46 Fin de ciclo
Fin de ciclo
Álex
La radio de Luigi suena al otro lado de la pared.
«Hoy es jueves, son las seis de la mañana y la temperatura exterior es de siete grados», dice una voz masculina en francés.
Durante un par de segundos —los que tardo en espabilarme—, miro a mi alrededor y me siento cómodo.
El escritorio con el portátil frente a la ventana, la estantería medio vacía cerca de la puerta y el retrato de mi familia sobre la minúscula mesita de noche.
Estoy en Ginebra, en la habitación que tengo alquilada en el piso compartido, y es un día cualquiera.
Me levantaré, me daré una ducha y tomaré un café antes de ir al trabajo, donde pasaré las siguientes doce horas y, después, le haré una videollamada a Lena.
Me quedo sin aire.
«Ni se te ocurra volver».
Increíble. No llevo despierto ni dos minutos y ya quiero ahogarme con mi propia almohada.
Lo peor es que me he despertado de la misma forma cada día de la última semana, atrapado en mi propia versión del día de la marmota.
Primero aparece el shock y las emociones me sobrepasan, después llegan los lamentos («¿cómo ha podido pasar?
») y, al final, mi mente me tortura con las voces de mi prima, mi hermano y mi amigo.
Daniela me reprende por no ser sincero, Sergio me explica que he actuado desde el miedo y Fabrizio me insulta, diciéndome que soy el rey de los imbéciles.
Me refroto la cara con las manos y me recuerdo que hoy es un día importante.
Muy importante.
—¿Mauro está reunido? —pregunto al atravesar la puerta de la pequeña habitación que precede a su despacho.
Silvi, sentada con las piernas cruzadas en el puesto vacío de la secretaria, se encoge de hombros con una mueca de fastidio.
Pobrecilla. Mauro la convenció para que pasara el resto de sus vacaciones aquí y todas las tardes la encuentro con la misma expresión aburrida, esperando a que él decida que su horario ha terminado.
—¿Cómo estás? —me intereso.
Ella sonríe con tristeza, como si fuera incapaz de expresar lo que siente.
Me acerco a la mesa y apoyo las palmas sobre la superficie.
—Voy a meterme donde no me llaman —le advierto en voz baja—, pero…
—Estoy siendo una tonta, ¿sí?
Niego con la cabeza, despacio.
—Mauro está siendo un idiota, no tú. —Mi respuesta le gusta, lo sé porque ahora me observa con verdadero interés—. Te mereces más, Silvi.
La rubia hace un mohín.
—¿Sabes? Pensaba que esta vez sería diferente.
La entiendo tanto que le doy el mismo consejo que estoy a punto de aplicarme:
—No es el momento de autocompadecerte, sino de tomar decisiones. —Retrocedo un paso, después otro y le guiño el ojo antes de dirigirme hacia la puerta de mi jefe, donde toco tres veces con energía. Silvi sonríe, adivinando lo que voy a hacer—. Mauro, ¿puedo hablar contigo un momentito?
—Avanti —gruñe al otro lado de la puerta.
Entro a su despacho. El italiano desvía la vista del ordenador y me hace un gesto con la mano para que me acerque.
—Dai —me anima.
Me siento frente a él, tomo una bocanada de aire y lo suelto a bocajarro:
—Me marcho.
Mauro mira al techo y gesticula con ambas manos, como si yo fuera tan imbécil como para hacerle perder el tiempo con despedidas tontas.
—Ciao. —Gira la silla hacia su pantalla. Al ver que no me muevo, bufa con hastío—. Che cosa vuoi?
A pesar de que me siento igual que un edificio en ruinas, contengo una sonrisa. He visualizado esta escena demasiadas veces como para no disfrutarla.
—Mauro, me voy de la empresa.
Él rebuzna, como buen asno, sin apartar la vista del ordenador.
—Offerta finale —replica entre dientes, haciendo referencia a que no piensa subirme más el sueldo. Me recreo en su mandíbula apretada, en sus cejas fruncidas y en la tensión de su cuello. ¿Está mal que esto me divierta un poco?
—No me marcho por dinero.
Me mira de reojo y alza una ceja.
—È per il bambino?
Si este hombre se hubiera portado mejor conmigo, le confesaría que Lena no está embarazada, que hace mucho que no soy feliz aquí y que quiero disfrutar de la vida, pero como no es el caso, no malgasto mi tiempo.
—Mauro, solo quería avisarte. Mi ciclo en Suiza ha terminado. —Me incorporo—. Ve buscando a alguien que me sustituya.
—Hablemos —dice en un español perfecto.
Curvo mis labios hacia arriba en una sonrisa educada y paladeo cada palabra que sale de mi boca:
—Nada de lo que digas podría hacerme cambiar de opinión.
Me tumbo en la cama, con el móvil entre las manos, y procuro distraerme del hecho de que hoy sigue siendo jueves y de que no he hablado con Lena.
Sin embargo, lo que hago es revisar nuestras fotos del viaje y torturarme.
Después, echo un vistazo a la cuenta de Instagram de su cafetería y me torturo un poco más.
Y, cuando ya estoy tocado y hundido, aún saco tiempo para releer nuestras últimas conversaciones en WhatsApp.
¿Es cosa mía o la tecnología es lo peor para sobrellevar el duelo?
Recibo un mensaje.
Fabrizio
¡Viva el spagnolo!
Ma no te perdono, eh.
¡Has dejado a Mauro mientras estoy de viaje!
Sonrío y le respondo a mi amigo que ya se lo compensaré con un relato minucioso. Acto seguido, dejo el teléfono sobre la mesilla de noche y observo la foto de mi familia. Los tres hermanos rodeamos a mamá, sonrientes.
Por aquella época, solíamos reírnos de su torpeza.
A veces, se le caían objetos que sostenía entre las manos o se tropezaba con algún escalón.
Ella nos seguía el juego y nos respondía que ya llegaríamos a su edad.
Más tarde, aparecieron los calambres, a los que tampoco dimos importancia.
Pero todo cambió aquel día en que comenzó a hablar raro.
Recuerdo que, cuando mis padres nos dieron la noticia, Beatriz preguntó si nos ocurriría lo mismo. Mi madre nos aseguró que estábamos a salvo, que su médico le había explicado que el origen de su enfermedad era desconocido, no hereditario.
Después, murió. Y el que empezó a tener temblores, calambres y problemas al hablar fui yo.
Me diagnosticaron ansiedad.
Diez años después, mi hermano se realizó aquel test que salió positivo y la pesadilla que habíamos dejado atrás volvió a nuestras vidas. La enfermedad de mi madre era genética, Sergio la había heredado y Beatriz y yo teníamos el cincuenta por ciento de posibilidades de estar en la misma situación.
Mi hermana, siempre tan valiente, decidió hacerse la prueba. Negativo. Yo, sin embargo, fui incapaz. Preferí seguir en la ignorancia antes de que un resultado condicionara mi vida.
Lo que es de lo más irónico porque fue exactamente lo que pasó. Mientras yo trataba de encontrar la manera de contárselo a Lena, ella me propuso que fuéramos padres. Y llegó el bloqueo.
Suficiente por hoy.
Dejo el teléfono en la mesilla de noche y apago la luz, pero la pantalla se ilumina con un nuevo mensaje.
Toni
Chico, tu plan es un asco. ¿Qué quieres, cabrearla?
Una parte de mí sabe que tiene razón, que es actuar a la desesperada, pero luego hay otra que se niega a rendirse sin luchar. Ya renuncié a Lena hace tres años. Esta vez voy a pelear para ganarme la oportunidad de explicarme.