37 Lo más importante
Lo más importante
Las enormes puertas enrejadas del Grand Excelsior Albergo Vittoria de Sorrento se alzan sobre nosotros. Están entreabiertas. Al otro lado, se extiende un enorme jardín con olivares, palmeras, limoneros y unas preciosas vistas al mar.
—¿Nos dejarán visitarlo?
Álex se encoge de hombros y emite un ruidito que interpreto como un sí, así que tiro de su brazo y lo arrastro al interior.
No sé qué le pasa. Yo hablo, hablo y hablo…
y lo máximo que consigo sacarle son un par de monosílabos.
Tengo la garganta seca, lo juro. Y él debe de tener los ojos cansadísimos, porque no deja de mirarme en plan intenso.
Ni siquiera Paula ha logrado que se riera en nuestra videollamada diaria. Y no es porque sea su madre, pero mi hija es muy graciosa. Pone unas caritas que es para comérsela entera.
En fin, que Álex está como el cielo, encapotado y gris.
—Dicen que este hotel fue construido sobre la antigua villa del emperador Augusto.
—Me cuelo por un caminito de tierra y él me sigue, arrastrando los pies.
Lo miro de reojo, a la espera de que me lance una pulla.
Nada. Está en su mundo. No me dice ni un triste «empollona»—. Qué listo el romano, ¿eh?
Álex hace el amago de abrir la boca, pero se lo piensa mejor y asiente. No entiendo nada. Se suponía que esta iba a ser la mejor parte del viaje. Él y yo solos, como dos buenos amigos, sin necesidad de fingir.
Dos buenos amigos que follan. No te olvides de esa parte.
Acelero el paso y me dirijo a un pasillo de pérgolas cubiertas de buganvillas fucsias.
Deslizo la mano por la superficie rugosa de la barandilla de piedra que se encuentra a mi izquierda y me asomo para ver la profundidad del desfiladero que desemboca en el puerto, donde los barcos están amarrados por riesgo de tormenta.
—Qué maravilla. —Dirijo la vista hacia los edificios colgantes, los muros de piedra y al trocito de agua grisácea que se adivina al fondo—.
Álex, ven a ver esto. —Me giro y lo encuentro al otro lado del camino, junto a una hilera de arbustos que podría haber sido recortada por el mismísimo Eduardo Manostijeras.
Tiene las manos metidas en los bolsillos, la frente arrugada y la mirada perdida en el horizonte.
Venga, Lena, haz otro intento—. ¿Sabías que a Sorrento se la conoce como la «Tierra de las Sirenas»? Según la mitología griega, vivían aquí.
Una corriente de aire ondea mi vestido y una gaviota grazna sobre nuestras cabezas. Álex enfoca sus iris en los míos y responde con otra de esas miradas largas que no sé qué narices significan.
—¿Me haces un favor? —le pido. Álex arquea las cejas—. ¿Puedes decir una frase? Solo una.
Asiente, abre la boca, la cierra.
Mira, me rindo. Prefiero mil veces tener la puñetera charla sobre la culpabilidad que seguir un minuto más con esta versión de mudito.
—Venga, Álex, dime qué te pasa y acabemos con esto.
Él fija sus ojos en algún punto indeterminado del jardín. El viento mece las buganvillas.
—No sé ni por dónde empezar, Lena.
Contengo un gruñido de frustración. ¿Que no lo sabe? ¡Si hasta yo me sé el discurso! Recorto la distancia que nos separa y me cuelgo de su brazo.
—Prueba por el principio.
Una pequeña y tímida sonrisa aparece en su rostro.
—Sigo sin recordar la noche en la que te conocí.
—Y sigue siendo imperdonable —replico, iniciando el paso.
—Como tantas otras cosas…
Me quedo a la espera de que continúe, aunque no lo hace. Debe de haber algo mucho más interesante en el suelo, que es donde centra su atención ahora.
—También podrías ir directo a lo importante —sugiero.
Álex respira hondo y se aclara la garganta.
—Lena…, no quiero asustarte.
Esto es ridículo.
—Álex, ya sé lo que me vas a decir.
Con la cabeza gacha, aprieta la mandíbula y se traga un suspiro.
—Lo dudo.
Joder, qué difícil me lo está poniendo.
—Álex, que no es para tanto. Sentimos atracción el uno por el otro y no hacemos daño a nadie. —Se detiene en seco y alza la cabeza—. Podemos disfrutar del momento —añado.
Me lanza otra mirada que no soy capaz de descifrar.
—¿Y si no es solo atracción? —La pregunta me pone tan nerviosa que me río—. ¿Qué ocurre si alguno de los dos siente algo más? —continúa—. ¿Te parecería bien seguir con esto?
Bien, ya hemos llegado al punto clave. Tiene miedo de que me haga ilusiones. Todavía no ha entendido que no soy la misma Lena de antes, que, bien sea por la experiencia o por la maternidad, he cambiado.
—Los dos sabemos que no va a ninguna parte, ¿no?
El viento ruge y Álex reanuda el paso. Su nuez sube y baja. Una, dos, tres veces.
—¿Y si no fuera así?
Mi pulso se acelera. ¿Por qué narices se acelera?
Llegamos al final del camino. Un muro de piedra separa el jardín del acantilado. Apoyo mis brazos en él y me pierdo en el gris azulado del mar.
—Álex, no es el caso. —Siento su cuerpo a mi lado y giro el cuello para mirarlo. Algo se me escapa, aunque no logro saber qué es—. ¿Por qué haces todas esas preguntas?
Álex me devuelve una mirada suave, cálida, tierna. Peligrosa.
—Me has pedido que empiece por lo más importante —dice en voz baja—. Es lo que intento hacer, decirte que no quiero solo un lío de vacaciones.
Un rayo cruza el cielo, seguido de un trueno ensordecedor. Todo se detiene: mi corazón, mis pensamientos, mi respiración. Lo único que se mueve es mi cara, que me deja en evidencia con esta expresión de lerda. Boqueo y me cae una gota en la nariz. Recompongo el gesto y me cae otra en la frente.
—Ah —logro decir, aunque lo mejoro muchísimo cuando añado—: Está lloviendo.
Álex me regala una sonrisa lenta, una que dice «voy a darte tiempo para que lo asimiles». Su mano se posa en mi espalda y me quema.
—Eso parece. Será mejor que busquemos un sitio donde refugiarnos.
Me limito a mover la cabeza de arriba abajo. Dudo que exista un lugar donde pueda escapar de sus palabras.
La tormenta nos obliga a resguardarnos bajo un soportal, donde nos quedamos uno al lado del otro, contemplando la lluvia en silencio. Yo porque sigo en shock y él porque me está dejando espacio para que lo procese.
Álex se pasa una mano por el pelo mojado.
—Sabía que te asustaría. ¿En qué nivel de acojone estás?
Resoplo. No lo sé ni yo.
—Un ocho —dudo—. Bueno, quizá un nueve.
Me da un empujoncito con el hombro.
—Lena, somos tú y yo, podemos hablarlo.
Asiento a desgana. Es una de las personas más importantes de mi vida y, precisamente por eso, no quiero hacerle daño. Qué ironía, justo cuando soy capaz de echar un polvo sin implicarme, él quiere más.
—Tranquila, cuando estés preparada —añade.
Una grieta de luz se abre entre las nubes. La lluvia amaina. Mi pulso, sin embargo, continúa acelerado.
—¿Sigues queriendo ir al Fiordo de Furore o…?
—Sí —respondo antes de que termine. Iría a cualquier sitio con tal de no continuar esta conversación.
El trayecto hacia la cala se convierte en un espejo de lo que ha ocurrido esta mañana. Álex es el que rellena mis silencios con anécdotas de Fabrizio y yo soy la que le lanza miradas intensas.
Casi hemos llegado cuando suenan por los altavoces los primeros acordes de «Cuore», de Rita Pavone. El inicio se asemeja al latido de un corazón acelerado.
Como el mío.
Por desgracia, me sé esta canción de memoria.
Cuando era pequeña, mi madre solía ponerla en el viejo tocadiscos para que mi padre la sacara a bailar en nuestro salón.
Cuenta la historia de un amor no correspondido y del sufrimiento de seguir amando a quien ya no está interesado en ti.
Vamos, que podría haber sido la banda sonora de mi vida.
Aparcamos en la estrecha carretera. El motor sigue en marcha cuando apago la radio y decido lanzarme:
—No funcionaría. Vivimos en países distintos.
Él suelta el volante del Fiat 500 y ladea la cabeza.
—Pero voy a volver.
Sí, ya. Aun así…
—Tengo una hija —digo, como si él no lo supiera.
—A la que me muero por conocer en persona.
Su sonrisa me desarma. Parpadeo, perpleja.
—Pero tú no querías tener niños.
—Eso no es del todo cierto. —Revisa los retrovisores y sale del vehículo.
Yo tardo unos segundos más en hacerlo, necesito registrar sus últimas palabras. Básicamente, ese fue el motivo por el que rompimos diez años atrás, ¿no? Aunque, claro, diez años dan para mucho y puede haber cambiado de opinión.
Abro la puerta y lo sigo.
Él camina delante; yo, detrás, hasta que llegamos al puente de piedra que une los acantilados.
Este lugar quita el aliento. Mis ojos recorren la pequeña playa escondida bajo el puente y se deslizan hacia el otro lado, al mar abierto, que se funde con el cielo en un mismo gris plomizo.
Álex se detiene y una fuerza invisible tira de mí en su dirección.
El mar Tirreno ruge y el viento aúlla cuando él se gira y quedamos frente a frente.
Trago saliva.
—No sé si puedo darte lo que buscas.
Sus ojos oscuros se llenan de comprensión.
—Lena, no tienes que decidirlo ahora. —Con delicadeza, me retira un mechón húmedo de la cara.
Después, muy despacio, sus dedos acarician mi mejilla—.
De hecho, no debes. Tenemos que hablar de muchas cosas antes de que llegues ahí…
Y desde ya, te aviso que me va a costar hacerlo.
Yo… Yo solo quería que supieras dónde estoy.
Me tiembla el cuerpo entero.
—No quieres un lío —musito—, quieres una relación.
La mirada que me lanza es tan dulce como su sonrisa.
—Yo te quiero a ti, Lena.
El mar, el viento, la piedra… Todo se desdibuja. Solo permanece Álex ofreciéndome su corazón, sin escudos, sin esperar nada a cambio.
Puede que lo que estoy a punto de hacer sea el movimiento más impulsivo, incoherente y estúpido de mi historia, pero mi mano asciende hasta su nuca y tiro de él.
Nuestros labios chocan con furia, igual que las olas arremeten contra la piedra, y nos besamos.
Nos besamos hasta quedarnos sin aire. Y, cuando eso ocurre, nos besamos un poco más.