Me confundes con otro 47 La historia del elefante
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47 La historia del elefante

La historia del elefante

Álex

Tras la ruptura definitiva, tres años antes

Aún sueño con aquel día. A veces, logro cambiar el final. Otras, simplemente, observo la escena desde fuera y le grito a mi «otro yo» que no se dé por vencido. Lo que no cambia es la angustia al despertarme.

Recuerdo que aquella mañana hacía calor. O tal vez era yo, que tenía el cuerpo acostumbrado a la temperatura de Suiza. Llevaba la chaqueta colgada en el brazo, mis pies estaban anclados a la acera y la vista clavada en la cafetería que Lena había abierto en la ciudad donde había estudiado.

Tan solo debía recorrer diez metros y abrir la puerta, pero era incapaz.

La necesidad de contarle la verdad me había llevado hasta allí.

La ausencia de un plan para hacerlo y la certeza de que llegaba siete años tarde me mantenían en el sitio.

O como mínimo, tres meses, el tiempo que había transcurrido desde aquel audio que recibí de madrugada.

Fabrizio y yo estábamos repantigados en el sofá cuando mi móvil vibró encima de la mesa.

—¿Una ragazza? —quiso saber.

Alargué el brazo con pereza.

Eran las dos de la mañana y no tenía ganas de lidiar con la borrachera de nadie.

Lo único que me apetecía era pasar el fin de semana entre siestas y películas y que llegara el lunes cuanto antes para perderme en el trabajo.

Era la estrategia que me mantenía en pie desde la boda de Gin y Daniela: agotarme para no sentir y evadirme de la realidad.

Desbloqueé el teléfono y accedí al WhatsApp. Cuando vi su nombre en la pantalla, mi corazón adormecido comenzó a latir a toda velocidad.

—No es una ragazza, es «la» ragazza —atiné a decir con los dedos tembloroso—. Un audio.

Mi amigo, que no sé en qué momento había juntado su cabeza a la mía, me dio un fuerte palmetazo en la espalda.

—Dai! —me animó.

Pulsé el botón de reproducción.

Durante unos instantes, solo escuchamos el ruido de fondo: gente hablando a gritos, risas, Leiva cantando «Como si fueras a morir a mañana». Después, quedó amortiguado, como si se hubiera alejado de la fiesta.

Un suspiro.

—Estoy un pelín borracha. —Se rio—. Qué tontería, eso ya lo sabes. No habría desbloqueado tu número si no hubiera bebido.

Hizo una pausa, en la que me dio tiempo a recordar el breve lapso de tiempo que tuvo mi número desbloqueado, justo cuando su cafetería comenzaba a rodar. La imaginaba grabando ese audio sentada en algún portal, sola, frotándose la frente. Deseé teletransportarme para abrazarla.

—Hoy he pensado en ti —dijo con un hilillo de voz—.

Pienso en ti muchos días, pero hoy ha dolido más.

—El sonido de su respiración agitada se mezcló con la mía, a miles de kilómetros de distancia—.

La verdad es que me he cruzado con alguien que me ha recordado a la última vez que te vi. Con Roger, ¿te acuerdas de él?

Un escalofrío me recorrió la columna. Claro que lo recordaba, todavía tenía pesadillas con aquel beso en el hombro.

—Me ha invitado a cenar y le he dicho que sí.

Algo que debería haberme alegrado, ¿no? Él parece un buen chico y yo estoy soltera.

Pero no…, me he puesto triste. Como si supiera que estoy poniendo fin a una etapa, ¿sabes?

Como si, por fin, pudiera decir que te estoy olvidando.

—Un chasquido de lengua—. Mierda, ¿por qué estoy enviando esto?

El audio se cortó.

—Dai! Dai! Dai! —Fabrizio movió los brazos realizando tantos gestos que no sé cómo no se dislocó algún hueso—. Álex, siempre será tarde si te das por vencido antes de empezar.

El nudo en la garganta me impedía hablar, así que tecleé un mensaje.

No he podido olvidarte.

Fabrizio me arreó un capón para que fuera más concreto, más romántico o vete a saber qué. Sin embargo, su entusiasmo cedió en cuanto vimos que el mensaje no llegaba a su destino.

Había vuelto a bloquearme.

—Cazzo! —Soltó un resoplido que terminó convirtiéndose en un suspiro silencioso. El temblor de mis dedos se propagó a las manos y el móvil cayó al suelo. Fabrizio lo recogió y, con un tono de voz mucho más sosegado, me dijo—: Eh, no significa nada, solo estás nervioso.

—Por supuesto.

Era lo mismo que yo me repetía cada vez que los temblores aparecían, que no eran un signo de la enfermedad de mi madre, sino el estrés o la puñetera ansiedad, pero no lograba calmar el miedo helado que solía instalarse en mi pecho.

—Amico… —Levanté la vista y le supliqué que no terminara la frase—. Estás bien, ¿sí? Lo que tienes está en tu cabeza.

Qué fácil era decirlo. Él no entendía la bomba de relojería que llevaba siempre conmigo. Los síntomas cuadraban y tenía un cincuenta por ciento de posibilidades.

Poco se habla de los traumas de los familiares del enfermo —mucho más si la enfermedad es hereditaria—.

El miedo a revivir la experiencia al otro lado.

La angustia de convertirte en aquel que perdiste.

La culpa anticipada por aquellos que deberían cuidarte.

El terror a pasarle la enfermedad a tus hijos.

La tristeza de renunciar a la vida que soñabas.

Y, sobre todo, lo rápido que asumes que estar contigo significa una condena a largo plazo.

Regresé al presente y mis ojos se deslizaron por la fachada del local.

El cartel con el nombre de la cafetería, Somos Instantes, tenía un aire vintage y sus grandes ventanales dejaban ver lo que ocurría en su interior.

Las mesas llenas, las estanterías repletas de libros, los camareros yendo de aquí para allá… Y Lena luciendo una sonrisa preciosa.

Sentí orgullo. También urgencia.

Di un paso hacia la puerta y vi cómo ella hacía lo mismo. Su gesto era tenso y, por un momento, creí que se debía a que me había localizado.

—¡Ahora vengo! —gritó y salió corriendo.

Como un acosador, la seguí hasta la farmacia más cercana y esperé a que saliera.

No sé qué imaginaba que sucedería, pero no que se quedara petrificada, en la misma puerta, cuando me reconoció.

Tampoco que, del susto, se le escurriera la pequeña bolsa que tenía entre las manos, logrando que su contenido rodara por el suelo.

Lena se agachó y yo me acerqué a ayudarla, sin retirar mis ojos de los suyos, que permanecían muy abiertos.

—Hola, chica maja.

—¿Qué… qué haces aquí? —Su mano atrapó una caja de la acera y yo palpé el suelo hasta alcanzar otra. Ambos nos incorporamos y nos desplazamos un par de metros para no interrumpir el paso.

—He venido por trabajo —mentí—. Y ya que estaba aquí, he querido pasarme a verte. Estaba a punto de entrar a tu cafetería y…

—Típico. —Soltó una risita histérica—. Y tenía que ser hoy, ¿verdad?

No me dio tiempo a inventarme una salida ingeniosa, simplemente, le devolví el envase que había recogido del suelo.

Sus ojos se clavaron en él. Los míos también lo hicieron.

Era un test de embarazo, y entre sus manos llevaba otros dos.

La vida, en ocasiones, se ríe en nuestra cara. O, tal vez, lo que ocurre es que, más tarde o más temprano, recibimos nuestro merecido.

«¿Alguna vez has pensado que todo lo que creías de ti mismo era una mentira?

», la pregunta que Lena me había hecho en aquel botellón me había perseguido la última semana, el mismo tiempo que llevaba en el bolsillo el resultado de los análisis.

La respuesta era obvia: sí. Y lo peor eran las decisiones que había tomado basándome en una creencia errónea.

No, rectifico: lo peor era saber que el miedo me había llevado hasta ese punto.

Esa emoción que estaba diseñada para protegerme de los peligros había sido la culpable de que me bloqueara y aislara.

Y así, sin más, me había convertido en el personaje de un cuento con moraleja.

Como aquel elefante del circo que criaban atado a una cadena para que aprendiera que sus esfuerzos por liberarse eran inútiles.

Solo cuando el pobre animal dejaba de luchar, el domador sustituía la cadena por una cuerda, consciente de que nunca intentaría romperla.

Yo había actuado igual que un elefante atado a una jodida cuerda.

Había dado por hecho que estaba enfermo (cuando no era así) y había alejado a Lena para que no tuviera que sufrir lo mismo que yo con mi madre.

Había renunciado a la vida que deseaba para que la persona que más quería tuviera lo que soñaba y, al final, resultaba que podía haberlo tenido todo conmigo.

Sin duda, era el rey de los gilipollas.

—¿Estás seguro? —Lena sujetaba las tres cajitas de cartón y me estudiaba desde el otro lado de la mesa.

Después de ver lo asustada que estaba, me había ofrecido a acompañarla durante el proceso. Porque querer es cuidar, ¿no? Es estar ahí cuando el otro te necesita y sostener su mano para decirle que todo saldrá bien.

—¿Y tú? —le devolví—. ¿No prefieres hacerlo con… otra persona? —Sus ojos aterrados respondieron por ella y yo sonreí para tranquilizarla—. ¿Necesitas ayuda?

—¿Para mear en tres palitos o para criar a un bebé?

Tuve que hacer un gran esfuerzo para forzar una carcajada. Lena sonrió.

—Ve, anda. No lo retrases más.

Esperé hasta que regresó. Dejó las tres pruebas de embarazo, cada una de una marca diferente, sobre la mesa.

—Hay que esperar tres minutos. —Se hundió en la silla y suspiró—. Por favor, cuéntame algo para distraerme.

Me revolví el pelo, intentando ganar un poco de tiempo, y opté por la vía más cobarde, aquella que no me exponía a mí, sino a ella.

—¿Le quieres? —pregunté, y me odié por hacerlo. Lena no tenía por qué darme explicaciones.

Ella ladeó la cabeza y entrecerró los ojos, como si estuviera sopesando qué información darme.

—¿A Roger? Aún es pronto, pero creo que… podría llegar a quererlo. —Cerré los ojos con fuerza para que no leyera en ellos el daño que me había hecho—. ¿Y tú? ¿Tienes a alguien especial en tu vida?

No respondí. Solo la miré, con la esperanza de que esta vez sí leyera en mis ojos lo que no me atrevía a decirle.

Ella desvió la mirada.

Durante unos instantes, el sonido de la cafetería rellenó nuestro silencio. Eché un vistazo alrededor. Ni de lejos tenía el encanto de su local.

—La tuya es más bonita —solté.

—Lo es. —La sonrisa regresó a su rostro—. ¿Sabes? A veces, me gustaría haberme atrevido a hacerlo antes. Perdí tanto tiempo trabajando en algo que no me gustaba. Estaba convencida de que no tenía más opciones.

Era imposible que fuera consciente de cuánto la entendía. Si me hubiera atrevido a hacerme la maldita prueba antes, la situación entre nosotros sería muy distinta.

Alargué el brazo, cogí su mano y le di un apretoncito.

—No te he preguntado por Lisboa.

—Ha engordado, pero es feliz. —Lena desbloqueó su móvil y lo giró para que viera una foto del que había sido nuestro gato.

Sonreí con tristeza. Lo echaba casi tanto de menos como a su dueña. Lena bajó la vista y sus ojos se deslizaron de nuestras manos unidas al test que rozaba mi brazo.

—Positivo —susurró, y su mirada voló hacia los otros dos—. Son todos positivos, Álex. —Fue como recibir un puñetazo en pleno estómago. Peor. Sentí que la sangre se me congelaba, que mi corazón se partía y que un agujero negro absorbía mi alma—. Estoy… estoy embarazada.

Obviamente, no me atreví a iniciar la conversación por la que había viajado hasta allí. Lena tenía que decidir qué iba a hacer; y con quien debía hablar no era conmigo, sino con el padre biológico de la criatura.

—¿Desbloquearás mi contacto para contarme qué has decidido?

—le pregunté al cruzar la puerta de la cafetería, antes de que nuestros caminos se separaran.

Lena, a mi lado, se limitó a hacer un movimiento imperceptible de cabeza.

«No»—. Por supuesto —murmuré—. Supongo que eso significa que no podemos ser amigos, ¿no? —probé a la desesperada.

Otra triste negativa.

Asentí, besé su frente y susurré un adiós que creí que sería el definitivo.

Como he dicho al principio, aún sueño con aquel día. A veces, logro cambiar el final. Dejo de lado la moralidad y le cuento la historia del elefante. Otras, simplemente, revivo cómo renuncio a Lena y me desespero. Lo que no cambia es la angustia al despertarme.