29 El día que odio recordar
El día que odio recordar
Diez años antes, el día de la ruptura definitiva
Cuando hablamos de tomar una decisión, solemos decir que existen tantas opciones como nos atrevamos a imaginar.
Sin embargo, en los duelos solo hay dos caminos: el largo y el corto.
Ambos tienen el mismo destino, un lugar llamado Villa Aceptación, que comunica directamente con la Ciudad del Olvido.
La única diferencia es que uno de ellos conlleva una dosis de sufrimiento mayor. ¿Adivinas cuál?
El día que Álex y yo rompimos, pude elegir cuál de ellos transitar. Y me equivoqué por completo.
Ahí estaba, sentada en el suelo del salón, aferrada al único jersey que había dejado en casa. Inhalaba su perfume y lloraba sin consuelo. Gin, a mi lado, me retiró el pelo de la cara y me ofreció un pañuelo.
—¿Sabes que nunca nos pusimos de acuerdo en qué día era nuestro aniversario? —Abracé mis piernas y apoyé la barbilla sobre ellas. Era incapaz de asimilar que Álex se hubiera ido de casa esa misma mañana.
«Es lo mejor», había dicho con la voz tan rota como lo estaba mi corazón, «queremos cosas distintas». Yo le había asegurado que lo único que quería era amarlo y que solo me importaba estar con él. No había servido de nada.
—Para mí —continué con la voz tomada—, era la fecha en la que me dio las cartas. Para Álex, el día de nuestra primera cita oficial.
—Por eso celebrabais los dos, ¿no? —Gin dejó la cabeza sobre mi hombro y Lisboa me dio un dulce cabezazo en el costado.
Asentí con la mirada perdida. Mis ojos se habían quedado atascados en la estantería del salón.
En la tercera balda de la derecha, había una foto enmarcada donde Álex y yo nos besábamos con el puente 25 de abril de fondo, en nuestro viaje a Lisboa.
A la misma altura, a la izquierda, nos reíamos mientras sujetábamos la llave de nuestro piso.
Dos baldas más arriba, bailábamos en algún concierto y nos comíamos con los ojos.
Y, sobre la cómoda, había cinco fotos más con versiones antiguas de lo que habíamos sido, imágenes que seguirían sonriendo, felices, hasta que lograra atreverme a quitarlas de allí y las guardara en un cajón.
Ambas nos quedamos en silencio. Ella, como más tarde admitiría, sin saber qué hacer o qué decir para que me sintiera mejor, y yo dándole vueltas a la misma pregunta: ¿cómo era posible que hubiéramos llegado a ese punto?
No lo entendía.
Unos meses atrás, bromeábamos sobre bodas y niños y, un día, sin motivo aparente, había comenzado a distanciarse.
Ocurrió en noviembre, pero empeoró al terminar el año, cuando tuve la brillante idea de proponerle que nos lanzáramos a la paternidad.
Menudo chasco me llevé. Álex reaccionó igual que si le hubiera confesado que le había puesto los cuernos.
Después, se cerró en banda y me fue apartando cada día un poquito más.
—Gin, dime la verdad. ¿Crees que está con otra persona?
—¿Álex? Joder, no.
—Lo mismo le gusta alguien —insistí. Los últimos meses nos habíamos distanciado tanto que no me habría sorprendido—. Rox, por ejemplo… ¿Sabías que había entrado a su empresa?
Gin frunció el ceño.
—No, no lo sabía… Pero que trabajen juntos no implica que haya pasado nada entre ellos.
—Podría haber ocurrido. Una cerveza después del curro, una conversación de cuando estaban juntos…
—Lena, no te hagas pajas mentales. —Me dio un beso en la mejilla y se incorporó—. ¿Quieres que te prepare otra tila?
No me dio tiempo a responder. Mi amiga se dirigió hacia la cocina y me dejó a solas con Lisboa, que maulló para llamar mi atención. Como buena esclava de mi gatuno, me senté a lo indio y le permití que se tumbara sobre mis piernas.
—¿Tú sabes algo? —Le acaricié detrás de la oreja y cerró sus grandes ojos verdes—. Ya, lo imaginaba. Pero seguro que estás de acuerdo conmigo en que Álex ha estado muy raro, ¿verdad?
Lisboa ronroneó y me lo tomé como un sí.
Si no había alguien más, me resultaba complicado entender nuestra ruptura. ¿Por unos hijos imaginarios que aún no teníamos? Era de lo más absurdo.
Gin regresó al salón con una taza humeante entre las manos.
—Por si cambias de opinión —se justificó al dejar la tila sobre la mesa de centro—. ¿En qué piensas?
Me encogí de hombros. Pensaba en todo y en nada al mismo tiempo.
Los recuerdos bonitos de nuestra relación se reproducían en mi mente, como en un videoclip de la MTV, y se mezclaban con detalles que no terminaban de cuadrar.
¿Por qué sacaría el tema del matrimonio si no estaba preparado?
¿Por qué jugaría a buscar nombres para nuestros futuros hijos?
Rompí a llorar.
Aquella Lena no se veía capaz de superarlo, creía que no podría vivir sin el apoyo incondicional de Álex, sin sus distintas sonrisas ni sus mensajes telepáticos.
Que nadie podría desafiarla como él ni leer sus estados de ánimo con tanta facilidad.
Que era imposible que pudiera querer tanto a otra persona.
Aquella Lena estaba rota y tenía la maldita costumbre de poner el foco en los demás.
Gin se arrodilló y me abrazó con fuerza para calmar mi ataque de llanto.
—¿Y si está pasando por la crisis de los treinta? —sugirió.
Solté un bufido.
—Lo mataría. No lo perdonaría ni con un millón de tulipanes. —Mi amiga se separó unos centímetros y me miró ojiplática.
A pesar de la tristeza, dejé escapar una tibia carcajada.
—¿Has dicho «tulipanes»?
—Es una tontería nuestra.
Ni siquiera recordaba en qué película lo habíamos visto, solo que la protagonista recibía flores a modo de disculpa.
Yo, muy indignada, le había advertido a Álex que, si alguna vez estaba en la misma situación, no me ablandaría con un simple ramo (y menos de rosas), y él había tomado nota de cuáles eran mis flores favoritas.
Aunque nunca le había hecho falta recurrir a ese truco.
El muy sinvergüenza, cuando metía la pata, solía decirme aquello de «Me confundes con otro» y a mí me hacía tanta gracia que se me olvidaba el motivo del enfado.
—Gin, ¿crees que volverá?
Ella dejó su frente sobre la mía.
—Él te quiere, pero no lo sé… Tal vez recapacite.
Al escuchar de boca de mi mejor amiga que veía factible que Álex se replanteara nuestra ruptura, dejé de llorar.
No hay nada que alimente más la esperanza que una duda compartida. Ni nada más peligroso para un corazón roto que ilusionarse con una reconciliación.
Estaba tan desesperada que preferí aferrarme a una mentira, en lugar de enfrentarme al hecho de que Álex no iba a volver. Elegí el camino largo. Un sendero que estuvo repleto de excusas, autoengaño y dolor.
«Terminará dándose cuenta de que me quiere», me decía.
«Sé paciente». «Dale otra oportunidad». «No te rindas».
«Esta vez será distinto». No me importaban las hostias ni el daño que me autoinfligía.
Yo sola me metí en una cárcel emocional autoimpuesta, donde me aferré tanto a los recuerdos que olvidé mi propia vida.
Y así me quedé, en un bucle sin salida, del que tardé cinco años en escapar.
Por eso odio recordar aquel día.