49 La dragona y sus flores
La dragona y sus flores
Dicen que si repites una mentira las suficientes veces, se convierte en una verdad.
Y es una auténtica gilipollez. El mejor ejemplo lo tienes conmigo, que, en las últimas dos semanas, he dicho en tantas ocasiones que estoy bien que he perfeccionado el tono suave, el tipo de sonrisa serena y la actitud desenfadada con que lo repito.
Pero ¿lo estoy? Ni de coña. Tampoco ayuda que Álex siga enviando esos malditos ramos de tulipanes como si fuera el protagonista de una comedia romántica de los noventa.
Ni que mis clientes me hayan convertido en el nuevo cotilleo de la cafetería, que se llena a la hora que suele pasar el repartidor.
—Las doce menos cinco —me avisa Irene.
Un par de jubiladas se dan codazos entre ellas, un veinteañero saca su teléfono móvil, dispuesto a grabar el espectáculo, y Toni se frota las manos.
—Es el mejor momento del día —declara.
Si no tuviera que dar ejemplo por ser la dueña del negocio, me giraría para responderle a mi amigo que vaya mierda de días debe de tener para que esto sea lo mejor, pero me limito a ignorarlo y avanzar hacia la barra, donde dejo la bandeja.
—Me gusta lo que te has hecho en el pelo.
—Uli, al otro lado de la barra, echa un vistazo a mi moño deshecho y arruga la frente.
Mis pintas deben de ser horribles si mi sobrino, el adulador y zalamero, no es capaz de decir algo mejor—.
Te das un aire a… —No termina la frase, se queda en la inopia, e Irene aprovecha el momento para darle un culazo.
—¡Un té verde y un café con leche descafeinado para la mesa tres! —vocifera mientras Uli eleva los ojos al cielo y murmura un improperio.
Ni me inmuto. Esta es la dinámica habitual de mi cafetería. Ella, mandona y gritona, nos pone a todos las pilas. Mientras que él, tan adorable como empanado, nos regala momentos surrealistas. ¿La verdad? Aquí nunca me aburro.
—¿Llego a tiempo? —Cata, con el pelo revuelto y sus ojos saltones bien abiertos, cruza la puerta con el portátil entre las manos y mira a un lado y a otro—. ¿Ya ha pasado?
—Aún no —le responde mi sobrino con una sonrisita que deja ver que esto le hace mucha gracia.
Cata me da un beso rápido en la mejilla y corre hacia la mesa de Toni. Está claro que no hay nada mejor que un drama en directo para reunir a los amigos.
Dejo el codo apoyado en la barra y miro con disimulo hacia su mesa.
Cata y Toni parlotean mientras mi amigo, con un auricular puesto en la oreja, saluda a alguien al otro lado de la pantalla de su móvil.
Me apuesto el dedo meñique a que está hablando con Gin, que, ayer mismo, reconoció que el nombre del grupo que han creado a mis espaldas oscila más que las predicciones del tiempo.
«El retorno del príncipe», «Destino final», «La dragona y sus flores».
Son tan cotillas como mis clientes. Aunque, después de sus confesiones, casi me alegro de convertirme en una fuente de diversión.
—Esto es de lo más absurdo —me quejo.
Irene se tapa la boca con una cremallera imaginaria y Uli sale disparado de la barra para evitar decirme lo que ya sé: que es culpa mía por montar un espectáculo.
Si no destrozara las flores y rompiera la tarjeta cada vez que el repartidor se marcha, mi clientela no aplaudiría como en una performance.
En definitiva, que no sirve de nada mentir porque una vez al día me convierto en esa dragona de la que mis amigos se descojonan. Es que me falta escupir fuego por la boca, vaya.
—Ahora vengo —le informo a mi camarera, que enarca una ceja—. Inventario —explico mientras me dirijo a la despensa. Hoy tengo el firme propósito de comportarme, aunque, para lograrlo, tenga que esconderme.
Cierro la puerta tras de mí, apoyo la espalda en ella y dejo las palmas cruzadas por encima del pecho, en una postura que suele calmarme.
En la oscuridad del cuartucho, me regalo unos minutos para sentir lo que no debo: la pena por lo que podría haber sido, la ausencia de mi mejor amigo, el estúpido anhelo de que todo se arregle por arte de magia y ese dolor particular de corazón, que parece que solo le pertenece a él.
Los recuerdos llegan después. La sonrisa encantadora de Álex cuando aparecía su rostro en la pantalla.
Sus labios sobre mi cuello, aquella noche en Salerno, mientras susurraba que mi olor le hacía sentir seguro.
Los mensajes tontos que me enviaba cuando sabía que estaba desbordada.
El abrazo del aeropuerto, que sacó a la luz emociones que no quería asumir.
Aquella videollamada en la que estuvimos veinte minutos sin parar de reír.
Su mirada, cargada de amor, cuando me dijo que iríamos al ritmo que yo marcara.
¿Por qué, cuando más necesitamos olvidar, más se empeña nuestra mente en mostrarnos recuerdos bonitos?
Ojalá pudiera saltarme esta parte e ir directa a la etapa en la que ya lo he superado.
Me recompongo y salgo de la despensa. Esta vez ignoraré los puñeteros tulipanes.
Mi sorpresa es gigantesca cuando no los veo por ninguna parte.
¿Estoy un pelín decepcionada? Puede. Pero lo disimulo mejor que mis clientes, que vigilan la puerta como si estuviera a punto de entrar un actor de Hollywood.
—Se está retrasando —apunta el octogenario.
—Lo mismo le ha pasado algo al pobre hombre —aventura una de las jubiladas.
—¿Y si no viene nunca más? —se lamenta una señora.
—Quizá su admirador ya ha visto qué hace con las flores —sugiere el veinteañero del móvil—. Los vídeos cada vez tienen más visualizaciones.
Espera, ¿qué?
—¿Qué videos? —pregunta Toni, que ya está trotando hacia la mesa del veinteañero—. ¡Pásamelos ya!
Me llevo las manos a las sienes y las masajeo mientras me dirijo hacia la caja para hacer el paripé de que estoy demasiado ocupada como para perder el tiempo con los chismorreos.
—A mí me los envía Salo —le comenta Uli a Irene. Ambos están sentados en los taburetes de la barra, haciendo un pequeño descanso. Le lanzo una mirada incrédula a mi sobrino y él responde con un carraspeo—. Me pareció mal enseñártelos —se justifica—. ¿Necesitas un abrazo?
—Son brutales, Lena —apunta la otra—. Pura rabia de Khaleesi.
A la una, algunos clientes se dan por vencidos y abandonan la cafetería decepcionados.
Y diez minutos después, un gran ramo se asoma por la puerta arrancando los aplausos de los que todavía siguen aquí.
Es enorme, mucho mayor que cualquiera de los que han entregado hasta el momento.
Tulipanes rojos, rosas, blancos y morados tapan por completo al repartidor.
Algunos silban, otros gritan y un par de jovencitas se incorporan y bailan como si estuvieran en un concierto de Taylor Swift. Todos aplauden.
Al escuchar el estruendo, el portador del ramo se detiene en el umbral de la puerta y echa un vistazo. Lo que ocurre es que no es un repartidor cualquiera.
Es Álex.
Puede que hayan pasado tan solo unos segundos, pero a mi cuerpo le ha dado tiempo a experimentar una variedad de respuestas. Sorpresa, ansiedad… y una mezcla rara de enfado y alegría.
Álex está a menos de tres metros y me mira con la misma ternura y desesperación que años atrás, cuando me retuvo en el baño.
No puede mirarme así. No debe.
—¿Qué…? ¿Qué haces aquí? —Las piernas me tiemblan y el corazón amenaza con salírseme del pecho.
Él da un par de pasos, con cautela. Sus ojos no se separan de los míos.
—He venido a invitarte a un café.
Mis cejas trepan por la frente. Está de coña, ¿no? ¿Invitarme a un café en mi cafetería? Álex hace un gesto de fastidio y cierra los ojos un microsegundo, como si se hubiera dado cuenta de su error.
—¿Qué dice este hombre? —pregunta el octogenario.
Las jubiladas y las dos jovencitas le chistan y la cafetería entera se queda en silencio.
Álex da otro paso y deja el enorme ramo sobre la barra.
—También he venido a decirte que me he dado cuenta de que mi vida sería más bonita contigo. —Baja la voz y me lanza una sonrisa tímida—. Era algo así, no?
Asiento en un acto reflejo. Está reproduciendo la escena de nuestra falsa reconciliación, la que le contamos a su jefe.
—¿Demasiado peliculero? —Al ver que no obtiene respuesta, prueba a la desesperada—: ¿Del uno al diez?
Abro la boca y la cierro.
Esa escala se me queda muy corta.
—¿Cien? —No es necesario que diga nada más, mi cuerpo ya está hablando por mí. Vamos, que parpadeo y respiro por inercia.
—No sabía qué hacer. —Se encoge de hombros.
¿Que no sabía qué hacer? ¡Podría haber empezado por contarme la verdad, que ha tenido oportunidades de sobra! Cuando rompimos, cada vez que me ha soltado uno de sus estúpidos discursos, en alguna de las miles de conversaciones que hemos mantenido a través de videollamadas o en el puñetero viaje.
Me dirijo a la barra, cojo el maldito ramo y se lo estampo en la cabeza.
—¡Dracarys! —berrea el idiota de Toni, muy venido arriba.
La clientela se vuelve loca. Unos aplauden con ganas y otros gritan un sentido «nooo». No me detengo a ver quién hace qué, el instinto me grita que huya y salgo de la cafetería.