51 Emociones opuestas
Emociones opuestas
Cuando regreso a Somos Instantes, son las dos de la tarde y la cafetería está prácticamente vacía. Irene se toma un sándwich en un taburete y mi sobrino barre con movimientos lentos.
—Ya estoy aquí —anuncio.
Uli abandona la escoba y se lanza a darme un abrazo.
—¿Cómo estás? —me pregunta al oído.
Cabreada. Rota. Sin energía. Triste.
En lugar de responder, me muerdo el labio y controlo las lágrimas.
—Suéltalo, Lena. Sin orden. Como salga.
—Villa Negación ha sido destruida —murmuro.
Mi sobrino deja escapar una risilla.
—¿Y ahora dónde vives?
Apoyo mi frente en su hombro y resoplo.
—En la ciudad de las emociones opuestas.
Uli alarga el achuchón y, al deshacerlo, deja las manos sobre mis hombros y me sostiene la mirada con cierto aire canalla.
—Debe de ser un lugar muy interesante.
—Es superdivertido —ironizo—. Te lo recomiendo si lo que buscas es inestabilidad y taquicardias.
—Es un sitio de paso —me asegura—. Las emociones opuestas son el motor del conflicto. Y el conflicto lleva a la acción.
Irene se descojona.
—¡Por favor! ¿Qué eres ahora, Obi-Wan Kenobi? —se burla. Mi sobrino se gira y le guiña un ojo—. ¡Lena, no le hagas ni caso! Por cierto, te han dejado un paquete.
—¿Quién?
—¡Yo qué sé! ¿Me ves cara de adivina? —Suelta un bufido y, acto seguido, me dedica una de esas sonrisas horrendas que no ocultan su mala hostia y lo deja encima de la barra.
Mi pobre corazón protesta al ver el paquete. Es del tamaño de un libro y está envuelto en papel de periódico. Solo conozco a una persona que envuelva sus regalos de esta forma.
Antes de que pueda tomar una decisión racional, mis dedos rasgan el papel. Es un cuaderno negro y usado, que alguien ha bautizado como «Libro delle Lamentazioni».
Lo abro.
Febrero, 2013
El amor es hacer todo lo que está en tu mano para que la otra persona sea feliz.
Lo cierro de golpe. Sé lo que ocurrirá si lo leo. Me volará la cabeza, la empatía expulsará al raciocinio y dejaré de pensar en lo que es mejor para mí.
Nop, ni de coña.
—Eh, Lena. —Detengo la limpieza de la mesa alta y levanto la vista hacia mi sobrino, que está pasando el trapo por la barra—. ¿Nos tomamos algo?
Contengo un resoplido.
—Uli, estoy agotada.
Como si no hubiera tenido suficiente con la visita de Álex, saber que estoy enamorada y sufrir la amenaza de ese puñetero cuaderno, la tarde ha sido de lo más movida.
Todo ha comenzado cuando el octogenario me ha preguntado por el muchacho de los tulipanes y yo le he respondido de malas maneras.
Entonces, la clientela ha hecho piña con el anciano y una de las jubiladas ha afirmado que, si sigo así de gruñona, nunca encontraré novio.
Cata ha salido en mi defensa, argumentando que el carácter de una persona no debería moldearse para conseguir pareja. Y yo… me he echado a llorar.
A partir de ese momento, todo lo que ha sucedido ha sido un despropósito.
El octogenario, arrepentido, se ha disculpado a gritos y la jubilada ha sido abucheada.
Irene se ha puesto de pie sobre la barra para pedir un poco de calma.
El problema es que Cata, venida arriba, se ha subido a su mesa y el resto de los clientes la han imitado, como si estuvieran en el final de El club de los poetas muertos, tirando platos y tazas al suelo.
Así que, en lugar de irme a casa con mi hija, he tenido que quedarme en la cafetería a limpiar el estropicio. Menos mal que Toni se ha ofrecido a pasar la tarde con ella.
Lo peor es que el veinteañero lo ha grabado con su móvil y ya me veo convirtiéndome en un meme viral.
—Te vendrá bien —insiste—. Necesitas desahogarte, Lena.
—Una cerveza rápida —concedo.
Mi sobrino va hacia la barra, saca dos botellines de la nevera y los abre. Nos sentamos en la mesa alta.
—Cuando quieras —dice a mi lado—. Soy todo oídos.
Suspiro y lo suelto de carrerilla:
—Odio a mi exnovio, el que me mintió y se fue, y echo de menos a mi amigo, con el que hablaba todas las semanas. Es raro que sean la misma persona.
—Lo entiendo.
Sé que no es así, porque no tiene sentido, aunque aprecio que lo diga. Mi teoría es que he pasado tanto tiempo queriendo diferenciar entre el Álex de antes y el de ahora que he caído en mi propia trampa. No son dos hombres diferentes, es solo uno, y lo odio y lo quiero al mismo tiempo.
Uli me anima a que continúe con un movimiento de su mano.
—Hay una parte de mí que quiere perdonarlo, que cree que estoy exagerando porque pasó hace diez años y que debería darle una oportunidad.
—Me llevo el botellín a los labios—. Y luego existe otra Lena que está convencida de que no puedo confiar en él, que volverá a huir cuando la situación se complique, y que me recuerda que debo pensar en Paula.
—¿Cuál de las dos gana?
—Ninguna.
Uli ladea la cabeza.
—También estoy enfadada conmigo, ¿sabes?
Cuando Álex me contó que Sergio había dado positivo, me asusté tanto que ni siquiera le pregunté por qué no me lo había dicho antes.
Y, después, cuando confesó que había ocurrido mientras seguíamos juntos, lo primero que pensé fue que le había fallado.
¿Lo entiendes? Bastaron un par de días para destruir lo que había construido en años. Estaba centrada en él, no en mí.
—Lena, estás siendo muy dura contigo misma.
—No importa —le digo, cuando, en realidad sí que es importante—. La cuestión es que la gente no cambia. Él tiende a callarse sus verdades y yo a poner el foco en los demás.
Mi sobrino carraspea, algo que solo hace cuando se pone nervioso.
—No estoy de acuerdo. Hay personas que sí cambian, las que se enfrentan a los conflictos y aprenden de ellos. Los que no cambian son los que los evitan y permanecen en su zona de confort.
Suelto una carcajada irónica.
—Entonces, Álex no ha cambiado.
—Vuelvo a no estar de acuerdo —replica. Lo miro mal.
Uli sonríe—. Recuerda que me quieres, por favor.
—Le hago un gesto impaciente con la mano para que se explaye—.
Me refiero a que el Álex de antes no te dio una explicación; sin embargo, el de ahora quería contártelo durante el viaje y ha dado la cara al venir a buscarte.
Mierda, tiene razón, aunque…
—Me mintió, Uli.
—Lo sé. Pero algunas mentiras sirven para proteger al que las suelta y otras al que las escucha. Tú conoces mejor a Álex, ¿qué cuadra más con él?
Álex suele dejar sus necesidades en segundo plano, me recuerda la vocecita de las narices.
El estómago me da un vuelco. ¿Y si hay una explicación?
Mi sobrino analiza mi rostro.
—Necesitas leer el cuaderno de Álex —adivina.
—¿Cómo sabes…?
—Me lo dio esta mañana. Dijo que contenía su versión de la historia.