Me confundes con otro 36 La mañana después
65%

36 La mañana después

La mañana después

Cuando abro los ojos, mi cabeza descansa sobre el pecho de Álex. Me recreo en el sonido de sus latidos y una sonrisa traviesa se extiende por mi cara.

Lo he hecho.

Esta noche he echado varios polvos con mi ex y no he muerto de amor, ni me estoy haciendo ilusiones, ni tampoco me imagino con él en un futuro. Solo ha sido sexo. Un sexo perfecto y muy satisfactorio, pero nada más.

¿Estoy curada? ¡Casi estoy por despertarlo y celebrarlo!

—Lena…

—Buenos días. —Le sonrío, feliz. Álex me devuelve una mirada que conozco bien, una que he visto demasiadas veces en las mismas circunstancias, pero esta vez no voy a dejar que lo estropee—.

No digas nada. —Mi mano vuela hacia su pelo, que acaricio—.

Nada de dramas. Yo estoy contenta y tú… —Analizo su rostro—.

Estás sorprendido, pero satisfecho —resuelvo—.

Esto es lo que vamos a hacer: nos levantaremos, nos ducharemos y no tendremos conversaciones incómodas repletas de justificaciones.

—Pero…

Le tapo la boca.

—Lo único que necesito saber es si vas a ducharte conmigo o si pretendes volver a tu habitación. Por hacerme a la idea, más que nada.

Sus ojos se oscurecen. También conozco esa expresión.

Sonrío, victoriosa.

Cinco minutos después, estamos en la ducha. Y, a diferencia de anoche, no hay nada dulce y tierno en la forma en la que follamos.

Tenías razón.

He mutado.

Incluyo emojis de calabacines, melocotones y flamencas. Toni responde con una carita amarilla a la que le explota el cerebro y varios aplausos.

Esto de la tecnología nos ha vuelto gilipollas. Aquí estamos, dos cuarentones comunicándonos a través de dibujitos.

Toni

Detalles, por favor.

Ni de coña.

Suelto una carcajada y guardo el móvil. Las puertas del ascensor se abren. Asomo la cabeza, compruebo que el pasillo de mi planta está despejado y me deslizo cual ninja (si los ninjas cargaran maletas, claro).

Vengo de la habitación de Álex, de recoger todas sus cosas, para evitar que Mauro o Silvi le vean saliendo de la mía con el traje de la boda. Y ojalá no me pillen a mí, porque la excusa que hemos improvisado es tan pobre que no se la creería ni mi hija.

Por suerte, llego sin incidencias.

Álex me espera sentado en la cama, envuelto en una toalla. La estampa sería de lo más sexi si no tuviera la misma expresión preocupada que cuando se ha despertado.

—Oye, Lena…, deberíamos hablar, ¿no?

No, Álex, no voy a dejar que te cargues mi buen humor.

Dejo su maleta junto a la mía, me acerco y me siento a horcajadas sobre él, Álex protesta con un gruñido tan poco convincente como la mirada de advertencia que me lanza.

—Esto no debería haber ocurrido así —dice bajito.

Mis brazos rodean su cuello y le dedico una mirada burlona.

—Ah, ¿es que habías planeado que sucediera de otro modo?

Álex suelta un suave resoplido y sus labios se curvan en una pequeña sonrisa.

—No había un plan, aunque sí muchas ganas —confiesa—, pero…

—Pero nada —le corto—. Ha pasado, y varias veces. Supéralo. —Se le escapa una risita incrédula y yo sonrío.

Me encanta el efecto que el sexo casual está teniendo en mí.

—No me dejas pensar. —Sus manos se cuelan por debajo de mi vestido color cereza.

—Por eso no deberíamos hablar ahora. Tenemos dos días para hacerlo —le recuerdo—. ¿Por qué quieres estropear el momento? —Él duda y aprovecho para darle un beso—. No me engañas, no estás ni un poquito arrepentido —le vacilo sobre sus labios.

Álex me da un cachete en el culo y gruñe de nuevo. También lo hacen mis tripas.

—¿Bajamos a desayunar? —propone.

—Solo si no tenemos la charla del día después.

Álex respira hondo.

—De acuerdo.

—Además, vas a dejarme elegir el color de tu camisa. Se acabó lo de ir conjuntados.

Álex cumple su palabra y desayunamos en el bufé del hotel entre planes, bromas y risas.

Él con una camisa gris marengo y yo con mi vestido cereza.

Hasta que a Toni se le ocurre enviarle un mensaje diciendo, textualmente: «Vaya giro más inesperado».

Así, sin ningún tipo de explicación, y Álex, que no es nada idiota, suma dos más dos.

—Joder, Lena. —Echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos un segundo.

—Lo siento. —Me encojo de hombros—. Ha sido el subidón del sexo. —Me río y su cara preocupada se transforma en una llena de orgullo, como si supiera que la noche ha sido tan increíble que no he sido capaz de mantener la boca cerrada.

Bueno…, en realidad, así ha sido.

—Lo va a contar, tenlo claro —me asegura, y tiene razón. Mi amigo posee muchas cualidades, pero guardar secretos no es una de ellas—. Y cuando lo cuente, serás la responsable de que mi prima me mate.

En un intento de ganar algo de tiempo, le doy un bocado a mi tostada. Si Toni habla, no solo Álex recibirá una buena bronca, Gin también tendrá ganas de asesinarme. Es lo justo. Si mareas a tus amigos con tus dramas, después opinarán de cada una de tus decisiones.

—Le escribo. —Dejo la tostada en el plato, cojo mi teléfono y le pido al bocazas de mi amigo que se mantenga calladito. Él responde con el emoji de una mano con el dedo pulgar hacia arriba y, acto seguido, Álex recibe otro mensaje.

—Un sticker. —Me muestra la pantalla de su móvil, donde veo una barra de estado con la palabra «Asimilando»—. ¿Va a estar así todo el día?

—Es bastante probable. ¿Has avisado al hotel de que llegaremos más tarde? —cambio de tema.

Antes de la interrupción de Toni, habíamos decidido salir de aquí para visitar varios pueblecitos y retrasar nuestra llegada al hotel en Salerno, que está en dirección contraria.

—Ya he avisado. Y no nos alojamos en un hotel, sino en un Bed and Breakfast que me ha recomendado Fabrizio.

—¿Otra sorpresa?

Él entorna los ojos. Sabe lo que estoy haciendo: evitar todo lo posible esa maldita conversación. ¿Para qué vamos a hablar? ¡A mí no me hace falta!

—Te agobiaste un poco con este hotel, así que busqué una alternativa más económica para que te sintieras más a gusto.

El gesto me enternece y me nacen las ganas de darle un beso. Si no se lo doy es porque soy nueva en esto del sexo casual e ignoro las reglas de comportamiento. ¿Están permitidas las muestras de cariño fuera del dormitorio?

—¿Una habitación o dos? —Mi pregunta consigue que las cejas trepen por su frente.

—Dos —murmura, descolocado.

Álex se peina el pelo con los dedos y yo me muerdo el labio inferior con saña. Es oficial, esto no se me da nada bien. Quiero dejarle claro cristalino que deseo repetir, pero, si saco el tema, me meteré de lleno en la charla que quiero evitar.

Joder, qué difícil.

Enarco una ceja y le lanzo una mirada seductora.

Sus pupilas se agrandan y una de las comisuras de su boca se eleva.

«Quiero más», es el mensaje que trato de enviarle, y por su reacción intuyo que ya lo está pillando.

Puedo llevar mucho tiempo fuera del mercado, pero aún distingo cuándo un hombre me desea.

Y Álex quiere que volvamos a echar un polvo tanto como yo.

Bien por la comunicación no verbal. Dudas resueltas.

—¡Buenos días, parejita! —Silvi coge una silla y se sienta en nuestra mesa con una sonrisa tan llamativa como su aspecto de recién follada.

Echa un vistazo a la comida y se ríe—. Oh, my God, por aquí alguien necesita recuperar energías.

¿Puedo? —Sin que nos dé tiempo a responder, se mete a la boca un trozo de tarta de chocolate y gime de placer.

Álex y yo intercambiamos una mirada y movemos los labios al mismo tiempo: «Polvos de despedida». Sonreímos.

—¿Cómo te encuentras? —Acaricio su brazo con dulzura.

—Fantástica. —Suspira y sus ojos se pierden en una recreación que no necesito visualizar—. ¿Y tú? ¡Qué calladito te lo tenías!

No entiendo a qué se refiere hasta que planta su mano en mi tripa. Ay, joder. Mi cara de lerda combina perfectamente con la carcajada contenida del supuesto padre. ¿Por qué a él le toca siempre la parte más fácil?

—Nos enteramos ayer —me invento—. No queríamos robarles el protagonismo a los novios.

Silvi parpadea con lentitud.

—¿Has tenido dos faltas y no te has hecho ninguna prueba?

Asiento, poco convencida. Es mejor quedar de imprudente que de mentirosa, ¿verdad?

Silvi abre mucho los ojos y se lleva una mano al pecho.

—Uyyy, pobrecita mía… Creías que era la menopausia, ¿sí?

Ahora la que abre mucho los ojos soy yo.

—Era una posibilidad —interviene Álex—. Pero muy remota —añade cuando le lanzo la mirada de psicópata.

—¡Otro final feliz! —La rubia aplaude—. ¡Qué cuqui todo!

—¿Otro?

—¡Sí! ¡Mauro y yo vamos a darnos una segunda oportunidad!

Antes de que abra la boca, Álex me da una patadita por debajo de la mesa y me muerdo la lengua. Hace bien en detenerme. Por experiencia, sé que no serviría de nada aconsejarla. Yo nunca escuché a mis amigos.

Ojalá que, con el tiempo, Silvi se dé cuenta de que se está aferrando a esa relación para que sea como ella quiere y no como es en realidad.

—Buongiorno. —El enanito gruñón aparece y le hace un gesto a Silvi para que se levante—. Álex, parliamo. —Y mueve su mano para indicar que se refiere a que quiere hablar después.

Durante el resto del desayuno logro desviar la atención de Álex para que olvide el discursito que tenía planeado echarme.

Una miradita por aquí, un rocecito por allá y, con la excusa de recoger nuestras maletas, regresamos a mi habitación, donde, por supuesto, pasamos olímpicamente de nuestro equipaje.

Qué le voy a hacer, el sexo es adictivo y, por lo visto, llevamos el mismo retraso a la hora de practicarlo. Tendremos que ponernos al día, ¿no?

Un rato después, salimos de la habitación relajados, con el pelo enmarañado y soltando muchas risitas tontas.

—¡Uy, menos mal que todavía no os habéis ido! —Silvi se echa a mis brazos y Mauro me escanea de arriba abajo.

—El vestito é del revés —masculla.

Estoy tan zen que ni me inmuto y tan venida arriba que le digo a la rubia:

—Apunta mi número. Llámame cuando quieras poner verde a este.

Antes de despedirnos, hay más besos y abrazos (de Silvi y míos) y muchas miradas asesinas (de Mauro todas).

—Hoy conduzco yo —afirmo cuando nos aproximamos al coche. Ya está bien de dejarse llevar por costumbres de otra vida.

Álex rebusca en los bolsillos de la chaqueta y me lanza las llaves.

—A sus órdenes.

Se me escapa una risita al montarme en el vehículo y colocar el asiento. Álex aprovecha el momento y me pasa un papelito que está doblado en dos. Lo abro y la cifra que hay escrita me escandaliza.

—¿Esto es más de lo que te ofreció ayer? —Él asiente y sus labios se curvan en una sonrisa orgullosa—. ¿Y has aceptado?

—Aún no. Le haré sufrir hasta que vuelva. El aumento me vendrá bien hasta que encuentre otro trabajo.

—Entonces hemos cumplido nuestro objetivo.

—Gracias a ti. —Álex posa la mano en mi muslo y el calor asciende hasta… ¿En serio? ¿No se sacia nunca?

—Gracias al bambino. —Arranco el coche y Álex suelta una carcajada—.

Es curioso, ¿no? —Meto la marcha atrás y hago retroceder el vehículo.

Álex emite un ruidito mientras su pulgar juguetea con el borde de mi vestido.

¿La verdad? No sé si seré capaz de conducir si no retira esa mano de ahí—. Álex… —le advierto al tiempo que freno.

—¿Qué es curioso? —pregunta con fingida inocencia.

Pongo los ojos en blanco y decido seguirle la corriente.

—El tema de los clichés. —Le lanzo una mirada asesina a su mano, que me responde con un último apretón antes de retirarse.

Álex chasquea la lengua y a mí me da la risa.

Ahora sí, avanzo hasta salir del aparcamiento—.

Estaba pensando que, en las historias de parejas falsas, siempre los pillan y acaban enamorados, pero nosotros no hemos cumplido ninguno de los dos puntos.

—Giro el cuello para no perderme su carcajada, que no llega.

Álex asiente, distraído, y enciende la radio.

—¿Canciones italianas o cambiamos?

—Lo que tú quieras, cariñito.

Una vez más, su reacción me despista. Su sonrisa es tibia y sus ojos se entrecierran. Aunque empiezo a preocuparme de verdad cuando, después de tres canciones, continúa en silencio.

—Álex, ¿estás bien?

Él me mira de reojo.

—Sí, solo un poco cansado.

Pero no volvemos a hablar hasta que llegamos a Sorrento.