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50 Se acabó el espectáculo

Se acabó el espectáculo

Álex

—Chico, lo tuyo es un caso de estudio. —Un pétalo rosa me resbala por la cara mientras trato de localizar la voz de Toni. Él se incorpora para facilitarme la tarea y pone los ojos en blanco. ¿Qué hace aquí?—. Álex, ¿vas a ir tras ella o…?

No ha terminado la frase cuando cruzo la puerta y corro detrás de Lena. La alcanzo antes de que sobrepase la enorme cristalera de su cafetería.

—Lena, por favor, ¿podemos hablar?

Ella detiene el paso, se gira y me enfrenta.

—¿Ahora es cuando le viene bien al señor hablar? ¿Diez años después?

Sus preciosos ojos destilan fuego y tiene la mandíbula apretada. Está cabreada. Muy cabreada. Y no es que no lo entienda, es que no sé cómo lidiar con esta versión enfurecida de Lena.

—Tienes todo el derecho a…

Me señala con el dedo.

—No te atrevas a decirme qué puedo sentir. Me ocultaste por lo que estabas pasando y preferiste romper conmigo a confiar en mí. ¿Quién le hace algo así a la persona a la que quiere?

Abro la boca para explicarle que eso no es del todo cierto, pero termino murmurando:

—Un gilipollas.

Sus pupilas se clavan en las mías y oscilan de una a otra.

—Exacto, un pedazo de gilipollas.

—Pero nunca se trató de confianza —pruebo de nuevo.

Lena aprieta los puños.

—¿Y de qué coño se trataba?

—De lo que tú querías.

—Yo te quería a ti, Álex.

Mis labios no deberían curvarse en una pequeña sonrisa, sin embargo, es imposible detener el movimiento.

—Y yo nunca he dejado de quererte. —Mi brazo se extiende, con la intención de tocarla.

Me aparta de un manotazo.

—Álex, presta atención al tiempo verbal.

Yo te quería. Pasado. Dejé de quererte cuando vi que no estabas dispuesto a luchar por nosotros.

—Retrocedo un paso, el mismo que ella avanza—.

¿La verdad? Me habrías hecho un favor si hubieras reconocido que eras un cobarde cuando te fuiste de casa. Habría sido mucho más fácil olvidarte.

—Solo quería protegerte. No me estoy justif…

—¿Sabes lo peor? —me corta con una mirada de psicópata que me deja clavado en el sitio—.

Que, después de cagarla a lo grande, podrías haberte hecho a un lado y dejarme vivir.

Pero no. Regresaste, representaste el papel de mejor amigo y, cuando viste la oportunidad, atacaste de nuevo.

De eso se trataba el viaje, ¿sí? Querías volver a divertirte con tu ex.

Joder, ¿cómo puede estar saliendo tan mal?

—No, Lena, no es así para nada.

Ella no me escucha.

—Estaba convencida de que podría enamorarme de ti otra vez.

—Los labios le tiemblan y las lágrimas resbalan por sus mejillas.

Mierda, no puedo verla así y que no me deje abrazarla—.

Qué idiota he sido, ¿verdad? No niegues con la cabeza, Álex.

He sido rematadamente idiota. Solo una tonta se ilusionaría por alguien que la quiere cuando le conviene y desaparece cuando la vida le viene grande.

Es como recibir un puñetazo en pleno estómago —un puñetazo que me merezco— y, aun así, no puedo evitar mirarla como ella no quiere que la mire.

Lena da un paso atrás y desvía la vista hacia la cafetería.

—¿Qué narices…? —Por inercia, miro en la misma dirección. La mayor parte de su clientela está pegada a la cristalera—. Mira, paso. Se acabó el espectáculo.

Su golpe de melena al girarse levanta un par de pétalos, que ondean en el aire mientras ella se aleja.

Los entendidos dicen que hay cuatro formas distintas de enfrentarse a una situación estresante: la lucha, la huida, la congelación y la complacencia.

No creo que sea una sorpresa para nadie si confieso que, hasta ahora, mi estrategia preferida había sido la huida.

Hoy, sin embargo, he querido luchar, pero el resultado que he obtenido ha sido muy diferente al que imaginaba. Me he quedado congelado.

Sigo aquí, con los pies clavados en la acera, mientras veo cómo la figura de Lena se hace cada vez más pequeñita.

—Mira que te avisé. —Toni retira los pétalos de tulipanes que tengo incrustados en el pelo.

Después, sacude los que se han adherido a mi chaqueta y me arrastra al interior de la cafetería—.

Siéntate, anda. —Obedezco sin rechistar.

Aunque quisiera oponerme, tengo la energía justa para seguir respirando—. ¿Te lo dije o no te lo dije?

Muevo la cabeza de arriba abajo. Tiene razón, me avisó de que las flores estaban causando el efecto contrario al que pretendía. Y, aun así, lo ignoré.

Me froto la cara con ambas manos y percibo que la clientela no se ha movido del ventanal. Todos me observan. De hecho, juraría que hay un veinteañero que me está grabando con su móvil.

Le doy un toque en el brazo a Toni y señalo al chico con los ojos. Mi amigo le hace un gesto para que se detenga.

—Joder, Álex. —Cata se abre paso entre la multitud y se aproxima a la mesa con varias zancadas—. ¿Qué creías que iba a pasar al sustituir una charla sincera por un regalo efímero que perpetúa los roles de género tradicionales?

No he entendido ni la mitad, pero dos chicas aplauden el comentario, al tiempo que unas señoras protestan, diciendo que enviar flores es un detalle muy bonito.

¿Qué está pasando aquí?

—¡Hagan el favor de volver a sus mesas! —vocifera la camarera rubia.

La multitud se dispersa, pero, en lugar de hacerlo de forma pausada, lo convierten en el juego de las sillas.

Un octogenario arrea al joven del móvil con su bastón porque quiere ocupar la mesa contigua a la nuestra, alegando que le falta audición.

El chico se niega y las dos señoras mayores que han salido en mi defensa acompañan al anciano a la siguiente mesa.

«Le contaremos todo lo que ocurra», le dicen.

Al mismo tiempo, las dos jovencitas que aplaudían se acomodan a nuestra izquierda y una le dice a la otra que el culebrón está muy interesante.

Le lanzo una mirada interrogante a Toni y, el muy cabrón, se echa a reír.

—Bienvenido a Somos Instantes.

Hago un barrido visual de izquierda a derecha. Estamos rodeados de caras expectantes.

—Estoy esperando una respuesta —me recuerda Cata con las manos apoyadas en el respaldo de la silla.

—No preguntes algo que ya sabes —interviene Toni y, cuando creo que va a defenderme, suelta—: Los grandes gestos siempre le han solucionado la papeleta. Uy, me he olvidado de Gin.—Trastea con su móvil y la imagen de mi amiga aparece en la pantalla. Está encerrada en un baño minúsculo de su escuela.

—Hostia puta —susurra—. ¿Qué me he perdido?

Eso mismo me gustaría saber a mí. ¿Por qué hay tanta gente pendiente de lo que ocurre entre Lena y yo?

Toni comienza a relatarle a Gin nuestro encuentro.

Lo hace a su manera, claro, que es mucho más quirúrgica, irónica y divertida de lo que ha sido en realidad.

Escuchar de su boca la repetición de la jugada me ayuda a espabilarme, aunque casi preferiría seguir anestesiado cuando me doy cuenta de que he desaprovechado la oportunidad de explicarme.

No he podido hacerlo, ver el dolor que expresaban sus ojos ha sido peor que recibir los golpes de sus palabras.

«Yo te quería. Pasado». «Me habrías hecho un favor si hubieras reconocido que eras un cobarde cuando te fuiste de casa». «Solo una tonta se ilusionaría por alguien que la quiere cuando le conviene y desaparece cuando la vida le viene grande».

Joder. ¿De verdad creía que podría arreglar algo con flores?

—Bueno, ¿y qué piensas hacer? —pregunta Gin desde el otro lado de la pantalla.

El murmullo que reinaba en la cafetería se silencia a la espera de mi respuesta.

—No lo sé. —Mi voz suena rasgada, un efecto secundario de tener la garganta estrangulada.

Y, de pronto, todo el mundo se pone a opinar.

El anciano del bastón argumenta que conquistar a una mujer es una carrera de fondo.

Las dos jovencitas se indignan y lo tachan de antiguo mientras una mujer de ojos grises protesta porque, según ella, el feminismo está acabando con la galantería.

Un calvo cincuentón, un par de mesas más allá, defiende que perseguir a una mujer es la peor de las estrategias.

El veinteañero del móvil lo enfoca y le pide que lo repita.

Para mi sorpresa, lo hace con la voz engolada.

—¡Lo putoflipo muy fuerte! —exclama un chico moreno al entrar en la cafetería.

Me encantaría decirle que yo también estoy flipando. Esto es lo más surrealista que he vivido.

—Oye, Álex… —Uli posa la mano en mi hombro con una sonrisa bonachona—. Lena no tardará en regresar. Si aceptas un consejo…

—Debería marcharme —termino por él.

Uli asiente.

Me incorporo de la silla entre lamentos y protestas de la cafetería entera.

—¡Espera, coño! —grita Gin desde el móvil—. ¿Te vas?

Me agacho hasta que veo reflejado un primer plano de mi cara en la pantalla.

—Aún no —respondo.

La clientela se vuelve loca. Unos aplauden y otros me jalean.

Cómo me gustaría tener un tercio de su entusiasmo.