CAPÍTULO 7 LA PARTE SIMPLE
L ara había dormido tres horas y estaba de excelente humor, combinación que Julia Ferrer consideró médicamente sospechosa.
—Tenés cara rara —dijo mientras se ataba el cabello antes de entrar al quirófano.
Lara revisó por segunda vez la pantalla con los estudios del paciente.
—Mi cara es la misma.
—No. Está haciendo una cosa.
—¿Qué cosa?
Julia entrecerró los ojos.
—Algo parecido a satisfacción.
Camila Ríos, la residente de cirugía que estaba terminando de ponerse el gorro a dos metros de ellas, decidió con bastante inteligencia no participar de la conversación.
Lara señaló la pantalla.
—La anatomía está clara. Empezás vos la exposición y después sigo yo.
Camila asintió.
—Sí, doctora.
—Y si algo no te cierra, preguntás antes de avanzar.
—Sí.
Julia esperó a que la residente cruzara la puerta para acercarse.
—¿Qué hiciste?
—Trabajé.
—Anoche.
Lara la miró.
—Dormí con Tomás.
Julia se quedó inmóvil con una mano a medio camino de la mascarilla.
—Sos una conchuda.
Lara arqueó una ceja.
—¿Tu mamá no te enseñó modales?
—Conchuda vos.
Lara soltó una risa y Julia tuvo que taparse la boca para no hacerlo más fuerte justo cuando Camila volvió a asomar la cabeza.
—¿Entramos?
—Sí —dijo Lara.
Julia levantó un dedo hacia ella.
—Esto no terminó.
—El quirófano está ocupado durante las próximas dos horas.
—No hablaba de la cirugía.
—Yo sí.
La operación salió sin sorpresas. Camila hizo una parte mayor de lo habitual bajo supervisión y cometió solo un error pequeño de posición que Lara corrigió antes de que se transformara en otra cosa.
No levantó la voz. Nunca entendía qué ventaja clínica encontraba la gente en gritarle a alguien que ya sabía que se había equivocado.
—Volvé dos milímetros —dijo—. Ahí. Mirá de nuevo.
Camila obedeció, encontró el plano correcto y continuó.
Cuando terminaron, Lara le pidió que explicara qué había cambiado en su segunda maniobra. La residente respondió bien. Lara asintió y eso fue todo. El error había servido para aprender; no necesitaba además convertirse en una humillación con público.
Julia la interceptó cuarenta minutos después, ya cambiadas, en un pasillo lateral del área quirúrgica.
—Ahora sí.
—Tengo doce minutos.
—Me sobran once. ¿Dormiste con Tomás como dormir de cerrar los ojos o dormir en el sentido que claramente quisiste decir para arruinarme la mañana?
—Tuvimos sexo.
Julia cerró los ojos.
—Gracias por la precisión terminológica.
—Preguntaste.
—¿Y?
—Bien.
Julia abrió los ojos.
—No podés responder “bien”.
—Acabo de hacerlo.
—Lara.
—¿Qué querés saber exactamente?
Julia la miró durante unos segundos y luego empezó a reírse otra vez.
—Nada. Olvidé con quién estaba hablando.
—Eso es preocupante después de nueve años.
—Quiero saber cómo estás vos.
Lara pensó la pregunta.
—Bien.
—Te odio.
—No es verdad.
—Ahora mismo, un poco.
Caminaron hasta una ventana al final del corredor. Abajo, una ambulancia retrocedía hacia la guardia mientras un camillero discutía con alguien por teléfono. Lara apoyó el hombro contra la pared.
—Me gustó —dijo—. Quiero repetirlo. No hubo incomodidad. Esta mañana tomamos café y se fue a trabajar.
Julia esperó.
—¿Y eso qué significa?
—Que funcionó.
—Eso significa que funcionó. No pregunté eso.
Lara frunció el ceño.
—Entonces formulá mejor la pregunta.
Julia abrió la boca, la cerró y señaló a Lara con un dedo.
—Un día voy a aprender.
—No parece.
—¿Qué son ahora vos y Tomás?
Lara miró por la ventana. La respuesta más obvia era la misma que antes: amigos.
La diferencia era que ahora también tenían sexo, o habían tenido sexo una vez y ambos querían repetirlo.
No veía motivo para reemplazar una relación que llevaba quince años funcionando por una palabra que todavía no describía nada adicional.
—Lo mismo, con sexo.
Julia apoyó la nuca contra la pared.
—Por supuesto.
—¿Qué tiene de raro?
—Nada, si los dos creen que eso es lo que está pasando.
Lara volvió la mirada hacia ella.
Julia se encogió de hombros.
—No te estoy dando una clase. Solo digo que yo no sé qué cree Tomás porque no me acosté con él.
—Yo tampoco sé qué cree.
—Entonces preguntale.
La recomendación era irritantemente razonable.
Lara miró la hora.
—Ahora tengo que ver un postoperatorio.
—Andá. Y después preguntale al hombre con el que acabás de tener sexo qué cree que está haciendo.
—La frase es innecesariamente larga.
—Es para asegurarme de que no la conviertas en “¿seguís vivo?” por WhatsApp.
Lara ya se estaba alejando.
—Eso habría sido eficiente.
Julia levantó la voz desde atrás.
Lara alzó una mano sin darse vuelta.
A las cuatro y veinte de la tarde, Tomás apareció en cirugía buscando a un paciente que habían trasladado de sector. Lara estaba terminando una indicación con Camila cuando lo vio detenerse junto al escritorio.
No llevaba la expresión de la noche anterior. Llevaba la de trabajo: cansancio en los ojos, lapicera en el bolsillo del ambo y esa capacidad suya de parecer disponible incluso cuando probablemente tenía ocho cosas pendientes.
—¿Te secuestraron uno? —preguntó Lara.
—Trauma cerrado de abdomen, box seis. Me dijeron que lo subieron para evaluación.
Camila revisó la lista.
—Está en la nueve. Llegó hace diez minutos.
—Gracias.
Tomás le sonrió a la residente y después miró a Lara. Solo un segundo. Nada especialmente íntimo. Nadie que no los conociera habría visto diferencia.
Lara sí.
Esta vez no volvió a estudiar dónde apuntaban sus pies. Había otras cosas. Una pausa mínima antes de irse. La forma en que la mirada se le quedaba un momento más de lo necesario. El recuerdo muy reciente de esa misma boca en su cuello.
—Cuando termines, avisame —dijo ella.
Tomás asintió.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Eso sonó ominoso.
—Solo quiero hablar.
Él se quedó quieto.
—Eso sonó peor.
Camila bajó la vista a los papeles con una concentración heroica.
Lara suspiró.
—No pasó nada malo.
—Perfecto. Muchísimo mejor.
Se fue hacia la habitación nueve. Camila esperó tres segundos.
—No voy a preguntar nada.
—Excelente criterio.
—Gracias.
Lara volvió a la indicación.
Casi dos horas después, encontraron un tramo tranquilo detrás de los ascensores de servicio. No era romántico. Olía a desinfectante y alguien había dejado una caja cerrada de guantes sobre un carro. A Lara le pareció apropiado: necesitaban una conversación, no escenografía.
Tomás apoyó la espalda contra la pared.
—Bueno.
—Julia preguntó qué somos.
Él parpadeó.
—¿Julia ya sabe?
—Sí.
—¿Cómo?
—Se lo dije.
—Claro. Pregunta estúpida.
Lara cruzó los brazos.
—Le respondí que somos lo mismo que antes, con sexo.
Tomás no dijo nada.
Eso sí era información.
—¿No estás de acuerdo? —preguntó ella.
Él se pasó una mano por la nuca.
—Estoy intentando no responder algo idiota.
—Podés responder algo preciso.
—Para vos, ¿eso es suficiente?
Lara consideró la pregunta antes de contestar.
—Ahora, sí. Me gustó. Quiero repetirlo. No quiero perder nuestra amistad por inventar un problema antes de que exista.
Tomás bajó la vista un instante.
—No quiero perderla tampoco.
—Entonces estamos de acuerdo en eso.
—Sí.
—Y si alguno quiere parar, lo dice.
—Sí.
—Si aparece otra persona, también lo dice. No voy a asumir exclusividad porque tuvimos sexo una vez.
Tomás levantó la mirada.
—No estoy viendo a nadie.
—Yo tampoco.
—Bien.
Lara esperó. Había algo más en su cara, pero esta vez no quiso convertir cada cambio de expresión en una investigación. Si Tomás quería decirlo, podía hacerlo.
Él tardó unos segundos.
—¿Y si deja de ser simple?
—Lo hablamos.
—¿Así de fácil?
—Hablar puede ser difícil. Decidir hablar no debería serlo.
Tomás sonrió, aunque la sonrisa no terminó de llegarle a los ojos.
—A veces sos desesperante.
—Eso no responde nada.
—No era una respuesta.
—Entonces está bien.
Un ascensor se abrió y dos camilleros salieron empujando una cama vacía. La conversación se interrumpió hasta que doblaron la esquina.
Tomás miró la hora.
—Tengo que volver a guardia.
—Yo también tengo trabajo.
—Lo sé.
No se besaron: estaban detrás de los ascensores de servicio y ambos tenían pacientes esperando. Tomás se apartó de la pared y dio dos pasos antes de volver.
—Esta noche no puedo. Salgo tarde.
Lara tardó un segundo en entender.
—Yo tampoco. Mañana entro temprano.
—¿Mañana?
—Podría.
La sonrisa de Tomás esta vez sí fue completa.
—Mañana.
Se fue.
Lara lo vio desaparecer hacia la guardia. Ahora sabía que Tomás estaba esperando para ver si el problema aparecía; ella seguía sin verlo.
Después volvió a cirugía.