CAPÍTULO 5 ENTONCES PREGUNTÁ
L ara tardó exactamente lo que demoró en enjuagar dos platos en decidir que Tomás estaba complicando una situación bastante simple.
Besar a un amigo de quince años podía tener consecuencias numerosas, incómodas y difíciles de revertir. El dato inmediato, en cambio, no tenía ninguna complejidad especial: Tomás quería besarla y ella quería saber qué se sentía besarlo.
Además, quería besarlo.
Eso también era un dato.
Dejó el segundo plato en el escurridor y se secó las manos. Tomás seguía sentado a la mesa, observando las flores como si el ramo tuviera responsabilidad en lo que acababa de ocurrir.
—Tomás.
Él levantó la cabeza.
—¿Qué?
Lara apoyó la toalla de cocina junto a la pileta.
—¿Querés besarme?
El silencio fue tan completo que incluso la escala de saxofón del departamento vecino pareció detenerse por respeto.
Tomás parpadeó.
—¿Qué?
—Escuchaste.
—Sí, pero...
Lara esperó.
Tomás pasó una mano por la nuca.
—¿Me estás preguntando en serio?
—No suelo hacer preguntas esperando que la respuesta no importe.
—Eso no es exactamente un sí.
—Sí.
Tomás se levantó. No se acercó de inmediato.
Eso le gustó.
—¿Por qué ahora? —preguntó.
Lara consideró la pregunta.
—Porque querés hacerlo.
—Eso explica mi parte.
—Y yo también.
Algo cambió en la cara de Tomás. Lara conocía bien sus expresiones: alivio, diversión, cansancio, fastidio, esa paciencia exagerada que usaba con pacientes difíciles y la mirada particular que aparecía cuando intentaba decidir si estaba por discutir con ella o reírse.
Aquello no era ninguna de esas cosas. O quizá era una combinación.
—Podrías haber empezado por ahí —dijo.
—Acabo de hacerlo.
Tomás soltó el aire por la nariz.
—Dios.
—¿Eso es un sí?
—Sí.
—Bien.
Tomás dio un paso. Después otro. Se detuvo frente a ella con una proximidad que Lara conocía en contextos completamente distintos: compartiendo una pantalla, mirando una radiografía, intentando alcanzar algo detrás de ella en un armario. Nunca así.
Le tocó la cara con una mano.
Lara registró el calor de la palma, la presión leve del pulgar cerca de su mandíbula y el modo en que el cuerpo reaccionó antes de que hubiera ocurrido nada más. El deseo no le resultaba confuso. Le gustaba esa clase de claridad.
Tomás volvió a mirar su boca.
—Ahora lo estás haciendo otra vez —dijo ella.
Él cerró los ojos un instante.
—Lara.
—¿Qué?
—Callate un segundo.
Ella sonrió.
—Eso puedo hacerlo.
Tomás la besó.
No fue cuidadoso en el sentido inseguro de la palabra. Tampoco se lanzó sobre ella como si hubiera estado acumulando quince años de hambre y finalmente alguien hubiera abierto una jaula. La besó como la conocía: esperando la respuesta.
Lara respondió.
Al principio le sorprendió una cosa completamente física: la familiaridad.
Conocía la forma de sus manos, el olor de su piel después del hospital, la cicatriz junto al codo, la textura de su barba cuando llevaba demasiadas horas sin afeitarse.
Había compartido con él sofás, autos, bibliotecas, guardias, mesas de bar y una cantidad absurda de comidas.
Su cuerpo no era nuevo y, sin embargo, la manera de tocarlo sí.
Apoyó una mano en su cuello y acercó la otra a su cintura. Tomás hizo un sonido bajo contra su boca que le produjo una descarga breve por el abdomen. Lara decidió que Julia había reducido demasiado el asunto al hablar de miradas.
Cuando se separaron, Tomás mantuvo la frente apoyada contra la suya.
—Bueno —dijo.
Lara esperó.
—¿Bueno qué?
—Necesito unos segundos.
—¿Para qué?
Él abrió los ojos.
—Para adaptarme al hecho de que acabo de besarte.
—No fue un procedimiento invasivo.
—Para mí un poco sí.
Lara soltó una risa corta. Tomás sonrió como si esa reacción le hubiera dado algo que no pensaba pedir.
—¿Te gustó? —preguntó él.
—Sí.
No tuvo que pensarlo.
Tomás la miró con una intensidad que habría sido excesiva en otra persona. En él le resultó reconocible.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Sabía que ibas a hacer eso.
—Entonces formulá mejor la pregunta.
Tomás se apartó lo suficiente para apoyarse contra la mesada.
—¿Querés volver a hacerlo?
—Sí.
—Eso fue sorprendentemente fácil.
—Era una pregunta concreta.
Él se rió.
Lara lo besó esta vez.
La segunda vez fue menos experimental. La primera tampoco había sido un experimento; simplemente ya no necesitaba comprobar si la idea le gustaba.
Le gustaba. Tomás también dejó de contener parte de lo que había contenido.
La mano que tenía en su cintura se movió hacia su espalda y la acercó.
Lara sintió su cuerpo contra el suyo y la respuesta fue inmediata, agradable y bastante más intensa de lo que había previsto cuando decidió hacer una pregunta en la cocina.
Se separó apenas para respirar.
Tomás no se alejó.
—¿Seguís bien? —preguntó.
Lara lo miró.
—Sí.
—Pregunto porque esto es...
Buscó una palabra.
—Nuevo —terminó.
—Sí.
—Y somos nosotros.
—También.
Él sonrió sin alegría completa.
—¿No te parece raro?
Lara pensó.
—No tanto como esperaba.
—Eso no sé si me tranquiliza o me ofende.
—No era una evaluación sobre vos.
—Lo sé.
Ahí estaba una de las razones por las que estar con Tomás siempre había sido sencillo.
Con otras personas, Lara había aprendido a revisar frases después de decirlas, buscar el posible significado agregado, estimar qué había entendido el otro y decidir si valía la pena corregir.
Tomás llevaba demasiado tiempo con ella.
Muchas veces preguntaba directamente. Otras, cuando no lo hacía, conocía suficiente contexto para no fabricar ofensas donde no las había.
Lara había subestimado durante años el valor práctico de eso.
Y tal vez no era solo práctico.
Tomás le rozó la mejilla con el pulgar.
—¿Desde cuándo sabías?
—¿Que querías besarme?
—Sí.
—Con suficiente certeza, desde esta tarde.
—¿Esta tarde?
—Julia me enseñó a identificar patrones hace años. Hoy reunió evidencia suficiente.
Tomás dejó caer la mano.
—No quiero saber.
—Incluye mirar la boca y orientar el cuerpo. También miraste mi culo cuando te dije que necesitaba bañarme.
Tomás se pasó ambas manos por la cara.
—Voy a matar a Julia.
—Ella no te hizo mirar.
—No es el punto.
—Entonces lo estás expresando mal.
—Quince años y la que termina preguntando sos vos porque Ferrer te explicó cómo te miro... —Se interrumpió—. No. Eso sonó peor.
Lara se rió.
Tomás la señaló.
—Ahí está. Esa mujer. Esa es la que conozco.
—¿Esperabas otra después de besarme?
La pregunta hizo que él bajara la mano.
—No.
La respuesta llegó distinta. Más seria.
Lara sostuvo su mirada.
—Bien.
Tomás miró hacia el comedor y después a ella.
—¿Querés hablar de esto?
—Estamos hablando.
Tomás le sostuvo la mirada.
—Sabés a qué me refiero.
Lara cruzó los brazos. Necesitaba dejar de tocarlo unos minutos si pretendían mantener una conversación coherente.
—No sé qué cambia.
—Yo tampoco.
Eso la sorprendió.
—Llevás años intentando llegar hasta acá.
—No es lo mismo que saber qué hacer después.
—Hubo épocas en que eras poco claro.
—Te llevé flores.
—Y dijiste que eran por Fisiología.
Tomás bajó la cabeza, riéndose.
—Está bien. Ganaste lo de las flores.
—No estábamos compitiendo.
Lara entendió la pregunta que había debajo: Tomás quería saber si besarla significaba entrar en una relación. Ella no tenía una respuesta clara y no iba a inventarla para tranquilizarlo.
—No quiero decidir ahora qué significa esto dentro de seis meses —dijo.
Tomás levantó la vista.
—Yo tampoco te estoy pidiendo eso.
—Bien.
—Estoy preguntando qué querés ahora.
Mucho mejor.
Lara descruzó los brazos.
—Quiero volver a besarte.
Tomás sonrió.
—Eso puedo manejarlo.
—Y quiero saber si tener sexo con vos sería tan fácil como creo.
La sonrisa desapareció de golpe.
Lara inclinó la cabeza.
—¿Qué?
—A veces necesito que me des un segundo antes de agregar información.
—Podés tomarte dos.
Tomás soltó una carcajada y se acercó otra vez, pero antes de tocarla preguntó:
—¿Querés que me quede?
Lara evaluó la pregunta. Al día siguiente ella entraba al hospital a las ocho.
Tomás tenía turno desde las siete. El departamento de él quedaba a veinte minutos si el tránsito cooperaba, cosa improbable a esa hora de la mañana.
Podía quedarse, dormir unas horas y salir desde allí. Todo era perfectamente posible.
Pero ninguna de esas razones era la principal.
Lara quería que se quedara.
—Sí.
Tomás buscó algo en su cara.
—¿Por logística?
Ella sonrió.
—No.
Eso pareció desarmarlo más que cualquier otra respuesta de la noche.
Tomás la besó otra vez.
El florero quedó en la mesa detrás de ellos, con las flores perfectamente acomodadas y ningún tacho de basura involucrado. Lara pensó, justo antes de dejar de pensar en casi todo, que quizá había cosas que no necesitaban una definición inmediata para ser bastante claras.