Me confundes con otro 54 El final
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54 El final

El final

Las mujeres que sobrepasamos los cuarenta estamos tan perdidas como las de treinta. O las de veinte. O no. Quizá sí sabemos lo que queremos, pero nos cuesta darnos permiso para luchar por ello.

Mírame a mí. Tenía veintitrés años cuando fui lo bastante valiente como para lanzarme a los brazos del chico que me había hecho daño.

Treinta y seis, cuando tiré abajo los prejuicios y las expectativas de los demás para abrir el negocio que había soñado.

Treinta y nueve, cuando fui madre y salí adelante, a pesar del abandono de mi pareja.

Y a los cuarenta y uno, voy a darme ese permiso otra vez para luchar por lo que quiero.

Por eso estoy plantada ante esta puerta, dispuesta a saltar al vacío.

Tal vez algunos crean que estoy cometiendo el peor error de mi vida y otros que, probablemente, he tardado demasiado en decidirme. La verdad es me importa poco lo que opinen. Lo único que necesito es ver al hombre que más he querido, antes de que las dudas me carcoman.

Las piernas me flaquean mientras cuento hasta veinte, el tiempo que tarda en abrir la puerta.

Álex asoma la cabeza. Su pelo está revuelto, la barba, descuidada y tiene las ojeras marcadas. Su mirada deambula por mi cara, se detiene en el cuaderno y regresa a mis ojos. Está confundido. O bloqueado.

—¿Lena? —Y sí, ha vuelto a preguntármelo.

—Hola —respondo, porque yo tampoco estoy muy fina—. He venido para que me invitaras a ese café.

—Ah. —Abre la puerta un poco más y me cuelo dentro del piso de Toni. Por suerte, él no está—. Ah, vale.

Me giro para tenerlo frente a frente. Está vestido con unos pantalones de chándal y una sudadera, ambos negros. Otra vez vamos a juego, mis vaqueros y jersey son del mismo color. Incluso el delantal, del que no me he desprendido al salir de la cafetería.

Álex se pasa una mano por el pelo y cierra la puerta con el pie.

—¿Eres tú de verdad? —Extiende el brazo y me toca el hombro con un solo dedo—. ¿Esto es real?

Me muerdo la sonrisa.

—Estás soñando —me burlo.

Su mano se acomoda en mi hombro y lo acaricia. Nuestras miradas conectan. En la suya, puedo leer un «lo siento» y con la mía intento transmitirle que va a tener que currárselo un montón.

—Quería contártelo, Lena, pero…

No lo dejo terminar, necesito abrazarlo, y lo necesito ya. Doy los dos pasos que nos separan, rodeo su cintura y me acoplo a su cuerpo. Él me envuelve con sus brazos y apoya la cabeza sobre la mía. Su corazón late a toda velocidad, igual que el mío.

Los besos están sobrevalorados. Las películas deberían terminar así, con dos personas aferradas la una a la otra, sosteniéndose.

Cierro los ojos para retener cada sensación. La paz que me proporciona el contacto con su cuerpo, el calor agradable que inunda mi pecho y la seguridad que siento cada vez que estoy a su lado. Y lo sé, Álex es mi hogar. Siempre lo ha sido.

—Lena, no sabía qué hacer. —Me acaricia el pelo con suavidad—. Quería darte espacio y también luchar por ti.

—Lo sé. —Lo estrujo con fuerza y abro los ojos—. Lo sé —repito, esta vez con mis iris clavados en los suyos.

—Me equivoqué al apartarte —susurra—. No quiero volver a cometer el mismo error.

¿Le estoy mirando como una boba? Puede. ¿Estoy segura? Para nada.

Mira, a tomar por saco la prudencia. Le deseo. Él también me desea. Fin de la historia.

Me pongo de puntillas para alcanzar sus labios. Sus ojos vuelan hacia mi boca y mi respiración se acelera. Álex contiene un suspiro.

—¿Nos tomamos ese café? —propone.

¿Café? ¿Ahora?

—Vale —respondo como una mema. Para mejorarlo, añado—: Perfecto.

Álex tira de mí y me lleva hacia el salón, donde, perpleja, me siento en el sofá de Toni y espero a que aparezca con un par de tazas humeantes.

—Has leído mi versión de la historia. —Se sienta a mi lado con toda la tranquilidad del mundo y sopla sobre su bebida—. Ahora quiero escuchar la tuya. —Ante mi confusión, sonríe con ternura—. Lena, si queremos que esto funcione, debemos hablar.

Y eso es lo que hacemos. Durante horas. Hasta que el café se enfría y el hambre aprieta.

Al principio, me cuesta mostrarme vulnerable y resumo de forma analítica cómo ha sido mi vida sin él. Mudanza, trabajo y relaciones desastrosas. Pero no cuela y Álex hace las preguntas adecuadas para tirarme de la lengua.

—¿Por qué te mudaste?

—Porque necesitaba alejarme de ti.

—¿Llegaste a enamorarte?

—No del todo.

Cada respuesta por mi parte lo lleva a realizar otra pregunta. No me juzga ni me interrumpe, solo demuestra un interés genuino por saber todo aquello que no me he atrevido a decirle.

Y aquí estamos, uno al lado del otro, con gran parte de nuestros nudos deshechos, con la mirada enredada en el otro y las respiraciones agitadas.

Su mano asciende hasta mi cuello y se desliza hacia la nuca, donde traza movimientos circulares.

Sin romper el contacto visual, recorto la poca distancia que hay entre nosotros.

Él enarca una ceja y el ritmo de mis latidos se multiplica por mil.

Me muerdo el labio y le transmito mentalmente que debería besarme.

Álex menea la cabeza, despacio, dejándome claro que quizá sea demasiado pronto.

—¡Venga ya! —protesto.

Sus labios se curvan justo antes de acercarse a los míos.

—¿Segura? —Su sonrisa se amplía. El muy tramposo sabe que ya no puedo pensar con claridad—. Hola, chica maja.

Nuestros labios se funden en un beso corto, torpe y apasionado que sabe a un pacto silencioso.

Le siguen decenas de ellos, dulces y cargados de un antiguo amor que estamos dispuestos a avivar.

Y, madre mía…, retiro eso de que los besos están sobrevalorados.

Menuda gilipollez. Los besos con Álex son lo más.

Encienden y calman, son casa y promesas del futuro que nos espera.

Sonrío contra su boca.

Y mi sonrisa se apaga en cuanto recuerdo que debo hacerle una pregunta importante.

—Oye, Álex. —Contengo la respiración—. Si la prueba hubiera salido positiva, ¿estaríamos aquí?

Un coche pita en la calle, el vecino de al lado da un portazo al salir y un niño grita en el piso de arriba. Álex deja escapar una suave exhalación y apoya su frente sobre la mía.

—No lo sé —admite.

Y, de repente, el tiempo se para. El aire pesa. La calma y la comodidad desaparecen.

«No lo sé». Una frase corta, compuesta de tres palabras, que resulta tan potente como para destruir la esperanza que me ha traído hasta aquí.

Álex acaricia mi mejilla con el pulgar. El gesto, que hasta hace unos segundos me calentaba el pecho, me provoca un escalofrío.

«No quiero cometer el mismo error», ha dicho, no que estuviera seguro de no volver a hacerlo. De golpe, lo entiendo. El perdón no es suficiente sin tener la certeza de que no ocurrirá de nuevo.

Qué inocente he sido. ¿Qué creía que iba a pasar? ¿Que lo solucionaríamos con una charla y un par de besos? Eso queda de lujo en las películas, pero en la vida real nunca es tan sencillo.

Despacio, retrocedo un par de palmos. Su mano resbala por mi hombro hasta perderse por el sofá. Mis ojos se clavan en el suelo.

—Álex, esto no va a funcionar.

—Funcionará —asegura.

No lo está entendiendo.

Estamos en el mismo punto de siempre. Él hace un gesto bonito y me muestra lo que antes me ha ocultado.

Yo empatizo, perdono y le doy otra oportunidad.

Pero no aprendemos. O no del todo. No, si él desconoce la respuesta a esa simple pregunta.

Y, desde luego, no, si yo estoy dispuesta a aceptarlo sin condiciones.

—No, no funcionará. —Mi voz se quiebra. Me doy un segundo para recomponerme—. Volverás a desaparecer cuando surja un problema que no sepas afrontar.

—Lena, no me iré a ninguna parte.

—Hay muchas formas de desaparecer. —Levanto la mirada del suelo—. ¿Qué pasará si tu hermano empeora? —A pesar de que veo en sus ojos la duda, niega con un leve movimiento de cabeza—. Álex, si solo se tratara de mí, probablemente me arriesgaría. Pero no es el caso. Soy parte de un pack, ¿recuerdas?

La mención a Paula lo desestabiliza. Ahora es él quien se aleja un par de palmos.

—Nunca le haría daño. —Sus ojos me dicen que está dolido, y yo me odio un poquito por lo que estoy a punto de decir.

—No a propósito. Pero ambos sabemos que usarías esa excusa para alejarte.

Su cara se descompone y mis ojos se humedecen. Ahora sí que lo ha entendido.

—Joder —masculla, y se incorpora—. Joder —repite mientras va de un lado a otro del salón. Si no estuviera tratando de contener el llanto, yo también maldeciría.

Álex se detiene de golpe.

—Podemos ir despacio —prueba.

Me cuesta la vida responder.

—¿Cuándo hemos ido despacio tú y yo? Nunca. Lo nuestro se ha caracterizado por los acelerones y frenazos.

Álex se acerca al sofá y se sienta a mis pies. Le acaricio la cabeza, le peino con los dedos y me pierdo en sus ojos, que dicen mucho más de lo que él verbaliza. Me quiere. Siempre me ha querido. Espero que lea en los míos que siento lo mismo.

Pero no puede ser.

—Te has olvidado de las curvas. —Sonríe, pero es una sonrisa triste.

—Y de los baches —añado, bajito.

Álex captura mi mano y se lleva la parte interna de la muñeca a los labios.

—Tiene que haber una forma de que podamos estar juntos.

Mi mirada habla por mí. «El amor no siempre es suficiente, Álex». Él niega con la cabeza, tratando de hacerme llegar que no se dará por vencido. Me inclino hacia él y le robo un beso, el último. Un ligero choque de labios, tan dulce como breve.

—Lena…

—Será mejor que me vaya —lo interrumpo, y tomo la distancia necesaria para volver a respirar.

Nuestras miradas vuelven a enredarse. Álex me pide que me quede y yo respondo que me duele demasiado seguir aquí. Siento el peso del mundo cuando me levanto y me dirijo a la puerta. Álex me acompaña arrastrando los pies.

No quiero despedirme.

Mi mano alcanza el pomo. Lo giro y tiro de él. Doy un paso y Álex me retiene rodeando mi cintura con los brazos. Cierro los ojos y me recreo en cada sensación. Mi espalda pegada a su pecho, el dolor de la renuncia y el amor que debemos soltar.

—Lo entiendo —susurra, y yo me rompo un poco más por dentro.

Me permito un último segundo antes de irme —solo uno—, y lo uso para imaginar toda una vida junto a él. Después, me voy. Con el corazón partido, pero con la convicción de que he hecho lo correcto.