Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 3 LAS SEÑALES
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CAPÍTULO 3 LAS SEÑALES

J ulia Ferrer sostenía que Lara había necesitado más entrenamiento para reconocer una insinuación sexual que una hemorragia interna.

Lara sostenía que ambas cosas eran sistemas completamente diferentes y que la comparación era intelectualmente perezosa.

La discusión llevaba nueve años sin resolverse.

—Te está mirando otra vez —dijo Lara.

Julia no giró la cabeza.

—No mires.

—No estoy mirando ahora.

—Entonces ¿cómo sabés?

—Lo vi antes.

Estaban en la cafetería del hospital, sentadas junto a una ventana con dos cafés y una medialuna que Julia había comprado con la intención declarada de comer sola y que Lara ya había dividido por la mitad sin pedir permiso.

Eran casi las seis de la tarde. Julia había terminado una anestesia larga hacía cuarenta minutos; Lara acababa de salir de consultorio y esperaba que una paciente completara estudios antes de decidir si ingresarla.

En una mesa a unos metros, un médico de Diagnóstico por Imágenes hablaba con dos colegas. Julia bebió café con estudiada indiferencia.

—No me está mirando.

—Sí.

—Lara.

—Tres veces desde que nos sentamos.

—No contaste.

Lara no respondió. Julia cerró los ojos.

—Contaste.

—No deliberadamente al principio.

—Eso no lo mejora.

—También orienta los pies hacia acá cuando deja de hablar con ellos.

Julia bajó la taza muy despacio.

—¿Desde cuándo mirás los pies de la gente?

—Desde que descubrí que la dirección corporal puede indicar interés aunque la cara esté ocupada mintiendo.

—Yo cometí un error con vos.

—Varios.

—El principal fue enseñarte esto.

Lara comió su mitad de medialuna.

—Tus explicaciones eran incompletas. Tuve que complementarlas.

Julia la apuntó con un dedo.

—Yo trataba de evitar que fueras por la vida preguntando por qué la gente te miraba la boca.

—No preguntaba eso.

—Porque no te dabas cuenta.

—Eso fue una vez.

—Fueron muchas.

Lara iba a discutir la cantidad, pero el recuerdo apareció con suficiente claridad como para que decidiera no hacerlo. Habían sido residentes. Julia llevaba menos de tres meses conociéndola y todavía alternaba entre la fascinación y la necesidad de golpearla con un manual de habilidades sociales.

Una madrugada, después de una guardia demasiado larga, estaban tomando café de máquina en un pasillo vacío cuando Julia le preguntó si de verdad no se había dado cuenta de que un residente de Traumatología llevaba semanas intentando besarla.

Lara había respondido que no había intentado besarla ninguna vez. Julia había respirado hondo.

—Te mira la boca cada vez que hablás.

—Mucha gente mira la boca.

—No así. Si te mira los labios, vuelve a tus ojos y después te mira los labios otra vez, probablemente quiere besarte.

—¿Cuántas veces?

—No sé, Lara. Varias.

—Varias no es una medida.

—No es una fórmula.

Lara había pensado un momento.

—Entonces, si me mira el culo, ¿quiere darme por detrás?

Julia había escupido café. Literalmente. Había tenido que limpiarlo de la pared mientras Lara esperaba la respuesta.

—¿Qué mierda te pasa?

—Estoy comprobando si la regla es consistente.

—No hay una regla.

—Acabás de darme una.

—Era una orientación.

—Entonces tus orientaciones tienen demasiadas excepciones.

Julia la había mirado como si acabara de comprender que la amistad entre ellas podía tener consecuencias médicas.

—Sí —dijo al final—. Bienvenida a los seres humanos.

Lara había aceptado la respuesta. Después había leído sobre comunicación no verbal. Mucho. Ese detalle Julia todavía lamentaba.

—Volvé —dijo ahora, agitando los dedos delante de su cara—. ¿En qué estabas?

—Recordando cuando escupiste café en la pared.

—No fue mi mejor momento.

—Fue gracioso.

—Para vos.

—También para el enfermero que pasó.

Julia miró de reojo hacia la mesa de Diagnóstico por Imágenes y rápidamente volvió al café.

—¿Qué más hace?

Lara observó sin girar la cabeza de forma evidente.

—Sonríe distinto cuando vos hablás.

—Eso no significa nada.

—Correcto. Aislado, no.

—Odio cómo hablás de esto.

—Me preguntaste.

—Como una amiga, no como un informe pericial.

—No hago pericias.

Julia le clavó la mirada.

—Sí, ya sé —cedió Lara—. Seguí.

Julia suspiró.

—¿Y qué hago?

—¿Querés hacer algo?

La pregunta la hizo callar. Julia bajó la vista a su taza.

—No sé.

—Entonces nada.

—Eso es muy vos.

—Es eficiente.

—La eficiencia no es un criterio romántico.

—Debería serlo más.

Julia sonrió.

—A veces me olvido de que sos cirujana porque te gustan los sistemas y después decís una cosa así.

—Soy cirujana porque estudié Cirugía.

—Gracias, doctora.

El hombre de la otra mesa se levantó. Se despidió de sus colegas y, en vez de caminar hacia la salida más cercana, tomó un recorrido innecesario que lo llevaba junto a ellas. Julia enderezó la espalda. Lara observó el gesto.

—Ahora estás acomodándote el pelo.

—Callate.

—Y dejaste de encorvarte.

—Lara.

—Eso aumenta la probabilidad de que vos también—

—Te voy a anestesiar sin cirugía.

—Eso sería mala praxis.

—No si nadie se entera.

—Esa frase es preocupante en una anestesióloga.

—Mirá quién habla.

Lara sonrió. Julia se había ganado el derecho a decirle cosas así durante una de sus primeras guardias juntas por una razón sencilla: cuando algo le molestaba, lo decía.

La amistad había empezado la noche en que Julia detectó un error de preparación antes de administrar una medicación y Lara la acompañó a informarlo sin minimizarlo ni convertirlo en una catástrofe.

Julia dejó de caerle mal aproximadamente a las cuatro de la mañana.

Dos semanas después ya discutían por mensajes sobre dónde pedir comida; a los tres meses había decidido que alguien tenía que enseñarle ciertas reglas sociales que Lara consideraba defectuosamente documentadas.

A los nueve años de amistad, seguía arrepintiéndose de parte del proyecto. Lara sonrió justo cuando el médico llegó a la mesa.

—Hola —dijo él, mirando a Julia—. ¿Siguen acá?

—Aparentemente —respondió Julia.

Hablaron menos de un minuto. Él le preguntó si seguía en pie una reunión del servicio del viernes, hizo un comentario sobre un restaurante cercano y terminó diciendo que, si Julia quería, podían ir a tomar algo después. Julia dijo que sí. Cuando se alejó, Lara tomó el café.

—Te quiere besar.

—Andate a la mierda.

—Probablemente más que eso.

Julia se tapó la cara con las manos.

—Creé un monstruo.

—No. Solo mejoraste mi tasa de detección.

—Nunca vuelvas a usar esa frase hablando de hombres.

—No prometo eso.

La puerta de la cafetería se abrió y Tomás entró hablando por teléfono.

Llevaba el ambo azul, las mangas ligeramente arremangadas y esa forma rápida de caminar que conservaba desde la facultad, como si siempre llegara treinta segundos tarde a alguna parte aunque no fuera cierto. Lara lo vio antes de que él las viera.

No fue raro. Había empezado a detectarlo en los pasillos por movimiento periférico con una facilidad que atribuía a quince años de exposición. Tomás terminó la llamada, levantó la vista y sonrió. Después miró primero a Lara y luego a Julia.

—Ferrer.

—Leiva.

—Me alegra comprobar que siguen siendo una influencia pésima la una para la otra.

—Ella empezó —dijo Julia.

—No sé de qué hablan y ya te creo.

Tomás arrastró una silla de la mesa contigua y se sentó junto a Lara, demasiado cerca considerando que había espacio suficiente. Lara registró la distancia. No le molestó.

—¿Comiste? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Algo que no venga de una máquina?

Tomás ladeó la cabeza.

—Eso no fue lo que preguntaste.

Lara dejó el café.

—¿Comiste comida real?

—Definí real.

—No.

Julia los observaba con una expresión que Lara conocía demasiado bien.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Lara.

—Que Leiva aprende rápido.

Tomás apoyó un antebrazo sobre la mesa. La manga arremangada dejaba al descubierto el antebrazo y parte de una cicatriz pequeña cerca del codo que Lara recordaba desde quinto año, cuando él había intentado arreglar una ventana y demostrado que la formación médica no prevenía decisiones domésticas estúpidas.

El detalle le produjo una reacción física simple y bastante inequívoca: quería tocarlo. No lo hizo.

Lara conocía el deseo perfectamente. Lo extraño era que apareciera con tanta facilidad en medio de una conversación sobre comida de máquina, en un hombre al que había visto con fiebre, borracho una sola vez, dormido sobre apuntes y vestido de una banana durante una fiesta de la facultad.

La familiaridad no había eliminado la atracción. Aparentemente la había vuelto cómoda.

—¿Qué le enseñaste ahora? —preguntó Tomás.

—Nada nuevo. Estoy sufriendo las consecuencias de cosas que le enseñé hace años.

—Eso explica la mayoría de nuestra adultez.

Lara volvió hacia Tomás. Él estaba mirándola.

No a los ojos. A la boca. Fue breve. Menos de un segundo.

Volvió a sus ojos. Julia siguió hablando de su próxima salida con el médico de Imágenes.

Tomás hizo una pregunta. Lara escuchó la respuesta y, mientras lo hacía, observó que él volvía a mirar su boca. Dos veces. Después una tercera.

También orientaba el cuerpo hacia ella aunque Julia estuviera hablando desde el otro lado de la mesa. Lara sintió una pequeña satisfacción metodológica. Julia había tenido razón sobre varias cosas, aunque seguía siendo irritantemente imprecisa con las cantidades.

Tomás quería besarla.

La conclusión no la sorprendió tanto como habría esperado.

Había existido atracción entre ellos durante años, con períodos más evidentes que otros.

Tomás había tenido parejas. Lara también.

Hubo momentos en que la cercanía entre ambos se redujo porque era lo razonable; otros en que volvieron a verse con la facilidad de siempre.

Nunca habían hablado de cruzar esa línea.

Tomás, de manera particularmente absurda para alguien que se consideraba comunicativo, tampoco había preguntado.

—¿Por qué me mirás así? —preguntó él.

—Estoy pensando.

—Eso nunca me tranquiliza.

—No tiene que tranquilizarte.

Julia hizo un ruido extraño, mitad tos y mitad risa. Tomás la señaló.

—¿Ves? Mala influencia.

—No fui yo —dijo Julia.

—Todavía.

El teléfono de Lara vibró. Revisó el mensaje: la paciente del consultorio ya tenía el último estudio y la esperaban arriba. Se levantó.

—Tengo que irme.

Tomás también se levantó, casi por reflejo.

—¿Cenamos hoy?

Lara calculó horarios.

—Salgo alrededor de las nueve si no aparece nada urgente.

—Paso por tu casa a las nueve y media.

—Podés venir a las diez. Necesito bañarme.

La mirada de Tomás bajó una fracción de segundo. No hacia su boca esta vez. Lara siguió la dirección. Después volvió a mirarlo a los ojos.

—Julia tenía razón —dijo.

Tomás frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

—Sobre una explicación vieja. Después te cuento.

Julia se dobló sobre la mesa riéndose antes de que Lara llegara a la puerta. Tomás la llamó desde atrás.

—¡Lara!

Ella se dio vuelta.

—¿Qué?

—¿Qué carajo te enseñó Ferrer?

Lara buscó a Julia con la vista; ella negó frenéticamente con la cabeza.

—Lenguaje no verbal.

—Eso no responde nada.

—A mí sí.

Salió de la cafetería. Mientras caminaba hacia los ascensores, no intentó convertir tres miradas y una cena en una teoría sobre quince años de amistad. Eso habría sido especulación innecesaria. Pensó en algo mucho más simple y comprobable.

Tomás quería besarla.

La idea no le resultaba incómoda. Tampoco le resultaba indiferente. Y por primera vez en mucho tiempo, Lara decidió que quizá esperar a que él formulara correctamente una pregunta podía ser menos eficiente que hacerla ella.