32 La última vez
La última vez
Álex
Tras la ruptura definitiva, cinco años antes
No debí hacerlo.
Tendría que haberme quedado donde estaba y tragado las ganas, porque sabía lo que iba a ocurrir. Por supuesto que lo sabía. Y aun así, no pude detenerme.
Podría justificarme diciendo que no era capaz de pensar con claridad o que aún no estaba preparado para contarle por qué me había ido.
Serían excusas.
Simplemente, tomé el camino conocido porque la alternativa me aterraba. Ahora lo sé. No entonces, que esperé hasta que Lena se quedó sola, sentada en el bordillo del camino, sin zapatos y con el pelo revuelto.
—¿Qué haces fumando? —El crujido de la grava bajo mis pies amortiguó el sonido de sorpresa que emitió ella al ver que salía de entre las sombras.
—Necesitaba espacio —respondió con sinceridad—. Y Roger odia el tabaco.
Si Roger lo odiaba, no sería yo quien le dijera que era un hábito poco saludable.
Me acerqué y me senté a su lado. Cerca, muy cerca, lo bastante como para oler su perfume, pero no tanto como para tocarla.
Ella me tendió el cigarro que sujetaba entre sus dedos. Yo le di una calada y me tragué la tos.
—Flojucho. —Lena soltó una dulce carcajada que me hizo sonreír.
—Un poco sí —reconocí. Al fin y al cabo, había quedado más que demostrado. Después de esconderme para evitarla, me encontraba justo a su lado—. ¿Desde cuándo fumas?
Lena frunció sus labios y quise entender que desde que salía con Roger.
—¿Me guardas un secreto? —Recuperó el pitillo y cogió su copa para apurar el contenido.
—Por supuesto.
—Por supuesto —me imitó—. Cada vez que lo dices, me dan ganas de…
Nuestros ojos conectaron y mi estúpido corazón se paró.
—¿De…?
Desvió la vista hacia el frente y reprimió un bufido.
—De decirte que hay más formas de responder. Podrías decir «claro», «vale» o un simple «sí».
—Por supuesto. —Lena me miró de reojo y muy mal—. ¿Cuál es ese secreto? —Recibí un manotazo en el hombro y me reí.
—Me gusta tu risa —afirmó, bajito.
—Eso no es un secreto, es de dominio público.
—Siempre me hace sonreír —continuó, haciendo caso omiso a mi broma.
—A mí me pasa lo mismo —confesé, tratando de que sonara como un comentario sin importancia.
«La mujer de verde», de Izal, comenzó a sonar al otro lado de la sala. Lena apagó la colilla y giró su cuerpo hacia el mío. Su pierna plegada rozaba el suelo y su pie descalzo estaba tan al alcance de mi mano que tuve que retener el instinto de masajearlo.
—Pensé que, si invitaba a Roger, estaría más protegida, pero ha sido un fracaso absoluto.
—Analizó mi rostro para tratar de encontrar una reacción que no llegó a materializarse.
Me había vuelto a dejar petrificado, sin aliento.
¿Cómo era posible que fuera tan valiente para expresar lo que sentía sin miedo?
La admiraba, la quería aún más por ello—.
Olvídalo, la bebida está hablando por mí.
—Agachó la cabeza y sus manos palparon el asfalto en busca del paquete de tabaco entre las sombras.
Debí ignorar sus palabras. Pero no lo hice.
Levanté su barbilla con los dedos, despacio. Ella se humedeció los labios y la luz que se colaba por el gran ventanal los tiñó de rosa. Qué difícil fue no mirarlos.
—Siento exactamente lo mismo.
Pasaron tres segundos. Uno para registrarlo. Otro para asimilarlo. Y en el tercero, Lena dejó de respirar y se aferró a mi camisa, dándome un permiso silencioso para que mi boca fuera al encuentro de la suya.
El beso fue urgente, loco, apasionado, y tuve la absurda sensación de que llevábamos media vida esperándolo.
—Vámonos —suplicó contra mis labios.
No supe decir que no.
No quería decir que no.
Pero debí hacerlo.
La noche fue larga y apenas dormimos. Fue perfecta. Intensa, desenfrenada, cómplice, cálida… Y bastó una sola mirada para que todo se desmoronara.
—Te quiero.
Abrí los ojos. Lena, acurrucada entre mis brazos, tenía la cabeza alzada y me miraba con esperanza. Quise decirle que yo también la quería, que no era capaz de olvidarla, pero me mantuve en silencio, porque era lo mejor para ella.
Eso me dije, al menos.
Su sonrisa se desvaneció y me odié por ello.
—Conozco esa mirada, Álex. Me sé de memoria la intensidad que transmite, la forma exacta en la que tus párpados se entrecierran y el ángulo de tus cejas. Por favor, no digas que ha sido un error.
Acaricié su espalda desnuda para tranquilizarla, aunque el gesto no pudiera arreglar lo que estaba a punto de romper.
—No quiero que nos hagamos daño —susurré mientras su cuerpo se tensaba bajo mi mano.
—¿De verdad? ¿Vas a hacer lo mismo de siempre?
—No respondí. O no supe cómo hacerlo—. Es increíble.
¡Increíble! —Lena se deslizó por la cama hasta llegar al mismo borde.
La sábana blanca resbaló por su piel cuando se incorporó, dándome la espalda—.
Sé que tú también me quieres, puedo sentirlo, pero ¿sabes qué?
—Me miró por encima del hombro—. Que tus sentimientos no importan si no sabes qué hacer con ellos.
No puedo seguir queriendo a alguien que no está dispuesto a luchar por mí.
Mis manos temblaron. El terror me paralizó.
La vi yendo de un lado a otro de la habitación mientras recuperaba su ropa del suelo.
—Por favor, no te vayas —le supliqué.
Lena no respondió. El portazo fue su última palabra.