35 Adiós, control
Adiós, control
Álex
Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza con la misma piedra una y otra vez.
La mía tiene nombre de mujer y ha prometido portarse bien, pero me provoca sin pretenderlo.
Cuando sonríe, cuando me reta, cuando roza mi piel o cuando me mira justo como lo está haciendo ahora, como si fuera capaz de leer mis pensamientos.
Y, a veces, puede.
Por eso desvío la vista hacia el centro de la pista de baile. Suena «Sarà perché ti amo», de Ricchi e Poveri, y Fabrizio salta con Giulia mientras ríe como pocas veces le he visto hacerlo.
Me apoyo en la barra y sonrío. Puede que esta sea la primera boda en años en la que no me pongo en plan melancólico. En parte, se debe a la misma mujer a la que estoy evitando mirar, pero también a que he recuperado la esperanza de que puedo ser feliz.
—Me estás emborrachando. —Lena apoya la cabeza sobre mi brazo y sus ojos buscan los míos.
—¿Yo? —Finjo indignarme y me apunto con el dedo—. Eres tú la que pides gin-tonics como si no hubiera un mañana.
—Son «agua con gas», y la idea ha sido tuya.
—La primera copa ha sido idea mía —la corrijo—. Las otras dos forman parte de tu estrategia para atontarme.
A Lena se le escapa una risita y aprovecho para recordarme que no debería beber más, podría hacer una tontería en cualquier momento.
—¿Bailamos? —Sube y baja las cejas, en un gesto que sugiere que es una propuesta peligrosa.
En cierto modo, lo es.
—¿Será bueno para el bambino?
—Es fuerte, ha sobrevivido al alcohol y a la tarantela —me asegura.
Contengo una carcajada. ¿He dicho ya que adoro a esta mujer? No hay nadie en este planeta que me haga reír más que ella.
—No me convences.
—Antes eras más divertido —me pica.
—Y más joven. —Apuro mi copa y ella finge un suspirito.
—¿Sabes? Tienes razón, todos cambiamos. —Me lanza una mirada vacilona.
—¿Me estás desafiando?
Lena levanta un solo hombro.
—Puede.
Me da un empujón. Luego, otro. Hasta que acepto a regañadientes y me dejo llevar hasta la pista de baile, donde comienza a moverse de esa forma tan suya.
Libre, sin complejos. Tan pronto hace el payaso como se contonea igual que una diosa.
Y este era el motivo por el que no quería bailar.
Porque, si Lena me atonta con su sola presencia, cuando baila, mi cuerpo entero cosquillea.
Antes de que me meta en un lío, Fabrizio acude al rescate y me obliga a bailar el vals con él.
Los móviles en alto nos rodean y graban el momento. Mi amigo está encantado, Lena se muere de risa y yo… me dejo llevar.
Cuando el novio da por finalizada la gracia, nos abandona. Aunque, antes de irse, me hace un gesto italiano con la mano, que entiendo como: «haz algo de una vez».
Lena gira, levanta los brazos y da palmas. Yo orbito a su alrededor, imito sus pasos e intento, por todos los medios, no caer en su embrujo. He estado controlándome durante todo el día, no debería ser tan difícil… Y, sin embargo, lo es.
Mis manos vuelan hacia su cintura. Lena se ríe, cierra los ojos y agita la cabeza de un lado a otro, al ritmo de la música. Mis caderas buscan su roce y se mueven sin permiso. Ella se restriega contra mí y pasa un brazo alrededor de mi cuello.
«Despacio, Álex», insiste una vocecita que cada vez escucho a un volumen más bajo.
Con toda mi fuerza de voluntad, me separo de su cuerpo y la hago girar. Necesito espacio, oxígeno y un puto milagro, pero no obtengo ninguna de las tres cosas. Lena regresa como un bumerán y su pecho impacta contra el mío. Por instinto, miro hacia abajo y ella me guiña el ojo.
Adiós, control.
Mis brazos la envuelven y la distancia entre nosotros desaparece. Me sobra ropa, gente y la conciencia.
Lena alza la cara y nuestros ojos conectan. Los suyos transmiten un anhelo que trata de mantener a raya. Los míos se deslizan hacia su boca.
Un cosquilleo lleno de anticipación me atraviesa de pies a cabeza. La respuesta me sorprende, aunque no debería, hace tiempo que sé que hay ciertas reacciones de mi cuerpo que solo le pertenecen a ella.
No puedo pensar. Tampoco quiero hacerlo.
Mi mano asciende por su espalda y se acomoda en su nuca. Ella entreabre los labios y… lo mando todo a la mierda cuando me agacho hasta encajar mi boca con la suya.
Los labios juegan, las lenguas se enredan y nuestras respiraciones se acompasan. Nos besamos con hambre, pero sin prisa. Parece que ambos somos conscientes de que esto solo es el comienzo.
Espero que así sea.
—Álex, esto no es portarse bien —dice contra mi boca.
No, no lo es. Y no quiero dar la oportunidad de que nos lo replanteemos. Por eso, vuelvo a besarla.
Lena sonríe, juguetona. «Estamos dando el espectáculo», parece decirme cuando sus dedos se clavan en mi espalda. Yo señalo con los ojos al hotel y levanto una ceja. Ella responde tirando de mi camisa y arrastrándome fuera de la pista.
Esta vez no voy a echarme atrás. No podría aunque quisiera.
El camino se nos hace eterno. Hacemos paradas en cualquier rincón que nos oculte de miradas fisgonas.
Detrás de un limonero, en el baño de la planta baja e, incluso, en el ascensor.
Los besos aumentan de intensidad, las manos se cuelan bajo la ropa y los gemidos son tan difíciles de disimular como nuestra excitación.
Cuando conseguimos llegar a su habitación, sus medias están en mi bolsillo y mis pantalones, desabrochados.
Puede que mi conciencia me grite que debo hacerlo mejor, pero llevo tantos años fantaseando con este momento que la acallo de un plumazo.
No puede haber tanta diferencia entre hablar hoy y hacerlo mañana, ¿verdad?
—Ven aquí. —Lena desobedece su propia orden, me empuja contra la pared y se lanza hacia mi boca.
Mis manos vuelan a su espalda y se pelean con la cremallera de su vestido. Necesito tocar más piel, que la ropa se desintegre y que mis ganas no me hagan ir demasiado rápido. Quiero disfrutarla y que ella descubra cuánto he echado de menos tenerla entre mis brazos.
Lena, impaciente, tira de su cremallera con ansia. Aprovecho su movimiento y me deshago de la chaqueta y la camisa. Su vestido cae al suelo. Mis pantalones, también.
—Estás igual —se queja con el morro torcido.
—Y tú estás mejor.
Ambos sonreímos. Ella porque cree que es un halago y yo porque sé la suerte que tengo.
Lena tira de mi mano y me lleva a la cama. Nos acostamos de lado y quedamos frente a frente, a medio palmo de distancia. La impulsividad que nos ha traído hasta aquí ha dado paso a la timidez.
Ella respira hondo. Yo contengo el aliento.
—Álex, hace mucho que yo no… —Sus ojos, que unos segundos atrás estaban llenos de fuego, ahora reflejan una inseguridad que me pellizca el corazón.
Peino su pelo y mi mano termina en su mejilla, que acaricio con el pulgar. Estoy más nervioso que en nuestra primera vez. Entonces ignoraba cómo sería acostarme con ella, pero ahora sé que hasta un polvo rápido con Lena es mucho más, porque no se trata del cómo, sino del con quién.
—Yo tampoco —respondo. Ella pone los ojos en blanco, dando por supuesto que sus tiempos y los míos son muy distintos—. Lena, la última vez que me acosté con una mujer fue antes de la pandemia.
El gesto de burla desaparece y su boca se entreabre por la sorpresa. Lo que me callo, para no asustarla, es que, desde aquel primer mensaje por WhatsApp no he sentido el más mínimo deseo por nadie que no fuera ella.
—¿Nos acordaremos? —Se le escapa una risilla.
—Hasta ahora lo estábamos haciendo muy bien.
—Mis dedos exploran su cuello, su perfil curvilíneo y terminan en la cadera, donde un pequeño tatuaje que consta de dos palabras llama mi atención.
«Somos instantes»—. ¿Te tatuaste el nombre de tu cafetería?
—Lena niega con la cabeza y se muerde el labio inferior—.
La llamaste así por este tatuaje —deduzco, y ella asiente con un leve gesto—. ¿Por qué?
No responde con palabras, se limita a coger mi muñeca izquierda y acariciar mi carpe diem. Dos mensajes distintos pero complementarios. Disfrutar del ahora, ser en presente. Mi pecho se calienta y el pulso se dispara. La calma, la timidez y el sentido común desaparecen.
Tiemblo entero cuando me atrevo a deslizar hacia abajo su tanga y el corazón amenaza con entrar en taquicardia cuando Lena se desprende del sujetador. Ni siquiera soy consciente del momento en el que me desnudo por completo ni cómo me coloco entre sus piernas.
Sentir su piel bajo la mía es incluso mejor de lo que recordaba. Asciendo hasta su cuello, donde deposito un suave beso, y continúo subiendo hasta que llego a sus labios.
—Hola, chica maja.
—Hola. —Su respiración se entrecorta y me besa, despacio.
Nuestros labios vuelven a bailar como cuando éramos unos chiquillos. Sin urgencia, sin pausa, sin ningún otro objetivo más que besarnos y dejar los nervios atrás.
Los juegos llegan después. Una caricia en mi espalda.
Un mordisquito en su cuello. Sus dedos, que se enredan en mi pelo, mientras mis manos exploran el contorno de sus pechos.
Sus piernas, que me envuelven en un abrazo, aumentando la fricción entre nuestros cuerpos.
Mi boca pegada a su piel. El deseo desbordado a través de gemidos.
Pierdo la noción del tiempo y, al mismo tiempo, siento que todo va demasiado deprisa.
Si ahora mismo me concedieran un deseo, sería multiplicarme por tres.
Un Álex para lamerla entera, otro para abrazarla y el último para, simplemente, mirarla mientras disfruta.
No quiero perderme nada. Ni una caricia, ni un suspiro, ni la expresión de sus ojos.
Me entretengo en sus pechos. Los acuno, los lamo y succiono con devoción mientras Lena me tira del pelo y gime de esa forma tan suya que consigue volverme loco.
Juro que nunca he escuchado un sonido mejor.
—Álex… —suplica. Y ya tengo que desdecirme porque este se ha convertido en mi nuevo sonido favorito para los restos.
Doy un último beso a su perfecto pezón y deslizo la vista hacia su cara. Sus mejillas están encendidas, sus labios, hinchados y, por la mirada que me lanza, entiendo que no desea que me detenga.
Yo tampoco quiero.
Desciendo hacia la cintura, su ombligo y al mismo centro de su cuerpo, donde aspiro su olor, que para mí sigue siendo mi hogar.
Lena contrae los músculos y agita las caderas, en una petición silenciosa para que los dedos y la lengua entren en acción.
Sonrío al tiempo que ella se desespera y cuela su mano para indicarme por dónde debo empezar.
No ha cambiado nada, sigue siendo una mandona y una impaciente.
Como castigo, le doy un ligero mordisquito junto a la cadera.
Lena se ríe, gime y resopla, todo a la vez.
No me demoro. Recorro sus pliegues con la lengua. Necesito reconectar con esta zona que antes conocía tan bien. Mis dedos se unen pronto a la fiesta y se introducen por su húmeda abertura. Lena responde con jadeos, lo que me da la información necesaria para acelerar, soplar y succionar.
Su cuerpo es un puto espectáculo. Se retuerce y se contrae mientras sus manos se aferran a las sábanas. Y yo abandono el último vestigio de mis nervios para arrastrarla hasta el orgasmo, que explota en gemidos escandalosos.
—Ay, joder —repite, una y otra vez, sorprendida.
Escalo por su cuerpo, me dejo caer a su lado y le retiro el pelo de la cara. Está preciosa, relajada y extasiada. Su brazo, lánguido y perezoso, se dirige a mi torso, donde comienza una danza de delicadas caricias.
Estoy tan excitado que me cuesta respirar.
Lena sustituye la sonrisa serena por otra ladeada y muy gamberra, tantea en el cajón de la mesilla y rueda hasta colocarse a horcajadas sobre mí. La imagen se me graba en el cerebro. Pelo alborotado, labios entreabiertos, mirada lobuna y ese cuerpo que parece una escultura griega.
¿Cómo he sido capaz de vivir sin esto?
Me incorporo y la beso, con mucha lengua y sin un atisbo de dulzura. Ella profundiza el beso y me come entero.
Vuelvo a perderme.
Mis manos se deslizan por su cuerpo y las suyas se entretienen rasgando el envoltorio del condón. Es ella quien introduce mi miembro en su abertura a voluntad. Sube y baja, ondea y se retuerce. Yo me limito a clavar mis manos en sus caderas, seguirle el ritmo y no morir en el intento.
Qué dulce tortura contener mi orgasmo mientras ella baila sobre mí.
Lena me da la señal de que está cerca de una segunda explosión cuando cuela su mano entre nuestros cuerpos.
No quiero que termine, pero no puedo más.
Nuestros gemidos se mezclan, los jadeos se intensifican y las palabras inconexas hacen acto de presencia.
Ella estalla y yo lo hago unos segundos después, creyendo que voy a morir de placer.
Tras unos segundos, minutos o siglos, las respiraciones se calman. Lena me abraza y nuestros latidos se mezclan creando una melodía perfecta, esa que nunca debería haber dejado de sonar.