CAPÍTULO 9 INTENCIÓN ROMÁNTICA
A las ocho y veintinueve del viernes, Tomás tocó el timbre de Lara con una puntualidad que ella consideró sospechosa.
Habían cenado juntos cientos de veces. Habían salido de hospitales a medianoche y terminado comiendo empanadas en un auto, habían compartido mesas con apuntes, cumpleaños ajenos, cenas que empezaban a las once porque uno de los dos salía tarde y alguna Navidad en la que sus familias habían coincidido por accidente.
Pero ninguna de esas veces Tomás había llamado a la puerta exactamente un minuto antes de la hora acordada.
Lara abrió. Él llevaba una camisa azul oscura, pantalón negro y la expresión de alguien que había decidido que una cita era un procedimiento con preparación previa.
—Llegaste temprano.
Tomás miró el reloj.
—Un minuto.
—Eso es temprano.
—Prometo ser menos eficiente la próxima vez.
Lara tomó la cartera del respaldo de una silla y cerró la puerta detrás de ella.
Había elegido un vestido negro sencillo porque le gustaba cómo le quedaba y porque ponerse el ambo para una cita habría sido una provocación innecesaria.
La pausa de Tomás al verla había durado menos de un segundo, pero existió.
—Estás muy linda —dijo Tomás.
—Eso era más preciso.
—Estoy aprendiendo.
Bajaron en el ascensor. Tomás no intentó besarla allí. Lara lo notó. Desde que habían cruzado aquella línea, su cuerpo parecía registrar con una eficiencia nueva la distancia entre ambos. Era una novedad interesante. No un problema.
El restaurante estaba en una calle tranquila de Almagro, lejos del hospital y de cualquier posibilidad razonable de encontrarse con un residente, un jefe de servicio o un familiar de paciente.
Tenía pocas mesas, luz cálida y un nivel de música suficientemente bajo como para que nadie necesitara competir con los parlantes.
Lara miró alrededor mientras una mujer los conducía hasta una mesa junto a la pared.
—Elegiste un lugar donde se puede hablar.
—Sí.
—Y sin televisores.
—También.
—¿Investigaste?
Tomás dejó que ella se sentara primero.
—Hice una reserva. No una tesis.
—No son excluyentes.
La mujer que los atendió dejó las cartas y preguntó si festejaban algo. Tomás abrió la boca. Lara contestó antes.
—Nuestra primera cita.
La mujer sonrió con una amabilidad automática.
—Qué lindo.
—Nos conocemos hace quince años —agregó Lara.
La sonrisa vaciló.
Tomás se tapó media cara con la carta.
—No necesitaba el contexto.
—Parecía confundida.
—No estaba confundida hasta que hablaste.
La mujer se retiró intentando no reírse. Lara abrió la carta.
—Esto está siendo bastante parecido a cenar con vos.
—Esa era una de mis preocupaciones.
Lara levantó la vista.
—¿Por qué?
Tomás apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Porque quería que fuera distinto sin convertirlo en una representación de gente que no somos.
La respuesta la hizo quedarse quieta un instante. Eso sí era nuevo. No la intención romántica; esa ya estaba declarada. Lo nuevo era que Tomás hubiera pensado en cómo acercarse sin pedirle que actuara de una manera específica para validar el esfuerzo.
—Esto me gusta —dijo.
—Todavía no comimos.
—El restaurante puede ser malo y la decisión seguir siendo buena.
—Voy a anotar esa frase para cuando llegue la cuenta.
La comida resultó buena. Durante los primeros veinte minutos hablaron del hospital, porque fingir que dos médicos podían pasar una noche entera sin mencionar trabajo habría sido más artificial que cualquier vela.
Lara le contó que Camila había resuelto bien una complicación menor durante una curación; Tomás habló de un adolescente que había llegado a guardia convencido de que un dolor torácico después de entrenar era un infarto y se había ido mucho más tranquilo con un diagnóstico menos cinematográfico.
Después hablaron de otras cosas. Una película que Tomás quería ver. El vecino del saxofón, que había añadido una segunda escala a su repertorio y por lo tanto duplicado la amenaza. Una tía de Lara que seguía enviándole cadenas de WhatsApp sobre alimentos supuestamente tóxicos.
La conversación fluía igual que siempre, pero la premisa debajo era distinta.
Lara lo notaba cada vez que Tomás dejaba de hablar y simplemente la miraba, sin necesidad de convertir la mirada en una señal que ella tuviera que descifrar.
Él ya había dicho para qué estaban allí.
Todo lo demás podía existir sin traducción.
Cuando retiraron los platos, Tomás se quedó girando el vaso entre los dedos.
—¿Puedo preguntarte algo sin arruinar la cita?
—Depende de la pregunta.
—Eso no me ayuda.
—No era el objetivo.
Él sonrió, pero tardó un momento antes de seguir.
—¿Tuviste citas así antes?
Lara apoyó la espalda en la silla.
—Sí.
Tomás esperó.
—¿Querés cantidad?
—No. Dios, no.
—Entonces formulá mejor.
—Quiero saber si esto te resulta raro porque es conmigo o porque no te gusta este tipo de cosa.
Eso sí tenía una respuesta útil. Lara había tenido relaciones antes.
Dos habían durado más de un año; otras, menos.
Había tenido sexo sin relación y relaciones en las que el sexo no había sido el centro.
Ninguna había terminado con incendios, persecuciones ni gente arrodillada bajo la lluvia.
Algunas simplemente se habían agotado. En otras, ella había querido irse antes que la otra persona. Una vez había sido al revés.
—No me resulta raro salir a cenar con alguien que me gusta —dijo—. Me resulta raro que con vos haya quince años de información previa.
Tomás asintió despacio.
—Eso sí lo entiendo.
Lara inclinó la cabeza.
—¿Qué querías saber en realidad?
Él soltó una risa breve.
—Odio cuando hacés eso.
—No es una respuesta.
—Quería saber si alguna vez estuviste enamorada.
Lara no respondió enseguida. La pausa no escondía dolor ni un secreto cuidadosamente guardado. Simplemente no tenía una unidad de medida que volviera la respuesta obvia.
Había querido a personas. Había disfrutado su compañía, cambiado planes por ellas, extrañado rutinas compartidas, elegido quedarse cuando irse habría sido más fácil.
También había terminado vínculos sin sentir que una parte de su cuerpo se rompía por dentro, cosa que otras personas describían con una precisión sorprendentemente anatómica.
—No sé —dijo al final.
Tomás no hizo ningún gesto dramático.
—Está bien.
—No dije que no. Dije que no sé.
—Te escuché.
Eso la hizo relajarse un poco sin que hubiera notado que estaba tensa.
—¿Y vos?
Tomás levantó la vista.
—¿Yo qué?
—¿Te enamoraste alguna vez?
Por una fracción de segundo, él tuvo la expresión de alguien que acababa de descubrir que una pregunta podía regresar con mucha más velocidad de la prevista.
La pausa fue mínima. Tomás abrió la boca, la cerró y desvió la vista hacia el vaso. Lara no sabía qué respuesta estaba descartando.
Cuando volvió a mirarla, ya no parecía estar buscando una salida.
—De vos.
La respuesta fue tan corta que Lara necesitó un segundo para medir todo lo que contenía.
Tomás cerró los ojos.
—Eso no era exactamente lo que iba a decir.
—Pero lo dijiste.
—Sí.
—¿Es verdad?
Él volvió a mirarla. El arrepentimiento seguía ahí, pero ya no parecía buscar una salida.
—Sí.
Lara se quedó quieta.
Había sabido que Tomás se había sentido atraído por ella en distintas épocas. Las flores habían sido bastante evidentes una vez que él admitió, catorce años tarde, que no eran un premio académico. También sabía que la miraba distinto desde hacía semanas. Nada de eso equivalía a esta información.
Enamorado.
La palabra reorganizó demasiadas cosas al mismo tiempo.
No todas. Lara se negó a convertir quince años de amistad en una investigación retrospectiva donde cada café, cada mensaje y cada comida llevada después de una guardia fueran pruebas de un sentimiento oculto.
Muchas de esas cosas habían sido amistad porque la amistad también podía importar.
Pero otras adquirían un borde nuevo: las flores, ciertos silencios, las épocas en que se veían menos cuando alguno de los dos tenía pareja, el cuidado absurdo con el que él siempre había dejado una salida abierta.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
Tomás soltó el aire lentamente.
—No sé ponerle una fecha limpia.
—Aproximá.
—En segundo año ya te estaba comprando flores y esperando que entendieras algo que yo no había dicho. Después hubo épocas en que pensé que se me había pasado. No se me pasó.
Lara procesó eso.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—No.
—Eso ya lo sé.
Una risa breve se le escapó a Tomás y murió casi enseguida.
—No quería arriesgarme a perderte si vos no querías lo mismo.
—Entonces preferiste que yo no tuviera la información.
Tomás hizo una mueca.
—Cuando lo decís así, mi estrategia pierde bastante prestigio.
—No tenía mucho.
—Gracias.
—De nada.
El humor duró apenas lo suficiente para que ambos respiraran. Lara todavía tenía demasiados datos nuevos encima de la mesa.
—¿Por eso me preguntaste si alguna vez estuve enamorada?
Tomás giró el vaso entre los dedos.
—Creo que sí. Quería llegar a esto y no sabía cómo. Al parecer mi inconsciente decidió ahorrar tiempo.
—Fue poco elegante.
—Fue espantoso.
—Pero eficiente.
Él se rió otra vez, esta vez con algo más de aire.
—No sé qué respuesta esperás de mí —dijo Lara.
La sonrisa desapareció de su cara.
—Ninguna ahora.
—¿Seguro?
—Sí. No te lo dije para obligarte a devolverme una frase equivalente. Técnicamente ni siquiera planeaba decírtelo esta noche.
—Eso quedó claro.
Tomás bajó la cabeza un instante.
—Lo único que no quiero es fingir otra vez que esto para mí es casual.
Lara sostuvo su mirada. Esa parte sí podía entenderla. Ahora sabía que él había aceptado durante días una versión de la relación que no describía lo que sentía.
—No voy a fingir que no me lo dijiste.
—Gracias.
—Tampoco sé todavía qué hacer con la información.
—Eso también está bien.
Pagaron poco después. La noche estaba fresca y había suficiente tránsito como para que Buenos Aires siguiera recordándoles que no tenía ningún interés particular en su vida romántica.
Tomás no había organizado una segunda actividad secreta.
Cuando Lara preguntó, él admitió que había considerado hacerlo y después decidió que dos adultos podían tener una cita sin completar un circuito de obstáculos.
Caminaron seis cuadras sin apuro. Esta vez el silencio entre una conversación y otra no era el mismo de siempre. No era incómodo. Tenía peso.
En una esquina, Tomás le tomó la mano.
Lara miró sus dedos entrelazados.
—Esto sí es nuevo.
—¿Querés que la suelte?
—No. Solo estoy registrando el dato.
Tomás apretó apenas su mano.
—¿Y el dato es favorable?
—Sí.
Siguieron caminando. Lara había tomado de la mano a otras personas. No había nada objetivamente extraordinario en la presión tibia de los dedos de Tomás ni en tener que ajustar el paso porque él caminaba un poco más rápido.
La diferencia era que ahora sabía algo que no había sabido esa mañana.
Tomás estaba enamorado de ella.
La frase seguía resultándole extraña. No dudaba de él; todavía no encontraba dónde colocarla dentro de tanta información compartida.
Al llegar al auto, Tomás abrió la puerta del acompañante.
—No hagas eso.
Él se quedó con la mano en el marco.
—¿Abrirte la puerta?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabés que puedo abrirla y ahora estás actuando raro por la cita.
Tomás la miró dos segundos y cerró la puerta otra vez.
—Perfecto. Abrila vos.
Lara lo hizo.
—Mucho mejor.
Él rodeó el auto riéndose. El regreso del tono conocido alivió algo que Lara no había decidido nombrar.
Antes de entrar, apoyó una mano en el techo.
—Tomás.
—¿Sí?
—Quiero otra.
Él dejó de reírse.
—¿Otra qué?
—Cita. Pensé que habíamos mejorado con las preguntas específicas.
La sonrisa que apareció entonces fue lenta y cautelosa.
—¿A pesar de lo que te dije?
—No termines esa pregunta como si me hubieras comunicado una enfermedad contagiosa.
Tomás abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Quiero otra cita —repitió Lara—. Lo que me dijiste no cambia eso.
—¿Cambia algo?
Lara pensó antes de responder.
—Sí.
Él esperó.
—Todavía no sé qué.
Tomás asintió.
—Me sirve por ahora.
Lara abrió la puerta y subió al auto.