Me confundes con otro 34 El banquete romano
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34 El banquete romano

El banquete romano

Las bodas italianas son muy parecidas a los banquetes de los antiguos romanos. Los platos se suceden, uno tras otro, en una tortura gastronómica a la que es imposible resistirse. Hasta el momento, hemos comido cuatro variedades de pasta, dos pescados, dos carnes y estamos esperando los postres.

Juro que estoy a puntito de tirarme al suelo de rodillas, alzar mis brazos al cielo y suplicar clemencia. Y lo haría…, si no supiera que el peso de mi barriga me haría volcar en el suelo.

Al menos, la comida me ha distraído de mi pobre intento de seducción con Álex, al que tengo sentado en frente y no deja de lanzarme miraditas. «¿Estás bien?», parece preguntarme con esos ojos casi negros desde el otro lado de la alargada y ancha mesa.

Y sí, lo estoy. Quería sexo y no podré tenerlo. Puedo vivir con ello. He sentido la frustración, la he aceptado y la he dejado ir. Ya era hora de que me comportara como una adulta y no como una señora que está viviendo su segunda juventud. Otra historia es la vergüenza que siento, pero dame tiempo.

Silvi, a mi lado, lleva un rato divagando sobre la mejor forma de poner fin a su relación con Mauro. Lo hace con total libertad, ya que el susodicho está sentado un par de puestos a nuestra izquierda.

—¿Cuándo se lo digo?

—¿No habías decidido hacerlo en el aeropuerto?

—Sí, para evitar una pelea y el polvo de despedida. Los polvos de despedida son muy peligrosos, Lena. —Su mirada se pierde en el vacío, levanta una ceja y sus labios se entreabren—. Uy, no debería estar pensando en esto, ¿verdad?

Hago una mueca y doy un trago a mi copa de vino. No soy la mejor persona para hablar de polvos, y menos de polvos de despedida. He tenido tantos en mi vida que llegaron a convertirse en un mal vicio del que no podía desprenderme.

—Romper una relación no es fácil, Silvi, y dejar marchar a alguien a quien has querido, a veces, parece una tarea imposible. —Sin pretenderlo, mis ojos se deslizan hacia Álex, que intenta entenderse en itañol con un primo de Fabrizio, un movimiento que no le pasa desapercibido a la rubia.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?

Miro hacia arriba, arrugo la frente y finjo que hago memoria, cuando, en realidad, estoy tratando de recordar qué narices dijimos en la cena de Cetara.

¿Noviazgo en la veintena?

—Dos años —miento, a pesar de que me encantaría decirle la verdad, que nuestra primera relación duró seis meses; la segunda, siete años, y la etapa de recaídas intermitentes, una maldita eternidad.

Las perfectas cejas depiladas de Silvi se elevan y sus ojos se abren con sorpresa.

—¿Dos años? Oh my God —vocaliza en un susurro—.

Eso suena superserio. Ahora entiendo que pensarais en casaros.

—Inclino la cabeza, en un gesto que podría traducirse como un «ya ves», y doy otro sorbito al vino.

Una sonrisa lenta se extiende por el rostro de la rubia—.

Y ahora que volvéis a estar juntos…, ¿vais a retomarlo donde lo dejasteis?

Casi estoy a punto de responderle que ojalá lo retomáramos donde lo dejamos, en aquella habitación de hotel, aunque, esta vez, a poder ser, sin dramas que enturbiaran el encuentro.

—Iremos despacio, Silvi.

—¿Despacio? Pero si Álex está dispuesto a abandonar todo para irse contigo. ¡Es de cuento! ¡O de comedia romántica!

Curvo mis labios hacia arriba e interpreto, una vez más, el papel de mi vida, el de novia afortunada.

—¿Verdad? Es tan bonito que no parece real.

Tras los dos postres, los novios cortan la tarta mientras unos preciosos fuegos artificiales iluminan el cielo. A lo tonto, son más de las seis de la tarde y ya ha oscurecido. El jardín está iluminado por velas y farolillos, colocados aquí y allá, y la luna brilla cerca del mar.

Aprovecho la ausencia de Silvi, que ha hecho una escapadita al baño, para revisar mi teléfono.

Uli me ha mandado varios vídeos de Paula y el grupo de «Polvos amalfitanos» tiene unos cuarenta mensajes comentando las fotos de la boda.

Gin dice que Álex con traje es jodidamente peligroso y Toni le responde que la peligrosa soy yo, incluyendo un emoji con la boca cerrada con una cremallera.

Cómo le gusta el salseo a este hombre. Cata, por su parte, huye de este tipo de comentarios y, después de afirmar que los dos estamos muy guapos, añade que las bodas son una costumbre antigua basada en la idea de pertenencia.

Si no lo dice, revienta. Mientras que Daniela se mantiene en un perfil bajo y solo envía corazones para demostrar que sigue viva.

—Te dije que los italianos eran unos brutos con la comida.

—La voz de Álex al otro lado de la mesa me hace levantar la vista.

Ha estado pendiente de mí todo el tiempo, aunque los más de dos metros de distancia entre nosotros y el alboroto han impedido que habláramos.

El pobre ha tenido que gritar para hacerse oír por encima de tanto ruido—. ¿Estás muy llena?

Pongo las manos alrededor de mi boca para que actúen de altavoz y elevo el volumen:

—¡Embarazada de tres meses! —Y como tengo algún tipo de imán para estas situaciones, todo el mundo se queda en silencio cuando voceo.

—Cazzo! —Este es Mauro, que acompaña el insulto con un golpe sobre la mesa.

Álex esconde la cara entre las manos y sus hombros se agitan. Se está descojonando. Yo me río, pero por no llorar. Y la señora que tengo a mi lado, que lleva toda la tarde dándome codazos para que coma, me toca la abultada tripa con descaro.

—Bambina —dictamina.

Las escandalosas risotadas de mi exnovio desvían la atención de mi persona durante un segundo.

—Bambina no. —Me apunto a la tripa y hago el gesto de negación con el dedo.

—Bambino?

Joder.

—Yo manjare molto. —Le escenifico que me llevo un trozo de comida invisible a la boca. La mujer entrecierra los ojos y me retira el vino. Pues qué bien.

El mamón de mi ex se está ahogando en su propia risa.

Le tiro un trocito de pan (que le roza el pelo), un corcho (que le da en el pecho) y hasta mi servilleta hecha una bola (que le da en la cara).

Al final, no me queda más remedio que rendirme a sus carcajadas y reírme con él.

Armamos tal escándalo que el novio se acerca a cotillear.

—¿La ragazza y su chico han comido bien? —Fabrizio palmea la espalda de Álex con una amplia sonrisa. Apenas lo conozco, pero me atrevería a decir que el brillo de sus ojos se debe a que esta situación le hace mucha gracia.

—Demasiado —respondo.

Álex trata de contener una última risotada y Fabrizio desliza la vista hacia mi tripa.

—Congratulazioni per la tua gravidanza.

Álex gira el cuello hacia su amigo, perplejo, y yo tardo dos segundos en darme cuenta de que me ha dado la enhorabuena por el embarazo en italiano.

En italiano. Él sabe hablar español.

Miro de reojo hacia donde está situado Mauro y, después, centro mi atención en Fabrizio. Todo en él parece animarme a que le siga el juego.

—Gracias, estamos muy ilusionados.

Las cejas de mi ex se alzan y me lanza una mirada interrogativa. «¿Qué estás haciendo?», parece decir. En respuesta, sonrío y poso la mano sobre mi vientre abultado. «Conseguirte el aumento, peluchín».

—Me imagino que querréis un recuerdo de este bonito momento. —Fabrizio extrae su móvil del esmoquin y trastea con él. Al segundo, suena un «bip bip» en el teléfono de Álex que, al ver la notificación, se lleva una mano a la frente.

—¿De verdad acabas de enviar un vídeo al grupo del trabajo? ¿Quieres provocarle un infarto?

Fabrizio sonríe con malicia y se encoge de hombros.

—Un embarazo es una feliz noticia. —Me guiña el ojo e inicia un aplauso, que crece de intensidad hasta que la boda al completo nos ovaciona.

Misión cumplida.

Dos cafés, una visita al baño y un limoncello después, el banquete infernal finaliza y los novios inician el baile en el salón interior con «Vivo per lei», de Andrea Bocelli. Como es habitual, los invitados rodeamos a la feliz pareja y disfrutamos del espectáculo.

—Mauro me ha interceptado en el aseo. —Álex, a mi derecha, posa su palma en mi espalda y acerca su boca a mi oído—. Me ha ofrecido el doble.

—Nos vendrá bien. —Me acaricio la tripa con mucho teatro y le miro de reojo. Sonríe.

—Le he dicho que no.

—¿Qué? ¿No es lo que esperabas? —Me alejo para ver su cara, que refleja que es mucho más de lo que creía—. ¿Entonces?

—Si le digo que sí, se acabaría la diversión.

—Le doy un sueve codazo y él se ríe—. No, no es eso.

Le he estado dando muchas vueltas desde esta mañana y no quiero aceptar el aumento si eso significa retrasar más mi vuelta.

—Me sorprendo tanto que paso del baile y giro mi cuerpo hacia el suyo.

Con el movimiento, su brazo resbala y ancla la mano en mi cadera—.

Tenías razón, Lena, he estado tan centrado en el trabajo que no he disfrutado como debía.

Si antes de este viaje lo tenía claro, ahora más.

Quiero decirle que me alegra que haya tomado esa decisión, que quiero que sea feliz y también preguntarle qué ha cambiado para que acelere sus planes. En cambio, lo que hago es achucharlo porque, por alguna extraña razón, las palabras no me parecen suficientes para expresarle lo que siento.

—Me he reído más en estos días que en el último año —dice, y adivina una vez más qué estoy pensando—. No quiero volver a renunciar a eso.

Me separo y levanto la cara en busca de la suya. Necesito saber a qué se refiere con «eso», pero la balada termina y comienza a sonar una melodía italiana tradicional que hace enloquecer a todo el mundo.

—¿Qué…?

—La tarantela. —Es lo único que puede explicar Álex antes de que una señora tire de su brazo y se lo lleve.

No me da tiempo a retirarme. Un hombre de mi edad enlaza su brazo con el mío y es imposible seguirle el ritmo. Saltitos, giros, palmas y mucho brazo arriba. Lo intento, claro, aunque más que bailar, me da la sensación de que estoy aplastando uvas mientras saludo.

Tras muchas vueltas y un par de intercambios de pareja, me reencuentro con Álex. Ambos estamos despeinados, con el corazón acelerado y una amplia sonrisa en la boca.

—¿Y Silvi? —Busco entre la gente y no la localizo. La pista está llena, la música tradicional ha sido sustituida por la comercial y los invitados se mueven con ganas—. Hace rato que no la veo, ¿y tú? —Álex pone cara de circunstancias y se toquetea el pelo.

—Estaba con Mauro, en el baño.

—¿Discutiendo?

La sonrisilla que veo a través de los mechones de pelo desordenados me dice que no.

—Diría que estaban haciendo justo lo contrario.

Ambos exhalamos al mismo tiempo.

—Polvo de despedida —decimos a la vez.

Un par de niños pasan corriendo entre nosotros y se colocan en el centro de la pista, junto a los novios. Fabrizio y Giuglia los cogen en brazos y bailan con ellos.

—En fin… —Me plancho el vestido con las manos mientras Álex me ayuda a peinarme como puede—. ¿Y ahora qué hacemos?

Mi ex me mira con ternura.

—¿Nos tomamos una copa y celebramos mi gran decisión?

—¿Don «no deberíamos beber más» me está incitando a tomar más alcohol?

—Solo si tu falso embarazo te lo permite, claro. —Me ofrece su brazo y me cuelgo de él—. Una copa —puntualiza—. Y por tu estado me temo que tendrás que beber a escondidas.

Pero no tomamos una copa, sino tres, lo que explica que, una hora después, ni Álex ni yo nos estemos portando bien.