CAPÍTULO 2 QUINCE AÑOS DESPUÉS
Q uince años más tarde, Lara seguía considerando que la mayoría de las sorpresas eran problemas logísticos con buena prensa.
La sorpresa estaba apoyada contra el mostrador de admisión de la guardia del Hospital Universitario del Plata, medía alrededor de un metro ochenta, llevaba un ambo azul oscuro y sonreía como si hubiera ejecutado un plan brillante.
—Sorpresa —dijo Tomás.
Lara se detuvo a tres metros de él. Lo primero que pensó fue que se había cortado el pelo. Lo segundo, que el uniforme del hospital le quedaba mejor que el verde horrible de la clínica donde había trabajado los últimos años. Lo tercero fue que no le había avisado que empezaba ese lunes.
—Llegás temprano.
La sonrisa de Tomás perdió un poco de convicción.
—Hola para vos también.
Lara se acercó y lo abrazó. El gesto no respondía a ninguna obligación social: quería hacerlo. Tomás tardó una fracción de segundo en responder, suficiente para que ella registrara que probablemente esperaba otra reacción y no supiera cuál.
—Hola —dijo contra su hombro.
—Así está mejor.
Lara se apartó.
—¿Por qué no me dijiste que empezabas hoy?
—Porque quería sorprenderte.
—¿Por qué?
—Porque... —Tomás abrió una mano—. Así funcionan las sorpresas.
—No siempre funcionan.
—Esta claramente fue un error.
—No dije eso.
Él se echó a reír.
Era fácil.
Eso fue lo que Lara había olvidado durante los períodos en que podían pasar semanas sin verse y la relación se sostenía con mensajes, audios y algún almuerzo imposible de coordinar.
Con Tomás casi todo era fácil. No necesitaba calcular cuánto silencio era demasiado silencio.
No le molestaba si ella contestaba seis horas después porque estaba operando.
Sabía que cuando decía «no quiero hablar» significaba exactamente eso y no una invitación a insistir durante media hora.
Además, era una de las pocas personas de su vida que la había conocido antes y después de la evaluación adulta que, a los veintiuno, describió un perfil con rasgos psicopáticos elevados y puso un marco más preciso a cosas que ella llevaba años observando en sí misma.
El resultado había sonado bastante menos espectacular de lo que la ficción prometía.
Tomás había hecho preguntas, leído lo que ella quiso mostrarle y seguido tratándola exactamente como antes, salvo por una breve temporada en la que empezó a avisarle cuándo un comentario suyo era un chiste.
Lara le explicó que eso arruinaba los chistes y dejaron de hacerlo.
Con él no necesitaba convertir cada respuesta en una demostración de que no era peligrosa, ni cada silencio en una prueba de que sentía algo. Era otra de las razones por las que estar con Tomás resultaba simple. Y, en general, cuando él decía algo, también significaba lo que decía.
En general.
Lara sacó una tarjeta plástica del bolsillo superior del ambo y se la extendió. Él la tomó.
—¿Qué es?
—Acceso provisional al estacionamiento de personal.
Tomás examinó la tarjeta y alzó la vista hacia ella.
—¿Me conseguiste estacionamiento?
—Una credencial temporal. El estacionamiento ya existía.
—Gracias.
—De nada.
Un residente apareció desde el pasillo con una carpeta en la mano.
—Doctora Acosta, perdón. Guardia pidió Cirugía para box ocho. Dolor en fosa ilíaca derecha, fiebre, defensa. Ya tiene laboratorio y tomografía.
Lara consultó la hora.
—Voy.
El residente asintió y se adelantó. Tomás señaló con el pulgar hacia los boxes.
—Es mío.
—¿El paciente?
—El ingreso. Lo vi hace veinte minutos.
—Empezaste hace menos de una hora y ya estás llamando a Cirugía.
—Quería asegurarme de que me extrañaras rápido.
—No funciona así.
—Dame tiempo.
Caminaron juntos. El Hospital Universitario del Plata era grande sin ser laberíntico, aunque las primeras semanas nadie lo creía.
La guardia de adultos ocupaba buena parte de la planta baja y tenía el ruido constante de carros, puertas automáticas, teléfonos, familiares haciendo preguntas y profesionales respondiendo otras.
Lara llevaba seis años ahí. Tomás llevaba cincuenta y tres minutos y ya había aprendido qué máquina de café evitar. Eso también era muy Tomás.
En el box ocho encontraron a un hombre de treinta y pocos años encogido sobre la camilla, con una mano sobre el abdomen. Tomás cambió de registro al entrar. La broma desapareció sin esfuerzo.
—Matías, ella es la doctora Acosta, de Cirugía. Le conté lo que vimos en la tomografía. Va a revisarte y después decidimos los pasos siguientes, ¿sí?
El paciente asintió. Lara saludó, se presentó otra vez y repasó la historia. Dolor que había empezado alrededor del ombligo y migrado hacia la derecha, náuseas, fiebre. Revisó laboratorio e imágenes. Hizo el examen físico con cuidado y explicó antes de presionar cada zona que podía doler.
No necesitaba mirar a Tomás para saber que estaba atento. Habían estudiado juntos demasiados años, hecho guardias durante parte de la formación y discutido suficientes casos como para reconocer el silencio profesional del otro.
—La tomografía es compatible con apendicitis aguda —dijo Lara al paciente—. Por el cuadro y lo que vemos, la recomendación es cirugía. Voy a explicarte qué hacemos, los riesgos y las alternativas antes de que firmes nada.
El hombre tragó saliva.
—¿Es grave?
—Es tratable y llegaste a tiempo. Ahora lo importante es resolverlo antes de que se complique.
Tomás apoyó una mano en la baranda de la camilla.
—Yo sigo acá mientras Cirugía organiza todo.
Lara lo miró apenas. Él había dicho exactamente lo que el hombre necesitaba escuchar sin convertirlo en una promesa absurda.
Eso siempre se le había dado bien. Quince minutos después, mientras el residente gestionaba el ingreso y Lara terminaba indicaciones, Tomás la alcanzó junto a la estación de enfermería.
—Seguís hablando como si cada palabra costara plata.
—Y vos seguís usando demasiadas.
—El paciente estaba asustado.
—Lo sé.
—Le dijiste todo bien.
—No. Era un cumplido.
—Ah.
—Quince años y todavía tengo que etiquetarlos.
—No todos. Algunos son evidentes.
Antes de que el localizador vibrara, una enfermera de guardia se acercó a Tomás con una planilla.
—Doctor Leiva, te falta firmar el pase del cuatro.
—Gracias, Paula. Ya voy.
La enfermera miró a Lara y después a él.
—¿Se conocen?
—Desde la facultad —dijo Tomás.
Lara observó cómo Paula se alejaba todavía sonriendo.
Tomás tenía esa facilidad. Llegaba a un lugar nuevo y, antes de aprenderse el recorrido hasta el vestuario, ya sabía quién tenía dos hijos, quién estudiaba Instrumentación y quién prefería que le pidieran las cosas sin rodeos.
No era esfuerzo deliberado; parecía almacenar personas con la misma facilidad con que Lara almacenaba trayectos, horarios y protocolos.
Ella podía aprender esos datos. De hecho, los aprendía. Pero Tomás hacía algo más: conseguía que los demás quisieran contárselos.
—Ya sabés el nombre de medio sector —dijo Lara al notar que él esperaba una explicación.
—Llevo años trabajando con seres humanos.
—Yo también.
—Sí, pero vos los abrís.
El localizador de Lara vibró. Lo revisó.
—Tengo que subir.
—¿Almorzamos?
—Si puedo.
—A las dos te escribo.
—Está bien.
Tomás empezó a alejarse y después volvió sobre sus pasos.
—Esperá.
—¿Qué?
—¿De verdad estás contenta de que trabaje acá?
Lara sostuvo su mirada unos segundos. No entendía por qué necesitaba verificar una información que ya había dado, pero la pregunta era concreta.
—Sí.
Tomás esperó.
—Mucho —añadió ella, porque aparentemente el adverbio era relevante.
La expresión de él cambió de inmediato. Lara la conocía. Satisfacción, alivio, algo más que no necesitó clasificar.
—Bien —dijo.
Se fue antes de que ella pudiera responder.
Lara tomó el ascensor hacia quirófano. Durante la mañana tuvo poco tiempo para pensar en él.
La apendicectomía terminó sin complicaciones.
La colecistectomía programada para el mediodía se retrasó por disponibilidad de quirófano; entre medio hubo una interconsulta en piso y un residente que había completado mal una indicación y tuvo que corregirla antes de que se convirtiera en un problema.
A las dos y doce, cuando salió del área quirúrgica y revisó el teléfono, tenía tres mensajes de Tomás.
14:01 — ¿Vivís?
14:10 — Encontré un sándwich que podría considerarse evidencia forense.
Lara respondió:
No comas el de pollo.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Demasiado tarde.
Estoy en el comedor del segundo piso. Tengo veinte minutos.
Tomás tardó menos de cinco. Entró con una bandeja, dos cafés y una expresión de triunfo.
—¿Este es mío?
—Sin azúcar, un poco de leche.
Era exactamente como lo tomaba.
—Todavía te acordás.
Tomás arqueó las cejas como si la frase fuera extraña.
—Claro que me acuerdo.
Lara bebió. También era fácil eso: que alguien recordara sin que ella tuviera que repetirlo. Comieron hablando de servicios, jefes, quirófanos, la máquina de café del subsuelo que Tomás ya odiaba y un administrativo que lo había enviado tres veces al lugar equivocado para firmar el mismo papel.
Hablaron también de personas que ambos conocían desde la facultad y de otras que pertenecían a etapas separadas.
La amistad entre ellos nunca había sido una línea continua.
Hubo años de verse tres veces por semana y otros de coordinar una cena durante dos meses para cancelarla dos veces.
Residencias distintas, hospitales distintos, parejas, guardias, congresos, mudanzas.
A veces los mensajes diarios se convertían en uno cada cinco días sin que ninguno interpretara la distancia como abandono.
Durante los últimos dos años se habían visto menos de lo que a Lara le habría gustado.
No lo había considerado un problema que necesitara solución: Tomás tenía su trabajo, ella el suyo, y ambos seguían estando disponibles cuando importaba.
Ahora, sin embargo, estaba sentado frente a ella quejándose del sándwich del comedor como si los quince años intermedios hubieran sido apenas un fin de semana largo.
Eso le gustaba.
No necesitó encontrar otra palabra.
Cuando el teléfono de Lara vibró otra vez y tuvo que levantarse, Tomás señaló su café.
—Mañana almorzamos de verdad.
—Si puedo.
—Me arriesgo.
Lara se fue sonriendo. En el pasillo, mientras volvía hacia el ascensor, se dio cuenta de que ya estaba calculando si podía mover una reunión de las dos para dejar libre la hora del almuerzo del día siguiente. No le pareció importante. Solo práctico.