Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 23 AUN ASÍ
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CAPÍTULO 23 AUN ASÍ

C uatro meses después, Lara se despertó a las seis y veintitrés por el ruido de la lluvia contra el ventanal.

No era una lluvia discreta. El agua golpeaba el vidrio con suficiente insistencia como para convertir las montañas, el jardín del hotel y casi todo lo que había más allá de la terraza en una masa gris.

Tomás estaba acostado boca arriba a su lado, mirando el teléfono.

—No mires por la ventana.

Lara giró la cabeza hacia la ventana.

—Llegaste tarde.

—Lo intenté.

Ella tomó el teléfono de la mesa de luz.

Tenía tres notificaciones. La primera avisaba que la visita a la bodega de las nueve se suspendía por el estado de los caminos.

La segunda confirmaba que el restaurante donde había reservado para el mediodía permanecería cerrado.

La tercera era del hotel y recomendaba a los huéspedes no salir hasta nuevo aviso.

Lara leyó las tres y abrió el pronóstico.

—Va a llover todo el día.

—Sí.

—También mañana a la mañana.

—Eso dice.

Lara dejó el teléfono sobre la sábana.

—Organizamos esto durante cuatro meses.

—Técnicamente lo organizaste vos y yo colaboré con entusiasmo.

Ella lo miró.

—Tomás.

—Estoy intentando que no asesines al clima.

—No se puede asesinar un fenómeno meteorológico.

—Esa es la clase de precisión que me tranquiliza.

Lara volvió a mirar la ventana. Habían llegado dos días antes.

El primero había salido exactamente como estaba previsto: vuelo a horario, hotel sin sorpresas, cena, una caminata larga y una botella de vino que Tomás había insistido en comprar aunque ninguno de los dos supiera muy bien cuándo pensaban tomarla.

El segundo había empezado bien y terminado con una tormenta nocturna.

Ahora la mitad de las reservas estaba cancelada y no podían salir del hotel.

—Las vacaciones están arruinadas.

Tomás dejó el teléfono.

—Eso es objetivamente falso.

—La bodega está cancelada. El almuerzo está cancelado. La ruta está anegada y no podemos salir.

—Tenemos desayuno.

—No alcanza.

—Tenemos una habitación con cortinas opacas.

—No me provoques.

Tomás se acercó hasta pegar el cuerpo al de ella y le pasó un brazo por la cintura.

—También me tenés a mí.

—Eso ya lo tenía en Buenos Aires.

—Qué manera cruel de depreciar un recurso premium.

Lara intentó mantener la expresión seria. Tomás le besó la sien. Después la mejilla. Después el borde de la mandíbula.

—No arregla la lluvia.

—No estoy arreglando la lluvia.

Le dio otro beso, esta vez en la comisura de la boca.

—Te estoy distrayendo.

—Es una estrategia poco sofisticada.

—¿Está funcionando?

Lara lo miró.

—Parcialmente.

Tomás sonrió y la besó de nuevo. Lara le apoyó una mano en el pecho para apartarlo, pero terminó dejándola ahí mientras él le recorría la espalda con los dedos.

La frustración no desapareció. Siguió existiendo junto al itinerario inútil, las reservas canceladas y la pared de agua detrás del vidrio. Solo dejó de ocupar todo el espacio.

A las siete y media pidieron el desayuno a la habitación porque el comedor del hotel estaba lleno de huéspedes atrapados. Cuando llegó, Tomás se apoderó de la bandeja y Lara abrió el portátil para revisar si quedaba alguna alternativa bajo techo.

—Cerrá eso.

—Estoy buscando opciones.

—Ya tenemos una.

—¿Cuál?

—Comer.

Lara levantó la vista.

—Eso no es un plan para ocho horas.

—Todavía no terminamos la primera.

Tomás le alcanzó el café correcto, sin azúcar, y después una tostada.

—Comé.

Lara arqueó una ceja.

—¿Me estás dando una orden?

—Estoy disfrutando de quince años de entrenamiento.

Ella aceptó la tostada.

La tormenta empeoró durante la mañana. El hotel perdió internet dos veces y la luz se cortó durante nueve minutos, lo suficiente para que Tomás, sentado en la cama con el teléfono como linterna, dijera que esperaba que Lara no aprovechara la oscuridad para aparecer con un cuchillo.

—Eso pasó una sola vez.

—Una vez es un número enorme para esa categoría.

—Era tu cuchillo. Lo habías dejado en mi casa y te lo estaba devolviendo.

—Lo sé ahora.

Tomás iluminó su propia cara desde abajo.

—También te llevaba tus apuntes de Farmacología.

—A los veintiún años mi cerebro decidió ignorar toda la evidencia útil.

Lara le quitó el teléfono y apagó la linterna.

—Sos dramático.

—Y vos me seguiste hablando después de esa noche. Ahí estaba mi primera señal de que esto podía funcionar.

—Éramos amigos.

—Dejame reescribir mi propia historia.

—No.

La luz volvió. Tomás protestó porque había perdido atmósfera y Lara le tiró una almohada.

A media mañana encontraron en una plataforma la comedia vieja cuya función se había suspendido meses atrás en Buenos Aires. Tomás la señaló como si hubiera descubierto un tratamiento nuevo.

—Nos la debía el universo.

—El universo no administra salas de cine.

—Por favor no empieces.

La vieron en la cama, con la lluvia golpeando el vidrio y una manta sobre las piernas. A los veinte minutos, Tomás repitió una frase antes que el actor.

—Eso es insoportable.

—Te avisé que me la sabía.

—No dijiste que ibas a competir con el audio.

—Puedo callarme.

—No parece.

Tomás le besó el hombro y siguió mirando la pantalla. Cinco minutos después volvió a anticipar otra frase. Lara le tapó la boca con la mano. Él le besó la palma.

Cuando terminó la película, la lluvia seguía igual.

—Bien —dijo Tomás—. Inventario.

—No.

—Todavía no sabés de qué.

—Usaste la palabra inventario. No.

—Cosas que salieron mal y sobrevivimos.

Lara apoyó la espalda contra el respaldo de la cama.

—Eso es estadísticamente una categoría demasiado amplia.

—Empiezo yo. Las flores.

Ella entrecerró los ojos.

—Las primeras flores fueron un error de comunicación.

—Las tiraste a la basura.

—Ahí se veían mejor.

—Todavía me duele.

—Después te mandé flores yo.

—Punto para vos.

Tomás levantó un dedo.

—La noche del cuchillo.

—Ya la usamos.

—Sigue siendo material fuerte.

—Entonces tu criterio es malo.

—El beso que tardó quince años.

—Eso salió bien.

—Tardó demasiado. Algo salió mal.

Lara sonrió.

—«De vos» —dijo ella.

Tomás se llevó una mano al pecho.

—Fue una confesión involuntaria.

—Fue eficiente.

—Fue humillante.

—También.

Él la miró unos segundos, después bajó la voz.

—Micaela.

La sonrisa de Lara se apagó. Tomás no desvió la mirada.

—Eso sí salió mal.

—Para vos.

—Y después yo lo empeoré.

—Sí.

—Dos veces.

—Sí.

—Podrías fingir que no llevás la cuenta.

—No veo el beneficio.

Tomás asintió, aceptando el golpe.

—Pero lo arreglamos.

—Lo hablamos. Vos dejaste de hacer pruebas.

—Y vos dejaste de asumir que si no te pido algo no existe.

Lara lo pensó.

—En algunas situaciones.

—Acepto el progreso parcial.

Tomás le tomó una mano y entrelazó los dedos.

—Ahora lluvia.

—No tiene comparación.

—Exacto.

Él llevó la mano de Lara a su boca y le besó los nudillos.

—Todo lo demás fue bastante peor que una bodega cerrada.

—Yo quería esa bodega.

—Lo sé.

Y eso, descubrió Lara, ayudaba más de lo que habría ayudado que le explicara por qué no debía frustrarse.

Al mediodía comieron cualquier cosa que la cocina todavía podía enviar a las habitaciones.

A la una jugaron a las cartas. A la una y veinte Lara acusó a Tomás de cambiar una regla a mitad de partida.

A la una y veintidós Tomás la acusó de convertir un juego de cartas en una junta médica.

A la una y veinticinco dejaron las cartas porque discutir empezó a resultar menos interesante que besarse.

Tomás la hizo reír cuando intentó besarla en el cuello y ella le avisó que tenía la barba áspera.

Él declaró que era la crítica romántica más consistente de la relación y volvió a besarla exactamente en el mismo lugar.

Lara le tiró del pelo para apartarlo. Tomás interpretó el gesto de manera distinta y la besó en la boca.

Durante un rato, la tormenta quedó reducida al ruido detrás del vidrio.

Tomás le acarició la espalda despacio, sin apuro, y Lara dejó la cabeza sobre su hombro.

Habían pasado años sentándose así sin tocarse y meses aprendiendo cuánto podían tocarse sin tener que convertir cada gesto en una pregunta sobre el futuro.

—¿Seguís enojada? —preguntó él.

—Con la lluvia.

—Bien.

Lara levantó la cabeza.

—¿Bien?

—Sí. Porque hace seis meses habría intentado averiguar si también estabas enojada conmigo.

Ella lo estudió un momento.

—No lo estoy.

—Ya sé.

Tomás le acarició la mejilla con el pulgar.

—Ese «ya sé» me costó bastante.

—Valió la pena.

Él sonrió. Lara lo besó antes de que pudiera convertir la sonrisa en un comentario.

A las cuatro, la lluvia seguía cayendo pero había perdido violencia. El hotel informó que las rutas continuarían cerradas hasta la mañana siguiente. Lara leyó el mensaje en silencio y dejó el teléfono boca abajo.

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Tu cara estaba por decir algo.

—Mi cara no habla.

—Discrepo.

Tomás se levantó de la cama y extendió una mano.

—Vení.

—¿Adónde?

—A tres metros.

Lara miró la mano.

—Eso no es un destino.

—¿Querés bailar conmigo?

La pregunta la hizo callar.

—Acá.

—Sí.

—No hay música.

Tomás tomó el teléfono y puso una canción a volumen bajo.

—Problema resuelto.

Lara aceptó su mano. No bailaban bien juntos. Tomás tenía demasiada confianza y Lara demasiada conciencia de cada paso. Después de menos de un minuto, él dejó de intentar hacer algo reconocible y simplemente la sostuvo por la cintura.

Lara apoyó los brazos sobre sus hombros.

—Esto es más eficiente.

—Sabía que ibas a encontrar la forma de volver romántica esa palabra.

—No la volví romántica.

—No voy a discutir.

La canción cambió. Ninguno se movió para detenerla. Tomás le besó la frente, después la punta de la nariz y finalmente la boca. Lara sonrió contra sus labios.

—Estás abusando del recurso premium.

—Tengo tarifa ilimitada.

—Eso no fue negociado.

—Podemos renegociar.

—Después.

Siguieron abrazados mientras afuera llovía sobre todos los planes que Lara había hecho.

Al anochecer, el cielo seguía cubierto. Cenaron en la habitación con la mesa pequeña empujada junto al ventanal.

Las montañas continuaban ocultas. El hotel había encendido luces de emergencia en el jardín y el agua corría por los senderos donde, según las fotografías del sitio, se suponía que la gente tomaba vino mirando el atardecer.

Tomás llevaba varios minutos más callado de lo habitual.

—¿Qué pasa? —preguntó Lara.

—Nada malo.

Lara esperó.

Tomás miró el ventanal y después a ella.

—Yo tenía un plan para hoy.

—También yo.

—El mío era después de la bodega.

Metió una mano en el bolsillo de la campera que había dejado sobre una silla.

—Había una terraza. Vista a las montañas. Una mesa afuera. Todo bastante ridículo.

Lara lo observó.

—¿Qué ibas a hacer?

—Algo que claramente no necesitaba una terraza.

Tomás todavía no había sacado la mano del bolsillo.

—Antes quiero preguntarte algo.

—Preguntá.

Él respiró.

—Si pudieras elegir otra vez estas vacaciones sabiendo que iban a terminar así, ¿vendrías?

Lara miró la lluvia. Pensó en las reservas perdidas, la bodega cerrada, el itinerario que no había sobrevivido ni cuarenta y ocho horas.

Pensó también en el café sin azúcar, la comedia que por fin habían visto, las cartas abandonadas, la mano de Tomás en su espalda y la manera en que él había entendido que su enojo pertenecía a la lluvia y no a él.

—Sí.

Tomás sonrió.

—¿Sin cambiar nada?

—Cambiaría el pronóstico.

—Acosta.

Lara estiró la mano y le tocó la mandíbula.

—Podría haber venido sola. Podría haberme quedado en Buenos Aires. Podría seguir haciendo exactamente lo que hacía antes de que esto cambiara.

Tomás dejó de sonreír.

—Lo sé.

Lara sostuvo su mirada.

—Puedo vivir sin vos. No quiero.

Durante unos segundos solo se escuchó la lluvia.

Tomás bajó la cabeza. Cuando volvió a mirarla, tenía los ojos brillantes y una expresión que Lara había aprendido a reconocer sin necesitar que nadie se la tradujera.

—Tenía un discurso.

—No parece necesario.

—Era bueno.

—Eso no se puede verificar.

Tomás soltó una risa y finalmente sacó la mano del bolsillo.

Lara vio la caja antes de entender por qué estaba allí.

Después entendió.

—Tomás.

—Esperá.

Él abrió la caja. El anillo era simple, sin nada que Lara pudiera considerar impráctico, y por un instante la lluvia dejó de tener importancia incluso para ella.

Tomás se arrodilló frente a la silla.

—Casate conmigo.

Lara lo miró.

—Eso no es una pregunta.

Tomás se quedó inmóvil medio segundo y después empezó a reírse. Se pasó una mano por la cara.

—Por supuesto.

Volvió a mirarla.

—¿Querés casarte conmigo?

—Sí.

La respuesta salió antes de que él terminara de tomar aire.

Tomás la abrazó desde donde estaba. Lara se inclinó sobre él, le rodeó el cuello con los brazos y sintió su risa contra el hombro. Él le llenó la mejilla de besos, después la boca, después volvió a abrazarla con tanta fuerza que Lara tuvo que apoyarse en el respaldo para no perder el equilibrio.

Cuando consiguió separarse lo suficiente para mirarla, seguía sonriendo.

—¿Así de fácil?

Lara le acarició la mejilla, húmeda por lágrimas que él iba a negar en cuanto pudiera.

—No. Tardaste quince años.

FIN