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42 La llamada

La llamada

Álex

La voz nerviosa de Lena me despierta de madrugada. Habla por teléfono en el baño. Estoy demasiado dormido para entender lo que dice, pero capto «urgencias» y «gastroenteritis» y me incorporo de inmediato.

¿Le ha pasado algo a Paula?

Desnudo como estoy, avanzo hacia la luz fría que se cuela por la puerta entornada y asomo la cabeza. Lena, vestida tan solo con mi camisa blanca, camina de un lado a otro, como una leona enjaulada.

—¿Como que la ingresan? —La barbilla le tiembla.

Me acerco por detrás y la abrazo. Ella apoya la espalda en mi pecho, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Su respiración se ralentiza.

—Uli, dime la verdad, ¿Paula está asustada?

En el silencio de la noche, escucho con claridad la respuesta de su sobrino:

—Está atontada, Lena. Estamos más acojonados Salo y yo.

—¿Llevas el libro de familia y la autorización que te dejé?

—Sí, pero no está firmada ante notario. Como llegas en unas horas, espero que no haya problema. Te paso con el médico, ¿vale?

Del resto de la conversación, solo pillo palabras sueltas y algún término clínico. No importa, ya me lo contará Lena después. Ahora quiero calmarla, que sienta que no está sola.

—He entendido la mitad —se lamenta al colgar—. Necesito que alguien me lo explique. ¿Daniela estará despierta?

—Prueba.

Lena le envía un mensaje. Mi prima responde al instante, está de guardia.

—Voy a preparar las maletas —le digo bajito.

Ella cabecea, ausente. Le beso la sien y salgo del baño.

«No debería viajar sola en este estado», pienso mientras recojo nuestra ropa del suelo. Anoche volvimos a entrar a trompicones en la habitación y…

Mierda. Tendría que haber hablado con ella.

Las excusas que me han servido de escudo se vienen abajo, una detrás de otra. «No era el momento». «Estaba demasiado asustada». «Lo haré mañana». ¿No he aprendido nada? ¿Cómo puedo ser tan gilipollas? Lo he retrasado tanto que nos hemos quedado sin tiempo.

A menos que…

A menos que me vuelva con ella a España.

No lo pienso. Busco la compañía de su vuelo en el móvil y compruebo que hay billetes disponibles. Compro uno. ¿Qué más da si Mauro se cabrea conmigo? Que le jodan. Esto es más importante.

Regreso sobre mis pasos, dispuesto a informar a Lena de mi decisión, y me detengo antes de entrar al baño, cuando escucho que murmura:

—No debería haber venido.