55 La videollamada
La videollamada
—Un segundo, Gin. —Pongo el teléfono en manos libres, lo dejo sobre la mesa del comedor y comienzo la persecución de Paula con el pijama en la mano. Mi hija, sin saberlo, me está librando de las preguntas que no quiero responder.
«¿Estás segura?». Desgraciadamente, sí. El amor por sí solo no basta, debe ir acompañado de seguridad. «¿Cómo estás?». Hecha polvo, a pesar de que he pasado la tarde con Paula, con sus bracitos aferrados a mi cuello.
—¡Nooo! —grita como una posesa.
Bendita la hora que aprendió la dichosa palabrita y bendita la pataleta que está teniendo justo antes de irse a la cama.
—Peque, venga, a mimir.
—¡No quero! —Y para demostrar su enfado, patea el suelo.
La madre que la parió (que resulta que soy yo) debió de quedarse bien a gusto (y sí, casi siempre).
—¿Necesitas compañía? —La voz de Gin resuena por el salón—. Cata podría ir a tu casa y yo me uniría por videollamada. —No se me escapa que no menciona a Toni. Estará ocupado consolando a Álex.
Mierda, no puedo visualizarlo jodido. Lo empeora.
Echo un vistazo al móvil y luego desvío los ojos a mi hija, que me lanza una versión infantil de la mirada de psicópata.
—Estoy bien —miento—. De verdad.
Mi amiga emite un ruidito de disconformidad y Paula aprovecha la distracción para esconderse detrás de la butaca.
—¡Quero a Ale! —suelta la maldita traidora.
Juro que estoy a punto de tirarme al suelo y berrear que yo también le quiero. En cambio, lo que hago es armarme de paciencia, acercarme a la butaca y asomar la cabeza por un lateral. Paula hace un mohín y Lisboa, a su lado, la imita.
Perfecto, ahora tengo dos pares de ojos mirándome como el gato con botas.
—Ale —repite.
Ay, por favor.
—No podemos ver a Álex, está dormidito. ¿Sabes por qué? Porque es la hora de irse a la cama.
Ella niega con la cabeza y arranca a correr hacia el comedor. No llega a los tres años, tiene las piernas cortas y la tía es más rápida que un guepardo. Antes de que me dé tiempo a capturarla, Paula palpa por la superficie de la mesa, alcanza mi móvil y cuelga la llamada.
—Adió —dice, la muy bicho, mientras trastea por la pantalla—. Quero a Ale.
—He dicho que no.
Paula sonríe de forma angelical.
Espera un segundo, ¿por qué sonríe?
—¿Hola? —Esa voz masculina proviene de su mano, pero eso es imposible, ¿no?—. Lena, ¿estás ahí?
Paula se acerca el teléfono a la cara.
—¡Hola, Ale!
¿Le acaba de hacer una videollamada?
—Hola, princesa. ¿Qué haces con el móvil de la mami?
Paula se sonroja y apunta a la pantalla con su dedito.
—Mami, é Ale —susurra, como si fuera un secreto.
—Ya lo veo, peque —respondo con una sonrisa fingida, aunque la verdad es que no me atrevo ni a mirar. Tengo miedo a desmoronarme delante de ella—. Habla tú con él, anda, que le hará mucha ilusión.
Paula asiente, poco convencida, aunque tarda poco en iniciar una conversación en su propio idioma. Álex se ríe.
Joder, no quiero escuchar su voz ni enternecerme por cómo trata a mi hija.
«Se pasará», me digo, porque esto ya lo he vivido y sé cómo funciona. Puede que ahora me parezca imposible, pero llegará un día en el que no piense en él constantemente. Dejará de doler. O el dolor bajará de intensidad y será más fácil superar el día.
Retrocedo a pasitos cortos. Primero, uno. Después, otro. Hasta que llego al pasillo y soy capaz de recuperar el aliento.
—¡Mamiii!
El instinto protector es el culpable de que me asome a la puerta justo a tiempo de ver cómo Paula trota hacia mí y me lanza el teléfono. Lo agarro entre las manos de milagro.
—Ara, tú —dice, antes de desaparecer en dirección a su cuarto, con Lisboa siguiendo sus pasos.
No me muevo. Permanezco con la manos unidas, en la misma posición que si estuviera rezando. Aunque quizá lo esté haciendo, porque, de verdad, me veo incapaz de enfrentarme a él otra vez.
—No cuelgues —me pide Álex.
Sin embargo, es exactamente lo que hago, porque es lo mejor para los dos. Ya tomamos el camino largo una vez, no deberíamos repetir nuestros errores.
Estoy convencida de que, cuando estamos en la mierda, buscamos más argumentos para sentirnos peor.
Como si una parte de nosotros estuviera buscando la forma de llegar hasta el fondo del agujero para dar la patada y resurgir.
Si no, no me explico qué hago a las doce de la noche leyendo las páginas que me he saltado del Libro de las Lamentaciones.
Por cierto, el nombrecito es de lo más acertado.
Aquí estoy, recostada en la cama a la luz de la pequeña lámpara de la mesita noche. Ya he superado la etapa del embarazo y acabo de llegar a nuestra primera videollamada, que se produjo el mismo día en el que Roger se fue de casa.
Levanto la vista del cuaderno y la fijo en la pared desnuda que hay frente a la cama.
En realidad, lo llamé por error. Estaba tan alterada que, en lugar de entrar en el grupo de mis amigos, lo hice en el que Toni acababa de crear con motivo de la pandemia.
Se llamaba «Resistiré», igual que la canción que sonaba a la hora de los aplausos, y Toni había incluido a Álex en un ataque de nostalgia.
Aún recuerdo el shock que me produjo ver su cara en la pantalla y la extraña sensación de calma cuando conté que Roger me había dejado con una nota y él respondió que iba a matarlo.
Tras una hora de conversación, poco a poco, mis amigos fueron desapareciendo. Toni y Cata tenían reuniones, Gin tenía una clase que dar y Daniela estaba trabajando en el hospital. Pero Álex se quedó al teléfono toda la mañana, a pesar de que su jefe no dejaba de reclamarle.
Al día siguiente fue él quien me llamó.
Y de pronto, estábamos inmersos en una rutina de videollamadas, en la que Álex hacia cualquier cosa para que yo sonriera.
Me limpio las lágrimas con los dedos.
No solo pierdo la posibilidad de un final feliz, también pierdo uno de los pilares de mi vida. Álex era mi mejor amigo, mi apoyo incondicional. Voy a echar de menos nuestras conversaciones, la intimidad y las bromas compartidas.
Mi móvil parpadea sobre la colcha. Lo cojo y leo en la pantalla flotante el mensaje que acabo de recibir.
Álex
No sé tú, pero yo he tenido un par de días malísimos.
Se me para el corazón.
Tardo un segundo en darme cuenta que esta mañana he desbloqueado su contacto, cuando he estado a punto de escribirle que le echaba de menos. Claro, por eso Paula ha podido hacer esa videollamada.
Espera, ¿qué pretende?
El teléfono se ilumina de nuevo.
Álex
He acosado a mi ex con flores, me he abierto en canal dejándole mi diario y, cuando creía que nos habíamos reconciliado, he metido la pata. Toni dice que debería pasar página, pero estoy loco por ella y me niego a pensar que no hay solución.
¿Puedo llamarte?
Reacciono al instante y entro en nuestro chat para responder que ni se le ocurra.
Álex
Sabía que estabas despierta.
Ella y yo tenemos mucha química, ¿sabes? Eso es bueno, aunque complica nuestra dinámica. Nos aceleramos, nos saltamos pasos y repetimos viejos patrones que no nos hacen bien.
Así que he estado pensando todo el día, dándole vueltas y vueltas, y creo que podríamos construir una relación distinta, como amigos.
¿Amigos? Si ya ha quedado demostrado que no sabemos ser solo amigos.
Álex
Ella seguro que dice que nunca fuimos amigos.
Pero lo fuimos, durante dos años, y a distancia.
A mi pesar, suelto una carcajada. Qué gilipollas es y qué bien me conoce.
Me siento en el borde del colchón y espero al siguiente mensaje.
Y sí, soy todo coherencia. Hace unas horas le he colgado sin piedad y ahora me muero por que siga.
¿Por qué? Quizá estoy agotada de tanto drama o tal vez me intriga saber hacia dónde quiere ir.
No tengo ni idea, y no voy a sobrepensarlo.
Álex
Tengo un plan, aunque no sé si querrá oírlo.
¿Te lo cuento?
Tecleo un «sí» y lo imagino al otro lado con esa sonrisita de canalla. Sí, Álex, he picado. ¿Qué estás tramando?
Álex
Le voy a proponer que volvamos a las videollamadas semanales. Sin contacto físico, solo conversaciones. Ella tendría que trabajar el tema de priorizarse y yo currarme lo de mostrarme vulnerable.
Estoy seguro de que juntos lo lograríamos.
Y aún no te he contado lo mejor. De esta forma, mantendríamos al margen a su hija.
¿Qué te parece?
Joder, la tregua no me ha durado ni cinco segundos.
Álex no está bromeando, tiene un plan. Me incorporo y voy hacia la cocina.
De repente, tengo la garganta seca. ¿Podría funcionar?
El corazón me dice que sí, pero la cabeza protesta y lanza una pregunta peligrosa: «¿Cuántas hostias necesitas antes de darte cuenta de que por ahí no es?
». Abro la nevera y bebo a morro de la botella.
Me tiembla el cuerpo entero cuando tecleo una respuesta:
¿Cuánto tiempo duraría ese plan?
Álex
El que fuera necesario.
Sin fecha límite.
¿Y si no funcionara?
Álex
Lo hará, estoy seguro.
Pero, si me equivoco, seríamos dos buenos amigos.
¿Por qué estás tan convencido?
¿Qué cambia esta vez?
Álex escribe y escribe… Y cuando creo que voy a recibir un mensaje larguísimo, me sorprende con una simple palabra.
Álex
Nosotros.
Nosotros. Nosotros somos los que hemos cambiado.
Es imposible no recordar la teoría de la mutación de Toni.
Llevaba razón en una cosa: desde que soy madre, no soy la misma persona.
No me dejo llevar por los impulsos (aunque me muera por hacerlo) y sopeso las decisiones teniendo en cuenta el bienestar de mi hija.
En cuanto a Álex, también ha cambiado. Antes huía de los problemas y ahora está peleando por nosotros, buscando soluciones absurdas para que yo me sienta segura.
Álex
Lena, hemos aprendido qué fallaba y podemos trabajarlo.
Contemplo la pantalla hasta que se vuelve negra. Este hombre va a terminar con mi salud cardiaca. Mi pulso se dispara, hace un triple mortal y, después, se detiene.
Regreso a mi habitación y me siento en la cama.
Debería responderle, pero estoy acojonada.
Me asusta que los sentimientos estén nublando mi juicio y también que me esté enrocando en la idea de que lo nuestro no va a ninguna parte.
Pero, sobre todo, me aterra alargar el sufrimiento casi tanto como negarme la posibilidad de ser feliz por miedo.
Vaya plan.
El teléfono vibra entre mis manos. Álex me está haciendo una videollamada. Los dedos me tiemblan al deslizarlos por la pantalla y aceptarla. Álex aparece al otro lado, despeinado y con los ojos llenos de esperanza.
—Lena, no puedo demostrarte que puede funcionar si no me das una oportunidad. Solo dime que lo pensarás. Solo eso y colgaré.
Dudo. No quiero dudar, pero dudo.
Álex sonríe con dulzura, como si supiera que lo necesito, y aparecen esas arruguitas que se le marcan alrededor de los ojos.
Putas arruguitas.
Trago saliva.
—Lo pensaré —respondo en un murmullo.
Pero ninguno de los dos finalizamos la videollamada.