38 SOS
SOS
Enfundada en una toalla, paseo de un lado a otro de la habitación del Bed and Breakfast. Me cuesta respirar, el pecho me arde y tengo un revoltijo en la tripa de lo más desagradable.
Tras los besos en el Fiordo di Furore, Álex me ha propuesto que nos lo tomáramos con calma.
Y eso es lo que hemos hecho: seguir con el plan y visitar Minori, en lugar de venir aquí y dedicarnos a echar polvos como dos veinteañeros.
Lo más extraño es que, mientras estábamos juntos, no me he sentido incómoda en ningún momento.
Al contrario, estaba en paz mientras paseábamos por las calles mojadas del municipio costero, bromeábamos sobre nuestra situación o nos besábamos aquí y allá…
Demasiado en paz, añadiría, como si mi sistema nervioso reconociera a Álex como su lugar seguro.
La situación ha cambiado al llegar a nuestro alojamiento en Salerno. Él ha preferido no acompañarme a la habitación para darme espacio. El problema es que, cuando me he quedado sola, ese espacio se ha convertido en ruido en mi cabeza.
¿Qué coño estoy haciendo?
Me dejo caer en el colchón, extiendo el brazo hacia la mesilla de aire retro y alcanzo mi móvil.
Tengo varias llamadas perdidas de mis padres, que no voy a devolver porque ignoran que estoy de viaje con Álex, y un mensaje de Irene, que me pregunta si ya he experimentado, al que me niego a responder.
Hace rato que le he enviado a Toni un mensaje de SOS para que me llamara, pero mi amigo no contesta.
El teléfono suena en mis manos. Es una videollamada de Cata, que rechazo. No tengo el cuerpo para hablar de «coracoños» ni de teorías sobre la educación patriarcal.
No me ha dado tiempo a dejar el teléfono sobre la mesilla cuando recibo un mensaje.
Cata
Soy la única que está disponible.
Mi móvil suena otra vez.
Respiro hondo, me incorporo y descuelgo. Unos ojos castaños y saltones aparecen en pantalla. La imagen es terrorífica.
—Empiezo a tener vista cansada —protesta mientras el encuadre se amplía y veo a mi amiga sentada en su sofá, con el pelo revuelto y un pijama negro de satén—. Y a ti, ¿qué te pasa?
Me hago la sorprendida y me apunto el pecho con el dedo.
—¿A mí? Nada.
Cata frunce el ceño y sonríe con los labios apretados.
—Lena, has enviado una llamada de auxilio —me dice con un tono de lo más hastiado. Voy a negarlo, pero se me adelanta—: Lo sé. Gin, Toni y yo tenemos un grupo aparte.
¿En serio? Serán cabrones. Eso explica por qué el dichoso chat de «Polvos amalfitanos» ha estado tan tranquilo todo el día. Podría decir muchas cosas, pero lo primero que sale por mi boca es una pregunta de lo más absurda:
—¿Cómo se llama?
—Ya conoces a Toni, ha tenido muchos nombres. —Ante mi cara de seta, Cata pone los ojos en blanco—. Vale… Empezó llamándose «Sin filtro», después pasó a ser «Coracoño peligroso» y ahora es «El enigma de la mutación». ¿Contenta?
¿Que si estoy contenta de que mis amigos hablen de mí a mis espaldas y se cuenten mis intimidades? Muchísimo. Salto de alegría. Es lo que siempre he deseado.
Mi silencio y la mirada de psicópata responden por mí.
—Lo siento, tengo un mal día. —Cata hace una mueca—. Mi exmarido se ha llevado al niño al parque de atracciones en vez de ayudarle a estudiar.
Dejo mi cabreo de lado y me centro en ella. Para sorpresa de todos, Cata fue la primera en casarse y lanzarse a la maternidad, aunque su relación duró lo que tardó en darse cuenta de que su pareja la veía como una fuente inagotable de servicios no remunerados (sus palabras, no las mías).
Mi amiga se desahoga de las putaditas que le hace su ex y, mientras ella habla, me pongo unos vaqueros y una camisa azul. De alguna forma, escuchar su drama eclipsa al mío y calmarla me tranquiliza también a mí.
—Cuando eres madre te cae todo el peso del patriarcado encima —se queja. Se mete en la boca un trozo de chocolate, lo mastica y arruga la frente—. ¿Qué te ha pasado con el príncipe azul?
Miro el reloj para saber de cuánto tiempo dispongo y me llevo el teléfono al baño.
—¿Qué sabes? —Apoyo el móvil sobre el soporte del secador y agarro mi cepillo.
—Polvos, mutación, SOS —enumera mientras me peino, y tengo que admitir que es un gran resumen—. En definitiva, que has vuelto a caer en la trampa del romanticismo.
Me asomo a la pantalla del móvil.
—Esta vez es distinto. —Le cuento la declaración de Álex y sus intenciones. Cuando termino, Cata tiene los ojos tan abiertos que parece un dibujo animado japonés—. ¿Soy mala persona por dejarme llevar?
—No —responde con rotundidad, aunque está tan flipada que no añade nada más. Vamos, es que ni se mueve.
Me pinto los labios, me espolvoreo un poco de colorete y aplico máscara en las pestañas. Cata, al otro lado de la pantalla, se come otro trozo de chocolate.
—¿Qué harías tú? —me intereso.
—Follármelo.
Han pasado más de veinte años y sigue siendo igual de burra. Lo peor es que, según su consejo, no voy mal encaminada.
—¿No tendrías ningún dilema moral? —insisto.
—Pues no. —Muevo la mano para indicarle que lo desarrolle. Cata frunce el ceño y resopla—. A ver, Lena, es justicia kármica. Te has pasado mil años deseando volver con Álex y él follaba contigo cuando le daba la gana, ¿no?
Nunca lo he visto así, pero no voy a empezar una discusión con mi amiga feminista sobre la responsabilidad afectiva de nuestros polvos de despedida.
Puede que yo siguiera enamorada, sin embargo, no puedo escudarme en un sentimiento para justificar el bucle de cagadas en el que me metí solita.
Madurar significa asumir nuestros actos y sus consecuencias.
Y, si le pones un poquito de empeño, aprender de tus errores.
Algo que, por lo visto, he hecho a medias.
—Cata, si te hago caso, la que tendría mal karma sería yo.
—Cierto. —Y la muy cabrona sonríe al mismo tiempo que, en la pantalla flotante del móvil, aparece un mensaje de Álex que dice «Lo saben». A buenas horas.
Recojo el teléfono y salgo del baño. Esta conversación no me está convenciendo. Quizá no me he explicado bien.
—No deseo venganza ni hacerle sufrir. Quiero a Álex. Lo que ocurre es que ya no siento ese tipo de amor por él, ¿sabes?
—Ya no estás enamorada —afirma, y juraría que contiene una sonrisa.
—Eso he dicho. —Me acerco al armario y recojo mi chaqueta de cuero negra—. Venga, dime, ¿qué harías?
Cata se acerca la cámara a la cara.
—Follármelo, Lena. —Suelto una carcajada, incrédula, y ella sonríe de medio lado. ¿No es raro que todos mis amigos estén tan obsesionados con el sexo?—. ¿Qué? ¡Estás de vacaciones! Él te quiere y tú lo haces a tu manera. ¿Dónde ves el problema?
—¿No me has escuchado? ¡Álex quiere tener una relación conmigo!
—¿Y…?
Que es mi amigo, que no quiero perderlo.
Que no salió bien. No una, sino dos veces.
Que no puedo exponerme a que me hagan daño otra vez.
Mi amiga me observa con atención, a la espera de una respuesta. Suspiro.
—Que esto no es real, Cata. Cuando regrese a casa, mi vida volverá a ser la misma: Paula y mi negocio. No habrá espacio para nada más. Empezar una relación con alguien conlleva un tiempo y un gasto de energía que no tengo. Sería complicado si estuviera enamorada, pero mucho más si no lo estoy.
Ella asiente despacio, y me vuelve a dar la impresión de que sabe algo y no quiere decírmelo. Será por esa sonrisa que esconde o por la expresión de sabelotodo.
—Ay, Lena… El amor romántico, tal y como tú lo ves, es un constructo social, no existe.
Las burbujitas, el latido desenfrenado y la respiración agitada son síntomas de ansiedad.
—Mis cejas vuelan hacia arriba, aunque no sé de qué me sorprendo, era de lo más lógico que terminara soltándome algo así.
Cata me pide calma levantando el dedo índice—.
Sin embargo, lo que sí existe —y ahora habla con más suavidad— es el amor, entendido como amistad, cariño y compañerismo.
Los seres humanos no seríamos capaces de sobrevivir sin esos lazos.
—Mi cara debe de seguir reflejando confusión, porque mi amiga añade—: Lena, el príncipe azul te está ofreciendo todo esto.
No lo descartes porque tus sentimientos no tengan la misma intensidad que los suyos.
La aparente calma que me había proporcionado hablar con ella desaparece de un plumazo y es sustituida por el vértigo.
Tal vez solo aquellos a los que les han roto el corazón entiendan el pánico que siento.