Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 6 QUEDATE
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CAPÍTULO 6 QUEDATE

T omás había pasado quince años aprendiendo a no interpretar demasiado cada cosa que Lara hacía. Esa noche descubrió que la disciplina tenía límites.

Ella acababa de decirle que quería saber si tener sexo con él sería tan fácil como creía, había descartado la logística como motivo para pedirle que se quedara y ahora lo besaba con una seguridad que convertía todos sus intentos anteriores de ser prudente en material histórico.

Tomás apoyó una mano en su cintura y se obligó a recordar algo elemental: Lara no insinuaba.

Si quería algo, lo decía. Si no lo quería, también.

El problema era que esa característica, que durante años le había facilitado casi todo, de pronto lo dejaba sin ninguna excusa para esconderse detrás de una interpretación dudosa.

Se separó apenas.

—¿Seguís queriendo averiguarlo?

Lara abrió los ojos.

—Sí.

—Bien.

—¿Eso era una verificación de consentimiento o necesitabas escucharme decirlo otra vez?

—Las dos cosas.

—Correcto.

Tomás se rió contra su boca.

—No conviertas esto en un examen.

—Vos hiciste una pregunta.

—Ya sé.

—Entonces no entiendo la queja.

No había queja. Había una cantidad bastante poco digna de nervios para un hombre de treinta y cinco años que había atendido politraumatizados a las tres de la mañana sin que le temblara una mano.

Lara, en cambio, parecía exactamente igual que diez minutos antes, salvo por el pelo un poco desordenado y la boca enrojecida.

Eso no ayudaba.

La besó otra vez, más despacio. Esta vez Lara no esperó a que él marcara el ritmo. Le pasó una mano por la nuca, lo acercó y Tomás dejó de pensar durante varios segundos muy eficientes.

Cuando recuperó una porción útil del cerebro, estaban en el pasillo.

—¿Tu dormitorio? —preguntó.

Lara señaló la primera puerta a la derecha.

—Hace años que venís a mi casa.

—Nunca necesité ubicarlo con este nivel de urgencia.

—Eso explica tu rendimiento.

—Acosta.

Ella sonrió y abrió la puerta.

El dormitorio era tan Lara como el resto del departamento: ordenado sin parecer exhibido, una pila de libros en la mesa de luz, dos cargadores enrollados con una prolijidad que Tomás consideró ofensiva y una camisa blanca colgada del respaldo de una silla porque, evidentemente, hasta el desorden de Lara sabía dónde quedarse.

Tomás cerró la puerta y la miró.

Por primera vez desde que había entrado al departamento, Lara pareció notar que él estaba nervioso.

No necesitó adivinar nada misterioso: él había dejado de besarla, tenía una mano inmóvil sobre el picaporte y probablemente una expresión de hombre que acababa de descubrir que desear algo durante años no servía como entrenamiento para obtenerlo.

—Podemos parar —dijo ella.

La frase no tuvo dramatismo. Fue una opción real puesta sobre la mesa.

Tomás negó con la cabeza.

—No quiero parar.

—Bien.

—Pero si vos querés parar en cualquier momento...

—Te lo voy a decir.

—Sí. Ya sé.

—Entonces vení.

La familiaridad hizo el resto más extraño y más fácil al mismo tiempo.

Tomás conocía el lunar pequeño junto a su mandíbula porque lo había visto miles de veces, pero nunca lo había besado.

Sabía que Lara odiaba tener frío y aun así no sabía que se reía cuando él le rozaba cierta zona del cuello.

Ella conocía la cicatriz de su antebrazo, sabía de qué accidente provenía y cuántos puntos había necesitado, pero hasta esa noche nunca había pasado los dedos por encima como si la historia clínica fuera irrelevante.

Hubo torpeza, porque dos personas podían conocerse durante media vida y seguir sin saber dónde poner un codo la primera vez que se desvestían. Hubo risas bajas, una rodilla contra el borde de la cama y un momento en que Tomás tuvo que rescatar su remera del pie de Lara antes de que ella se cayera.

—Esto no está favoreciendo mi imagen —murmuró.

—Tu imagen sobrevivió a quince años de amistad conmigo.

—Eso no me tranquiliza.

Lara soltó una risa breve y volvió a besarlo. Fue suficiente para terminar de romper la última capa de solemnidad.

Antes de seguir, Tomás preguntó por preservativos. Lara señaló el segundo cajón de la mesa de luz.

—Izquierda —aclaró.

Él abrió el cajón y encontró una caja cerrada junto a un termómetro, dos sobres de analgésicos y pilas nuevas.

—Por supuesto que tenés un cajón de contingencias.

—No se llama así.

—En mi cabeza sí.

—Tu cabeza no organiza bien las cosas.

—Estoy a punto de ofenderme.

—Después.

No hubo necesidad de hacer de la escena algo distinto de lo que era: dos adultos que se conocían bien, se deseaban y estaban prestando atención.

Tomás preguntó cuando necesitó hacerlo; Lara respondió sin convertir la claridad en solemnidad.

Ella también preguntó. Cuando alguna cosa no funcionó a la primera, cambiaron sin hacer de eso un problema.

Cuando algo sí funcionó, Lara no tuvo ninguna dificultad en decirlo.

—Así —murmuró contra su boca, cerrando los dedos en su nuca—. No cambies nada.

Eso último estuvo a punto de matarlo.

Más tarde, con la habitación en silencio y la respiración de ambos volviendo a un ritmo razonable, Tomás se quedó boca arriba mirando el techo.

Lara estaba de costado, apoyada sobre un codo.

—Tenía razón —dijo.

Tomás giró la cabeza.

—Necesito contexto antes de que destruyas mi autoestima.

—Fue fácil.

Él cerró los ojos.

—Gracias por la reseña.

—No era una reseña.

—Sonó como una reseña.

—Si fuera una reseña habría más variables.

Tomás se tapó la cara con una mano.

—No quiero conocer las variables.

—Eso es mentira.

—Sí, pero elegí cuidarme.

Lara se dejó caer sobre la almohada. Estaba sonriendo. Tomás la observó de perfil y sintió el impulso absurdo de memorizar la escena, lo que le pareció una pésima señal para alguien que supuestamente acababa de atravesar una noche simple con su mejor amiga.

—¿Te arrepentís? —preguntó.

Lara lo miró de inmediato.

—No.

La respuesta llegó tan limpia que algo dentro de él se aflojó.

—Yo tampoco.

—Bien.

—Eso es todo lo que vas a decir.

—No sabía que había un formulario posterior.

—Lara.

Ella lo sostuvo con la mirada, ya sin sonrisa.

—No me arrepiento. Quería hacerlo. Quiero volver a hacerlo. ¿Qué otra información necesitás ahora?

Ahora.

Tomás escuchó la palabra con una atención que ella probablemente no había pretendido darle.

Podía preguntar qué significaba aquello.

Podía decirle que para él no existía una versión limpia de amistad más sexo, porque la parte de amistad venía contaminada por años de quererla de una manera que nunca había terminado de acomodar.

Podía, por una vez, no esperar a que Lara hiciera la pregunta correcta.

En lugar de eso, preguntó:

—¿Tenés agua?

Lara lo miró durante dos segundos.

—En la cocina. El sistema de cañerías sigue funcionando desde la última vez que viniste.

Tomás soltó el aire por la nariz.

—Perfecto. Gracias.

Se levantó, se puso el pantalón y fue a buscar agua con la desagradable certeza de que acababa de reincidir en exactamente el mismo defecto que llevaba años perfeccionando.

En la cocina, Tomás llenó dos vasos y se quedó unos segundos mirando por la ventana oscura sobre la pileta.

Buenos Aires seguía funcionando con una indiferencia bastante ofensiva: un colectivo dobló en la esquina, alguien cerró la puerta de un auto y el saxofón del vecino, milagrosamente, permanecía callado.

—Te fuiste hace mucho —dijo Lara desde atrás.

Él se dio vuelta. Se había puesto una remera negra y llevaba el pelo suelto sobre los hombros.

—Fueron dos minutos.

—Para buscar agua, es mucho.

—Estaba pensando.

—Eso explica la demora.

Tomás le entregó un vaso.

—Qué considerada.

—Estoy intentando acompañar tu proceso.

Ella bebió y volvió al dormitorio sin preguntarle si iba a seguirla. Tomás la siguió igual.

Durmieron poco. A las seis menos cuarto sonó la alarma de Lara y él despertó con un brazo entumecido, una pierna fuera de la sábana y la certeza física de que había cometido una decisión excelente con consecuencias probablemente desastrosas.

Lara apagó la alarma al primer sonido.

—Tenés que salir en cuarenta minutos —dijo.

—Buenos días para vos también.

—Buenos días. Tenés que salir en cuarenta minutos.

—Mucho mejor.

Ella se incorporó, recogió el pelo con una gomita que apareció de algún lugar y señaló el baño.

—Duchate primero. Yo preparo café.

Tomás la miró.

—¿Me estás echando con cafeína?

—Te estoy evitando llegar tarde a tu trabajo.

—Qué romántico.

—No era el objetivo.

Cuando salió del baño, había una taza sobre la mesada con la cantidad correcta de leche. Lara estaba terminando la suya de pie, ya vestida para el hospital.

No hubo conversación sobre la noche anterior. Tampoco hubo tensión incómoda, arrepentimiento ni ese teatro extraño que Tomás había conocido alguna vez después de acostarse con alguien cuando ninguno sabía todavía qué hacer con el otro a la mañana siguiente.

Lara revisó la hora.

—Si salís ahora, llegás bien.

—Sí.

Tomás tomó las llaves. Se quedó frente a ella un segundo más de lo necesario.

Esta vez no quiso repetir el patrón.

—Quiero volver a verte así —dijo.

Lara alzó apenas las cejas.

—¿Despeinada?

—En mi cama iba a sonar demasiado optimista, considerando que esta es la tuya.

Ella sonrió.

—Yo también quiero repetirlo.

Tomás asintió. Era una respuesta concreta. Debería haber sido suficiente.

Antes de que pudiera decidir si quería preguntar algo más, Lara se acercó y lo besó una vez, breve, sin convertirlo en despedida solemne.

—Andate —dijo—. Vas a llegar tarde.

Tomás salió riéndose.

En el ascensor, mientras bajaba con el café de Lara todavía en la boca, entendió que el problema no era haberse acostado con su mejor amiga.

El problema era que había sido exactamente tan fácil como ella había creído.

Y él no tenía nada simple que ofrecerle a cambio.