cosas.
La primera era que responder «De vos» sin haberlo planeado no había provocado el fin de ninguna civilización conocida.
Lara no se había ido, no había fingido no escucharlo y tampoco había intentado tranquilizarlo con una respuesta que no podía sostener.
La segunda era que saber todo eso no volvía la situación simple.
Habían tenido otra cita, esta vez propuesta por ella: una función nocturna de un documental que Tomás no habría elegido por iniciativa propia y que terminó gustándole más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Habían dormido juntos dos veces. En el hospital seguían comportándose como dos médicos con trabajo que hacer, aunque ahora existían mensajes a mitad del día que no tenían ninguna justificación clínica.
Lara no había vuelto a mencionar la palabra «enamorado». Tampoco había actuado como si no existiera. La información estaba entre ellos de una forma nueva: visible, incómoda por momentos y, hasta ahora, sin una definición práctica.
Nada de eso era dramático.
Ese era el problema.
Tomás estaba en su departamento terminando de cortar tomates cuando sonó el timbre. Miró el cuchillo, miró la tabla y decidió que hablar del futuro inmediato de una relación con un arma blanca en la mano podía enviar un mensaje incorrecto, incluso tratándose de Lara.
Dejó el cuchillo y fue a abrir.
Lara entró con una bolsa de pan bajo el brazo.
—El de la esquina estaba cerrado. Compré en el otro.
—Hola.
Ella se inclinó y lo besó.
—Hola.
Tomás cerró la puerta.
—Así está mejor.
—Era corregible.
La vio dejar la bolsa en la cocina y lavarse las manos sin preguntar dónde estaba el jabón.
Había estado en ese departamento decenas de veces como amiga.
Sin embargo, la familiaridad había cambiado de textura.
Lara abrió el cajón correcto para buscar un repasador y Tomás tuvo el impulso absurdo de considerar íntimo un conocimiento doméstico que existía desde hacía años.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.
—Cena.
—Eso lo veo.
—Entonces la pregunta era mala.
Lara lo miró de costado.
—¿Estás nervioso?
Tomás apoyó las manos sobre la mesada.
—Sí.
Ella esperó.
La respuesta directa había sido una mejora. El problema era que después de mejorar una conducta uno tenía que seguir viviendo con las consecuencias.
—Quiero hablar de lo que te dije ese viernes.
—Sé lo que dijiste.
—No era una prueba de memoria.
—Entonces hacé la pregunta.
Tomás apoyó una cadera contra la mesada.
—No quiero que quede como un dato que conocés y después sigamos adelante como si no cambiara nada.
Lara dejó el repasador sobre la mesada.
—No estamos siguiendo como si no cambiara nada.
—¿No?
—No. Estuve pensando.
La frase produjo en Tomás una mezcla poco saludable de esperanza y miedo.
—Eso puede ser bueno o terrible.
—Esas no son las únicas dos opciones.
—Claro que no.
Lara sostuvo su mirada unos segundos antes de continuar.
—No puedo decirte lo mismo.
La frase dolió. No como una sorpresa; más bien como una presión precisa en un lugar que él sabía expuesto.
—Ya.
—No terminé.
Tomás levantó la vista.
—Perdón.
—Me gustás. Te deseo. Quiero estar con vos. Quiero seguir teniendo citas y sexo y conversaciones que podrían durar cuatro minutos y duran veinte porque vos necesitás contexto emocional.
—Me siento muy visto.
—Ese era el objetivo.
La comisura de la boca de Tomás se movió, pero Lara siguió seria.
—No sé si lo que siento puede convertirse en lo mismo que vos llamás estar enamorado. Tampoco sé si ya existe algo equivalente y yo lo nombro de otra manera. No voy a decirte que va a pasar porque no lo sé. Y no puedo prometerte para siempre.
Tomás tragó saliva.
—No te pedí para siempre.
—Lo sé. Te estoy diciendo qué puedo ofrecer antes de que decidas si querés seguir.
Ahí estaba Lara: una mesa limpia, todas las piezas visibles, ninguna letra chica que ella creyera importante. Tomás admiraba esa honestidad. En ese momento también tuvo ganas de discutir con ella durante una hora.
—¿Y qué podés ofrecer? —preguntó.
Lara se tomó un momento antes de responder.
—Si acordamos exclusividad, la cumplo. Si quiero parar, te lo digo. Si necesito algo, te lo pido. Si vos necesitás algo, quiero que me lo digas y voy a intentar responder. Y no voy a decirte una cosa que no siento solo para conseguir que te quedes.
Tomás la miró.
—Eso es bastante.
—No terminé.
—Por supuesto que no.
Lara dio un paso hacia él.
—Lo que te puedo garantizar es sexo. Pero cuando yo quiera.
Tomás la miró durante un segundo y después soltó una carcajada que le desarmó la tensión del pecho.
—Eso es egoísmo.
—Ponéle el nombre que quieras.
—Quiero derecho a voto.
—En si tenemos sexo, sí. En si yo tengo ganas, no.
—Bien. Eso es jurídicamente más defendible.
Lara estaba sonriendo ahora. Tomás también, aunque la parte seria de la conversación seguía exactamente donde la habían dejado.
—¿Me estás ofreciendo una relación o un plan de telefonía? —preguntó.
—El plan de telefonía te aumenta sin avisarte. Yo tengo mi propio trabajo y no pienso pedirte nada.
—No era por la plata.
—Entonces la comparación era mala.
Tomás se pasó una mano por la cara.
—Extrañamente, esto me está ayudando.
—Bien.
—Ahora sí podés decir “bien”.
Lara se acercó hasta quedar frente a él.
—Hay otra cosa.
—Claro que hay otra cosa.
—No quiero que aceptes esto pensando que más adelante voy a convertirme en otra persona.
La sonrisa de Tomás desapareció.
—No espero que te conviertas en otra persona.
—Podés esperar que cambien cosas. Yo también espero cambiar cosas. Pero no puedo prometerte una versión futura de mí que sienta exactamente lo que vos querés sentir de vuelta. Si seguís, quiero que sea con esa información.
Tomás sostuvo su mirada. Allí estaba el límite más incómodo: Lara no lo estaba rechazando. Tampoco le estaba ofreciendo la simetría que una parte de él quería. Le estaba ofreciendo algo concreto, presente y elegido.
Y él sabía, con una claridad poco conveniente, que quería más.
—¿Eso significa que si me lastimo después vas a decir que me avisaste?
Lara frunció apenas el ceño.
—Significa que no quiero mentirte para evitar la posibilidad de que te lastimes.
No era exactamente la respuesta que él había preguntado. Tomás lo notó. También notó que ella probablemente consideraba la diferencia mínima.
Decidió no resolverla esa noche. Importaba, pero había una pregunta anterior.
—¿Querés estar conmigo? —preguntó.
Lara respondió sin demora.
—Sí.
—¿Como pareja?
—Sí.
—¿Exclusivos?
—Si vos querés.
—Quiero.
—Entonces sí.
Tomás respiró hondo.
—Y vos sabés que yo estoy enamorado.
—Sí.
—Y no vas a decirme que también lo estás solo para equilibrar la conversación.
—No.
—Excelente. Horrible, pero excelente.
Lara le tocó el antebrazo. No para consolarlo como si acabara de recibir una mala noticia, sino para acercarse.
—Ponéle el nombre que quieras —repitió—. ¿Te sirve?
La pregunta era brutalmente justa.
Tomás podía decir que no. Sabía que Lara no iba a discutirlo, seducirlo para cambiar de opinión ni prometer una emoción que no sabía si podía nombrar. La puerta estaba abierta en ambos sentidos.
Lo que ella ofrecía no era todo lo que él deseaba. Era, sin embargo, real.
—Sí —dijo.
Lara sostuvo su mirada un segundo más, como si verificara que no hubiera escuchado una respuesta distinta de la pronunciada. Después se acercó y lo besó.
Tomás la recibió con una mano en la cintura y la otra todavía apoyada en la mesada. La cena seguía a medio preparar. Los tomates esperaban junto a la tabla. La heladera seguía haciendo su ruido de siempre.
Nada en el departamento parecía haber cambiado.
Y, sin embargo, por primera vez en quince años ya no estaban negociando alrededor de lo que Tomás sentía. Lo habían nombrado, lo habían dejado existir entre los dos y Lara había dicho exactamente qué podía darle.
Él había aceptado.
La parte que no dijo era que seguía queriendo más.