CAPÍTULO 4 LAS FLORES
T omás llegó al departamento de Lara a las diez y seis con una bolsa de comida en una mano y un ramo de flores en la otra.
Ella abrió la puerta con el pelo todavía húmedo, una camiseta negra y un pantalón de algodón que él le había visto tantas veces que no tenía ningún derecho a producirle el efecto que le produjo. Durante medio segundo olvidó el saludo que había preparado en el ascensor.
Lara miró primero la bolsa. Después las flores.
—Buenas noches —dijo Tomás.
—Buenas noches. ¿Por qué trajiste flores?
La pregunta era tan genuina que él bajó la vista al ramo, como si pudiera haber olvidado el motivo en el trayecto.
—Porque pasé por un puesto y me pareció una buena idea.
—Eso explica dónde las compraste.
—¿Podés recibirlas antes de abrir una investigación?
Lara tomó el ramo.
—Gracias.
No hubo sonrisa enternecida ni pausa significativa. Olió una de las flores, apartó con dos dedos una hoja doblada y caminó hacia la cocina. Tomás cerró la puerta detrás de sí y la siguió con una prudencia adquirida quince años antes.
Lara abrió un mueble alto, sacó un florero de vidrio y lo puso bajo la canilla.
Tomás dejó la comida sobre la mesada.
—Mirá vos.
—¿Qué?
—Nada. Estoy orgulloso.
Lara giró la cabeza.
—¿De que sé usar un florero?
—De que esta vez no van a terminar en un tacho de basura.
Ella volvió al agua.
—El tacho estaba limpio.
Tomás apoyó las manos en la mesada y cerró los ojos un segundo.
—Catorce años y seguís defendiendo eso.
—Porque seguís contándolo mal.
Lo peor era que, desde su punto de vista, probablemente fuera cierto.
Había ocurrido en segundo año, después de un parcial de Fisiología que Lara había aprobado con una nota indecentemente alta y Tomás con una suficientemente buena como para festejarla.
Él había comprado el ramo en un puesto cerca de la facultad y había pasado veinte minutos eligiendo flores sin ninguna experiencia, criterio ni necesidad académica que justificara semejante esfuerzo.
Lara vivía entonces en un departamento pequeño que compartía con una prima.
El único florero disponible era bajo, beige y demasiado ancho para el ramo.
Lara lo había mirado, había mirado las flores y había desaparecido hacia la cocina.
Tomás la encontró dos minutos después acomodándolas dentro de un tacho negro, alto y cilíndrico.
Había agua en el fondo.
Eso no había mejorado la escena.
—Tiraste mis flores —había dicho.
Lara levantó la cabeza.
—No.
—Están en la basura.
—No hay basura.
—Ese no es el punto.
—Entonces no entiendo el punto.
Él había señalado el recipiente.
—Es un tacho.
—Es alto, no pierde agua y las flores quedan mejor acá.
—Te traje flores y las pusiste en un tacho.
Lara había mirado el florero beige sobre la mesa.
—Ahí se veían peor.
Tomás recordaba todavía la mezcla absurda de decepción y ganas de reírse.
Había ido preparado para decirle algo. No una declaración memorable, porque a los veintiuno uno creía estar improvisando mientras repetía frases que miles de personas habían usado antes, pero sí algo que moviera la relación un poco.
Después la había visto acomodar su intento romántico entre el tacho y una botella de detergente y había perdido el valor.
Lara, completamente ajena al funeral sentimental que estaba ocurriendo a treinta centímetros de ella, había preguntado si quería pedir pizza.
Él había dicho que sí.
La pizza había estado buena.
En el presente, Lara terminó de acomodar el ramo y dejó el florero sobre la mesa del comedor.
—¿Ves? —dijo—. No soy incapaz de aprender.
—Nunca pensé que lo fueras.
—Tu cara de hace catorce años decía otra cosa.
Tomás abrió la bolsa de comida.
—Mi cara de hace catorce años acababa de ver el cadáver de un gesto romántico.
Lara se quedó quieta.
Él la miró. Había dicho más de lo que pretendía.
—¿Era romántico? —preguntó ella.
Tomás soltó una risa sin humor.
—Lara, te llevé flores a tu casa porque habías aprobado un parcial que yo también había aprobado. ¿Qué pensabas que era?
—Un regalo por Fisiología.
—Claro.
—Eso dijiste.
No había reproche en su voz. Solo una constatación. Tomás sacó dos recipientes de comida y los dejó sobre la mesada.
—Sí. Eso dije.
Lara lo observó un segundo más.
—Entonces el problema no fue el tacho.
—El tacho colaboró.
La comisura de la boca de ella se movió.
—¿Qué trajiste?
Y ahí estaba otra vez. El modo en que Lara podía tocar algo que a él le había ocupado media vida y, un segundo después, volver a una cuestión concreta sin convertirla en una escena.
Tomás había odiado esa capacidad en algunos momentos.
En otros le parecía la razón exacta por la que podía pasar horas con ella sin agotarse.
—Empanadas —dijo—. Y una ensalada que compré por culpa institucional.
—No existe la culpa institucional.
—Trabajé doce horas con gente que me explicó por qué debería comer mejor.
—Eso se llama evidencia acumulada.
Comieron en la mesa pequeña junto a la ventana. Lara se sentó con una pierna doblada bajo el cuerpo y apartó las flores unos centímetros porque le bloqueaban la vista hacia Tomás. El gesto fue tan poco romántico y tan íntimo que a él le costó decidir qué hacer con él.
Hablaron del hospital, pero no demasiado.
De una residente de Emergencias que había intentado usar tres sinónimos distintos para evitar decir que no sabía algo.
De Julia y el médico de Diagnóstico por Imágenes.
De un vecino de Lara que había decidido aprender saxofón después de los cuarenta y llevaba dos semanas tocando la misma escala con una perseverancia que ella consideraba hostil.
—Podrías hablar con él —dijo Tomás.
—Ya hablé.
—¿Qué le dijiste?
—Que la práctica deliberada incluye variar ejercicios.
Tomás dejó la empanada.
—¿Eso le dijiste al vecino que te está volviendo loca con el saxofón?
—Sí.
—¿Y qué respondió?
—Que si me molestaba, comprara tapones.
Tomás se echó a reír.
—Bueno, por lo menos hubo comunicación clara.
—Eso pensé.
La facilidad volvió a instalarse entre ellos.
No era nueva. Eso era precisamente lo peligroso.
Tomás conocía el departamento, sabía dónde guardaba Lara los vasos y cuál de las sillas cojeaba si uno se inclinaba demasiado hacia atrás.
Había estado ahí después de guardias, cumpleaños, rupturas ajenas, una gripe particularmente mala y una vez durante siete horas porque el edificio se había quedado sin agua y Lara había decidido que esperar al plomero era más soportable con compañía.
No tenía que impresionarla. No tenía que llenar silencios. Tampoco necesitaba explicar la mitad de sus referencias. Cuando Lara se levantó a buscar servilletas, Tomás abrió el cajón correcto sin preguntar y sacó dos.
Ella lo vio.
—Te acordás.
—Vine acá unas cien veces.
—No cien.
—Era una aproximación.
—Mala.
—No voy a pedirte un registro de visitas.
—No tengo uno.
Tomás levantó una ceja.
Lara añadió:
—Completo.
—Por supuesto.
Ella sonrió y volvió a sentarse. Tomás sintió ese movimiento pequeño en el pecho que llevaba años aprendiendo a ignorar cuando convenía.
Había habido épocas enteras en que ignorarlo fue lo correcto.
Relaciones suyas. Relaciones de Lara. Distancias necesarias.
Meses en los que hablaban poco y después retomaban una conversación como si hubieran dejado un marcador entre las páginas.
Había aprendido que querer a alguien cerca no daba derecho a mantenerlo cerca de cualquier manera.
Lo que no había aprendido era a dejar de quererla.
Lara tomó agua y lo miró por encima del vaso.
—Hoy estabas raro en la cafetería.
—¿Yo?
—Sí.
—Ferrer estaba amenazando con anestesiarte sin cirugía y el raro era yo.
—Julia suele amenazar sin planificación suficiente.
—Eso es tranquilizador.
—Me mirabas.
Tomás dejó el tenedor.
Podía haber preguntado qué quería decir. Podía fingir que no sabía. A los treinta y cinco años, después de una guardia completa y quince años de conocer a Lara, las dos opciones le parecieron demasiado adolescentes.
—Te miro bastante —dijo.
—Sí.
—No parecías particularmente preocupada hasta hoy.
—No estoy preocupada.
La respuesta le aflojó algo y le tensó otra cosa.
—Bien.
—Julia me enseñó hace años a interpretar algunas señales.
Tomás recordó la carcajada de Julia en la cafetería.
—Eso explica muy poco y me preocupa mucho.
—No hace falta que te preocupe.
—¿Qué interpretaste?
Lara lo observó con una calma que volvió incómoda la pregunta.
—Que querés besarme.
Tomás no respondió inmediatamente.
Lara tampoco apartó los ojos.
El departamento se volvió demasiado silencioso. El saxofón del vecino eligió ese momento para producir una nota larga, sufrida y desafinada detrás de la pared.
Tomás miró hacia el techo.
—No puedo creer que ese tipo vaya a participar de este momento.
—¿Qué momento?
Él volvió a mirarla.
Ahí estaba el problema. Lara podía ofrecerle una puerta abierta y, aun así, él seguía buscando la manera correcta de atravesarla. Durante años había confiado en gestos, tiempos, proximidades, cenas, flores y miradas como si todo el mundo estuviera obligado a leer el mismo idioma que él.
Lara no.
Lara le había preguntado qué momento.
Y Tomás, aun sabiendo exactamente qué quería, sintió el viejo impulso de responder algo que le permitiera retirarse si la interpretación resultaba equivocada.
—Ninguno —dijo al final.
Ella sostuvo su mirada apenas un segundo más.
—Bien.
No sonó herida. Tampoco decepcionada. Se levantó con los platos y caminó hacia la cocina.
Tomás se quedó sentado, mirándola de espaldas, preguntándose cómo era posible ser tan competente explicándole a desconocidos que estaban a punto de recibir una descarga eléctrica, una intubación o una sutura y convertirse, frente a Lara Acosta, en un imbécil de veintiún años con flores en la mano.
Ella dejó los platos en la pileta y se volvió.
Tomás volvió a mirar su boca.
Esta vez lo notó mientras lo hacía.
Lara también.
Él abrió la boca, dispuesto por fin a decir algo útil. No salió nada.
A los treinta y cinco seguía siendo pésimo haciendo preguntas cuando la respuesta le importaba demasiado.