41 ¿El resto de la historia?
¿El resto de la historia?
El pequeño barco turístico reduce la velocidad al aproximarse a los Faraglioni de Capri, las dos formaciones rocosas que aparecen en cualquier imagen publicitaria de la isla.
Contemplo embobada los acantilados que se alzan en el mar, entre las aguas turquesas y el azul pálido del cielo.
Álex, situado a mi espalda, me envuelve en un abrazo y, por puro instinto, mi trasero se acopla a su cuerpo y obtiene una respuesta muy interesante.
—¿En serio, Álex?
El motor de la embarcación se detiene, los turistas se dirigen a la borda de estribor y yo dejo caer la cabeza hacia atrás, sobre su hombro.
—Culpa tuya —gruñe, con la nariz en mi cuello.
El sonido del chapoteo de las olas se mezcla con las conversaciones animadas de los turistas. Álex clava los dedos en mis costados y asciende, con una lentitud medida, hasta llegar a la curva de mis pechos.
—Nadie nos mira —señala. Sus pulgares me acarician los pezones en movimientos circulares—. Están distraídos sacándose fotos.
Mis muslos se tensan, la vista se me nubla.
Joder, me lo tiraría aquí mismo. Estoy igual de salida que la protagonista de un romantasy.
—Álex…
—¿Demasiado porno? —Desliza la lengua por mi hombro—. ¿Del uno al diez?
—Cinco —le vacilo con la respiración entrecortada—. Apruebas por los pelos. —Hago el amago de dar un paso. Él me retiene.
—Ni se te ocurra.
—Yo también quiero hacerme una foto —le provoco.
—Pues vamos —responde, muy digno.
Atravesamos la cubierta pegados el uno al otro y a pasos cortos. Al llegar a la barandilla, Álex nos hace girar al ritmo de un chotis en un geriátrico, y yo, que he conseguido contener la risa hasta este momento, exploto en carcajadas.
—No era tan difícil —se jacta. Acto seguido, saca su móvil del bolsillo y posa para la cámara.
Por lo menos, hace diez fotos. Y en todas salgo con los ojos achinados, riendo con la boca abierta. Él, en cambio, está guapísimo. Despeinado, con la camisa blanca arremangada hasta los codos y el rostro iluminado de felicidad.
Todavía me cuesta entender cómo he llegado a este punto en pocos días.
Las burbujitas molestas ahora me resultan de lo más placenteras; la ilusión, que no me permitía sentir, hoy campa a sus anchas por mi organismo, y la alegría que me provocan estas sensaciones transforman todo a mi alrededor, como si, de alguna forma, estuviera más despierta.
Sí, estoy de lo más tontita y moñas. ¡Hasta me he puesto el vestido blanco para que fuéramos conjuntados! Y no, no quiero darle vueltas a lo que podría ocurrir en el futuro; si esto nos llevará a alguna parte o si será otra cagada que sumar a nuestra lista.
—Una foto más —le pido—. He tapado a Stella. —Él me lanza una mirada interrogante—. La roca más bajita, la del túnel.
Un destello de diversión brilla en sus ojos.
—Me pones muchísimo cuando te pones en plan empollona. —Extiende el brazo y nos fotografía con su móvil—. ¿Quieres revisarlas?
Asiento y me cede el teléfono. En cuanto lo tengo entre las manos, aparece un mensaje en la ventana flotante.
Dice, textualmente: «¿Cuándo vas a contarle a Lena el resto de la historia?
». ¿Me sorprendo? Poco. Anoche ya me di cuenta de que su relato tenía vacíos, solo me queda confiar en que hoy se abra conmigo.
—Unas fotos preciosas —murmuro.
Álex recupera el móvil y se lo mete al bolsillo. Ni siquiera lo mira, está demasiado ocupado dándome un mordisquito en la oreja.
El calentón lo mantenemos durante el paseo por Capri.
También en el viaje en minibús hasta Anacapri.
Solo nos damos un respiro cuando subimos al Monte Solaro, el punto más alto de la isla, y gracias a que el acceso al telesilla es individual.
Sin embargo, el descanso dura lo que dura el trayecto, porque, una vez que estamos arriba, volvemos a acoplarnos como dos monos en celo.
Si me llegan a decir hace unos días que iba a estar en el mirador más famoso de la isla de Capri y, en lugar de disfrutar de la vista, estaría de espaldas a la barandilla, saboreando la boca de Álex, no lo habría creído.
¿Yo, perdiéndome algo con lo que he estado soñando durante tantos años?
¡Imposible! Aunque, bueno, también he fantaseado un millón de veces con volver a besarlo.
Así que, en una carrera imaginaria entre mis sentidos, el gusto y el tacto ganan a la vista por goleada.
—Lena… —Álex se separa unos centímetros y arruga la nariz—. No quiero estropear el momento, pero deberíamos aprovechar el último día también para hablar, no solo para…
—Lo sé. —Le retiro un mechón de pelo que, por efecto de la brisa, le cubre parte del rostro. Él curva sus labios hacia arriba, en una sonrisa que no le llega a los ojos.
—Anoche no me preguntaste cuándo supimos lo de Sergio.
—Estaba esperando a que me lo contaras. La estrategia del gatito callejero, ¿recuerdas?
Un par de chicas se ríen a nuestro lado mientras se hacen un selfi. Álex traga saliva.
—Ven. —Tira de mi brazo hacia el interior del mirador, donde nos apoyamos sobre una gran roca, uno al lado del otro. Álex coge mi mano y cuadra la mandíbula—. Lena, fue a finales de 2011.
La sonrisa comprensiva, que he mantenido hasta ahora, se diluye. Aún estábamos juntos.
—Nos habíamos distanciado —musito. Aunque no imaginaba que tanto como para que no confiara en mí en una situación tan jodida.
Su frente se arruga.
—No, Lena, fui yo el que se distanció.
Su afirmación no borra la culpabilidad que comienza a reptarme por el pecho.
Debí haberme dado cuenta. Aquellos silencios, la falta de energía, su aislamiento.
Todo cuadraba con ese Álex que ocultaba los problemas y los gestionaba solo.
Sin embargo, me obsesioné con que había tenido un desliz con Rox, con su falta de interés por la paternidad y con otras mil razones que nunca terminaban de explicar lo que había ocurrido.
Un grupo de amigos vocifera en la barandilla, una pareja de mediana edad se sienta a nuestro lado y un adolescente fotografía a sus padres mientras el sol desaparece tras una gran nube.
Álex me acaricia la mandíbula y mi atención se centra de nuevo en él.
—Tú querías que tuviéramos un hijo —me recuerda—. Y, Lena, yo… —Desvía la mirada hacia nuestras manos unidas.
Rozo su dorso con el pulgar.
—Te presioné, tú no querías dar ese paso, y nunca te he pedido perdón por aquello.
Alza la vista.
—Soy yo el que debería disculparse.
Sacudo la cabeza.
—¿Sabes? Ni siquiera yo estaba preparada, por mucho que pensara que sí.
Me obsesioné con formar una familia, con el puñetero final feliz que nos han vendido a todas.
En realidad, lo que necesitaba era sentirme realizada.
—Tomo una bocanada de aire y la presión en el pecho se aligera—.
Es una mierda que no supiéramos hacerlo mejor, pero forma parte del pasado y no podemos cambiarlo, ¿verdad?
Álex me da un apretoncito en la mano cargado de cariño e intensidad.
—No, no podemos —acepta con tristeza—. Aun así, me gustaría contarte qué pasó. —Asiento, despacio, y mi teléfono comienza a sonar—. Tranquila, cógelo.
No tengo intención de responder la llamada. No, hasta que echo un vistazo a la pantalla y veo el nombre de mi sobrino.
—Solo será un momento —le prometo.
Una promesa que incumplo conforme Uli me dice que Paula está enferma. Entonces, la conversación pendiente pasa a un segundo plano.
Mi hija tiene diarrea, náuseas y un poquito de fiebre. No es grave, ha tenido los mismos síntomas mil veces y, aun así, bombardeo a mi sobrino con mensajes que responde con paciencia.
—Paula está dormida y bien cuidada. Y desde aquí poco puedes hacer.
—Álex, sentado a mi lado en el ferri, me atrae hacia su pecho y yo me dejo acunar.
Tiene razón, aunque la lógica y las emociones rara vez van de la mano—.
¿Cada cuánto estás preguntando por ella?
¿Cada media hora? —Realizo un movimiento casi imperceptible con la barbilla—.
Vale. ¿Y qué te parece si te pones una alarma y lo haces cuando suene?
Así tendrías veintinueve minutos para disfrutar de nuestra última tarde.
La bocina del ferri anuncia que estamos cerca del puerto y los turistas salen disparados hacia las escaleras para subir a la zona descubierta. Álex tamborilea los dedos sobre mi hombro y me pregunta en silencio si me animo a levantarme.
Tardo treinta segundos en ceder y otros tantos en programar mi móvil. El sentimiento de culpa no desaparece, claro, pero me autoconvenzo de que puedo ser una madre preocupada y, al mismo tiempo, estar presente en este momento.
Accedemos a la proa y nos hacemos un hueco en la barandilla. Álex entrelaza nuestras manos y me dedica una mirada de orgullo, que me ayuda a validar mi decisión.
—Mañana, cuando la veas, te reirás de este susto y podrás contarle cómo llegamos a Positano.
Eso es.
Me doy permiso para deslizar la vista hacia el pueblo costero. La imagen impresiona, aunque por algo se lo conoce como la joya de la Costa Amalfitana.
Edificios blancos, rosas y amarillos se superponen unos a otros de forma escalonada, desafiando la gravedad. Entre ellos, jardines con palmeras, escaleras empinadas y terrazas decoradas con buganvillas.
Una lágrima desciende por mi mejilla. Álex la limpia con sus dedos, porque, por supuesto, no está pendiente del paisaje, sino de mí.
Algo antiguo calienta mi pecho (o tal vez sea algo nuevo, no sé), y es la certeza de que este hombre nunca me fallará.
Tardamos hora y media en llegar a la parte alta de Positano.
O lo que es lo mismo: tres mensajes cansinos de madre preocupada.
Tras recorrer el puerto, subir sus más de trescientos escalones y pasear por las calles cubiertas de pérgolas, hemos decidido darnos una tregua en uno de los cientos de miradores del municipio.
Está atardeciendo. Los edificios se bañan de la luz anaranjada y las luces del municipio comienzan a encenderse.
Me siento en el murete de piedra y Álex, pegado a mí, se mantiene de pie mientras le da un lametón al helado de fresa que compartimos.
—Paula sigue dormida y la fiebre no sube —comento—. Tengo que admitir que tu sistema ha funcionado mejor de lo que esperaba. Sigues teniendo el superpoder de calmarme.
—Por supuesto —bromea.
Se levanta una brisa marina y me sujeto el sombrero de paja que se ha empeñado en regalarme. Álex acerca el helado a mi boca. Lo aparto con una sonrisa.
—Siento haberte dado el día.
—No me has dado el día. Y yo también estoy preocupado. —Me da un dulce beso en los labios.
La cercanía, que esta mañana estaba cargada de deseo, ahora es pura intimidad y un avance de la nostalgia que sentiré mañana.
—Si seguimos con esto… —me obligo a decir. Álex frunce el ceño a modo de protesta por el condicional—. Quiero que sepas lo que hay —me defiendo—. No sería como estos días. Soy mamá, Álex, Paula y yo vamos en el mismo lote.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. No es lo mismo estar con un niño un ratito a que tu vida gire alrededor de él. Es completamente diferente. ¿Estás seguro de dónde te metes?
—Segurísimo. —Se distancia lo suficiente como para que vea que está hablando en serio—. Puede que no tenga ni idea de lo que implica —admite—, pero soy consciente de las circunstancias y me adaptaré. Iremos despacio. O deprisa. Como prefieras. Tú marcas el ritmo.
Siempre he dicho que Álex tenía la capacidad de comunicarse a través de las distintas miradas y sonrisas, pero lo de este momento es de otro mundo. Sus ojos están llenos de promesas, de planes a futuro y de amor.
¿La verdad? No tengo ni la más remota idea de cómo podría funcionar, aunque eso no impedirá que lo intente con todas mis fuerzas.