43 La culpa
La culpa
Echo un vistazo rápido por la ventanilla del taxi. Joder, no llegamos nunca.
—Ya casi estamos —dice Álex, a mi lado, en ese tono dulce y pausado que lleva usando desde que recibí la noticia. No lo miro, tampoco respondo, me limito a bajar la cabeza y vigilar la pantalla del teléfono.
El estómago se me revuelve al pensar en esos ocho mensajes que me envió mi sobrino antes de que se atreviera a llamar. Ocho. No escuché el sonido de mi móvil ni una malita vez. La sesión de sexo me había dejado tan exhausta que dormía profundamente.
Siento la mano de Álex en mi pelo y me tenso.
—Paula tiene que verte bien, si no, se asustará. —No espera a tener permiso, tira de la goma de mi muñeca, me peina con los dedos y me hace una coleta.
Es un gesto tierno, pero me molesta. Igual que su presencia. Me recuerda lo egoísta que he sido.
¿En qué momento pensé que merecía tomarme un descanso? Cuando eres madre, no tienes derecho a desconectar, es algo inherente al cargo.
El taxi se detiene en un semáforo en rojo y el traqueteo de mi pierna aumenta de velocidad. ¿Cuánto falta? No reconozco la calle en la que estamos.
—El hospital está en la siguiente manzana —me informa Álex.
Odio que me lea con esa facilidad.
Él hace una respiración profunda, tirando de paciencia. Yo también cojo aire, necesito tranquilizarme. Cuando entre en la habitación de Paula, no puedo ser el manojo de nervios que soy ahora, debo transmitirle serenidad, protección, amor. Porque sus sentimientos son los que importan, no los míos.
Imaginar cómo estará Paula me atormenta.
Uli no ha dejado de decirme que se encuentra bien, que no es para tanto, pero mi cabeza la visualiza pálida, sudorosa, con sus cejas formando una uve invertida, como cada vez que se siente frustrada.
Necesito borrarle esa expresión con un beso, decirle que mamá ya está con ella y que no pienso separarme de su lado nunca más.
Necesito llegar ya, joder.
Tardamos en recorrer la puñetera manzana una eternidad. Un coche se detiene de golpe, otro pita y yo me cago en los muertos de todos.
—Tranquila, Lena. —Álex deja su mano sobre mi pierna al ver que la mía está en el tirador de la puerta, preparada para abrirla. Solo quedan unos metros.
—Yo me encargo —escucho antes de saltar del taxi y correr hacia la entrada del hospital.
No detengo mi carrera al cruzar las puertas, solo la reduzco. Atravieso pasillos interminables y subo los cuatro pisos a pie hasta la planta de Pediatría, donde trato de localizar la habitación de mi hija.
Tengo que luchar por ignorar el trasiego de las enfermeras y la luz antinatural que envuelve este ambiente. Voy a ver a mi hija, eso es lo que importa.
Llego a la puerta y doy un par de suaves toques. Al otro lado, mi sobrino pregunta con mucho teatro:
—¿Quién será?
Respiro hondo, ajusto mi coleta y controlo el nudo en la garganta. No puedo llorar. No debo llorar. Me pinto en la cara una amplia sonrisa y entro.
Paula está tumbadita en la cama, tapada hasta la barbilla. Sus ojos legañosos se abren de par en par.
—Mami —susurra.
Mi corazón se alborota igual que si cientos de gorriones se echaran a volar al mismo tiempo. «Mami», cuánto amor encierra esta palabra y qué poco la valoramos.
—Hola, peque. —Con un par de zancadas, elimino la distancia que nos separa y beso su frente, que está caliente. Ella alza sus brazos y se cuelga de mi cuello.
—Mami —repite, como si no terminara de creerse que estoy aquí. Y yo tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para evitar el llanto.
—Te he echado muuucho de menos. —Inspiro su olor y la beso. La beso mucho. Ella se ríe—. ¿Y tú a mí?
—Zi.
Paula me abraza con fuerza y yo la mezo, con mi nariz pegada a su cuello, como la primera vez que la sostuve entre mis brazos.
Rememoro lo diminuta que me pareció y la fragilidad que transmitía.
El amor que no sabía que era capaz de sentir: sin límites ni condiciones.
Sus deditos, minúsculos. El vértigo. Su forma de llorar, tan parecida a un maullido.
El contacto piel con piel que calentó mi alma. La sensación de orgullo.
La sonrisa tensa de Roger.
Unos brazos fuertes me rodean por la espalda, espantando la imagen del donante de esperma. Es Uli, que, como buen Oso Amoroso, no pierde la oportunidad de unirse a nuestro abrazo.
—No voy a tenerte en cuenta que hayas pasado de mí —bromea.
—Menos mal. Era mi mayor preocupación —ironizo.
Mi sobrino me besa en la mejilla y se separa al escuchar el sonido de unos pasos acelerados que se frenan en la puerta.
—Gracias por acompañarla, Álex —dice.
—No podía dejarla sola.
No me giro, no cambio de posición, continúo meciendo a Paula, pero eso no me impide que oiga los palmetazos en la espalda que le propina mi sobrino a Álex.
Es mi hija (y no yo) la que se asoma a cotillear.
—¿Ale?
—Hola —saluda él.
Paula abre la boca de forma exagerada y se la tapa con sus dos manitas. Qué ganas tenía ella de verlo en persona y qué pocas tengo yo de que esté aquí.
—¿Has visto a quién te he traído? —Finjo un entusiasmo que no siento y le indico a Álex que se acerque.
Está pálido y sus manos tiemblan. Conozco el motivo que se esconde detrás de estas reacciones: odia los hospitales. Mi hija me mira, se ríe y se esconde en mis brazos, muerta de vergüenza.
—Anda, después de la paliza que me has dado con él, ¿este es el caso que vas a hacerle?
Paula mueve la cabeza de arriba abajo y le mira de reojo. Yo también lo hago. Grave error. Un rápido vistazo es suficiente para que lea en sus ojos un amor que no deseo ver.
No ahora.