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28 Negación, qué típico

Negación, qué típico

Tras el paseo, me ducho y me pongo al día con algunos asuntos de la cafetería que Irene no puede solventar. Después, llamo a Paula, que alucina con mi vestido. Y, cuando cuelgo, todavía me sobra tiempo, así que pulso el botón de la videollamada y espero a que respondan…

Seamos honestos, los consejos que recibimos no son aleatorios si elegimos a la persona que nos los da.

Hay amigos que te arropan, otros que te animan y alguno que otro que te mete caña.

Si hubiera querido que me dieran un consejo brutalmente sincero, habría hablado con Cata.

Si hubiera preferido que me dieran un toque, lo habría hecho con Gin.

Sin embargo, estoy llamando a Toni, lo que debería darte una pista de lo que busco.

—Estaba esperándote —dice nada más aceptar la videollamada, sin un «hola» ni un «¿qué tal estás?

». Está sentado en su sofá con una pose de lo más relajada y estudiada.

Recto, con una pierna sobre la otra y el brazo extendido sobre el respaldo—.

Has tardado… —Se da varios toques en la barbilla para hacerse el interesante en un gesto que mi hija ha copiado de él—.

¿Treinta y seis horas? Chica, es todo un récord.

Respondo con un bufido y dejo el móvil en el escritorio.

—Oye, qué guapa. —Mi amigo silba—. Ese vestido te queda de escándalo.

Pues sí, no voy a negarlo. Es mi outfit preferido para ir a las bodas.

Corto, de escote asimétrico, drapeado y de un llamativo color calabaza.

Es cómodo, me queda bien y soy muy fácil de localizar.

Me doy una vuelta para que Toni me piropee un poco más y, cuando me canso, me planto ante la cámara, pongo los brazos en jarras y lo suelto:

—Anoche nos besamos.

—Vaya, vaya… Qué sorpresa —ironiza. Se incorpora del sofá y la cámara capta su movimiento hasta la cocina, donde deja el teléfono en la encimera y abre un armario para coger una taza—.

Y me llamas a mí —se señala el pecho con un dedo, el muy teatrero—, para que te anime a dar rienda suelta a tu pasión, ¿verdad?

—Te llamo porque parece que estás muy interesado en mi vida.

—Negación, qué típico en ti. —Toni rellena la taza de agua y me da la espalda para meterla en el microondas. Después, da media vuelta y acerca su cara a la pantalla—. Vamos al grano, Lena, ¿quieres tirártelo o no?

Retiro la silla que hay bajo el escritorio y me siento con cuidado de no arrugar el vestido.

—Sí…, pero no.

Toni echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada al aire.

—¿Te preocupa que tu «coracoño» te la juegue?

—Ese término no existe. —Suspiro, exasperada.

Su microondas avisa con un «ding» y mi amigo se dirige hacia él mientras niega con la cabeza. Recoge la taza, incorpora la infusión y la deja reposar.

—Chica, dale una alegría a tu cuerpo y no lo pienses tanto. A nuestra edad, hay que disfrutar de lo que nos regala la vida.

Me lo merezco.

¿Estoy entrando en la fase dos? No, espera, ¿y las consecuencias?

—Pero, Toni, somos amigos.

—Dos amigos que se han comido la boca —me recuerda—. Sorpresa, esa línea imaginaria que no querías cruzar, ya la has cruzado. —Y el muy cabrito abre mucho los ojos para simular que, realmente, está sorprendido.

Ya has cruzado la línea, solo te falta rematar.

Apoyo los codos en el escritorio y le proporciono un primer plano de mi cara maquillada.

—Si me lío con él, caeré con todo el equipo. Ahora soy madre, ya no se trata solo de mí, ¿sabes? —Toni asiente, poco convencido—. No puedo tirármelo y, después, pasarme tres o cinco meses jodida. Tengo que cuidar de Paula y, para hacerlo bien, debo estar en perfectas condiciones.

Toni se lleva el móvil y la taza al salón y los deja sobre la mesita de centro. Se sienta con las piernas abiertas, apoya los brazos sobre ellas y se acerca al teléfono. No sé si está analizando la situación o creando tensión dramática, pero me está poniendo de los nervios.

—Di algo, Toni.

Él resopla y, cuando habla, su tono es mucho más suave:

—Estás dando por hecho que caerás en una espiral de amor.

—Me baso en hechos.

—No, te basas en el pasado. Siempre dices que ser madre te ha cambiado biológicamente, ¿qué pasa si esa mutación te hace ser más fuerte a los encantos de nuestro querido Álex? Eso no te lo habías planteado, ¿a que no? —Y me dedica una caída de ojos, muy de sabiondo.

—Pues no. Vaya teoría.

Ya lo veo presumir por un estudio que nunca escribirá: La mutación de las madres, por Antonio Laguna.

—No tengo ni puta idea de esos temas, ¿vale?

Pero si tu objetivo principal en la vida es proteger a Paula, quizá ahora tu corazón esté donde debe de estar —se señala el pecho, como si no supiera dónde se localiza— y no en tu vagina.

—Y aquí se ahorra lo de apuntarse a los bajos, menos mal—.

Vamos, que lo mismo tu «coracoño» ha muerto. —Sonríe—. Que descanse en paz.

Me echo hacia atrás en la silla y me apoyo en el respaldo. A ver, es un planteamiento raro de cojones, pero igual tiene algo de razón. Ya no soy la misma y mis prioridades han cambiado. Antes, el amor de pareja era uno de mis objetivos vitales. Ahora, sin embargo, estoy centrada en mi hija y en mí.

—Además, no creo que Paula esté más contenta con una madre que no folla y que echa a perder oportunidades.

Aquí frunzo el ceño.

—A los niños no les preocupan esas cosas, no seas burro.

—Claro que no. Los hijos somos egoístas, pero nos influye ver a nuestros padres felices o tristones.

Eso es verdad. Mierda, ¿por qué tiene sentido?

—Entonces, ¿crees que soy capaz de tener sexo con Álex y no autodestruirme?

—Ay, Lena, siempre tan dramas… —Toni pone los ojos en blanco y apunta con un dedo a la pantalla—.

Si no te sirve ninguno de mis estupendos argumentos, te regalo otro: ¿qué diferencia hay entre darle tantas vueltas y hacerlo de verdad?

—Me deja un segundo para que responda, pero, como me quedo bloqueada, continúa con su discurso—: Es evidente que te mueres por follar con Álex.

Hazlo y ya está. Si tiene alguna consecuencia, la afrontas y sigues.

No vas a morirte por echar unos cuantos polvos.

Joder, estoy medio convencida, creo que acabo de traspasar la fase dos y la fase tres.

—Vale —digo tan bajito que no sé si lo escucha.

—¿Ves? No era tan difícil. Bienvenida al mundo del sexo sin compromiso. —Mi amigo me hace una reverencia y me dedica una sonrisa burlona, aunque su gesto cambia a uno más serio en cuestión de segundos—. Pero no te lances a lo loco, ¿vale? Ten cuidado y céntrate solo en el sexo.

No respondo, porque adivino lo que calla. No quiere verme sufrir. Igual que Gin.

El consejo de mi mejor amiga se reproduce en mi mente antes de que pueda detenerlo: «Cuando vuelva a aparecer ese cosquilleo, quiero que recuerdes cómo te sentiste cuando Álex se fue».

Joder, odio recordar ese día. Y no por la ruptura, precisamente.