Me confundes con otro 39 ¿Has hablado ya con Lena?
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39 ¿Has hablado ya con Lena?

¿Has hablado ya con Lena?

Álex

Sergio

¿Cómo vas? ¿Has hablado ya con Lena?

Leo el mensaje de mi hermano tumbado en la cama y le respondo que todavía no. Lo que me callo, porque él ya lo sabe, es que me da pavor contarle la verdad.

No puedo perderla otra vez. No ahora. No por los errores de un pasado que no puedo corregir.

Ojalá pudiera volver atrás y decirle a aquel Álex que decidió romper la relación que se está equivocando.

O darle una hostia a aquel otro que se dejaba llevar por sus sentimientos y después reculaba.

Y ya que estoy, no me importaría patearle el culo al Álex que tuvo la oportunidad de ser sincero cuando reinició el contacto con Lena, en la pandemia.

Ahora me toca a mí arreglar sus desastres.

Sergio me envía ánimos y me recuerda que está ahí si necesito hablar. A veces, me sorprende que el chico problemático se haya convertido en un adulto funcional y que se atreva a darme lecciones de vida.

El móvil me suena en la mano. Otro mensaje.

Fabrizio

Estoy al aeropuerto con Giulia y solo puedo pensare si el stupido spagnolo le ha contado a la ragazza la historia del elefante.

Pero ¿qué pasa hoy? ¿Se han puesto de acuerdo para ponerme más nervioso? Le contesto lo mismo que a mi hermano y, acto seguido, recibo un audio:

—Sei uno stronzo, un ritardato mentale. Stupido come una capra… —Y sigue y sigue, hablando tan rápido que pillo la mitad de los insultos que suele dedicarme.

En otras circunstancias, hasta me reiría.

Fabrizio trata de calmarse con varias respiraciones profundas y su tono de voz cambia:

—Álex, amico mio, hace mucho tiempo que te dije que podías perder tu amor por no luchar por él. Tú amas a la ragazza, cuéntale la historia del elefante y pelea por ella.

Le respondo con un seco «OK» y espero que pille que no quiero hablar más de ello. Si fuera tan sencillo como contar una historia, no tendría este nudo en el pecho.

No he dejado el móvil sobre la mesita de noche cuando suena de nuevo.

En serio, ¿qué le ha dado a todo el mundo? ¿Hoy es el día de presionar a Álex y no me he enterado?

Mierda, una videollamada de Daniela.

Me siento recto en la cama y finjo una sonrisa antes de deslizar el dedo por la pantalla.

—Hola, prima. —Su cara cabreada tiene poco que envidiar a la mirada de psicópata de Lena. Mandíbula tensa, ceño fruncido, ojos que chisporrotean con ira contenida. Estoy jodido—. Hoy me pillas vestido. —Trato de mantener la sonrisita, aunque hasta yo me doy cuenta de que me tiembla.

—¿Qué-estás-haciendo? —gruñe entre dientes.

La última vez que me habló así, yo tenía diecinueve años y acababa de saludar a Lena borracho. No volví a emborracharme.

Gin se asoma y me hace un gesto con la mano, que interpreto como que mi prima está que arde. Genial. Toni no ha tardado ni doce horas en irse de la lengua y voy a recibir la bronca del siglo.

—Puedo explicarlo —me defiendo, sabiendo que no hay ni una sola conversación que comience así que tenga un final satisfactorio.

Daniela arquea una ceja y yo aprovecho la pausa dramática para enviarle un mensaje a Lena, antes de que reciba una llamada de Gin. «Lo saben», escribo. Me siento como un puñetero crío al que han pillado en mitad de una travesura.

—Habla —masculla en un tono tan bajo como firme.

Me paso veinte minutos justificando mis acciones. Las que puedo justificar, claro, que con las otras tengo que entonar el mea culpa. Gin se queda un rato a cotillear, pero, cuando llegamos a la parte más delicada, mi prima la echa sin ningún miramiento.

—No me puedo creer que aún no se lo hayas contado.

—Esta noche hablaré con ella —le prometo.

Daniela asiente, muy seria.

—Álex, no quería llegar a esto, pero si no lo haces tú, lo haré yo.

—Alza la mano cuando ve que voy a protestar—.

Sabes que no he estado de acuerdo con muchas de las decisiones que has tomado y, aun así, las he respetado.

Pero ocultarle el motivo de vuestra ruptura a Lena no solo te ha afectado a ti.

—Tiene tanta razón que no me permito agachar la cabeza ni desviar la vista—.

¿Tienes idea de cuántas veces la he visto preguntarse por qué lo vuestro no podía ser?

—El dardo da en la diana y el nudo en el pecho se acrecienta.

Es la primera vez que me habla tan claro de las consecuencias de mis actos—.

Y ahora que por fin te había superado, te lías con ella, te declaras y no le dices la verdad.

Bravo, Álex, te doy mi enhorabuena, no podrías haberlo hecho mejor.

Le doy unos segundos, por si quiere añadir algo más. Aunque mi gesto sea serio, le agradezco en el alma la bronca. La necesitaba para ponerme las pilas.

—La situación se me ha ido de las manos —confieso—. Pero no voy a retrasarlo más —le aseguro.

Lena y yo caminamos juntos bajo el paraguas que compramos en Minori.

La lluvia es fina, las calles de Salerno están desiertas y el sonido de nuestras pisadas contra el asfalto llena el silencio que hay entre nosotros.

Ignoro qué le ha podido decir Cata, pero es evidente que le ha afectado tanto como a mí la presión de mis amigos.

Me sudan las palmas de las manos, el nudo del pecho ha subido hasta la garganta y mi corazón late al doble de su velocidad habitual.

He pensado muchas veces en cómo empezar esta conversación. Muchas. Hace cuatro años que la ensayo en mi cabeza y, aun así, sigo acojonado por su reacción.

—Creo que es aquí. —Lena comprueba la ubicación de la osteria que nos envió Fabrizio y levanta la vista hacia el pequeño pasaje iluminado con hileras de bombillas que cuelgan del techo—. Sí —confirma cuando se planta en la entrada—, es aquí.

El sitio es de lo más romántico, no le falta detalle. La música suave, las velas, las mesas pequeñas que invitan a las confidencias… Es el lugar ideal para soltar una bomba.

¿Podría retrasarlo un día más? No, no puedo. Cuanto más lo retrase, más posibilidades habrá de que el miedo me venza; y Lena merece la verdad.

Mientras nos acomodamos en nuestra mesa y pedimos la cena, trato de controlar mi respiración. No es necesario que se lo suelte a lo bruto, podemos cenar y mantener una conversación normal antes de joderlo todo, ¿no?

—Álex, estaba pensando… —Lena sonríe con timidez—. ¿Te he dado las gracias por este viaje?

La tibia luz de las bombillas, unida a la que proyectan las velas de la mesa, le confieren a su rostro un aspecto etéreo. Su expresión, entre vulnerable y valiente, despierta instintos que, por el momento, prefiero que se mantengan dormidos.

Me trago el suspiro tonto y respondo:

—Soy yo el que debería darte las gracias. Estar contigo me ha ayudado a replantearme mis prioridades. —Sus mejillas se tiñen de rojo—. ¿Demasiado intenso?

—No. —Hace una ligera negación con la cabeza y se coloca la servilleta de tela sobre las piernas—. Yo iba a decirte algo peor.

Apoyo los codos sobre la mesa, entrelazo mis manos y dejo la barbilla sobre ellas, indicándole que soy todo oídos. No lo sabe, pero su confesión era lo que necesitaba para comenzar a calmarme.

—Estos días me han ayudado a que volviera a sentirme una persona —continúa—, no la mamá de Paula o la dueña de una cafetería.

Solo yo, Lena. —Su voz titubea al pronunciar ese «solo yo»—.

He estado en lugares que soñaba con visitar, he reído y bailado.

He sentido inseguridad, deseo, me he emborrachado y he tenido la peor resaca en años.

—Lena sonríe de medio lado y sus ojos brillan—.

Madre mía, dicho así, es obvio que la mayoría del tiempo me he comportado como una adolescente y no como una adulta.

—Me río y su sonrisa se amplía—. En definitiva —resume—, que estoy muy contenta de haber venido.

—Extiende el brazo sobre la mesa en busca de mi mano.

La entrelazo con la suya, en un gesto que estos días se ha vuelto natural.

—Me alegro de que hayas vuelto a sentirte una persona —respondo con sinceridad—. De eso se trataba.

—Ah, ¿no era una estratagema para llevarme a la cama?

Chasqueo la lengua y arrugo la nariz con mucho teatro.

—Me has pillado. Me ha costado dos años convencer a Fabrizio para que se casara. El que la sigue, la consigue.

Entrecierra los ojos y contiene una carcajada.

—Te podría haber salido fatal.

—Tenía un plan B —afirmo todo lo serio que soy capaz.

—Mierda, ¿he caído con el plan A? Qué facilona.

Una carcajada brota de mi garganta y Lena se ríe conmigo. No quiero estropear el momento. Me encantaría pasarme la noche entera diciendo tonterías con ella y terminar en su cama, donde las risas se intercalarían con besos y caricias, pero no debo postergarlo más.

Inspiro hondo y exhalo. Mi sonrisa desaparece.

—Lena, tengo que contarte algo importante y puede que quieras matarme después —me obligo a decir—. Pero, antes de empezar, quiero que sepas que ha sido genial volver a estar contigo y que sigues siendo la misma chica que un día me robó el aliento.

Ella me mira fijamente.

—¿De qué nivel de ganas de matarte hablamos?

Me lo pienso un segundo.

—Peor que las cartas.

Sus labios se curvan en una sonrisa nostálgica.

—¿Crees que lo que vas a decirme terminará igual de bien?

La miro y me grabo su imagen en la retina. El brillo de sus ojos azules, la expresión juguetona de su rostro y la calma que transmite su cuerpo. Sé que, en cuanto hable, desparecerá.

—Lo dudo —respondo.