Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 8 UNA CITA DE VERDAD
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CAPÍTULO 8 UNA CITA DE VERDAD

—T engo un problema —dijo Tomás.

Nicolás Salvatierra mordió la empanada, masticó sin apuro y lo miró por encima del envoltorio de papel.

—¿Lara?

Tomás frunció el ceño.

—Podría ser cualquier cosa.

—Tenés guardia en unas horas. No desperdiciemos tiempo.

Estaban sentados en el borde bajo de una plaza a dos cuadras del hospital, aprovechando una hora improbable entre el final del turno de Tomás y una reunión de Nico con el equipo de Pediatría.

Habían rechazado la cafetería del hospital por razones de salud pública y comprado empanadas en un local que, según Nico, tenía la ventaja de no intentar matarlos antes de los cuarenta.

Tomás miró el tránsito.

—Me acosté con Lara.

Nico dejó de masticar.

—Retiro lo de no desperdiciar tiempo. Necesito contexto histórico, geográfico y posiblemente religioso.

—No.

—¿Cuándo?

—Hace dos noches.

—¿Y me lo decís ahora?

—Estabas de guardia.

—Existe WhatsApp.

—No te iba a mandar “me acosté con Lara” entre una foto de tu sobrina y un meme sobre residentes.

Nico lo consideró.

—Habría sido el mensaje más interesante de la semana.

Tomás le dio un golpe con el hombro.

Nico llevaba conociéndolos casi tanto tiempo como ellos se conocían entre sí.

Había estado en el mismo primer año de Medicina, aunque en otra comisión de Anatomía, y había presenciado suficientes escenas como para desarrollar una teoría propia sobre la relación entre Lara y Tomás que nadie le había pedido.

—Bueno —dijo al fin—. ¿Cuál es el problema?

—Ella cree que somos lo mismo que antes, con sexo.

Nico levantó las cejas.

—¿Y vos qué creés?

Tomás arrancó un pedazo del borde de su servilleta.

—Que soy un pelotudo.

—Eso no es nuevo ni específico.

—Gracias.

—De nada. Contestá.

Tomás miró la empanada que ya no tenía hambre de terminar.

—No puedo ser casual con ella.

Nico asintió una vez, sin sorpresa.

—Bien.

—¿Bien qué?

—Que por lo menos no tardaste seis meses en descubrirlo.

—Hace quince años que sé que no puedo ser casual con ella.

—Entonces el problema no es Lara.

Tomás lo miró.

—El problema es que acepté algo que no quiero porque era la única versión que ella estaba ofreciendo.

Nico dejó el envoltorio a un lado.

—Eso sí suena más parecido a un problema.

Tomás apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

Lara no lo había engañado. No le había prometido nada.

Ni siquiera había dicho que quería mantener aquello indefinidamente.

Habían tenido una conversación clara detrás de los ascensores y, cuando ella dijo «lo mismo que antes, con sexo», él había tenido otra oportunidad perfecta para abrir la boca.

Había elegido no hacerlo.

—Con Valeria hiciste lo contrario —dijo Nico.

Tomás giró la cabeza.

—¿Qué tiene que ver Valeria?

—Cuando empezaste a salir en serio con ella, dejaste de ver a Lara a solas durante meses.

—No dejé de verla.

—Dejaste las cenas de madrugada, las películas en tu casa y las llamadas de una hora. La veías en grupo o cuando realmente necesitaban algo. Porque Valeria te importaba y no querías hacerle creer que competía con una relación que vos nunca habías definido.

Tomás apretó la servilleta entre los dedos.

No le gustaba que Nico recordara las cosas con tanta precisión. Era una cualidad irritante en un pediatra y peor en un amigo.

Valeria había sido una relación real, larga y buena durante bastante tiempo.

No había terminado por Lara. Había terminado porque dos personas que se querían habían empezado a querer vidas distintas y, después de meses de intentar encajarlas, habían tenido la decencia de dejar de lastimarse.

Lara había respetado cada centímetro de distancia que Tomás le pidió durante esos años.

Nunca preguntó si Valeria estaba celosa.

Nunca reclamó el lugar que antes ocupaba.

Cuando la relación terminó, tampoco apareció con una botella de vino y una sonrisa triunfal.

Le llevó comida, se quedó una hora y se fue cuando él dijo que quería dormir.

—No quiero usar a Valeria para justificar nada —dijo Tomás.

—No lo estoy haciendo. Te estoy recordando que cuando una relación te importa, sabés ponerle límites a lo que puede dañarla. El hecho de que con Lara te vuelvas idiota no significa que hayas perdido la capacidad.

Tomás soltó una risa breve.

—Qué manera tierna de acompañarme.

—Soy pediatra. Mi ternura se termina con los adultos.

Se quedaron en silencio unos segundos. Un colectivo frenó en la esquina con un ruido de metal cansado. Nico terminó su empanada y se limpió las manos.

—¿Ella sabe que seguís enamorado?

Tomás no respondió enseguida.

Nico lo miró.

—Eso pensé.

—No sé si “seguís” es la palabra.

—¿Cuál sería?

—No sé.

—Excelente. Muy convincente.

Tomás le mostró el dedo medio.

Nico sonrió.

—No tenés que declararte en una plaza conmigo de testigo. Pero sí podrías dejar de esperar que Lara haga todas las preguntas que a vos te conviene no hacer.

La frase molestó porque era cierta.

Tomás recordó a Lara detrás de los ascensores: si alguno quiere parar, lo dice; si aparece otra persona, lo dice; si deja de ser simple, lo hablamos. Ella había puesto sobre la mesa todas las condiciones que sabía que existían. Él había guardado la única que le importaba de verdad.

—La voy a invitar a salir —dijo.

Nico lo miró como si esperara la segunda mitad.

—¿A salir de dónde?

—A una cita.

—Ah.

—Una cita de verdad.

—Ustedes cenan juntos desde que existía el MSN.

—Por eso voy a decir “cita”.

Nico sonrió lentamente.

—Mirá vos. Aprendió palabras.

—Andate a la mierda.

—No puedo. Tengo reunión.

Tomás se levantó y tiró los papeles en un cesto cercano.

—¿Eso es todo lo que tenés para decirme?

Nico se puso de pie también.

—No. Si te dice que no, no conviertas el no en una negociación. Si te dice que sí, no asumas que aceptó diez cosas más que no preguntaste. Y si querés algo, decilo antes de resentirte porque no lo adivinó.

Tomás lo miró.

—Eso fue sorprendentemente sensato.

—Tengo momentos.

—¿Lo sacaste de una taza?

—De quince años de verte hacer pelotudeces.

Se separaron en la esquina.

Tomás todavía tenía tiempo para dormir un rato antes de volver al hospital.

Podría haber esperado al día siguiente. Podría haber mandado un mensaje.

Podría haber elegido una de las formas indirectas que le resultaban tan cómodas porque siempre dejaban abierta la posibilidad de fingir que no había querido decir nada.

En cambio, llamó a Lara.

Atendió al cuarto tono.

—Estoy en el supermercado.

No dijo hola.

Tomás sonrió.

—Buenas tardes para vos también.

—Buenas tardes. Estoy en el supermercado.

—Eso ya lo tenía.

—Entonces avanzamos.

De fondo sonó el golpe metálico de un carro.

—¿Podés hablar dos minutos?

—Sí.

Tomás se apoyó contra la pared de un edificio, consciente de que Nico probablemente estaría orgulloso durante aproximadamente seis segundos antes de encontrar algo nuevo que criticarle.

—Quiero invitarte a cenar el viernes.

Hubo una pausa.

—Cenamos seguido.

—Sí. Por eso voy a ser específico. Quiero invitarte a una cita.

El silencio del otro lado duró lo suficiente para que Tomás imaginara a Lara quieta entre góndolas, probablemente con una botella en una mano y la expresión que usaba cuando una variable inesperada modificaba un problema.

—Definí cita —dijo ella.

Tomás cerró los ojos y sonrió.

Por supuesto.

—Una salida en la que yo te invito porque me gustás, no porque tenemos hambre a la misma hora, no porque salimos de guardia y no porque ya somos amigos. Quiero pasar tiempo con vos sabiendo los dos que la intención es romántica.

—¿Romántica cómo?

—Lara.

—Estoy preguntando en serio.

Él se tomó un segundo.

—Romántica como que quiero cortejarte.

—Esa palabra tiene ciento cincuenta años.

—Me hiciste definir “cita” en la vereda. Estoy bajo presión.

Escuchó su risa al otro lado.

—Seguí.

—Si después queremos tener sexo, perfecto. Si no, también. No te estoy invitando para garantizar un resultado. Te estoy invitando porque quiero que sea una cita y quiero que lo sepas antes de aceptar.

Esta vez la pausa fue más corta.

—Sí.

Tomás dejó de apoyarse en la pared.

—¿Sí qué?

—Sí, quiero ir a una cita con vos.

Algo se le acomodó en el pecho con una facilidad irritante.

—Bien.

—¿A dónde?

—No sé todavía.

—¿Me llamaste sin plan?

—Te llamé para decir lo importante primero.

Lara guardó silencio.

Tomás esperó.

—Eso es nuevo —dijo ella.

No sonaba burlona.

—Estoy probando una estrategia.

—Me gusta más que adivinar.

—No abuses.

—¿A qué hora?

—Ocho y media. Paso por tu casa.

—Perfecto.

Tomás escuchó otro ruido de carro y una voz por altavoz anunciando una promoción de detergente.

—¿Qué estás comprando?

—Yogur, café, huevos, jabón y una cantidad de verduras que no te interesan.

—Era una pregunta social.

—Ya sé. Elegí responderla igual.

Tomás se rió.

—Nos vemos mañana en el hospital.

—Y el viernes en una cita.

El énfasis leve en la última palabra le dijo que Lara estaba probándola.

—Exactamente.

Cortaron.

Tomás se quedó un momento en la vereda, con autos pasando a pocos metros y el teléfono todavía en la mano.

No había declarado amor. No había pedido promesas. No había resuelto nada de lo que eventualmente tendría que decir.

Pero por primera vez en mucho tiempo había querido algo de Lara y se lo había pedido sin envolverlo en flores, silencios ni miradas.

Ella había dicho que sí.