53 El Libro de las Lamentaciones
El Libro de las Lamentaciones
Hoy parece un día cualquiera. Las calles están llenas a la hora punta, Paula juega en el asiento de atrás con su osito Bao y el reloj sigue jugando en mi contra.
Lo que ocurre es que no es un día cualquiera.
En el asiento del copiloto, llevo una bomba con forma de cuaderno.
Un objeto que, en apariencia, es inofensivo, pero que encierra entre sus páginas el poder de cambiar la historia que he vivido. O más bien, la que me he contado.
Casi nada.
—¡Mami! —Paula señala con su dedito la ventanilla. Ha comenzado a llover y le encanta ver cómo las gotas de lluvia resbalan por el cristal.
—Qué chulo, ¿eh? —Paula mueve la cabeza de arriba abajo con energía y yo me dedico a decir tonterías para espantar el recuerdo de la pesadilla de anoche.
En ella, Álex confesaba sus miedos, en lugar de romper conmigo, y yo le acompañaba a que se realizara el test, que salía negativo. Nos casábamos. Teníamos un niño y, después, llegaba la niña. Pero no era Paula.
Me he despertado de madrugada. Ha sido imposible contener el impulso de ir a la habitación de mi hija y abrazarla. Ahí me he quedado hasta que ha amanecido, vigilando su sueño y recordándome que era real.
Echo un vistazo por el retrovisor, Paula se muere de risa con mis ocurrencias. No puedo evitar plantearme si es justo para ella que siga leyendo el Libro de las Lamentaciones. Tal y como empieza a afectarme, auguro que, para cuando lo termine, poco quedará de mi estabilidad emocional.
Las primeras horas de la mañana las paso inmersa en la rutina, pero, cuando la cafetería se vacía, las distracciones disminuyen y mi pulso se acelera. Es el momento de enfrentarme a las palabras de Álex.
Me dirijo al cuartucho, cierro la puerta, me siento en el suelo y alargo el brazo hasta que alcanzo el cuaderno del bolso.
Durante un buen rato, no me despego de sus páginas. Revivo cada recaída, mi mudanza y el posterior distanciamiento entre nosotros. Y cuando creo que voy a leer sobre los últimos coletazos de lo nuestro, llego a la boda de Gin y Daniela.
Mayo, 2017
Es la única vez que he estado a punto de mandarlo todo a la mierda. Quería ser egoísta, contárselo todo y quedarme con ella en esa habitación de hotel para siempre. Pero no he podido. Precisamente porque sé que ella nunca me abandonaría, pasara lo que pasara. No quiero ponerla en esa posición.
Levanto la vista y la dejo clavada en la balda inferior de la estantería. Llevo cinco años creyendo que para Álex no significó nada. Cinco. Para mí, este fue el punto de inflexión en nuestra historia, el momento que decidí que no valía la pena aferrarme al pasado, y él…
Me abrazo al cuaderno.
Quizá han pasado diez minutos. O tal vez media hora.
Me he quedado ensimismada, con el móvil en la mano, releyendo viejas conversaciones con Álex.
Una pulla por mi parte, varios selfis en respuesta (uno fingiendo tristeza y otro, sorpresa), un audio con sus carcajadas (que, a pesar de las lágrimas, logra que sonría), muchos registros de videollamadas y aquella propuesta para el viaje que lo ha cambiado todo.
Álex
¿Sería una locura que me acompañaras a la boda de Fabrizio?
No quiero ir solo y pasarme el día hablando de curro.
P.D.: Irías a gastos pagados, por supuesto.
P.D.2: Se celebra en la Costa Amalfitana.
P.D.3: Y podríamos quedarnos un par de días más.
Desbloqueo su contacto y escribo: «Te echo de menos». Lo borro de inmediato.
No hace ni veinticuatro horas que le estampé el ramo en la cabeza y ahora solo deseo abrazarlo. ¿Qué me está pasando?
Le estoy entendiendo, eso es lo que ocurre. La línea entre el Álex de antes y el de ahora se está desdibujando. Si ayer lo hacía con una connotación negativa, hoy estoy rellenando los huecos de sus motivos para mentirme.
Álex creía que estaba enfermo, se veía como un lastre para la vida que yo quería tener y se retiró de la ecuación.
No comparto su forma de pensar ni el camino que eligió, aunque no es difícil que empatice con sus intenciones.
Al fin y al cabo, a su manera, intentaba protegerme, y es muy propio de él priorizar el cuidado sobre todo lo demás.
Pero ¿entenderle es el primer paso para perdonarle? Siempre he pensado que sí. Sin embargo, ahora no lo tengo tan claro.
—Lena, ¿estás bien? —pregunta Uli a través de la puerta.
Me limpio los restos de lágrimas.
—Jodida.
Durante unos segundos, hay un silencio al otro lado.
—¿Sigues en la ciudad de las emociones opuestas?
—Me he mudado a la metrópoli de la inestabilidad emocional —respondo—. Ahora vivo en el barrio del bajón.
Uli carraspea.
—Vaya… ¿Y necesitas algo? ¿Un abrazo? ¿Un café?
—No, tranquilo.
—Estoy aquí, ¿vale?
—Vale.
Escucho sus pasos alejarse.
Vuelvo a apoyar la espalda en la puerta y recupero el libro del suelo.
Leo las pocas entradas que hay de la etapa de nuestro distanciamiento, tras la boda de Gin y Daniela, también el breve periodo en el que volvimos a hablar, cuando abrí Somos Instantes.
Entonces, Álex me envió un correo electrónico a la dirección de la empresa y yo volví a caer en el error de desbloquear su número.
Unas semanas más tarde, mi sobrino tuvo que mantener una conversación muy seria conmigo para que regresara al contacto cero.
Es duro ver su versión de la historia, pero empiezo a sentirme más tranquila. Sin embargo, esa falsa calma se resquebraja en cuanto llego a la parte que explica por qué vino a buscarme aquel día a la cafetería.
Julio, 2019
Tuve muchas oportunidades de dar ese paso. Antes de mandarlo todo a la mierda, después de cada encuentro con Lena o esas semanas en las que me martirizaban los pensamientos sobre lo que podría haber sido.
La verdad es que aún no comprendo por qué ese audio de treinta y ocho segundos fue el disparador que me hizo reaccionar. Puede que porque ya lo daba todo por perdido y alimentó una esperanza. O tal vez porque no quería dar por finalizada esa etapa que ella decía que había terminado.
Sea como sea, el audio de Lena consiguió desbloquearme y, dos días después, pedí cita para que me realizaran las pruebas. Los resultados, en cambio, se hicieron esperar tres meses.
El tiempo que he tardado en ir a buscarla.
Y. tal y como presentía, he llegado demasiado tarde. Lena está enamorada de otro hombre y espera un hijo de él.
Así que me he tragado mis explicaciones y mis verdades y no le he dado ese anillo que guardo desde que estábamos juntos.
Solo espero que él pueda quererla como yo no he sabido hacerlo.
El cuaderno cae entre mis piernas con la misma rapidez que se instala en mi pecho la certeza de que Álex nunca ha dejado de quererme.
Podría ponerme descriptiva y decirte que las lágrimas me ciegan, los oídos me zumban y el pecho me arde.
O tal vez contarte, en plan poético, que un terremoto me sacude por dentro, al ritmo de una verdad que siempre ha estado ahí presente.
Todo eso es cierto, aunque más de estar por casa.
Mis ojos están fijos en la nada, la cabeza me da vueltas y oscilo entre la arritmia y la parada cardiaca.
—¡Ese sonido es espeluznante! —grita Irene, al otro lado de la puerta—. ¡Es como escuchar a un perro moribundo! ¿Qué está haciendo ahí dentro?
—Déjala tranquila —le pide Uli, y añade más bajito—: Creo que está llorando.
—¿Así es como llora tu tía? —replica la otra—. He oído a parturientas mucho más discretas.
Me incorporo para abrir la puerta, pero me detengo al escuchar los pasos de una tercera persona.
—¿Eso era alguien llorando? —cuestiona una mujer que no reconozco—. Estaba en el baño y he salido despavorida. Miren, me tiemblan hasta las garrillas.
Me sorbo los mocos. Qué exageración.
—No me extraña —responde mi camarera, que, sin saberlo, se está jugando el puesto—. Yo tengo la piel de gallina.
—Es desgarrador —aporta una voz masculina. ¿El octogenario?—. ¿Es por el muchacho de los tulipanes?
—¡Seguro! —exclama la jubilada de esta mañana—. Si es que se veía venir…
Ni respiro.
—No empiecen con los chismes —les pide mi sobrino—. Vuelvan a sus mesas, que aquí no hay nada que ver.
—¿Podéis apartaros y hablar un pelín más bajo? —Joder, pero ¿cuánta gente hay ahí fuera?—. Me estáis jodiendo el vídeo.
¡El veinteañero!
—¡¿No sabéis lo que es la intimidad?! —berreo, y debo de asustarlos, porque oigo los pasos acelerados a través de la puerta.
Solo cuando vuelvo a respirar con normalidad, decido ir directamente al final del Libro de las Lamentaciones.
Noviembre, 2022
Si has llegado hasta aquí, ya sabes lo gilipollas que he sido.
Me equivoqué, Lena, y lo siento. Nunca pretendí hacerte daño ni se trató de un problema de confianza contigo, sino de miedo.
Miedo a que te conformaras conmigo, a que renunciaras al sueño de ser madre o a que, por mi culpa, fueras infeliz.
Años después, ese miedo cambió de dirección, pero no de intensidad. Tras saber que no estaba enfermo y recuperar el contacto, me aterraba contarte qué me había pasado y perderte de nuevo. Un miedo que no hizo más que incrementarse cuanto más nos acercábamos.
Ojalá existiera una forma para volver atrás y decirle al Álex veinteañero que no se encierre en sí mismo, al Álex de treinta que no te aleje y al Álex cuarentón que sea valiente, que no te presione con grandes gestos y te dé el tiempo que necesitas para transitar tus emociones.
A estas alturas, solo puedo intentar arreglar esto último.
Te quiero.
Es imposible no volver a llorar como un perro moribundo. Aúllo, grazno y rujo, emitiendo sonidos que me aterran hasta a mí. Esta vez no doy pie a que nadie se congregue al otro lado de la puerta, me incorporo de un salto y salgo berreando abrazada a mi bolso y al cuaderno.
Al cruzar la cafetería, el silencio sepulcral de mis clientes me acompaña hasta la salida y, cuando estoy a punto de irme, me giro hacia Uli, que asiente.
—Ve tranquila. Si tardas, yo recojo a Paula —me asegura.
¿Tengo claro cuál va a ser mi siguiente paso? Más o menos.
¿Voy a darme tiempo para reflexionarlo? Lo dudo.
¿Estoy segura? No. Más bien, cagada de miedo.