48 Estoy perfecta
Estoy perfecta
Las farolas siguen encendidas mientras avanzo por la calle a paso ligero.
Son las ocho de la mañana y ya voy acelerada.
Da igual a qué hora me despierte, siempre tengo algo que hacer.
Si no recojo la casa, dejo la comida preparada para varios días.
Luego despierto a Paula, desayunamos juntas, la llevo a la guardería y corro a la cafetería para empezar la jornada laboral.
Cuando termino, no descanso, vuelvo a ejercer de madre soltera: baños, cenas, juegos…
, hasta que mi peque se duerme. Entonces, si me queda un ápice de energía, repaso la contabilidad de mi negocio.
No puedo ni respirar.
Lo más gracioso es que, hasta hace dos semanas, me quejaba de mi vida. Necesitaba unas vacaciones, decía. Y ahora me sumerjo en la rutina para mantenerme ocupada y olvidar ese maldito viaje.
Y funciona. Estoy perfecta.
Atravieso la puerta de Somos Instantes y el tintineo de la campanilla me da la bienvenida.
Tras la barra, Irene prepara cafés a la velocidad de la luz mientras Uli toma nota entre las mesas.
Deslizo la mirada por el local y mis pulsaciones se ralentizan.
Me encanta la pared cian, las estanterías llenas de libros, la mesa alta de madera y todos esos pequeños detalles que elegí y que la hacen diferente, única y mía.
Abrir esta cafetería supuso invertir mis ahorros, trabajar como una mula y enfrentarme a las críticas de mi familia, pero sigo pensando que es una de las mejores decisiones que he tomado.
Nunca te conformes con la vida que los demás han soñado para ti. No merece la pena. Yo tuve que pasar por un despido y una crisis existencial antes de llegar a esa conclusión.
—¡Buenos días! —saludo con energía.
—¡Buenos días! —me responde la clientela a coro.
De un vistazo, distingo al grupito de jubiladas, al octogenario y a Salo, la novia de Uli, que no despega la nariz del libro que está leyendo. Lanzo una sonrisa amable y me dirijo hacia el cuartucho que usamos de almacén.
Mi camarera abandona su puesto y me sigue.
—Deberías estar relajada y feliz. —Cierra la puerta a su espalda. No sé qué me molesta más, si el comentario o que invada mi espacio personal. Este cuarto es casi un armario, no está pensado para que lo ocupen dos personas—. Tú no has experimentado en el viaje, ¿verdad?
No la mando a la mierda porque está haciendo un esfuerzo por mostrarse empática, a pesar de que preferiría que se comportara como el robot sonriente que suele ser.
—No menciones el viaje. —Me quito la chaqueta, la dejo sobre la balda y cojo mi delantal negro. En un burdo intento de recordarle que soy su jefa, la miro de arriba abajo. Ella pasa de mí y tensa un poco más su coleta rubia.
—Lena, das miedo. —Y me lo dice ella, que tiene el apodo de la Dementora. Debo de lanzarle la mirada de psicópata, porque se marcha a toda velocidad.
Conforme cierra la puerta, saco el pequeño espejo que guardo en el bolso y me miro. Mi pelo es un nido de cigüeñas, la palidez de mi piel podría competir con el blanco de un folio y las ojeras están tan pronunciadas que, si fuera más joven, me daría un aire a Bella Swan.
Qué cabrón es el cuerpo, por mucho que finjas que todo va bien, él siempre muestra la verdad que intentas ocultar.
—Tía… —Uli llama mi atención en la distancia mientras hace equilibrios con la bandeja. Son las doce de la mañana y la cafetería continúa llena—. Alguien ha venido a visitarte.
Sigo la dirección del movimiento de su cabeza y mis ojos aterrizan en la mesa de los sillones de cuero mullidos. Toni, Cata y Gin agitan sus manos en el aire.
Mierda.
Les devuelvo el saludo y huyo hacia la barra.
Ni de coña voy a permitir que me hagan una intervención.
Que se marchen a Suiza y se la hagan a él, que ha sido quien ha ocultado información relevante durante diez años.
Me arde la sangre cada vez que me acuerdo.
¿Cómo ha sido capaz de mentirme a la cara durante tanto tiempo?
Álex era la persona en la que más confiaba, con la que llegué a plantearme…
No, no, no… Nada de comerme la cabeza.
Mi móvil vibra en el bolsillo del delantal y, a pesar de que existe una alta probabilidad de que sea Daniela disculpándose de nuevo, no tardo ni dos segundos en mirar el mensaje que acabo de recibir. Lo que sea por dejar de pensar en…
Silvi
OMG, tu chico te echa tanto de menos que va por la vida como alma en pena.
¿En serio, Silvi? ¿Tú también?
La siguiente media hora, consigo esquivar a mis amigos. Atiendo a clientes, me entretengo con llamadas que no son urgentes y seco vasos y tazas. Pero, cuando la actividad de la cafetería desciende, las excusas se diluyen y no me queda más remedio que acercarme.
—Tengo mucho trabajo —suelto nada más llegar.
Toni alza una ceja desde el sillón orejero y hace un barrido visual de las mesas ocupadas. Tres, contando la suya. Cata, sentada en el Chester frente a él, frunce el ceño. Y Gin, a su lado, juguetea con las manos y me regala una sonrisa triste.
—Por suerte para ti, tenemos tiempo. —Con un ligero movimiento de barbilla, Toni señala los dos portátiles abiertos sobre la mesa baja—. Te-le-tra-ba-jo. —Y sí, acaba de decírmelo como si fuera lerda y no entendiera el concepto. Traducción simultánea: que no piensan moverse hasta que hablemos.
—¿Y tú? —Miro a Gin, que alza un solo hombro.
—Me he pedido el día para conducir más de cien kilómetros y que pases de mí. —Inclina ligeramente la cabeza y hace un mohín.
—Diez minutos. —Cojo una silla de la mesa contigua y me siento—. Y si alguien menciona su nombre, me voy.
—¿No vamos a hablar del príncipe azul? —Cata recibe un codazo de mi mejor amiga—. Pues vale.
Gin apoya la mano en mi rodilla.
—Lena, ya lo sabemos. Solo queríamos estar contigo.
¿Me relajo? Ni por un segundo. Cruzo brazos y piernas para formar una barrera imaginaria. Si mi actitud fuera una escena de película, sería Gandalf berreando «No pasarás».
—No era necesario que vinierais. —Finjo una sonrisa—. Estoy bien.
Toni esconde una carcajada burlona detrás de su taza, Cata pone los ojos en blanco y Gin resopla por la nariz.
Vamos, que no se lo tragan.
—Señoras, si queremos que Lena se abra, tendremos que hacerlo nosotros primero. —Toni se inclina hacia delante y baja la voz—. Empiezo yo: he conocido a alguien.
—¿A quién? —preguntamos las tres a coro.
—Quid pro quo. —Toni sonríe sin disimulo, orgulloso de haber picado nuestra curiosidad, y hace un gesto teatrero con la mano para indicarme que es mi turno.
Qué cabrito, solo hablará si suelto prenda. El problema es que no quiero abrir la caja de Pandora.
—No me permito pensar en lo que ha ocurrido —admito. Los cuellos de Gin y Cata se giran de golpe hacia mí—. Lo ignoro, sigo con mi vida y me va fenomenal.
—Lena, Lena, Lena… —Toni cierra los ojos y menea la cabeza de un lado a otro—.
Lo tuyo es muy fuerte. No te conformas con visitar Villa Negación, tú te compras una casita y vives allí la mitad del tiempo.
—Nuestras miradas se baten en duelo. La suya es afilada, como su lengua.
La mía, de asesina—. De acuerdo. —Alza ambas manos, con las palmas hacia arriba—.
Se llama Federico, quiere ser mi novio y estoy aterrorizado.
Ninguna de las tres parpadea. ¿Está hablando de tener pareja? ¿Toni? ¡Si él no conoce a chicos, se los tira y los olvida!
Mi amigo me señala con la barbilla y vocaliza: «Te toca». Yo niego con el dedo y él cede con un chasquido de lengua.
—Está bien, tú ganas. —Se reclina en el sillón y cruza las piernas en una actitud de lo más relajada—. Señoras, tendrán que echarme una mano y mojarse. ¿Quién empieza?
—He terminado con los hombres heterosexuales —se lanza Cata.
Nadie reacciona—. Lo digo en serio. No me compensa el tiempo que debería invertir para encontrar a un tipo que sepa gestionar sus emociones —levanta el dedo índice—, que sea feminista —ahora es el turno del dedo corazón— y que, además —alza el anular—, me elija a mí.
Casi puedo escuchar cómo mi escudo se resquebraja. La entiendo tanto que duele. Mis padres, mi hermano, el «donante de esperma», Álex. Ninguno me eligió a mí. Tomaron una decisión y me dejaron atrás, como si fuera el movimiento más sencillo.
—Tal vez debería probar en el otro bando. —Cata desvía la vista y le da un repaso a mi camarera.
Respiro hondo y me obligo a abrirme. Solo un poco.
—Puede que mi reacción de bloquearlo fuera impulsiva, pero es lo mejor. No puedo estar con alguien en quien no puedo confiar. Y menos, con una hija.
«Nunca entendí por qué no te contó lo del test», las palabras de Daniela se reproducen sin que pueda detenerlas. «Él quería todo contigo, Lena. El matrimonio, los hijos… Estaba preparado para dar ese paso».
Gin adivina que estoy a punto de venirme abajo; busca mi mano y la aprieta.
—Es normal que te sientas traicionada —interviene Cata—.
Además, tuvo una actitud de lo más paternalista y estúpida.
—Me trago un bufido y me mentalizo del tipo de frase que viene a continuación—: Pero todos hicimos alguna estupidez a los treinta, ¿no?
Yo me casé con un imbécil, por ejemplo, Gin se empeñó en que sus padres aceptaran a Daniela y Toni se dedicaba a los tríos.
—No me lo recuerdes. —Toni arruga la nariz—. Ser el artista invitado en una pareja da demasiado trabajo. Tienen tantas expectativas puestas en ti…
Mis labios se curvan hacia arriba. También los de Cata. Gin, en cambio, mantiene los suyos en una línea horizontal. Sabe que es su turno y, por su cara, diría que está asustada.
—Mecagoenlaputa. —Resopla—. Hay días que pienso que no hay forma de salvar la relación con Dani.
—Cata se tapa la boca con la mano y a Toni se le cae la sonrisa—.
La semana pasada, estuve hablando con una abogada.
Solo para informarme —matiza—. Y no es que haya dejado de quererla, es que no puedo seguir remando sola.
No sé si tiene sentido, pero cuanto más la quiero, menos me quiero a mí.
Se me corta la respiración.
—Tiene todo el sentido del mundo —musito—. A veces, el esfuerzo que inviertes en que una relación funcione es proporcional al amor propio que dejas en el proceso. —Joder, esto no va bien. La empatía es una trampa—. ¿Sabéis? De lo único que me alegro es de que esta vez no estoy enamorada.
Mis amigos permanecen un segundo quietos como estatuas. El primero que se ríe es Toni, después le sigue Cata, y, finalmente, Gin estalla en carcajadas.
—Que no está enamorada, dice. —Toni se seca una lágrima imaginaria—. Ay, por favor, es lo más gracioso que he oído nunca.
—No le veo la gracia.
—¿De verdad? —Cata inclina la cabeza—. ¿Otra vez con esa historia?
Tía, no has aprendido nada. —¿Me enfurruño?
Un poco. ¿Lo demuestro? Sí, murmurando por lo bajo que son unos cabrones—.
A veces, me desesperas. En serio. —Cata suelta un bufido cargado de hartazgo—.
Es muy simple. Cuando somos críos, nos enamoramos sin querer.
Conocemos a un idiota, la química actúa y ¡pum, enamorada!
Sin embargo, a nuestra edad, la historia cambia, porque ya nos hemos llevado varios chascos.
¿Me sigues? —No espera a que le diga que sí—.
Para abrirte a otra persona y sentir ese tipo de vínculo, tienes que querer hacerlo.
Tú eliges si dejas que ocurra o no. Lo más ridículo de todo esto es que tú ya has dejado que pase y ni siquiera te has dado cuenta.
—Protesto con un balbuceo y Cata alza una mano—.
Cuando hablas de la relación que tienes con Álex, nombras la amistad, la complicidad, la atracción, el cariño…
¿Tengo que seguir o te haces una idea? Has despedazado los ingredientes de una relación amorosa.
Y ya te lo dije cuando estabas en Italia, puede que tus sentimientos sean de menor intensidad, pero están ahí.
Decir que me ha dejado en el sitio es quedarse muy corta.
Como si fuera una paciente con amnesia, mi mente me muestra lo que no he querido ver.
Las videollamadas llenas de confidencias y risas.
Cómo me ha apoyado desde que Roger se fue.
El cosquilleo del primer abrazo, tras años sin vernos.
La certeza de haberlo echado de menos. El deseo que experimenté en el viaje, que parecía no saciarse.
Las ganas de dejarme llevar, cuando me confirmó que deseaba una relación.
—Qué bien hablas, Cata. —Toni hace un amago de aplauso—. Yo no habría podido explicarlo mejor.
Y yo no podría estar más jodida.
La campanilla de la cafetería suena cuando se abre la puerta. No me giro, estoy concentrada en mantener mis labios pegados. Si digo algo más, me romperé y no puedo permitírmelo.
—Lena, es para ti —grita Irene desde la barra.
Giro el cuello y veo aproximarse a un mensajero. Lleva entre los brazos un enorme ramo de… ¿tulipanes blancos?
—Deben de quererla mucho. —El buen señor sonríe mientras me tiende las flores, que recibo con manos temblorosas.
Pobre, soy incapaz de devolverle la sonrisa.
—Muchas gracias —se adelanta Toni, que se incorpora de un salto y busca la tarjeta—. No puede evitarlo —dice al leerla—. Los grandes gestos siempre le han sacado del problema.
Un calor desagradable se instala en mi pecho y asciende por el cuello hasta enrojecer mis orejas. Tal vez mis amigos tengan razón y esté algo confundida con mis sentimientos, pero eso no cambia tanto la película.
—Esta vez no va a ocurrir —espeto.