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45 Cuando llega la tranquilidad

Cuando llega la tranquilidad

El silencio es absoluto. Paula está encogida sobre sí misma en la cama del hospital, con el dedo gordo metido en la boca, y duerme como una bendita.

Casi me dan ganas de despertarla con mil besos.

Por desgracia, ese impulso activa el recuerdo de Roger, quien me dijo algo parecido la mañana siguiente de nuestro reencuentro.

«Siempre te despertaré con besos, Lena».

Qué ingenua fui y qué ojo tengo para los hombres.

Estaba convencida de que por fin había encontrado a alguien capaz de borrar el fantasma de Álex.

Todo eran palabras bonitas: «eres la mujer de mi vida», «formaremos una familia», «seremos felices».

Hasta que Paula nació y la realidad se impuso sobre la fantasía.

Roger no estaba preparado para asumir la responsabilidad.

Al menos, eso decía la nota que dejó el día que se fue de casa a escondidas.

La pantalla de mi móvil se ilumina y me devuelve a la habitación. Tengo un mensaje de Álex, una canción. «Justo cuando el mundo apriete», de Viva Suecia. No es necesario que la reproduzca para saber lo que quiere decirme, que puedo contar con él.

Recibo otro mensaje.

Álex

Espero que estés dormida, pero si estás despierta, puedes llamarme (si te apetece).

Me remuevo en el asiento, muy consciente de que me he portado como una bruja con él.

Álex

De todas formas, mañana estaré ahí a primera hora para despedirme. Mi vuelo sale a las 19:00.

Guárdame unas cuantas miradas de psicópata, un par de bufidos y alguna de esas frases que me dejan en el sitio.

Mis labios se curvan en una sonrisa, la primera del día. No sé cómo lo hace, pero incluso cuando quiero mantenerlo lejos, consigue romper los escudos con los que intento protegerme.

Álex cumple su palabra y llega a las ocho. La palidez con la que atraviesa la puerta desaparece cuando mi hija alza los brazos, reclamando un achuchón. ¿Se me cae la baba al verlos? Sí.

—¿Has dormido algo? —pregunta desde el otro lado de la cama mientras Paula sigue riéndose.

Quiero decirle que he dormido lo suficiente como para darme cuenta de que lo traté fatal, pero la vergüenza me puede.

—Un poco —respondo.

Él sonríe, como si adivinara lo que me callo. No pide explicaciones ni exige un perdón, solo sonríe.

Pasamos el resto de la mañana jugando con Paula, hasta que, a las doce, le dan el alta. Entonces, los tres cogemos un taxi y nos vamos a casa.

—¡Tito! —Paula se lleva las manos a la cara cuando abro la puerta y el gato se asoma.

Sus grandes ojos verdes analizan las posibles rutas de escape mientras se estira.

Después, se restriega contra las piernas de mi hija y avanza con sigilo hacia la planta de plástico del rellano.

Está obsesionado con ella—. ¡Mamá, Tito! —insiste, señalándolo con el dedo.

—Ya voy… —Me agacho, lo cojo y lo mezo entre mis brazos—. Venga, todos para dentro.

Paula desfila sin rechistar. Álex, en cambio, se queda congelado en el umbral, con los ojos clavados en nuestro gato.

—Hola, tú —susurra con la voz áspera—. ¿Sabes quién soy?

Lisboa maúlla como un bebé. Él se acerca y le acaricia la cabeza negra. Y yo no sé si es porque me emociona o porque siento que estamos a salvo, pero mis ojos se humedecen y me permito llorar. No lo he hecho desde que entré al hospital.

Álex me envuelve en un abrazo. Lisboa ronronea.

—Es culpa mía —digo contra su jersey—. Si hubiera estado aquí…

—No es culpa de nadie —me interrumpe—. Y todo está bien. —Aun así, lloro un poco más y él no me suelta. Solo Lisboa se revuelve—. Oye, ¿por qué Paula lo llama Tito?

—De gatito.

Su risa contagia la mía.

—Son las cinco y media. Es hora de irse. —Álex, sentado en mi sofá, se incorpora, se peina con los dedos y hace una mueca tristona.

Imito su mohín. Qué rápido ha pasado el tiempo. ¿De verdad tenemos que despedirnos?

—Te acompaño a la puerta. —Me levanto, con cuidado de no despertar a Paula. Hasta hace escasos minutos, los tres estábamos dormidos, enredados en un lío de piernas y brazos.

Cruzo el salón arrastrando los pies. Él me sigue y caza al vuelo mi mano, entrelazando nuestros dedos.

Llegamos a la entrada. Álex me mira con tanta intensidad que agacho la cabeza y observo mis pantuflas.

—Tenemos un par de conversaciones pendientes —dice bajito.

Alzo la mirada.

—Ya habrá tiempo.

Él realiza un leve gesto de asentimiento. Mira mis labios.

—Volveré pronto —promete.

Suelto su mano y le rodeo el cuello con mis brazos. Álex clava sus manos en mi cintura. Le doy un beso. Luego otro. Le debo un millón de ellos.

—Más te vale. —Le lanzo una mirada de advertencia que le arranca una carcajada.

Nos despedimos entre susurros, con planes a medio hacer y un beso rápido en los labios que nos sabe a poco a los dos.

Sin embargo, cuatro horas después, no quiero volver a saber nada de él.

—¿Qué tal la peque? —se interesa Daniela, al otro lado del teléfono.

—Acabo de meterla en la cama. Está muy blandita, pero bien. —Activo el «manos libres» y recojo el vestido azul del suelo. Mi dormitorio es un caos de ropa después de deshacer la maleta.

—¿Y qué tal tú? ¿Cómo has llevado este tsunami?

Me siento en el borde de la cama y suelto un resoplido interminable, que corto en cuanto recibo la notificación de un mensaje.

Confío en que Daniela no se moleste por hacerla esperar, pero voy a echar un vistacito.

Álex y yo llevamos media hora mandándonos mensajes como dos adolescentes.

Es demasiado divertido como para dejarlo pasar.

Álex

Acabo de llegar a casa. ¡Me voy directo a la ducha!

Me muerdo el labio inferior. Es una información de lo más interesante.

¡Manda foto!

—Demasiadas emociones, ¿no?

—Demasiadas —confirmo. Igualito que si hubiera hecho un tour por la película Del revés: miedo, ira, alegría, tristeza… Solo me ha faltado asco.

Uy, he recibido una foto.

La abro y me encuentro con la imagen de una mano bajo el chorro de la ducha. Qué graciosillo.

—No te fustigues —me aconseja Daniela—, que también venías tocada. —El ruido que sale de mi garganta le deja claro que no tengo ni idea de qué habla—. Me refiero a lo que te contó Álex —matiza.

—Aaah, sí, sí.

Idiota. No me refería a ese tipo de foto.

—Sobre la enfermedad genética y el test —añade.

—La verdad es que me impactó muchísimo.

Daniela guarda silencio unos segundos.

—Pensaba que te lo tomarías peor. Me alegro de que no haya sido así.

Mi primera reacción es preguntarle de qué me está hablando, pero esa parte de mí que sospechaba que no podía ser tan bonito me obliga a detenerme.

—Supongo que ha pasado mucho tiempo de aquello —respondo con cautela.

—Unos diez años, ¿no?

Al escuchar su comentario, recupero el recuerdo de la conversación interrumpida en el mirador del Monte Solaro y me envaro. Trago saliva con dificultad.

—Al principio me costó entenderlo —digo, con menos confianza de la que me gustaría.

—Es normal. —Daniela hace una respiración profunda y, cuando creo que no voy a sacarle más información, suelta—: Habría sido más fácil si Álex te hubiera contado por lo que estaba pasando en lugar de romper contigo.

Ignoro quién toma el control de mi cuerpo —tal vez una versión de mí misma mucho más fría—, pero sigo tirando del hilo, hasta que Daniela me cuenta lo que Álex me ha ocultado durante diez años.

Las piezas de la historia que no terminaban de encajar se ensamblan a la misma velocidad que se rompen los planes y la confianza.

¿Te acuerdas que he dicho que solo me faltaba por sentir asco? Pues aquí está.

—Qué hijo de puta —murmuro, antes de colgar.

No suelto el móvil, busco el chat de Álex y escribo:

Ni se te ocurra volver.

Y bloqueo su contacto.