52 No abras
No abras
Miro la hora en el salpicadero. Las nueve menos cuarto. Paula debería estar duchada y yo debería estar calentando la cena. Si no hubiera alargado la segunda cerveza…
Uf, estoy un poco harta de tanto drama. No pasa nada si hoy cenamos un pelín más tarde, ¿verdad?
Respiro hondo, pongo el intermitente y giro el vehículo para entrar a la calle de Toni. Siento que los hados están de mi parte cuando aparco a la primera, un vecino me abre la puerta del portal y no pierdo tiempo esperando al ascensor.
Llamo al timbre de la casa de mi amigo.
—¡No abras! —grita Toni desde alguna habitación.
Mi hija se ríe al otro lado de la puerta al tiempo que la voz de un hombre responde:
—¿Seguro?
¿Será el chico que quiere ser su novio? ¿El tal Federico?
Espero treinta segundos y vuelvo a llamar. Acto seguido, escucho unos pasos que se acercan a la puerta, pero se detienen cuando Toni chilla:
—¡Ni se te ocurra!
Madre mía, se está desgañitando.
Quiero ser paciente, lo juro, pero ya he dicho que tengo algo de prisa, así que doy un par de golpes suaves a la puerta y me quedo con el puño en el aire cuando se abre.
Veo la escena a cámara lenta.
Un hombre alto, moreno y dueño de una sonrisa que podría derretir el mismísimo hielo sostiene a mi hija entre sus brazos. Sus ojos oscuros se clavan en los míos y mi estúpido corazón aletea.
Joder.
Joder.
Joder.
Entonces pasan varias cosas al mismo tiempo: Toni corre por el pasillo como un pingüino con los pantalones por las pantorrillas mientras grita «¡nooo!
». Del susto, me desestabilizo, doy un paso hacia delante y empujo a Álex.
Él me agarra por la cintura para evitar que me caiga, pero, al hacerlo, golpea mi bolso, que expulsa el cuaderno envuelto en papel de periódico y cae al suelo.
Y, de alguna forma, termino abrazada a mi ex, con su diario a los pies, mientras nuestro amigo sigue berreando ese «nooo» interminable.
Tierra, trágame y escúpeme lejos.
—¿Lena? —pregunta Álex.
Alzo la cara y mi hija me la palmea, como si hubiera notado que necesito espabilarme. Sería el momento perfecto para dar un paso atrás y mostrarme distante, ¿verdad? Pues mi cerebro no está de acuerdo, porque me mantengo en el sitio y respondo como una boba:
—Sí, soy yo.
Paula se muere de risa mientras Álex y yo… Vale, no sé muy bien qué estamos haciendo. ¿Mirarnos como dos idiotas? ¿Preguntarnos qué vamos a hacer con nuestras vidas?
—Esto no tendría que haber pasado. —Toni nos empuja hasta que logra separarnos medio metro.
Del esfuerzo, sus pantalones descienden hasta los tobillos—.
Tú —señala a Álex—, para dentro. La próxima vez que alguien te diga que no abras la puerta, simplemente hazlo, ¿ok?
Y tú —ahora me señala a mí—, ¿podrías actuar como si esto fuera un sueño?
—Frunzo el ceño y lo miro fatal—. ¿No? Chica, sería lo mejor para todos.
No contesto, me limito a extender los brazos para que Álex me tienda a mi hija. Cuando estoy a punto de darme media vuelta, se arrodilla para recoger su cuaderno del suelo, me lanza una mirada suplicante y alarga el brazo. Y yo… me quedo atascada en sus ojos y en todo lo que no debería sentir.
—Creo que esto es tuyo. —Toni recoge el cuaderno y me lo mete en el bolso.
Retrocedo a pasitos cortos hasta que alcanzo la puerta del ascensor y vuelvo a huir.
Es imposible no pensar en Álex después. En su brazo rodeando mi cintura, en la sensación de hogar que me ha invadido al abrazarnos o en sus ojos suplicantes.
Mi mente pide clemencia, pero no tengo descanso.
Paula se encarga de recordármelo cuando la baño («quero a Ale»), mientras cenamos y, por supuesto, cuando trato de que se acueste y ella insiste en hacerme preguntas sobre él.
Y ahora Paula está dormida y yo, en el salón, viendo el anuncio de la nueva temporada de Emily en Paris mientras pienso en aquel viaje que no llegamos a realizar.
Mala idea. Deslizo el puntero del mando a la derecha y aparece Bajo el sol de la Toscana.
Genial. ¿Algo más? Pues sí, cuando le doy la última oportunidad a la plataforma para que deje de putearme, Julia Roberts sale en pantalla persiguiendo a Dermot Mulroney en La boda de mi mejor amigo.
Mensaje captado, universo.
Apago la tele y echo un vistazo a la mesa del comedor, donde he dejado el dichoso cuaderno. Con el miedo incrustado entre las costillas, me incorporo y voy hacia él. Estoy aterrada, pero me armo de valor, lo abro y leo el primer fragmento, fechado en el 2013, cuando él ya vivía en Suiza:
Febrero, 2013
El amor es hacer todo lo que está en tu mano para que la otra persona sea feliz. Facilitarle el camino, ayudarle a que alcance sus sueños y que obtenga todo lo que desea de la vida, aunque, para lograrlo, la única opción sea apartarte y mentir.
Así lo veía entonces y así lo sigo viendo ahora.
De lo único que me arrepiento es del dolor que le he causado.
Un dolor que, a veces, me planteo cómo habría podido evitar.
¿Habría sido mejor decirle que había conocido a otra persona?
Probablemente, sí. Lena me habría odiado y jamás habríamos caído en el bucle de los polvos de despedida.
Pero no, le dije que no me sentía preparado para comprometerme.
Y, a veces, me da por pensar que fue mi parte egoísta la que decidió qué mentira le contaba.
Como si necesitara enviarle una pista para que ella descubriera la verdad.
Como si, en el fondo, deseara que Lena me aceptara con mis limitaciones y mis taras.
Pero, al final, hice lo que pensaba que era mejor para ella: dejarla libre.
Las manos y la barbilla me tiemblan, mi frecuencia cardiaca está por las nubes y no respiro, jadeo.
Cierro el cuaderno. No puedo seguir.