40 Di algo, por favor
Di algo, por favor
En cuanto Álex abre la boca, la camarera aparece con la jarra de vino en alto.
—Spagnolo? —Ambos asentimos y la chica nos enseña sus uñas extralargas decoradas—. Adoro Rosalía. —Deja la jarra sobre la mesa y se aleja, bailando al ritmo de una música que solo ella escucha.
—Estoy intrigada. —Sirvo el vino y choco mi pequeño vaso con el suyo, que permanece intacto en la mesa. ¿Me extraña? Un poco. Aun así, doy un pequeño trago.
Álex se humedece los labios y frunce el ceño.
Tiene las palabras en la punta de la lengua, aunque percibo su miedo a la hora de dejarlas salir.
Mi inquietud se incrementa cuando la mesa comienza a agitarse.
No necesito mirar debajo de ella para saber que es la pierna de Álex quien la mueve.
Es mala señal, la última vez que vi ese traqueteo fue el día de nuestra ruptura.
—¿Tan grave es?
Su rostro se contrae y el mío actúa como un espejo.
—Di algo —le suplico.
Álex detiene el movimiento de su pierna. Cuando consigue hablar, su voz está rota.
—Hace unos años… —Exhala—. Hace unos años, descubrimos que la enfermedad de mi madre era genética.
Un frío denso se extiende lentamente por mi organismo y lo convierte en piedra. Hasta yo sé que una enfermedad genética es una enfermedad hereditaria. Mi mente, en cambio, funciona a toda velocidad, recuperando información sobre su madre.
No podía moverse ni hablar.
Su enfermedad era degenerativa.
No tenía cura.
Ahora es Álex quien permanece a la espera de una reacción por mi parte que no llega. Mi pecho retumba, siento náuseas, los oídos me zumban. Su mano, entrelazada con la mía, tiembla por encima de la mesa.
—Lena, nos aconsejaron que nos hiciéramos un análisis para detectar la enfermedad. —Estudia mi rostro para comprobar que lo he entendido. Y sí, lo he hecho, pero mis pensamientos son tan horribles que no soy capaz de verbalizarlos.
—¿Tú…? —Niego con la cabeza.
No quiero que responda. No podría soportarlo.
Que no lo diga, por favor.
Parpadeo con fuerza para evitar que las lágrimas caigan por mis mejillas. No puedo llorar. Es absurdo, nadie llora por algo que no es real.
Eso es, Lena, recomponte.
Pero las palabras vuelven a quedarse atascadas en mi garganta y lo único que sale de mi boca es un balbuceo.
Álex aprieta mi mano.
—El análisis de Sergio fue positivo y…
El aire regresa a mis pulmones de golpe. A Álex no le ocurre nada, está bien. Es su hermano el que está enfermo.
—Sergio —murmuro, aliviada.
Él asiente con tristeza.
—Beatriz y yo… —Su voz se quiebra.
Mis piernas se mueven solas. Me incorporo, rodeo la mesa, y me acurruco en su regazo.
Le abrazo fuerte, muy fuerte, y acomodo la cabeza sobre su hombro.
Él me atrae hacia su cuerpo con la misma intensidad.
Me encantaría decirle que siento que su hermano haya heredado la enfermedad, aunque no es así. El alivio es más fuerte que la pena.
Álex repite mi nombre y me acaricia el pelo hasta que nuestros latidos y respiraciones logran ralentizarse.
—Tranquila, Lena. Por el momento, mi hermano está bien, la enfermedad aún no se ha desarrollado. —No se me escapa que puede que más adelante sí podría hacerlo.
Apoyo las manos en sus hombros y me separo de su torso.
—¿Cuándo…?
Álex fija sus ojos en los míos. Sus músculos se tensan.
Antes de que pueda responder, las palabras que dijo ayer, antes de la boda de Fabrizio, aquellas a las que no llegué a darles sentido, se reproducen en mi cabeza igual que el estribillo de una canción: «Por lo que pueda pasar».
—Por eso era tan importante el dinero y por eso no regresabas a España —afirmo, no pregunto—. Querías ahorrar por si Sergio lo necesitaba en el futuro.
Álex no aparta la mirada, en un gesto que me invita a leer en ella su verdad. Le acaricio el rostro. Beso su barba, sus labios, su frente.
Sigue siendo el mismo chico que pone por delante a los suyos, el que cuida y protege. Y yo siento en cada fibra de mi ser que deseo enamorarme de él.
Tal vez no esté ahí ahora, pero quiero que suceda.
Durante la cena, Álex me explica que la ELA no suele ser genética, y que, si lo es, hay un cincuenta por ciento de probabilidades de heredarla.
Se explaya con las mejoras de los tratamientos y critica el poder de las farmacéuticas al afirmar que están más interesadas en cronificar enfermedades que en curarlas.
Y, finalmente, se cabrea por lo poco que se invierte en la investigación de enfermedades raras.
Yo apenas intervengo, dejo que Álex hable a su ritmo, pero una vocecita dentro de mí se plantea por qué ha tardado tanto en contármelo si hablamos todas las semanas.
Sin embargo, no pregunto. Conozco al hombre que está sentado frente a mí.
Le cuesta hablar de aquello que le duele.
A veces, es exasperante no poder llegar hasta él, aunque sus silencios siempre están justificados por alguna extraña razón que suele dejar sus necesidades en segundo plano.
Estoy segura de que, más tarde o más temprano, será capaz de contarme la historia completa, porque ahora no lo está haciendo.
Se está desahogando y suelta información desordenada, pero noto que hay algo que se está dejando en el tintero.
Me lo dice su expresión corporal. Su postura es tensa y sus ojos se desvían de los míos si me centro en ellos.
No importa, él está bien.
Tras la cena, regresamos a nuestro alojamiento dando un paseo por las calles casi desiertas de Salerno. El reloj marca las diez y media de la noche, pero es domingo y se nota. Álex rodea mis hombros con el brazo y yo no me despego de su cuerpo ni un poquito. Necesito su contacto más que respirar.
—Estás temblando —percibe cuando estamos a dos manzanas del Bed and Breakfast. Me aprieta contra su costado para que entre en calor, a pesar de que la causa de mis temblores no sea el frío—. He vuelto a asustarte, ¿verdad? —pregunta a media voz.
—Sí —admito, porque no serviría de nada negarlo. Sin embargo, quiero evitar que se sienta mal, por eso añado—: Sospecho que lo has hecho para ablandarme. —Él se ríe por la nariz y me da un beso ligero en la sien.
—¿Y ha funcionado?
Me alivia tanto el cambio de tono que respondo:
—Estoy pegadita a ti, ¿tú qué crees?
Rodeamos un charco y, en cuanto lo sobrepasamos, Álex me achucha fuerte y dirige su boca hacia mi oreja.
—Que debería haberme declarado y haberte dado pena el primer día del viaje. —Su aliento me eriza la piel del cuello.
Protesto y lo empujo con el hombro.
—No te confundas. No me das pena. Empatizo contigo, que es diferente.
Ante la seriedad de mis palabras, sonríe y asiente, despacio.
Unos minutos más tarde, nos encontramos ante la puerta de mi habitación. Álex se despide con un «buenas noches» y hace el amago de irse. Yo tiro de su chaqueta y lo meto en la mía, sin opción a que replique.
Cierro la puerta y no enciendo las luces. Lo beso. Lo beso muchísimo. Con ternura, con desesperación y con furia. Y me aferro a su cuerpo, igual que lo haría si estuviera a punto de caer por un precipicio.
El primer polvo fue sexo de reconocimiento: curioso y divertido.
El segundo, pasional. El de esta mañana, en la ducha, ha sido sucio (o limpio, según se mire).
El del después del desayuno, un «aquí te pillo, aquí te mato» en toda regla.
Pero el de esta noche no será como los anteriores, porque aquí voy a poner el corazón.