44 En el maldito hospital
En el maldito hospital
Álex
Me acomodo en el sofá de polipiel y mantengo la vista fija en Lena y Paula, que duermen abrazadas.
Hace apenas unas horas creía que era imposible que pudiera aguantar más de dos minutos dentro de este edificio.
El olor —esa horrible mezcla de lejía y desinfectante— me ha golpeado de lleno al cruzar las puertas del hospital, trasladándome a la peor noche de mi vida.
Después ha llegado el temblor de piernas y manos…
Y, finalmente, la falta de aire y la parálisis, igual que en esa pesadilla, donde quien ocupa la cama del enfermo somos Sergio, Beatriz… o yo.
No exagero si digo que llegar a la habitación de Paula ha sido una odisea. Y, una vez aquí, estaba dispuesto a dejar la maleta de Lena y despedirme, hasta que he visto esos ojitos asomándose por encima del hombro de su madre.
—¿Ale?
Solo ha necesitado una palabra para embelesarme. Solo una. Y el instinto de protegerla, el mismo que me nace al ver a Lena, se ha activado y ha hecho desaparecer las ganas de huir.
Lena suelta un ronquido suave y Paula responde con un resoplido.
—Ey —Uli, desde el umbral, me saluda con la mano.
Desvío la vista un segundo, le sonrío y vocalizo un «hola» silencioso. El pobre está agotado. Después de pasar la noche sin dormir, lleva toda la mañana yendo y viniendo del hospital y, aun así, su sonrisa perenne sigue ahí.
—Álex, vete —me dice por lo bajo mientras se señala el pecho con el dedo, en un gesto que traduzco como un «yo me ocupo, tranquilo».
—Estoy bien —miento, pero tardo dos segundos en aceptar su ofrecimiento e incorporarme. Solo hay un sofá y no pienso dejar que se quede de pie—. Avísame si hay alguna novedad, ¿vale? No tardo, voy a hacer una llamada al trabajo.
En realidad, voy a por un café. Paso de Mauro y de sus tropecientos mensajes. En todos estos años no le he pedido ni un solo día libre para asuntos personales, ni uno, y, en lugar de respetarlo, el italiano se ha dedicado a bombardear mi teléfono con preguntas absurdas.
No he respondido a ninguna.
El trayecto hacia la salida me resulta igual de agobiante que el de esta mañana. Solo cuando traspaso las puertas de cristal y pongo un pie en el exterior, me doy cuenta del esfuerzo que estoy haciendo. Mis músculos se relajan, el nudo del pecho se afloja y mis pulmones se llenan de aire puro.
También noto el cansancio por no dormir, el viaje, la tensión y las tres horas de hospital. Pero ni me planteo no volver a entrar a este maldito edificio.
Cierro los ojos y alzo la cabeza hacia el sol.
—¿Álex? —¿Esa es la voz de mi prima? Me giro. Su cara de sorpresa compite con la mía—. ¿Estás con Lena? Pensaba que habías vuelto a Suiza.
Una chica cruza por el espacio que hay entre nosotros. La esquivamos y nos encontramos a mitad de camino.
—No podía dejarla sola —respondo. Daniela me regala una tibia sonrisa, como si por fin hubiera hecho algo bien. Y menos mal, porque ahora no soportaría otra bronca—. ¿Has venido sola? —Por el gesto que me devuelve, entiendo que sí—. ¿Te apetece un café?
Mi prima acepta y terminamos en un bar fuera del recinto del hospital, donde los gritos de los clientes se mezclan con los sonidos de la máquina tragaperras.
—¿Lena está más tranquila? —Daniela da un sorbito a su café y me mira por encima de la taza.
—La verdad es que, desde anoche, no está muy comunicativa conmigo.
—Mis ojos se clavan en la superficie metálica de la mesa.
Me froto la nuca. Decirlo en voz alta pesa; le da forma a la distancia que se ha creado entre nosotros.
Entiendo que el miedo y la culpa la bloqueen, pero entenderlo no implica que duela menos.
—Desde anoche… —repite mi prima. Alzo la vista y ella enarca una ceja—. Entonces hablaste con ella.
Joder, joder, joder.
Mentiría si dijera que se me ha olvidado que tengo una conversación pendiente con Lena. Y también mentiría si afirmara que lo he tenido presente en las últimas horas. Trago saliva, respiro hondo y me preparo para enfrentarme a las consecuencias de mis actos. Daniela me va a despellejar vivo.
—Le conté que es una enfermedad genética y que Sergio se había hecho el test, pero no…
Mi teléfono suena encima de la mesa. Es Uli. Descuelgo de inmediato.
—Álex, la doctora está de camino.
—Voy para allá.
Soportar la presencia de la doctora supone un nuevo esfuerzo. Si hay algo que odio más que estar en un hospital es tener delante a un médico.
Pero me aguanto.
La doctora Garrido nos informa de que Paula mejora, aunque prefiere dejarla ingresada una noche más. Daniela le hace preguntas, usando un vocabulario ininteligible, y después nos resume la conversación diciendo que todo va bien.
—Por cierto, hemos intentado localizar al padre —comenta la doctora antes de abandonar la habitación—. El teléfono de contacto que figura en la ficha ya no está operativo.
Lena finge una sonrisa educada.
—Mami va a salir un momentito —le dice a la peque, que se aferra a su jersey—. Si no me sueltas, me haré pipí encima —susurra con los ojos muy abiertos.
—Pipí —repite Paula mientras se ríe.
Lena se incorpora y contiene un suspiro hastiado. Atraviesa la estancia con la intención de hablar con la doctora Garrido en privado. Odia dar explicaciones sobre el padre ausente. Unas explicaciones que, además, no debería ser ella quien las diera.
—¿Quién quiere jugar al escondite? —Uli levanta el brazo y Paula lo imita.
Daniela me mira de reojo.
—Dale su espacio —dice entre dientes, como si hubiera adivinado lo que estoy a punto de hacer.
Uli se tapa la cara con ambas manos.
—¡Cuento hasta diez! Uno…, dos…
En el «tres» ya estoy en el pasillo.
Lena tiene la espalda contra la pared. Sus ojos están acuosos. Acaricio su nuca, tal y como hacía antes para calmarla. Ella no retrocede, pero evita que nuestras miradas se crucen.
—¿Has pensado en contratar a un abogado para eliminar sus derechos? Si no lo solucionas, podrías tener un problema en el futuro.
La mirada que me devuelve es feroz.
—Métete en tus asuntos —sisea.
Lo que duele no es la frase, sino lo que leo entre líneas. No tengo derecho a opinar porque no soy nada, le molesta mi presencia, no me quiere aquí.
Y me lo trago. Entero. Es lo mínimo que puedo hacer después de lo que hice.