Me confundes con otro 27 Cuando estábamos juntos
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27 Cuando estábamos juntos

Cuando estábamos juntos

Once años antes

—Te quiero.

Álex había detenido nuestro paseo frente a la fachada de la catedral solo para besarme.

La luz anaranjada de la tarde le iluminaba el rostro sonriente y sus mechones oscuros oscilaban a causa del viento.

La chaqueta —larga, negra y abierta— contrastaba con la camisa gris piedra y los vaqueros azules.

Sus ojos, clavados en los míos, se derretían de amor, igual que el fuego funde el chocolate.

Sin duda, sabía cómo cambiarme el estado de ánimo.

Un minuto antes, caminaba por la calle despotricando de mi día de mierda y, de pronto, tenía la certeza de que el mundo se podía ir al infierno.

Lo único que necesitaba era que él me mirara igual que lo estaba haciendo en ese momento.

¿Qué más daba si odiaba mi trabajo y me sentía vacía ocho horas al día?

—Lena, no lo he dicho esperando una respuesta…, pero ¿vas a decir algo?

Alcé un solo hombro, haciéndome la interesante, y él curvó los labios en una sonrisa gamberra mientras deslizaba las manos por debajo de mi jersey.

—Bueno… —Contuve la risa—. Supongo que yo también te quiero.

—¿Supones? —Sus labios rozaron los míos, en una caricia que solo podía definirse como una provocación—. ¿A esto hemos llegado después de seis años juntos?

Casi siete, estuve a punto de replicar. En cambio, dije:

—Eso parece. —Álex me pellizcó en el costado y yo mantuve la pose—. Aunque tengo que confesarte que, cuando empezamos a salir, no creí que fuéramos a durar tanto.

Álex fingió sentirse ofendido y cerró los ojos con fuerza.

—Auch. Eso ha dolido.

Me reí por la nariz.

La verdad es que nuestro inicio había sido complicado. Amarlo era fácil; aceptar que ocultaba partes de sí mismo, no tanto.

Esa manía suya de callarse los problemas fue la responsable de la mayor parte de nuestras discusiones. La falta de dinero, la responsabilidad de ocuparse de Sergio, la ruptura definitiva con su padre… Todo se lo guardaba para sí mismo.

Hasta aquel día que Toni anunció que regresaba a la ciudad donde habíamos estudiado para vivir con Cata. Una noticia que desató nuestra peor crisis, al año y medio de noviazgo.

—Daniela ha decidido mudarse aquí con Gin, podrías venirte tú también —le sugerí esa noche en la cama. Su cuerpo, pegado al mío, se tensó al instante—. ¿Te parece muy pronto?

Tardó una eternidad en responder un «no sé» que sonó más a un «dejemos el tema» que a «lo pensaré».

Tras aquel breve intercambio, llegó un periodo de silencio y evitación que duró dos semanas y al que puse fin aquella tarde que fui a buscarlo a la salida del trabajo.

—No puedo mudarme, Lena —me soltó, después del beso más soso de la historia—. Significaría dejar a Beatriz sola con Sergio, y no voy a hacerlo hasta que se valga por sí mismo. No es justo pedirte que esperes.

La bronca que vino a continuación fue larga, y también el punto de inflexión que necesitábamos.

Álex entendió que no me importaba retrasar nuestros planes, que lo que me dolía era su silencio, y yo que mi novio no iba a cambiar de un día para otro, que implicaría un proceso, mucha paciencia y empatía.

Y ahí estábamos, varios años después —tras muchas conversaciones difíciles y ganas de entendernos—, viviendo juntos en nuestro piso de grandes ventanales con techos altos. La convivencia era fácil, nos adorábamos y habíamos adoptado a un gatito. ¿Qué más podía pedir?

Un coche se detuvo en el semáforo más cercano con las ventanillas bajadas. «Princesas», de Pereza, sonaba a toda pastilla, y el ruido espantó a un par de palomas.

—Vaya, la situación es grave. —Álex me dio un cachete en el trasero—. ¿De verdad no vas a decirlo?

Rocé sus labios y sonreí.

—Te quiero, Álex. Eres mi persona favorita del mundo.

—Y tú la mía —susurró antes de volver a besarme—.

Y ahora que este tema está aclarado… —su rostro se alejó lo suficiente como para tener una visión completa del mío—, ¿qué tal si aceptas mi propuesta de tomarte un tiempo?

Con el nuevo trabajo en la empresa de renovables, podría mantenernos a los dos mientras averiguas cómo cumplir tu sueño.

Mi sueño.

¿Cómo era posible que lo recordara si solo me había atrevido a verbalizarlo una vez?

—Y sí, me refiero a esa cafetería con libros que imaginabas a los veinte. —La mirada cargada de amor de la que, minutos antes, aseguraba que no podría cansarme nunca, me resultó agobiante. Retrocedí un paso.

—Soy demasiado mayor para perder el tiempo con los sueños de una chiquilla.

Él soltó una carcajada.

—Lena, tenemos treinta. No somos tan mayores.

Entonces, fui yo la que se rio, con sarcasmo. Tonta de mí, creía que con treinta era toda una anciana.

Álex dejó escapar un silencioso suspiro y acercó sus labios a mi oído.

—¿Sabes lo que te diría mi madre? Que somos instantes, un ahora donde todo es posible.

El gesto y la frase me pusieron la carne de gallina.

Sus intenciones eran buenas, pero la realidad era otra. Montar una cafetería requería inversión, experiencia y enfrentarme a mis padres. Ellos jamás iban a entender que me dedicara a la hostelería después de pagarme una carrera universitaria y un máster.

Escondí la cara en su pecho. Álex comprendió que necesitaba pausar aquella conversación antes de que me sobrepasara.

—Mira. —Me señaló la entrada de la catedral. Levanté la vista. Un coche antiguo acababa de detenerse en la calle colindante y una chica vestida de novia salía de él con la ayuda de su padre—. ¿Te lo imaginas así?

—¿El qué?

—Nuestra boda. —Estudió mi reacción y su boca dibujó una tímida sonrisa—. Tal vez sea demasiado formal, ¿no? Nos pega más una boda pequeñita.

La tensión desapareció y decidí seguirle el juego. Era mucho más divertido hablar de sueños que podíamos cumplir que perder el tiempo con imposibles.

—Álex, ¿me estás proponiendo matrimonio?

—¿Quizás? —Alzó una sola ceja.

Lo miré muy seria.

—No pretenderás que te responda si ni siquiera lo tienes claro, ¿verdad?

Su sonrisa se amplió y mis labios respondieron curvándose hacia arriba.

—Puede que te esté sondeando.

—¿En serio? —Con mucho teatro, me llevé una mano al pecho—. Pues te responderé cuando estés seguro de lo que estás haciendo. Y si algún día te atreves a pedírmelo, más te vale tener un anillo.

Sus carcajadas nos hicieron vibrar a los dos.

—Por supuesto —respondió.

Pero nunca hubo anillo ni boda. Cinco meses después, ya no estábamos juntos.