30 Puñetera estadística
Puñetera estadística
Álex
—No es que me moleste, pero ¿vas a llamarme todos los días? Lo digo porque, si me avisas, te evito el espectáculo. —Me señalo el torso desnudo y mi sonrisa se esfuma en cuanto percibo que Daniela lleva su pijama de enfermera. Ella no suele usar el teléfono en el hospital—. Eh, ¿qué pasa?
Mi prima suspira por la nariz.
—¿Sabes que hay un par de grupos para cotillear sobre lo que está pasando en ese viaje?
Me aguanto la risa y acerco la cara a la pantalla.
—¿De verdad estás usando tu descanso para decirme que nuestros amigos son unos chismosos? Porque eso no es ninguna novedad. —Entrecierro los ojos y la observo. A su espalda, hay un cartel sobre el incremento de agresiones al personal sanitario y, en su rostro, ni rastro de una mísera sonrisita.
—Álex, hay apuestas sobre cuándo vais a liaros —continúa, ignorando mi comentario—. Y, por lo visto, hoy hay muchas posibilidades de que ocurra.
Ahora sí, me río.
—Ya sabes más que yo. —Dejo el móvil en la mesilla y alcanzo la camisa blanca de la percha.
—Lo que quiero decir es que uno de los dos se lo está planteando.
—¿Qué? —Me asomo. Solo me ha dado tiempo a meter un brazo en una manga—. Yo no —le aseguro.
Daniela chasquea la lengua.
—Lo sé. Por eso te llamo.
—Puedes hacerlo —me animo, a pesar de que la imagen que me devuelve el espejo es todo menos creíble.
¿Ves esa sonrisa que no puedo borrar? Es mi ego, que está por las nubes después de saber que Lena quiere acostarse conmigo.
¿El ligero temblor de mis manos? Nervios aderezados con anhelo.
¿La arruga de mi frente? Preocupación. ¿Y qué me dices de esos ojos tristes?
Es la mirada de un tío que se siente culpable.
Mi móvil vibra sobre la encimera del baño e interrumpe mi intento de charla motivacional. Echo un vistazo a la pantalla flotante y compruebo que se trata de un mensaje de Fabrizio, que dice, literalmente, que adora a la ragazza.
Ya somos dos.
—Venga, Álex, concéntrate. —Me aliso la camisa con las manos y pruebo a hacerlo de nuevo con un poquito más de entusiasmo—. ¡Tú puedes!
Joder, qué pena doy.
Sería mucho más sencillo si tuviera que controlar mi deseo, no el suyo. También si la puñetera estadística no jugara en mi contra.
¿Cuántas veces he podido encontrarme en la misma situación?
¿Veinte? ¿Treinta? Y solo me he comportado como debía un ridículo cinco por ciento de ellas.
Ni mi traslado a Suiza ni el regreso de Lena a la ciudad donde estudió lograron poner fin a ese juego en el que perdíamos los dos.
Bastaba que coincidiéramos en un cumpleaños o en cualquier reunión de amigos para que todos nuestros avances saltaran por los aires.
—¿Podrías pensar en positivo? —me reprendo.
Inspiro hondo frente a mi reflejo y borro el rastro de la preocupación y de la culpa. Eso es pasado, me recuerdo. Ocurrió durante los cinco años posteriores a nuestra ruptura, no representa lo que somos ahora.
«Pero fue ella quien le puso fin», susurra una voz demasiado parecida a la de mi prima cabreada, no a la dulce Daniela que ha colgado sintiéndose culpable por meterse en mis asuntos.
Y es cierto, fue ella la que rompió el ciclo en otra boda, no yo. Ni siquiera pude hacer eso bien.
Pero ya te dije desde el principio que fui un gilipollas.