Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3)
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CAPÍTULO 1 ANATOMÍA
L a primera vez que Tomás Leiva reparó de verdad en Lara Acosta, ella tenía una mano dentro de un cadáver.
No era, en rigor, la imagen con la que había imaginado comenzar la facultad de Medicina.
Había fantaseado con guardapolvos blancos, bibliotecas, cafés tomados a las apuradas y alguna versión todavía muy cinematográfica de sí mismo corriendo por un pasillo para salvar una vida.
A los veinte años, uno podía permitirse ciertas estupideces.
La sala de Anatomía se ocupó de corregirlo rápido.
El olor había sido lo primero. No era exactamente podredumbre ni exactamente alcohol. Era una mezcla seca, penetrante, que parecía instalarse detrás de la nariz y seguir ahí aunque uno respirara por la boca. Nadie quería admitir que le molestaba. Por eso todos hablaban demasiado.
—A mí no me impresiona —había anunciado un chico alto apenas entraron.
Cinco minutos después estaba tan blanco que Tomás había decidido no sentarse cerca de él por razones sanitarias.
Los docentes habían distribuido al grupo alrededor de una preparación abdominal ya abierta.
La piel había sido rebatida, los planos separados y las estructuras expuestas con una claridad que en el atlas parecía limpia y ordenada y ahí, bajo la luz fría de la sala, resultaba bastante menos elegante.
Tomás llevaba guantes, guardapolvo y una expresión que esperaba comunicar interés científico y no la pregunta mucho más urgente de cuánto tardaba el cerebro humano en acostumbrarse al formol.
Había una chica al otro lado de la mesa, con el pelo oscuro recogido sin demasiado cuidado y la atención completamente puesta en la preparación.
No miraba alrededor para comprobar quién estaba pálido.
No hacía chistes. No respiraba por la boca.
Tampoco tenía esa expresión solemne que algunos habían adoptado de golpe, como si el cadáver pudiera evaluar su respeto profesional. Parecía estar en clase. Solo eso.
—No quiero que memoricen una lámina —dijo el ayudante—. Quiero que entiendan relaciones. Si yo les digo hipocondrio izquierdo, ¿qué pueden encontrar y qué tienen alrededor?
Hubo respuestas dispersas. Estómago. Bazo. Cola del páncreas. Riñón izquierdo. El ayudante corrigió un par de cosas y luego señaló la preparación.
—Bien. Sin mirar primero la etiqueta. ¿Quién ubica el bazo por posición?
Nadie se movió durante un segundo demasiado largo. La chica del pelo oscuro sí.
Acercó el cuerpo a la mesa, deslizó una mano enguantada con cuidado hacia el cuadrante superior izquierdo y palpó sin apuro, siguiendo la orientación que acababan de repasar.
Ahí Tomás reparó en ella de verdad. La observó separar tejidos ya disecados con la otra mano y encontrar la estructura con una naturalidad que habría sido irritante incluso si él no hubiera estado ocupado intentando no pensar en que aquello había pertenecido a una persona.
—Acá —dijo ella.
El ayudante comprobó.
—Bien. ¿Por qué no es riñón?
Ella respondió por posición, relaciones y consistencia. Sin dudar. Sin exhibirse tampoco. Tomás dejó de prestar atención durante unos segundos a la explicación porque estaba ocupado mirándola. Ella levantó la vista. Lo encontró haciéndolo.
—¿Qué? —preguntó.
Tomás reaccionó tarde.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—Estaba mirando la preparación.
Ella bajó los ojos hacia la mesa, después volvió a mirarlo a él.
—La preparación está treinta centímetros más abajo.
Una chica a su lado soltó una risa breve. Tomás decidió que no iba a perder dignidad frente a una desconocida durante su primera semana de Anatomía.
—Me preguntaba si no te da impresión.
—¿Qué cosa?
—El cadáver.
Ella miró al cadáver. Después a él.
—Está muerto.
—Sí. Esa parte la tenía clara.
—Entonces no entiendo la pregunta.
El ayudante pidió silencio y Tomás tuvo que volver la atención a la clase.
Lo hizo durante aproximadamente dos minutos.
La chica siguió participando. No levantaba la mano para todo ni intentaba demostrar que había leído más que los demás.
Pero cuando le pedían algo, lo encontraba.
Si no sabía, decía que no sabía. Cuando otro estudiante confundió dos estructuras, ella no se rió.
Cuando el chico pálido finalmente pidió salir, tampoco lo miró.
Eso, por algún motivo, llamó aún más la atención de Tomás.
Al terminar el práctico, se quitaron los guantes y los desecharon.
El grupo salió hacia el pasillo con esa rapidez colectiva de quienes llevaban una hora fingiendo que el olor no les afectaba.
Tomás llenó los pulmones de aire como si acabara de emerger del agua.
—Ah —dijo.
La chica estaba a su lado, lavándose las manos por segunda vez.
—¿Qué?
—Aire que no conserva órganos.
Ella olió discretamente su propia manga.
—El guardapolvo sigue oliendo.
—Gracias. Había decidido no comprobarlo.
—No desaparece porque no lo compruebes.
—¿Siempre sos así de alentadora?
—No sé. No suelo medirlo.
Tomás sonrió. Ella no. No parecía molesta, sin embargo. Solo cerró la canilla, se secó las manos y recogió una carpeta azul. Él alcanzó a ver el apellido escrito en una etiqueta.
ACOSTA, LARA.
—Tomás —dijo, extendiendo una mano antes de pensar que acababan de pasar una hora tocando un cadáver y quizá no era el mejor momento para formalidades.
Lara bajó la vista a la mano. Él la retiró.
—Leiva —agregó—. Tomás Leiva.
—Ya sé.
—¿Ya sabés?
—Pasaron lista.
—Claro.
Ella se colgó el bolso.
—Y respondiste fuerte.
—Quería que quedara claro que estaba presente.
—Funcionó.
Caminaron hacia las escaleras. Tomás no tenía ninguna razón particular para acompañarla, salvo que iban en la misma dirección y que a esa altura ya había decidido que Lara Acosta era la persona más interesante de su grupo.
—¿Siempre quisiste estudiar Medicina? —preguntó.
—No.
—¿Qué querías estudiar?
—No sabía.
—Entonces, ¿por qué Medicina?
Lara se tomó unos segundos. No parecía buscar una respuesta bonita. Eso le gustó.
—El cuerpo humano es interesante.
—Eso suena razonable.
—Y no me dan asco la sangre, los olores ni los cadáveres.
—Un poco menos razonable.
—Es práctico.
—¿Que no te den asco los cadáveres?
—Para esta carrera, sí.
Tomás no pudo discutir eso. Subieron otro tramo de escalera. Dos estudiantes delante de ellos debatían si ir a comer o si la idea de carne había quedado cancelada por el resto del día.
—¿Y te divertís? —preguntó Tomás.
Lara giró la cabeza.
—¿Con Medicina?
—Sí.
—Bastante.
—Sos la primera persona que describe Anatomía como divertida.
—La gente es frágil.
Tomás esperó. Lara continuó:
—Uno pasa años usando un cuerpo sin saber dónde está casi nada. Después lo abrís y todo tiene un lugar, una relación, una razón para estar ahí. Me parece interesante.
Eso sí lo entendió.
—Dicho así, suena menos preocupante.
—¿Qué parte te preocupaba?
—La de que te diviertan los cadáveres.
—No me divierten los cadáveres. Me divierte saber cómo están hechos.
—Mejor.
—Además, si alguna vez tengo que descuartizar a alguien, voy a saber dónde cortar.
Tomás se detuvo en el descanso de la escalera. Lara avanzó dos escalones antes de darse cuenta y miró hacia atrás.
—¿Qué?
—¿Qué acabás de decir?
—Que voy a saber dónde cortar.
—Esa no era la parte que necesitaba repetición.
—Entonces preguntaste mal.
Tomás se quedó observándola durante dos segundos.
—¿Era un chiste?
Lara ladeó apenas la cabeza.
—En parte.
—¿Qué parte?
—Todavía no decidí.
Y siguió subiendo. Tomás se quedó ahí un instante más, entre alarmado y divertido, antes de alcanzarla.
—Acosta.
—¿Qué?
—Recordame no hacerte enojar.
—Eso sería difícil. La gente se enoja por cosas impredecibles.
—Me refería a que no quiero terminar descuartizado.
—Ah.
Lara pareció considerarlo seriamente.
—No tengo ninguna razón para descuartizarte.
—Qué alivio.
—Por ahora.
Tomás sostuvo la mirada. Esta vez sí vio el mínimo cambio en la comisura de su boca.
—Eso fue un chiste.
—Sí.
—Bien. Necesito que me avises al principio.
—Eso arruina el chiste.
Fue la primera vez que la oyó reír. No una carcajada, apenas un sonido breve cuando él negó con la cabeza y abrió la puerta hacia la calle. Afuera había sol y bocinas y gente que no olía a formol. Tomás tenía hambre otra vez. Lara miró hacia la esquina.
—Voy a comprar café antes de la próxima clase.
Él sabía perfectamente que su comisión empezaba en cuarenta minutos y que podía comprar café en cualquier otro lado.
—Yo también.
Ella alzó las cejas.
—No dijiste que querías café.
—Lo acabo de descubrir.
—Conveniente.
—Soy adaptable.
Lara empezó a caminar. Tomás fue con ella.
El café estaba lleno de estudiantes con guardapolvos doblados sobre el brazo, carpetas abiertas y una concentración sospechosamente intensa en cualquier tema que no incluyera volver a la sala.
Lara pidió un cortado. Tomás, que había asegurado querer café treinta segundos antes, eligió una gaseosa. Ella miró la botella.
—Eso no es café.
—Cambié de opinión.
—Muy adaptable.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Voy a tomarlo como uno.
Encontraron una mesa pequeña junto a la ventana. Lara abrió la carpeta antes de que llegaran las bebidas y sacó una hoja con un esquema del abdomen que había dibujado durante la clase. Tomás se inclinó para mirar.
—¿Eso lo hiciste mientras hablaba el ayudante?
—Sí.
—Yo estaba ocupado intentando entender si todavía tenía sensibilidad en la nariz.
—La vas a recuperar.
—¿Eso es información médica o esperanza?
—Ninguna. Estimación.
Tomás señaló una anotación.
—Eso está al revés.
Lara revisó el papel.
—No.
—Sí. Estás mirando la relación desde anterior y la dibujaste como si fuera posterior.
Ella revisó el esquema, volvió mentalmente a la preparación y tomó la lapicera.
—Tenés razón.
Tomás esperó algo más.
—¿Eso es todo?
—¿Qué querés?
—No sé. Un poco de resistencia. Me preparé para defender mi argumento.
—Pero estabas en lo correcto.
—Sí. Es una sensación nueva. Quería disfrutarla.
Lara corrigió el dibujo.
—Podés disfrutarla igual.
El camarero dejó el cortado y la gaseosa.
Tomás sonrió mientras abría la botella. Había supuesto, por la facilidad con la que ella se movía alrededor de la preparación, que Lara sería de esas personas insoportables que necesitaban tener razón incluso cuando no la tenían.
Descubrir que podía corregirse sin convertirlo en una batalla le resultó inesperadamente agradable.
—¿Estudiás sola? —preguntó.
—Casi siempre.
—Yo necesito hablar.
—Eso ya lo noté.
—Me refiero a estudiar. Explico cosas en voz alta.
—¿A alguien?
—A quien tenga la mala suerte de estar cerca.
Lara bebió café.
—Puede servir.
—¿Eso fue una invitación?
—Fue una evaluación.
—Claro.
Ella pasó una hoja.
—Pero el jueves tengo libre después de Histología. Si querés repasar miembro superior, podemos hacerlo.
Tomás tardó un segundo de más en responder. Su horario no necesitaba revisión; estaba intentando no sonreír como un idiota por haber conseguido una segunda conversación con una chica que acababa de mencionar el descuartizamiento como ventaja colateral de la carrera.
—Sí. Me sirve.
—Biblioteca, entonces. A las cuatro.
—¿Siempre organizás así a la gente?
—Solo cuando aceptan.
Tomás levantó la gaseosa.
—Jueves a las cuatro.
Lara chocó su taza contra la botella con un toque seco.
—Y llevá tus apuntes. Tu letra se entiende.
Tomás se echó hacia atrás.
—Ahí está. Sabía que había interés.
—En tus apuntes.
—Dejame disfrutar cinco segundos.
Lara consultó la hora.
—Te quedan cuatro.
Tomás empezó a reírse. Ella también sonrió, más por él que por el chiste, y durante los minutos siguientes discutieron la clase con una facilidad que ninguno de los dos necesitó explicar.
Cuando se levantaron para volver a cursar, Lara tomó la dirección correcta sin esperarlo. Tomás la alcanzó antes de la esquina.
—Acosta.
—¿Qué?
—El jueves llevo los apuntes.
—Ya habíamos acordado eso.
—Estoy confirmando. La gente hace eso.
—Es redundante.
—Te vas a acostumbrar.
Lara abrió la puerta del edificio.
—No contaría con eso.