Me confundes con otro 33 Si esto fuera una película
60%

33 Si esto fuera una película

Si esto fuera una película

Si esto fuera una película, sería la típica escena en la que el rostro de la protagonista aparece en primer plano y transmite esa seguridad de quien sabe que su vida está a punto de cambiar.

La cámara se iría alejando y veríamos a una mujer empoderada y sexi saliendo del ascensor al ritmo de una canción de Beyoncé.

Tiene un objetivo y se dirige hacia él con una determinación inquebrantable. Lo visualizas, ¿verdad?

Pues ahora imagina todo lo contrario. O sea, yo, cagada de miedo, dando pasitos cortos hacia el bar del hotel, donde Álex me espera, mientras trato de que el temblor de mis piernas no me haga caer al suelo de bruces.

Vamos, que si mi particular paseo tuviera banda sonora sería la canción de Yurena, «A por ti».

Lo sé, no suena bien, pero, a veces, las decisiones que tomamos nos generan más miedos que certezas.

Traspaso las puertas del bar y localizo a Álex sentado en una pequeña mesa, la mar de guapo y sereno. Qué bien le quedan el traje oscuro y la camisa blanca.

Venga, Lena, es hora de sacudirse las inseguridades.

Me he liado con Álex mil veces. ¿Qué importa si no recuerdo la última vez que llevé la iniciativa?

¿Qué más da si no ha visto los cambios que ha realizado mi cuerpo tras la maternidad?

Somos Álex y yo. Solo debo relajarme y dejarme llevar para que fluya la energía que hay entre nosotros.

Me dirijo hacia él y, cuando levanta la vista y me mira, siento el cosquilleo. Esta vez no hago nada por detenerlo, permito que se extienda y me traspase entera. Voy a recrearme en cada puñetera sensación.

—Álex, si sigues mirándome así, voy a pensar que quieres comerme. —Le guiño el ojo con descaro.

El movimiento de su nuez lo delata. Se ha puesto nervioso. Se incorpora con torpeza, se acerca y besa mi mejilla.

—No puedo hablar —confiesa.

Le doy un repaso de arriba abajo, sin prisa, y termino en sus ojos, que transmiten un deseo contenido. Álex enarca una ceja y yo le devuelvo una sonrisa enigmática.

—Joder, Lena. —Suelta un resoplido y su mano vuela hacia el cuello de su camisa, del que tira como si necesitara aire.

Vale, lo ha pillado.

—¿Vamos? —Entrelazo mi brazo con el suyo y alzo la cara en su dirección—. ¿Puedes andar?

Álex respira hondo y me mira de reojo.

—No las tengo todas conmigo.

Me río y tiro de él. Sé que lo intuye, pero hoy será el día en el que volvamos a echar un polvo.

Entramos al jardín del hotel y la decoración me deja con la boca abierta.

No debía de ser suficiente con los limoneros, las vistas al mar y las pérgolas de madera cubiertas de buganvillas, porque han colocado detalles monísimos por todas partes.

Por ejemplo, el carro de madera antiguo decorado con margaritas donde se encuentran las bebidas.

O el rincón vintage del horno decorado con cerámicas de colores, donde un cocinero prepara pizzas.

Aprieto el brazo de Álex, emocionada, y él se ríe con suavidad.

Hay gente por todas partes. Varios grupos se encuentran en la terraza, otros pululan alrededor de la comida y la mayoría están posicionándose en las mesas altas desperdigadas por el jardín. Los únicos que faltan son los novios, que están celebrando un enlace íntimo, aunque no tardarán en llegar.

—¿Vamos a por un Aperol Spritz y después comemos algo? —No sé para qué pregunto si ya estoy empujándolo en la dirección que me interesa.

—Cuidado, Lena, que los italianos son muy bestias a la hora de comer.

—No será para tanto. —Suelto su brazo, esquivo a un par de parejas y me acerco al carrito de las bebidas.

Cojo dos copas anaranjadas y me giro. Álex me ha seguido y se encuentra a medio metro.

Le ofrezco su bebida y alzo el brazo para brindar con él—.

Por que este día sea inolvidable. —Su copa choca con la mía y ambos bebemos.

Él, un pequeño sorbo; yo, un señor trago.

—Lena… —Sus ojos terminan la frase que no se atreve a verbalizar. «Acuérdate de lo que pasó anoche».

Doy un paso hacia él y poso mi mano sobre su pecho.

—No pienso contenerme. ¿Y tú?

Juro que noto cómo se le acelera el corazón y su respiración se agita. Esto va muy requetebién. Es evidente que este hombre quiere lo mismo que yo.

Álex deja escapar un suave resoplido y da un paso atrás.

—¿Vamos a por una pizza? —A pesar de que quiero algo muy diferente, la pregunta me deja tan cortada que ni respondo—. ¿No querías comer?

Álex extiende el brazo y me ofrece su mano. Me agarro a ella y, juntos, cruzamos el jardín hacia el pequeño horno, donde nos damos de bruces con su jefe y sus compañeros de trabajo.

Mierda.

—Eh, non sapevo dove… —No pillo más de lo que dice Mauro. Aun así, entiendo que nos estaban buscando.

—Necesitábamos un poco de intimidad. —Álex suelta mi mano y me rodea con el brazo.

Aprovecho el movimiento y me apretujo contra su cuerpo, lo que le confunde un pelín. Mi estrategia es clara: matar dos pájaros de un tiro.

—Lo veo tan poco… —Me pongo de puntillas y lo beso en la mandíbula.

Álex entrecierra los ojos una milésima de segundo y después me sigue el juego, aunque, en vez de darme un beso sexi, elige besarme la frente.

¿En serio? En fin, no puedo arrugarme ahora—.

Lo tengo medio convencido para que se mude conmigo a España. ¿Verdad, cariñito?

Como esperaba, Mauro se tensa.

—Verdad, amor. —Álex me sonríe con los labios apretados, tratando de contener la carcajada que le vibra en el pecho.

—Ma la Svizzera è molto bella. —El italiano mueve las manos con entusiasmo mientras sus otros dos empleados asienten. Y esto es todo lo que pillo de un monólogo eterno sobre las ventajas de vivir en el país de Heidi.

Con sigilo, me acerco a la barra para coger dos porciones.

—¿Y Silvi? —pregunto.

Ipso facto, recibo una mirada asesina del italiano. Mauro responde en itañol que su novia se ha ido a dar una vuelta. No me extraña, querrá perderlo de vista. Y por la cara de aburrimiento de Álex, diría que él también.

—Cariñito, me encantaría hacerme unas fotos allí.

—Y apunto con el dedo a la zona más alejada del jardín, ignorando al gruñón de Mauro, que a estas alturas debe de querer cortarme en pedacitos.

Me da igual, a mí el único que me interesa es mi falso novio, que me regala una mirada agradecida y se despide a toda prisa de sus compañeros.

—Te debo una. —Álex choca su copa con la mía en cuanto estamos unos metros más allá del grupo.

—Y me la pienso cobrar —respondo.

En carnes, a poder ser.

Devoramos nuestras pizzas en una mesa alta, bajo un limonero, mientras nos reímos de las caras de su jefe.

Le hago ojitos, le toqueteo el brazo y aplico todos los trucos de lenguaje no verbal que me ha enseñado Instagram.

Sin embargo, Álex, en lugar de seguirme el coqueteo, desvía la mirada, se ríe con nerviosismo y hace respiraciones profundas.

—Voy a por otra ronda si prometes tomártelo con calma. —Señala nuestras copas vacías y le respondo con una mirada que pretende ser seductora.

Él, más que irse…, huye. Empiezo a mosquearme. ¿Qué hago mal? ¿Estoy tirándole los trastos muy a saco?

—¡Lena! —Silvi aparece tras un grupo y agita la mano.

Lleva un precioso vestido largo de color amarillo limón que combina estupendamente con el mío, color calabaza.

Vamos, es que podríamos ser la versión humana de Epi y Blas—.

Uy, menos mal que te encuentro, ya no sabía dónde meterme —dice en cuanto llega hasta mí.

De verdad, vernos juntas debe de ser como ver un chaleco reflectante—.

¿Te importa si me quedo contigo y con… ¿Dónde está Álex?

—Imagino que… —Estiro el brazo, cierro un ojo y señalo con el dedo, igualito que si fuera una francotiradora, hasta que lo localizo—. Ahí, en el carro de madera, tratando de hacerse con un par de copas.

Álex adivina que está siendo observado y se gira hacia nosotras. En cuanto distingue a Silvi, alza la mano para saludarla y juraría que suspira con alivio.

Vale, lo he pillado. Lo estoy acojonando.

—¡Tu novio es tan cuqui! —Silvi suelta un suspirito y baja la voz—. ¿Puedo hacerte una pregunta? —Asiento, convencida de que no será nada importante, y ella se recoloca un mechón de pelo rubio tras la oreja—. Estáis tan bien juntos que no entiendo por qué rompisteis. ¿Quién lo decidió?

El grupo de amigos que tenemos en la mesa de al lado estalla en carcajadas, proporcionándome unos preciosos segundos para reaccionar. Sin embargo, los desaprovecho cuando repito como una boba:

—¿Que quién…? —Mierda. Con todo el tiempo que hemos tenido y no hemos solucionado esa pequeña laguna en nuestra historia de ficción. Espera, ¿no decía Álex que era más creíble una mentira combinada con la verdad?—. Él.

—¿Y cómo fue? —Silvi apoya el brazo sobre la mesa alta para crear una falsa sensación de intimidad.

Dicen que cuando mientes, tus ojos se desvían hacia la derecha. ¿O era a la izquierda? Los míos se deslizan hacia el horizonte, a la línea donde el cielo y el mar se unen, esperando el milagro de que la naturaleza pueda darme las respuestas.

Mira, a tomar por saco. Voy a decir la verdad.

—Teníamos muchos planes. —Imito su postura y me llevo una mano a la boca, igual que cuando era una cría y quería contarle un secreto a Gin—. Queríamos comprarnos una casa, casarnos y tener hijos, pero nuestros tiempos no coincidieron. A mí me traicionó el reloj biológico y él no estaba preparado.

Los recuerdos me la juegan y me traslado a aquel momento. Su comportamiento distante y la angustia. Mi ansiedad por no ser capaz de llegar hasta él. El miedo a perderlo. El dolor cuando decidió que no podíamos seguir así.

—No lo entiendo. —Las palabras de Silvi me devuelven al presente. Y menos mal, de verdad que odio recordar nuestra ruptura—. ¿Y qué tuvo que ver la distancia?

Ay, joder, si es que yo no sé mentir.

—Vivíamos en ciudades diferentes —me invento a toda prisa y, antes de que siga indagando, le pregunto—: Y a ti, ¿qué te pasa con Mauro?

La sonrisa de Silvi se desvanece y sus labios tiemblan. Al percatarme de que está a punto de echarse a llorar, extiendo los brazos para ofrecerle consuelo. El problema es que ella acepta, y lo hace con tanto entusiasmo… que termino con la cabeza entre sus tetas.

Vaya, este no era el tipo de contacto que esperaba tener esta noche.

Silvi llora y yo la dejo, porque soy de las que piensan que la tristeza es mejor sentirla que retenerla.

Cuando mi joven amiga se calma y consigo separarme lo suficiente como para respirar, le pregunto:

—¿Qué ha pasado con Mauro?

—Que es imbécil. —Se limpia las lágrimas con delicadeza.

Mira, ahí estamos las dos de acuerdo.

Álex llega justo para escuchar la última frase y sus cejas salen disparadas hacia arriba.

—Esto se queda aquí, ¿sí? No puedo con él. Os lo juro, está insoportable.

—Sí, está más gruñón que de costumbre. —Álex le ofrece su copa a Silvi y se coloca a mi lado.

—Os lo voy a contar, pero, por favor, no os enfadéis. —Inspira hondo y exhala, despacio—: Chicos, Mauro está un pelín obsesionado con vosotros. Dice que no le cuadra que estéis juntos, que todo es mentira. Yo le digo que solo hay que ver cómo os miráis y, al final, terminamos peleados.

Los hombros de Álex se hunden y realiza una mueca. No hay que ser muy lista para adivinar que se siente culpable.

—Mauro está preocupado por si Álex deja la empresa —le explico a la rubia—.

Y supongo que esa preocupación lo ha llevado a comportarse como un gruñón.

Pero ¿sabéis qué? Que nadie tiene derecho a que sus emociones amarguen a los demás.

—Silvi emite un ruidito de conformidad y Álex se endereza—.

Vamos a brindar, que aún queda mucha boda.

Tomamos otra copa antes de que lleguen los novios.

Y una más mientras ellos se pasean saludando a los invitados.

Por las veces que he ido al baño, deduzco que empiezo a ir un poco tocada (aunque la risa tonta también me da una pista).

Hemos probado toda clase de olivas (riquísimas), embutidos de la zona (espectaculares) y quesos (un poco fuertes para mi gusto).

Ni una porción de pizza más. Silvi es la encargada de vigilar la posición de Mauro y afirma que no se ha movido del sitio.

Con la llegada de los recién casados, han aparecido camareros con bandejas que se pasean por el jardín con nuevas delicias. Mozzarela, tartar de atún al limón, berenjenas a la parmesana, mejillones gratinados…

—Oh, my god, empiezo a estar llena. —Silvi acaricia su vientre plano y suelto una carcajada seca de incredulidad—. Has comido tres bocaditos.

—No como nosotros —Álex palmea su tripa inexistente y la curiosidad guía mi mano, que se posa en ella, y compruebo que la zona está dura como una piedra.

Mi falso novio retiene la respiración y yo levanto la mirada, centímetro a centímetro, recreándome en su cuerpo hasta llegar a sus ojos oscuros, que se funden con los míos.

—Voy a por… —Silvi se marcha a toda prisa.

Álex alza la mano hacia mi mejilla y su pulgar me acaricia con suavidad.

—Lena, no deberíamos beber más. —Cierro los ojos y ladeo la cabeza para disfrutar del contacto de su piel contra la mía.

Definitivamente, el alcohol me está afectando.

Debería decirle que tiene razón, disculparme por toquetearlo y…

—. Por favor —me suplica. Sus labios están tan cerca que rozan los míos en un suave beso—.

No me provoques más, quiero hacerlo bien.

Abro los ojos y distingo en los suyos el tormento tras el deseo. Es hora de aceptarlo: no va a ocurrir. Álex no quiere herirme ni estropear nuestra amistad. Retrocedo un paso. Su mano sigue anclada en mi mejilla y se niega a dejar de tocarme.

—No te provocaré, lo prometo. —Me obligo a sonreír.

Si esto fuera una película, la cámara captaría la sonrisa que no llega a los ojos de la protagonista y la música subiría de volumen para darle más dramatismo a la escena. Sin embargo, esto es la vida real y por nada del mundo desearía que este hombre se sintiera culpable por no ir más allá.

—Tu jefe nos está mirando. —Subo y bajo las cejas con un entusiasmo que no siento.

Álex localiza a Mauro entre la multitud. La sonrisa que me devuelve es tan de mentira como la mía. Lo sé por sus ojos, que hablan en un lenguaje al que le he dedicado años de estudio.