31 La otra boda
La otra boda
Álex
Tras la ruptura definitiva, cinco años antes
Para un adicto, el momento más peligroso de su recuperación llega cuando cree haberlo superado. Esa falsa sensación de control es la responsable de que baje la guardia… y recaiga.
En mi caso, la recaída fue épica y ocurrió en la boda de Gin y Daniela.
Acudí con mis hermanos, convencido de que la historia con Lena era agua pasada.
Al menos, había hecho todo lo posible para que así fuera.
Vivíamos a más de mil trescientos kilómetros, coincidíamos pocas veces en nuestra ciudad natal y las conversaciones se habían reducido casi al mínimo.
Y parecía que la estrategia funcionaba: ella había comenzado a salir con un tal Roger, mientras que yo mantenía una relación informal con Chiara.
Por fin habíamos pasado página.
Eso era lo que creía… hasta que la vi en la puerta del ayuntamiento.
Mi pulso se detuvo y el estómago se me contrajo como si me hubieran dado un puñetazo.
La sensación empeoró cuando descubrí que no venía sola.
Su acompañante era un tipo atractivo —si te gustan los idiotas que se ponen gafas sin graduar para parecer más listos— y llevaba puesta una sonrisita de suficiencia que se la podía haber metido por el mismísimo culo.
—Álex, ¿verdad? —El muy imbécil dio un paso al frente y me tendió la mano.
Se la estreché. Qué remedio.
—¿Gerard? —pregunté, aunque sabía que no era su nombre.
—Roger. —Su sonrisa se tensó mientras rodeaba la cintura de Lena. Un gesto para marcar territorio y una jugada que le salió fatal cuando ella se deshizo del agarre y se acercó para abrazarme.
—Tenía ganas de verte —me dijo al oído y, al instante, me pregunté por qué quería quedarme a vivir ahí.
Estaba tan descolocado que no recuerdo cuándo saludé a Toni y a Cata. Tampoco cómo subí las escaleras hasta la sala de ceremonias ni en qué momento entraron las novias. De pronto, me encontré sentado entre mis hermanos escuchando los votos. Perdido. Agobiado. Confuso.
Durante la comida, la situación no mejoró.
A pesar de que Gin y Daniela se habían asegurado de que Lena y yo no compartiéramos mesa, era plenamente consciente de dónde se encontraba y qué hacía en todo momento.
Cada vez que oía a Lena hablar o escuchaba su risa, sentía un pinchazo en el pecho, un recordatorio de lo que fue y no volvería a ser, una prueba de que, hiciera lo que hiciera, nunca lo superaría.
Fue entonces cuando a Sergio le dio por interesarse por Chiara y, cuanto más preguntaba, más me daba cuenta de que era un mero entretenimiento, que no tenía nada que ver con…
—Sigues enamorado de ella —afirmó mi hermano. Levanté la vista del plato y le lancé una mirada de advertencia—. Lo siento, es una putada. Aunque podrías contarl…
—No.
—Álex, joder. —Soltó un resoplido—. ¿Entiendes que no puedo quedarme callado mientras haces el imbécil? No vives, no te abres, estás constantemente pensando en lo que podría pasar.
—Por favor, no puedo tener esta conversación contigo.
—Nunca quieres tenerla —respondió en un murmullo—. Solo deseo que seas feliz.
Y yo no fui capaz de decirle que deseaba lo mismo para él.
El baile tras la comida fue aún peor. Ver a Lena moverse mientras ese energúmeno arrimaba las caderas a su trasero fue repugnante, pero ser testigo de sus arrumacos fue demoledor.
Nunca pensé que ver cómo otro tío besaba el hombro de mi exnovia me haría tambalearme.
No un beso con lengua ni una metida de mano.
No. Un puto beso en el hombro. Un gesto delicado que trasmitía intimidad y confianza y que, desde aquel día, se convertiría en una pesadilla recurrente.
Solo deseaba largarme.
Y eso hice, esconderme en la oscuridad del jardín. Lo que no imaginaba era que acabaría siendo testigo de una conversación que no debí escuchar.
—Friendly reminder: han pasado más de cinco años desde vuestra ruptura, debes superarlo de una vez.
—Toni salió por la puerta de cristal. Tras él, Lena puso los ojos en blanco.
De inmediato, me oculté detrás del tronco de una palmera—.
Primero: no deberías haber venido con ese repelente para buscar una respuesta de tu ex.
Y segundo (y más importante): si Álex quisiera estar contigo, estaría contigo.
Así de simple. —Le ofreció un cigarrillo, que ella encendió.
—Para ti es fácil decirlo, no dejas que nadie se acerque lo suficiente como para sentir algo más que una atracción. Te los tiras y los olvidas, ¿no? No tienes ni idea de lo que es seguir enamorado de un ex.
Me asomé al tiempo de ver a Toni sonreír.
—Ilústrame.
Lena dio una larga calada.
No estaba preparado para lo que ella dijo a continuación.
Ni de lejos.
—Es como seguir bailando en plena pista cuando la música ha dejado de sonar.
—Sus labios temblaron—. Es vivir a medias, de recuerdos, de posibilidades que nunca tendrán opción a ser.
Es comparar a los chicos que conoces con el que ya no está y que siempre acaben mal parados, porque ¿quién, en su sano juicio, cambiaría el sabor del mejor chocolate con leche por el de un dulce para diabéticos?
Nadie, ¿verdad? —Esperó una respuesta hasta que Toni se atrevió a negar con la cabeza—.
Es intentar asumir que debes seguir adelante y, de pronto, saber algo de él y que todo se venga abajo de nuevo.
Es hacer una cuenta atrás de los días que faltan para que lo vuelvas a ver.
Es tenerlo frente a ti, notar que todavía hay algo entre los dos e ilusionarte, aunque después te des una hostia de realidad, porque lo que tú esperas que pase, no pasa nunca.
Es vivir en un jodido bucle, estar dentro de un laberinto en el que no encuentras la salida.
En resumen: es una puta mierda, ¿de acuerdo?
Había puesto en palabras lo que yo no sabía expresar. Me sentí expuesto, sin coraza. Peor. Quería salir de la oscuridad y abrazarla.
Y quizá fue ese anhelo —esa necesidad repentina de dejar de esconderme— lo que provocó que, diez minutos después, me atreviera a hablar con ella.